¿Qué es Babilonia la Grande?
Por Marcos Vera Pérez← Volver a «Preguntas sobre la Biblia»
«Babilonia la Grande» es la Roma pagana e idólatra que perseguía a la Iglesia cuando san Juan escribió el Apocalipsis. Así la han entendido los comentaristas católicos: la gran ciudad asentada sobre siete montes, «ebria de la sangre de los santos y de la sangre de los mártires de Jesús», que tenía el imperio sobre los reyes de la tierra. En la lengua cifrada del libro, «Babilonia» es el nombre en clave de Roma, como ya lo era para los primeros cristianos.
Los testigos de Jehová enseñan otra cosa. Para ellos, «Babilonia la Grande» es «el imperio mundial de la religión falsa», y dentro de ese imperio colocan a la cristiandad y, en primer lugar, a la Iglesia católica. Conviene ver de dónde sale esa identificación, qué dice de verdad el texto y por qué aplicar «Babilonia» a la Iglesia de Cristo pone el pasaje del revés.

El libro de este artículo
Introducción a la Sagrada Escritura
Ver el libro · Libro de bolsillo · €30,00
También en ebook por €9,99, con descarga inmediata
¿Qué dice exactamente el Apocalipsis sobre Babilonia?
La figura aparece en los capítulos 17 y 18. San Juan ve a una mujer sentada sobre una bestia escarlata, vestida de púrpura y oro, con una copa en la mano y un nombre escrito en la frente: «Misterio: Babilonia la Grande, la madre de las fornicaciones y de las abominaciones de la tierra». Y añade un rasgo que no conviene pasar por alto: «Vi a la mujer ebria de la sangre de los santos y de la sangre de los mártires de Jesús».
El propio ángel se encarga de dar dos claves de lectura. La primera: «Las siete cabezas son siete montes, sobre los que se sienta la mujer». La segunda, al final del capítulo: «La mujer que has visto es la gran ciudad que tiene el imperio sobre los reyes de la tierra». Una ciudad sobre siete montes, que reinaba sobre los reyes de la tierra y se emborrachaba con la sangre de los mártires cristianos: para un lector del siglo I no había ninguna duda de a qué ciudad señalaba el dedo. Era Roma.
¿Por qué «Babilonia» significa Roma y no la Babilonia del Éufrates?
Porque la Babilonia histórica, la de Nabucodonosor, llevaba siglos en ruinas cuando se escribió el Apocalipsis. La ciudad que en tiempos de san Juan perseguía a la Iglesia, cobraba culto a sus emperadores y dominaba el mundo conocido no era otra que Roma. Y los cristianos ya habían hecho esa identificación antes.
El testimonio más claro está en la primera carta de san Pedro, que se despide así: «Os saluda la que está en Babilonia, elegida como vosotros, y Marcos, mi hijo». Pedro no escribía desde la Mesopotamia desierta: escribía desde Roma, y a Roma la llama «Babilonia». La Catholic Encyclopedia lo recoge sin rodeos: «Babilonia debe identificarse aquí con la capital romana», y recuerda que Eusebio de Cesarea ya decía que Pedro «describió a Roma figuradamente como Babilonia en su primera epístola». De manera que, cuando el Apocalipsis llama «Babilonia» a la ciudad de los siete montes, está usando un nombre en clave que la primera generación cristiana entendía sin esfuerzo.
¿Cómo han leído los comentaristas católicos este pasaje?
Con una notable coincidencia en lo esencial. La Catholic Encyclopedia, al explicar el libro, dice que la bestia que sube del mar «es el Imperio romano, o más bien el César, su representante supremo», y que la marca con que se sella a sus siervos es «la imagen del emperador en las monedas». De la ramera afirma que «significa la idolatría», y que la fornicación de los reyes y las naciones con ella «significa el culto que tributan a las imágenes del César». Es decir: el Apocalipsis retrata el Imperio pagano y su culto idolátrico al emperador, que era lo que ahogaba a la Iglesia naciente.
El comentario de Haydock, muy difundido en el mundo de habla inglesa, va en la misma dirección. La nota de Challoner dice que Babilonia es «la Roma pagana, que entonces, y durante trescientos años, persiguió a la Iglesia, y era la sede principal del imperio y de la idolatría»; y sobre los siete montes recuerda que «la antigua Roma se asentaba sobre siete colinas» y que las siete cabezas son «siete emperadores romanos», perseguidores de los cristianos. Witham, en el mismo comentario, prefiere una lectura más amplia —ve en Babilonia «la multitud de los malvados en todas las partes del mundo»—, pero admite que la visión «puede referirse también a la Roma pagana» como principal lugar de la persecución. Una y otra lectura dejan a la Iglesia donde el texto la pone: entre los perseguidos, no entre los perseguidores.

El libro de este artículo
Introducción a la Sagrada Escritura
Ver el libro · Libro de bolsillo · €30,00
También en ebook por €9,99, con descarga inmediata
¿No usaron los protestantes este pasaje contra la Iglesia?
Sí, y la propia Catholic Encyclopedia lo cuenta, para desmontarlo. Dice que el Apocalipsis fue «una cantera inagotable» de la que ciertos autores sacaban invectivas «para arrojarlas contra la jerarquía romana», y que «las siete colinas de Roma, las vestiduras escarlata de los cardenales y los desdichados abusos de la corte papal hacían la aplicación fácil y tentadora». La enciclopedia señala eso precisamente como un abuso polémico del texto, no como su sentido.
El argumento de las «siete colinas», en efecto, prueba demasiado poco. Las siete colinas no identifican a la Iglesia católica: identifican a la ciudad de Roma, que ya era «la ciudad de los siete montes» siglos antes de que hubiera un solo cristiano en ella, y lo seguía siendo cuando Roma era pagana y perseguía a los fieles. Que la sede del Papa esté hoy en Roma no convierte a la Iglesia en la ramera del Apocalipsis, igual que el que un santo viva en una ciudad no lo hace responsable de los crímenes que esa ciudad cometió cuando era pagana. Lo que señala el texto es una ciudad y un imperio idólatra y perseguidor, no la fe que ese imperio perseguía.
¿Por qué aplicar «Babilonia» a la Iglesia invierte el sentido del texto?
Por un detalle que lo decide todo: la mujer está «ebria de la sangre de los santos y de la sangre de los mártires de Jesús». Babilonia no es víctima de la persecución: es quien la ejecuta, quien derrama la sangre de los mártires. Y los mártires de Jesús son, precisamente, los cristianos, la Iglesia. De modo que Babilonia es, por definición del propio texto, lo que persigue a la Iglesia y la mata; no puede ser, a la vez, la Iglesia perseguida.
Aplicar entonces «Babilonia» a la Iglesia católica obliga a un imposible: haría de la Iglesia, al mismo tiempo, la que derrama la sangre de los mártires y la comunidad de esos mismos mártires. Porque la Iglesia es, antes que nada, la Iglesia de los mártires: la de Pedro y Pablo ejecutados en Roma, la de las catacumbas, la de los cientos de miles que murieron por no ofrecer incienso al César. Esa sangre es la que Babilonia bebe; esa Iglesia es la víctima, no la verdugo. Llamar «Babilonia» a la Iglesia es cambiarle el nombre a la víctima por el del asesino.
La primera carta de san Pedro lo dice de otra manera, más serena pero igual de clara. La Iglesia es «la que está en Babilonia, elegida como vosotros»: vive dentro de Babilonia, en medio de ella, pero no se confunde con ella; es la «elegida», la comunidad de los santos, distinta del imperio idólatra que la rodea. Escribir desde Babilonia no es ser Babilonia: es dar testimonio dentro de ella, como lo dieron Pedro y Pablo hasta la muerte.
¿Entonces de qué nos avisa hoy el Apocalipsis?
De lo que avisaba a los primeros cristianos: de todo poder que se diviniza a sí mismo, exige el culto que solo se debe a Dios y persigue a quienes se lo niegan. Babilonia es el nombre bíblico de esa ciudad del hombre levantada contra la ciudad de Dios, desde la torre de Babel hasta el César que se hacía adorar, y su sombra se proyecta sobre cualquier época en que el mundo pida a los fieles que doblen la rodilla ante los ídolos del momento. El libro termina anunciando su caída —«¡Cayó, cayó Babilonia la Grande!»— y el triunfo del Cordero y de su esposa, que es la Iglesia.
Por eso la lectura católica no es solo más fiel al texto: es también más consoladora y más exigente. No invita a señalar con el dedo a la Iglesia, sino a no pactar con el mundo que se hace dios. La ramera y la esposa son los dos destinos entre los que el Apocalipsis pone a cada hombre, y confundirlas —tomar a la esposa por la ramera— es perder el hilo entero del libro.
Preguntas frecuentes
¿Qué es «Babilonia la Grande» en el Apocalipsis?
Es la gran ciudad asentada sobre siete montes, idólatra y perseguidora, que en tiempos de san Juan tenía el imperio sobre los reyes de la tierra: la Roma pagana. El propio texto da las claves: siete montes (Apocalipsis 17,9) y «la gran ciudad que tiene el imperio sobre los reyes de la tierra» (17,18).
¿Por qué los primeros cristianos llamaban «Babilonia» a Roma?
Porque Babilonia había sido el imperio idólatra que destruyó el Templo y deportó a Israel, y Roma hacía con la Iglesia algo semejante: la perseguía y exigía culto a sus emperadores. San Pedro ya llama «Babilonia» a Roma en 1 Pedro 5,13, y Eusebio de Cesarea recoge esa interpretación.
¿No prueban las «siete colinas» que es la Iglesia católica?
No. Las siete colinas identifican a la ciudad de Roma, que era «la ciudad de los siete montes» siglos antes de que hubiera cristianos en ella y cuando era pagana y perseguidora. Que la sede del Papa esté hoy en Roma no convierte a la Iglesia en la ramera: señala a una ciudad, no a una fe.
¿Cómo identifican los testigos de Jehová a Babilonia la Grande?
La identifican con «el imperio mundial de la religión falsa», en el que incluyen a la cristiandad y a la Iglesia católica. Es una lectura que choca con el propio texto, porque Babilonia aparece «ebria de la sangre de los mártires de Jesús», es decir, como perseguidora de la Iglesia y no como la Iglesia.
¿Por qué no puede ser la Iglesia la «ramera» del Apocalipsis?
Porque la ramera está «ebria de la sangre de los santos y de los mártires de Jesús»: es quien derrama esa sangre. La Iglesia es la comunidad de esos mártires, la víctima, no el verdugo. Llamarla «Babilonia» obligaría a que fuera a la vez la que mata a los mártires y los mártires mismos, lo cual es imposible.
¿Qué nos enseña hoy el pasaje de Babilonia?
Que existe en toda época una «ciudad del hombre» que se diviniza, exige el culto debido solo a Dios y persigue a quienes se lo niegan, y que su destino es la caída. Frente a ella, el Apocalipsis llama a la fidelidad de la esposa del Cordero, que es la Iglesia, y a no pactar con los ídolos del momento.
El método, no solo la respuesta
Esta objeción nace de un modo de leer el Apocalipsis que toma las imágenes sueltas —una copa, unas colinas, un color— y las aplica a quien se quiere acusar, sin atender a lo que el propio texto declara. Contra eso no basta una respuesta ingeniosa: hace falta saber cómo se lee un libro profético, qué géneros emplea y cómo lo ha entendido la Iglesia que lo recibió en el canon.
Eso es lo que enseña la «Introducción a la Sagrada Escritura» del padre Gabriel Calvo Zarraute: el canon, la inspiración, los géneros literarios —incluido el apocalíptico—, la relación entre Escritura y Tradición y los límites de la crítica moderna. Está en papel por 30,00 €; el envío es gratis en España a partir de 30 € de compra. También en ebook por 9,99 € y en audiolibro por 14,99 €.
Fuentes
- Nova Vulgata, Apocalypsis Ioannis 17-18 y Epistola I Petri 5,13, en el texto oficial de la Santa Sede. Apocalipsis en vatican.va y 1 Pedro en vatican.va.
- Catholic Encyclopedia (1907), artículo «Apocalypse» (la bestia como Imperio romano y el culto al César; el uso polémico de las «siete colinas») y artículo «St. Peter, Prince of the Apostles» (Babilonia de 1 Pedro 5,13 = Roma, según Eusebio).
- George Leo Haydock, Catholic Bible Commentary, notas de Challoner y Witham al Apocalipsis 17 (Babilonia = la Roma pagana perseguidora; los siete montes de la antigua Roma). Texto del comentario.