¿Tiene errores la Biblia? La respuesta católica

¿Tiene errores la Biblia? Lo que la Iglesia responde desde hace siglos y casi nadie explica

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Circulan por internet listas de «contradicciones de la Biblia» con cientos de entradas. Casi todas se apoyan en el mismo supuesto, que nadie enuncia porque parece obvio: que si la Biblia es palabra de Dios, tiene que ser exacta en todo lo que dice, como un manual de física o un acta notarial.

Ese supuesto no es de la Iglesia. Es de quien objeta. Y la respuesta católica —que existe, y desde hace siglos— no consiste en tapar los pasajes incómodos, sino en explicar qué promete exactamente la Escritura y qué no promete.

Lo que sigue es la clase cuarta de la Introducción a la Sagrada Escritura del P. Gabriel Calvo Zarraute, puesta en forma de respuesta.

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Qué garantiza la inspiración, y qué no

La verdad de la Biblia es consecuencia de su origen divino. Pero esa verdad tiene un objeto: lo que Dios quiso consignar para nuestra salvación. No es un tecnicismo para escurrir el bulto: es la clave de bóveda de todo el tratado, y de ella se derivan dos aplicaciones que resuelven casi todas las objeciones que circulan.

La primera afecta a lo que la Biblia dice del mundo natural. La segunda, a cómo cuenta la historia. Y no funcionan igual, porque no están en el mismo plano.

Cuando la Biblia habla del sol, de las estrellas o de los animales

Aquí la respuesta es antigua y es tajante. León XIII la desarrolló en Providentissimus Deus con tres principios.

Uno. «Ningún verdadero desacuerdo puede darse entre el teólogo y el físico, con tal que uno y otro se mantengan en su propio terreno.» Dios es autor de la naturaleza y de la Escritura; no puede contradecirse consigo mismo.

Dos. La Escritura no habla de los fenómenos naturales para enseñar cómo están hechos por dentro. Los hagiógrafos no escribían con la cabeza de un físico, sino con la de un hombre corriente que describe lo que ve. León XIII lo apoya con una frase de san Agustín que debería estar en la portada de todas esas listas de contradicciones: el Espíritu de Dios no quiso enseñar a los hombres esas cosas, «como quiera que nada habían de aprovechar a su salvación». Y sigue: «El Señor no prometió el Espíritu Santo para instruirnos sobre el curso del sol y de la luna; quería hacer cristianos, no matemáticos.»

Tres. El lenguaje común expresa lo que cae bajo los sentidos, y el escritor sagrado sigue lo que sensiblemente aparece. Por eso el sol «sale» y «se pone» también para nosotros, que sabemos perfectamente que no lo hace.

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Santo Tomás lo había dicho igual: Moisés, adaptándose a la rudeza de su pueblo, propuso solo lo que se presenta claramente a los sentidos, porque «la Escritura se adapta al lenguaje de las personas incultas». Con ese criterio se entiende, por poner el ejemplo que trae el propio libro, que la Biblia clasifique la liebre entre los rumiantes (Lv 11,6). No es un error de zoología revelada: es el lenguaje corriente de quien mira al animal mover la boca.

El libro llama a esto «sabia condescendencia divina»: Dios se adapta al modo de hablar de los hombres para decirles lo que les importa.

Cuando la Biblia cuenta historia, la cosa cambia

Y aquí hay que ser igual de firmes en la dirección contraria, porque es donde muchos se pasan de frenada.

La constitución íntima de los fenómenos naturales no guarda relación necesaria con la salvación. Los hechos históricos, sí. El libro lo dice con un ejemplo que no admite discusión: para nuestra salvación no tiene mayor importancia que la tierra gire alrededor del sol o al revés, pero no es en absoluto indiferente que el pecado del primer hombre o la Encarnación del Verbo hayan ocurrido realmente. Si se niega la realidad histórica de esas narraciones, se debilita la verdad que encierran.

Dicho esto, hay que entender qué se entendía por historia. No es lo mismo entonces que ahora. Hoy llamamos histórico a lo que sigue la realidad a pie juntillas, como un reportaje de televisión —y el libro añade, con razón, que también habría que poner en duda esa pretendida objetividad de la historiografía actual—. En el mundo antiguo se contaban los hechos con fidelidad, pero al autor sagrado le interesaba el hecho en su perspectiva más profunda: la teológica. Cómo Dios intervenía, cómo protegía a su pueblo, cómo hacía con él historia de salvación.

Quien exige a Josué un parte de guerra moderno está pidiendo al texto algo que su autor nunca se propuso, y después lo acusa de mentir por no habérselo dado.

La llave que lo abre casi todo: los géneros literarios

Esta es la herramienta concreta, y está en el Magisterio, no en la imaginación de nadie. Dei Verbum 12 dice que, para descubrir la intención de los hagiógrafos, «entre otras cosas, hay que atender a los géneros literarios».

Un género literario es el modo habitual de entender, de expresarse y de narrar propio de una época y una región, con sus procedimientos y sus convenciones. El libro señala que lo constituyen cuatro factores: un tema particular, una estructura interna peculiar —cántico, himno, fábula—, un repertorio de procedimientos frecuentes como el uso de imágenes, y el contexto vital en que nace, lo que los estudiosos llaman Sitz im Leben.

El estudio de los géneros nació con el protestante H. Gunkel (1862-1932), pasó al campo católico con Lagrange y Hummelauer, y recibió su impulso decisivo con Divino afflante Spiritu de Pío XII. La encíclica dice justamente lo que aquí nos ocupa: este análisis es el medio necesario para resolver los aparentes errores, porque, mirando de cerca, se trata de las formas nativas de decir y de narrar que los antiguos consideraban lícitas.

Atención a un matiz que el libro subraya y que suele olvidarse: Dei Verbum dice «entre otras cosas». Los géneros literarios ocupan un lugar privilegiado, pero la cuestión de la verdad bíblica no se agota en ellos.

¿Y los pasajes moralmente escandalosos?

Es la otra mitad de la objeción, y tiene respuesta propia, porque no se resuelve con géneros literarios sino con lo que la teología llama la santidad de la Biblia.

Significa dos cosas: que los textos enseñan una doctrina moral justa y buena, y que en ellos no hay nada que desdiga de la santidad de Dios. Ahora bien —y esto es lo decisivo—, no significa que la conducta de los personajes sea siempre ejemplar. El objeto de la inspiración no son las acciones de los personajes bíblicos, sino el juicio que sobre ellas da el escritor inspirado. La Biblia cuenta crímenes sin aprobarlos. Siempre aprueba el bien y denigra el mal.

Hay además una pedagogía divina: basta con que el juicio del autor alcance el ámbito de lo honesto. Solo en el Nuevo Testamento la norma moral llega a su culmen. Dios educó a su pueblo como se educa a un niño, no exigiéndole de golpe lo que solo podría dar al final.

El caso más citado son los salmos imprecatorios —35, 52, 59, 69, 109—, con sus peticiones de castigo para el enemigo. El libro explica que no se pueden leer como desahogo de odio personal, sino como invocaciones a Dios para que ponga bajo su justicia la reivindicación de un derecho: que se castigue la culpa, se convierta el pecador, se defienda al justo y se restablezca el derecho. Nacen del deseo de justicia, que es bueno.

Lo que la Iglesia no dice

Conviene cerrar la puerta a la salida fácil, porque hay quien cree que este planteamiento significa «la Biblia es simbólica y ya está». No.

No dice que los relatos históricos sean cuentos. No dice que dé igual que las cosas ocurrieran. No dice que cada uno elija qué es literal y qué no. Dice que hay que leer cada texto según lo que su autor quiso afirmar, y que en lo que toca a la salvación —que incluye hechos, y hechos muy concretos— la Escritura enseña sin error.

De dónde sale esto

De la clase 4 de Introducción a la Sagrada Escritura. Fundamentos teológicos para una comprensión católica de la Biblia, del P. Gabriel Calvo Zarraute, con prólogo de Mn. Jaime Mercant Simó: la verdad de la Biblia, su aplicación a los fenómenos naturales y a las narraciones históricas, los géneros literarios y la santidad de la Escritura.

512 páginas en doce clases, con Providentissimus Deus, Spiritus Paraclitus, Divino afflante Spiritu, Dei Verbum y el Catecismo íntegros al final. En preventa: 200 ejemplares a 25,00 € en lugar de 30,00 €, envío previsto el 5 de octubre.

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Preguntas frecuentes

¿La Iglesia admite que hay errores en la Biblia?

No. Enseña que la Escritura consigna sin error la verdad que Dios quiso para nuestra salvación. Lo que no promete es exactitud científica en materias que no tocan la salvación, porque no fue escrita para eso.

¿Qué son los géneros literarios y por qué importan tanto?

Son los modos habituales de narrar propios de una época y una cultura. Divino afflante Spiritu los presenta como el medio necesario para resolver los aparentes errores del texto: muchos se deshacen en cuanto se reconoce qué clase de escrito se está leyendo.

¿Entonces el Génesis es simbólico?

La pregunta está mal planteada. Hay que distinguir: la descripción del mundo físico sigue el lenguaje de los sentidos, pero la realidad histórica del pecado del primer hombre no es indiferente para la fe. Negarla debilitaría la verdad que el texto encierra.

¿Por qué la Biblia dice que la liebre rumia?

Porque describe lo que aparece a los sentidos, con el lenguaje común de su tiempo, no con el de un tratado de zoología. Es el ejemplo clásico de que la Escritura se adapta al modo de hablar de los hombres.

¿Cómo se explican los salmos que piden castigo para el enemigo?

No como desahogo de odio personal, sino como invocación a Dios para que restablezca el derecho: que se castigue la culpa, se convierta el pecador y se defienda al justo. Nacen del deseo de justicia.

¿La Biblia aprueba lo que hacen sus personajes?

No. El objeto de la inspiración no son las acciones de los personajes, sino el juicio que el autor inspirado da sobre ellas. La Escritura narra crímenes sin aprobarlos jamás.

Fuentes

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