Grabado antiguo de un hombre de manto amplio sentado en un carro tirado por caballos, con un rollo desplegado sobre las rodillas, mientras otro de pie a su lado le señala el texto con la mano, en un camino con árboles al fondo

San Pedro dijo que la Biblia es difícil de entender, y lo dejó escrito en la Biblia

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Hay un argumento que se resuelve en una sola cita. Cuando alguien sostiene que la Biblia es clara, que se explica sola y que cualquiera puede sacar de ella su credo, la respuesta no está en un concilio ni en un teólogo del XVI: está en la Biblia y la firma san Pedro.

Dice el Príncipe de los Apóstoles, hablando de las cartas de san Pablo, que hay en ellas «algunas cosas difíciles de entender, que los indoctos e inestables tuercen, como también las demás Escrituras, para su propia perdición» (II Pe. III, 16). La numeración es idéntica en las biblias católicas y protestantes.

Ahí está todo: un apóstol, escribiendo un libro inspirado, advierte que otro libro inspirado es difícil, y que quien lo maneja sin preparación no se equivoca a medias: se pierde.

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¿Qué dice exactamente san Pedro?

El versículo anterior da el tono: no es una crítica a san Pablo, sino un elogio. San Pedro lo llama «hermano carísimo» y reconoce la sabiduría que le ha sido dada; y a continuación señala que en sus cartas hay cosas difíciles.

Monseñor Louis-Nazaire Bégin, en The Bible and the Rule of Faith, lo pone como primer testimonio del capítulo sobre la oscuridad de las Escrituras: «San Pedro, Príncipe de los Apóstoles, declara llanamente que en las cartas de san Pablo hay ciertas cosas difíciles de entender, que los indoctos e inestables tuercen para su propia perdición».

Repárese en la coletilla que casi nunca se cita: «como también las demás Escrituras». El aviso no se limita a san Pablo.

El padre Henry G. Graham puso este versículo en la dedicatoria de Where We Got the Bible, junto a la frase de san Agustín «no creería en el Evangelio si no me moviese la autoridad de la Iglesia». Un libro sobre la Biblia abierto con el aviso de que la Biblia no se interpreta sola.

«Los indoctos e inestables»: a quién señala el texto

Se oye que la Escritura es oscura sólo en lo accesorio —las genealogías, las medidas del Templo— y clarísima en lo necesario para salvarse. Bégin desmonta esa salida con el propio san Pedro: «habla en términos nada equívocos de la oscuridad de las Escrituras incluso en puntos esenciales, puesto que se refiere a artículos que los indoctos e inestables tuercen para su propia perdición. Es muy evidente que destrucción y perdición indican errores en materias esenciales».

Si torcer esos pasajes lleva a la perdición, no son pasajes secundarios. San Pedro no avisa de que alguien confunda dos nombres de una genealogía: avisa de que alguien se condene.

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Bégin añade una pieza que suele pasarse por alto: cuando san Pedro escribió aquello, san Pablo no había escrito todavía la segunda carta a Timoteo —«prueba evidente de que el Príncipe de los Apóstoles no podía contarla entre los libros inspirados, puesto que entonces no existía»—, ni estaba compuesto el Apocalipsis de san Juan.

El eunuco de la reina Candace

El segundo testigo va en un carro con el profeta Isaías en las manos: el funcionario etíope al que monseñor Joseph Faà di Bruno llama «el chambelán de la reina Candace, encontrado en el camino por Felipe el diácono».

El cardenal James Gibbons subraya la respuesta: «Leemos en los Hechos de los Apóstoles que un hombre iba en su carro leyendo el libro de Isaías, y, preguntado por san Felipe si entendía el sentido de la profecía, respondió: “¿Cómo voy a entenderlo si nadie me lo explica?”, admitiendo con estas modestas palabras que no pretendía interpretar por sí mismo las Escrituras».

Bégin lo anota con sobriedad: el eunuco «reconoció al diácono Felipe que no podía entender el sentido de estas predicciones si alguien no se lo explicaba» (Hechos VIII, 31).

Conviene notar lo que Dios no hizo allí. No le envió una iluminación interior para entender el texto por su cuenta: le envió un hombre, un diácono ordenado, a subir al carro y explicárselo. Y Wiseman recuerda cómo acabó: de aquel solo pasaje Felipe le convenció de la verdad del cristianismo y lo admitió al bautismo.

Cristo mismo tuvo que explicar las Escrituras

Si el caso del etíope pareciera excepcional, Bégin pone otro que lo desarma: «Nuestro Señor mismo se ve obligado a explicar las Escrituras a sus discípulos camino de Emaús; les dice que no han entendido a los profetas» (Lc. XXIV, 25-27).

Eran discípulos, judíos piadosos, conocedores de los libros, y habían leído a los profetas sin entenderlos. Milner insiste en lo mismo al remitir a «los casos, que ocurren en los Evangelios, de los mismos Apóstoles malentendiendo con frecuencia el sentido de su Divino Maestro».

Lutero dijo las dos cosas

Bégin coloca juntas las dos afirmaciones del mismo hombre. Lutero necesitaba que la Escritura fuese clarísima —sin eso su sistema «se habría desplomado al instante»— y escribió: «Esto afirmo de toda la Escritura: no apruebo que se la llame oscura en ninguna de sus partes»; y que es «una luz espiritual mucho más brillante que el sol mismo».

Pero el mismo Lutero escribió esto otro: «Penetrar el sentido de las Santas Escrituras es cosa imposible; no podemos más que rozar la superficie. Apenas se nos concede conocer el alfabeto. Digan y hagan los teólogos lo que quieran, penetrar el misterio de las palabras divinas será siempre una empresa superior a nuestra inteligencia».

Bégin lo comenta sin caridad excesiva: «como un verdadero camaleón en materia de doctrina, sabía modificar sus opiniones de un día para otro». Una de las dos frases es verdadera, y la que se parece a san Pedro no es la primera.

Los Padres, que se pasaron la vida en esto

Aquí el argumento de autoridad es, en realidad, de experiencia: los que se pasaron la vida comentando los libros sagrados son precisamente los que los declaran oscuros.

  • San Jerónimo, que sabía griego y hebreo y se pasó la vida comentando la Escritura, se queja de que está entretejida de dificultades, y en especial los profetas, «llenos de enigmas»; y escribe que «toda la Epístola de san Pablo a los Romanos está envuelta en extrema oscuridad, y sólo puede entenderse con la ayuda del Espíritu Santo, que la dictó al Apóstol».
  • San Agustín, según lo cita Milner: «hay más cosas en la Escritura que ignoro que de las que sé».
  • Clemente de Alejandría: ni los profetas ni el Salvador hablaron de los santos misterios «de un modo tan ordinario y común que el primero que llegue pueda entenderlos»; y la explicación hay que pedírsela «a los que la han recibido de Jesucristo y la conservan».
  • San Vicente de Lerins: «por la profundidad de la Escritura, no todos los hombres pueden extraer de ella el mismo sentido»; y enumera a Novaciano, Sabelio, Donato, Arrio, Eunomio, Macedonio, Pelagio y Nestorio, cada uno con su interpretación. De ahí concluye que es «extremadamente necesario» que la interpretación de los Profetas y los Apóstoles se dirija por la tradición eclesiástica.

El cardenal Nicolás Wiseman lo mira desde otro ángulo: Dios habría dado, según la hipótesis protestante, un volumen extenso en dos lenguas, una de ellas convertida luego en lengua muerta, «de modo que surgieran incontables dificultades y oscuridades sobre el sentido de innumerables pasajes», y eso sería regla de fe suficiente. Cuando los expositores protestantes aclaran esos pasajes, producen «una inmensa masa de opiniones en conflicto».

«Sólo es oscura en lo secundario»: la objeción y su respuesta

Bégin recoge la réplica: la Escritura es oscura en cosas de poca importancia, pero en lo esencial es tan clara que cualquiera puede sacar de ella los dogmas y hacerse un credo. Contesta por partes.

Primero, que la distinción entre artículos fundamentales y no fundamentales «fue siempre desconocida a la antigüedad cristiana». Segundo, que los propios protestantes no se ponen de acuerdo sobre cuáles son: unos excluyen a quien niega la Trinidad y la divinidad de Cristo; otros, a quien rechaza el bautismo o el Credo de los Apóstoles; y otros piensan que lo mejor es destruir todos los credos «como otras tantas causas de división». Tercero, que la experiencia lo confirma: entre las sectas que tienen la Escritura por regla de fe hay opiniones contradictorias sobre puntos evidentemente esenciales —la divinidad de Jesucristo, la eternidad del infierno, la Presencia Real.

Y cuarto: aun suponiendo que algunos eruditos aclarasen la mayoría de las dificultades, su interpretación «nunca podrá ser nada más que la de escritores particulares, a los que nadie está obligado a someterse». Y esos sabios discrepan: uno encuentra con Lutero que «esto es mi Cuerpo» anuncia la Presencia Real; otro, con Calvino, que no expresa más que un signo. Bégin pregunta lo único que hay que preguntar: «¿en quién puede apoyarse el simple fiel, el hombre sin letras?».

Lo que se sigue: hace falta un magisterio

El mismo san Pedro cierra el razonamiento dos capítulos antes: «ninguna profecía de la Escritura se hace por interpretación privada» (II Pe. I, 20). Gibbons empareja los dos textos: como la Escritura está llena de dificultades «no sólo para el iletrado, sino incluso para el docto», y una guía competente ha de ser clara e inteligible para todos, la Biblia sola no puede serlo.

Faà di Bruno añade el diagnóstico moral: quienes rechazan la interpretación legítima de la Iglesia «a menudo, en lugar de la Palabra de Dios, tienen solamente sus propias invenciones y errores, y éstos los confunden con la Palabra de Dios». Quedan «llevados de acá para allá y arrastrados por todo viento de doctrina» (Ef. IV, 14).

Y Bégin lo dice en positivo: «Por medio de la autoridad infalible de la Iglesia que las interpreta, las Escrituras se convierten en una luz brillante para los fieles; sin ella no producen más que un caos de opiniones y aumentan las tinieblas del error».

La prueba de los hechos está contada: al terminar el siglo XVI se habían contado 270 sectas nuevas, todas con la misma Biblia en la mano. San Pedro lo había avisado quince siglos antes, en el mismo libro que se invoca como claro.

Preguntas frecuentes

¿Dónde dice san Pedro que la Biblia es difícil?

En II Pe. III, 16, hablando de las cartas de san Pablo: en ellas hay «algunas cosas difíciles de entender, que los indoctos e inestables tuercen, como también las demás Escrituras, para su propia perdición». Bégin lo cita como primer testimonio de la oscuridad de la Escritura, y Gibbons, Milner, Faà di Bruno y Graham lo citan igual. La numeración es la misma en las biblias católicas y protestantes.

¿El aviso vale sólo para san Pablo?

No. La coletilla es «como también las demás Escrituras»: el aviso alcanza a todo el volumen. Bégin subraya además que san Pedro habla de la oscuridad «incluso en puntos esenciales», porque quien tuerce esos pasajes cae en perdición, y «destrucción y perdición indican errores en materias esenciales».

¿Quién era el eunuco de la reina Candace?

Un funcionario etíope al que Felipe el diácono encontró en el camino leyendo a Isaías; Faà di Bruno lo llama «el chambelán de la reina Candace». Gibbons recoge su respuesta: «¿Cómo voy a entenderlo si nadie me lo explica?» (Hechos VIII, 31).

¿No basta la ayuda interior del Espíritu Santo para entenderla?

Bégin responde con un argumento de hecho: si la piedad y la buena voluntad bastaran, «¿cómo es que el eunuco etíope, san Jerónimo, san Agustín, san Juan Crisóstomo y tantos otros personajes ilustres por su vida piadosa y su sincero amor a la verdad no recibieron también estas iluminaciones celestiales, que les habrían evitado quejarse de la oscuridad de las Escrituras?».

¿Qué dijo Lutero sobre la claridad de la Biblia?

Las dos cosas. Bégin pone sus frases una junto a otra: «no apruebo que se la llame oscura en ninguna de sus partes»; pero también «penetrar el sentido de las Santas Escrituras es cosa imposible… apenas se nos concede conocer el alfabeto». Bégin lo llama por eso «un verdadero camaleón en materia de doctrina».

¿Qué se sigue de todo esto?

Que hace falta un intérprete autorizado. San Pedro lo enuncia en II Pe. I, 20: «ninguna profecía de la Escritura se hace por interpretación privada». Gibbons concluye que la Biblia sola no puede ser guía competente; y Bégin, que por la autoridad infalible de la Iglesia las Escrituras se vuelven luz brillante, y sin ella sólo producen «un caos de opiniones distintas».

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Leer la Escritura sin guía es pelear a ciegas: hace falta saber quién fijó el canon y con qué autoridad se interpreta. Es lo que explica, con orden y sin tecnicismos inútiles, Introducción a la Sagrada Escritura, del padre Gabriel Calvo Zarraute. Está en 25,00 € en tapa blanda y 9,99 € en ebook; el envío es gratis en España a partir de 30 € de compra.

Fuentes

  • Louis-Nazaire Bégin, The Bible and the Rule of Faith, parte II, cap. I, art. II, y cap. II, arts. I-II. Texto completo.
  • John Milner, The End of Religious Controversy, cartas IX y XII («Second False Rule», «Objections Answered»). Texto completo.
  • James Gibbons, The Faith of Our Fathers, cap. VIII («The Church and the Bible»). Texto completo.
  • Joseph Faà di Bruno, Catholic Belief, caps. VIII y XII («The Interpretation of Holy Scripture», «The Holy Sacraments»). Texto completo.
  • Nicholas Wiseman, Lectures on the Principal Doctrines and Practices of the Catholic Church, introducción y lección II (la regla de fe). Texto completo.
  • Henry G. Graham, Where We Got the Bible, página de la dedicatoria. Texto completo.
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