El protestantismo se partió en 270 sectas antes de cumplir cien años, y el lamento lo dejó escrito un obispo protestante
Por Marcos Vera PérezLa cifra está impresa en un libro católico de hace un siglo: al terminar el siglo XVI se habían contado nada menos que doscientas setenta sectas nuevas. Doscientas setenta. Y la Revolución luterana llevaba entonces ochenta años en marcha —la fecha que da la fuente para verla «en pleno auge en el extranjero» es 1520—, de modo que aquel recuento se cerró antes de que el protestantismo cumpliera cien años.
Lo curioso no es el número, sino quién se lamentó de él por escrito: un obispo protestante, orientalista, autor de una de las Biblias más célebres que se han impreso nunca.
Y todavía hay algo mejor: ese mismo obispo dejó escrita, en el prólogo de su propia Biblia, la frase que hunde la Biblia sola. Sus herederos no la citan jamás.

El libro de este artículo
Introducción a la Sagrada Escritura
Ver el libro · Libro de bolsillo · €30,00
También en ebook por €9,99, con descarga inmediata
¿De dónde sale la cifra de 270 sectas?
Del capítulo XV de Where We Got the Bible, del padre Henry G. Graham, el que dedica a la Biblia de los católicos. Graham describe lo que la Iglesia, perseguida en Inglaterra y sin posibilidad de sacar una versión propia, tuvo que mirar desde su altura: «la publicación y la retirada, la aparición y la desaparición de docenas de versiones distintas, heréticas y corruptas, grotescas en sus errores y amargas en su sectarismo».
Y remata el cuadro con la cuenta: «Al final del siglo XVI se habían enumerado nada menos que 270 sectas nuevas, y algunas que habían estado extinguidas durante siglos, como el arrianismo, revivieron bajo la genial influencia de Lutero».
Conviene retener las dos mitades. La primera es aritmética: 270 en ochenta años. La segunda es peor para quien presume de volver al cristianismo primitivo: lo que revivió con Lutero no fue la Iglesia de los Apóstoles, sino el arrianismo, la herejía que negaba la divinidad de Cristo.
Quién era el doctor Walton
Graham no deja la cifra flotando: la acompaña del testimonio de un hombre que estaba dentro del campo protestante. «El doctor Walton, obispo de Chester y autor de la famosa Biblia Polígota que lleva su nombre, lamenta este hecho en su Prefacio, hacia finales del siglo XVII».
No es un polemista católico contando sectas ajenas: es el prelado anglicano que puso en columnas paralelas los textos bíblicos en varias lenguas, describiendo su propia casa:
«No hay fanático ni patán, de la más baja hez del pueblo, que no le presente a usted sus propios sueños como Palabra de Dios. Porque parece que se ha abierto el pozo del abismo, de donde ha salido un humo que ha oscurecido los cielos y las estrellas, y han salido langostas con alas: una raza numerosa de sectarios y herejes, que han renovado todas las viejas herejías y han inventado opiniones monstruosas propias.»

El libro de este artículo
Introducción a la Sagrada Escritura
Ver el libro · Libro de bolsillo · €30,00
También en ebook por €9,99, con descarga inmediata
Graham añade el comentario obvio, y no se corta: «Sin duda el pobre obispo, siendo un anglicano satisfecho de sí mismo, no logró percibir que él mismo era tan sectario y hereje como cualquiera de ellos». El que denunciaba que cada uno presentaba sus sueños como Palabra de Dios sostenía su interpretación privada frente a Roma con el mismo derecho —ninguno— que los fanáticos de los que se quejaba.
La frase de Walton que sus herederos no citan
En el Prolegomena de esa Polígota, capítulo V, Walton escribió una frase que los apologistas católicos del XIX citaron con gusto.
Milner la trae en su novena carta, presentándolo como «el docto obispo protestante Walton»: «La Palabra de Dios no consiste en meras letras, escritas o impresas, sino en el verdadero sentido de ella; el cual nadie puede interpretar mejor que la verdadera Iglesia, a la que Cristo confió esta prenda sagrada».
Monseñor Joseph Faà di Bruno abre con esa misma frase su capítulo sobre la interpretación de la Escritura, y saca la consecuencia antes de citarla: las Santas Escrituras son Palabra de Dios, «pero es claro que si las Escrituras se interpretan mal, se convierten en palabra de hombre». Y observa que eso mismo dijo san Jerónimo siglos antes: el Evangelio no está en las palabras, sino en el sentido; una explicación errónea convierte la Palabra de Dios en palabra de hombre y, lo que es peor, en palabra del diablo, que también sabía citar la Escritura, y la citó en el desierto.
El obispo que contempló horrorizado las sectas escribió, pues, que la Palabra de Dios es el sentido y no la tinta, y que ese sentido lo interpreta mejor que nadie la verdadera Iglesia. No cabe pedir más a un adversario.
La división no es un accidente: es el principio funcionando
Se suele oír que las divisiones protestantes son un problema de temperamento o de malos pastores. Monseñor Louis-Nazaire Bégin, en The Bible and the Rule of Faith, cierra esa salida con una frase que conviene aprenderse: «Notemos bien que estas divisiones y subdivisiones no se deben a circunstancias accidentales, extrínsecas al protestantismo; son en realidad el producto natural de su principio fundamental, la investigación libre, la interpretación privada de la Escritura. El protestantismo no tiene autoridad, y sin autoridad la unidad no es más que un sueño, una pura quimera».
Antes describe el resultado: «este principio de libre interpretación sólo ha llevado a subdivisiones sin fin, a todo un enjambre de sectas más o menos extrañas y dispares, que no tienen otro vínculo común que la Biblia —letra muerta que nada dice y todo tolera— y el odio a la Iglesia católica».
Letra muerta que nada dice y todo tolera. Ahí está el mecanismo entero: si el libro no habla por sí mismo y no hay quien hable por él con autoridad, cada lector es el último tribunal, y hay tantos tribunales como lectores. Bégin observa además que Lutero y Calvino, en plena Reforma, ya estaban asustados de aquellos desacuerdos.
Todos apelan a la misma Biblia
Ésta es la pieza decisiva: las sectas no se separaron por despreciar la Escritura, sino por tomársela en serio cada una a su manera. Bégin enumera una lista que da vértigo —luteranos, calvinistas, metodistas, presbiterianos reformados y no reformados, episcopalianos, bautistas, anabaptistas, bautistas del séptimo día, unitarios, socinianos, cuáqueros, moravos, iluminados, puseyistas y una veintena más— y concluye: «todos leen las Escrituras, todos buscan entenderlas, y descubren en ellas doctrinas a menudo enteramente contradictorias entre sí».
Recoge luego un pasaje del abate Magnin que aplica el principio con frialdad. El señor Bost no ve la primacía de san Pedro en el Tu es Petrus, y «según su principio tiene razón»; pero entonces el sociniano, que no encuentra allí la divinidad del Verbo, también tiene razón al negarla. ¿Quién juzga entre ellos? «¿La Escritura? Pero calla; se le hace violencia sin que diga una palabra en respuesta. ¿La luz de la razón? ¿Quién no pretende poseerla?»
Es el mismo procedimiento que produce el uso torcido de 2 Timoteo 3,16, donde «útil» se lee como «suficiente» sin que el texto lo diga.
Cuántas se han contado después
La cuenta no se detuvo en 1600. Milner, a principios del siglo XIX, remite a «las otras cuarenta sectas de protestantes enumeradas por Evans en su Sketch of the Different Denominations of Christians, y otras dos veces cuarenta que omite mencionar». Ciento veinte por lo bajo, en un solo repertorio inglés.
El cardenal James Gibbons, a finales de siglo y desde los Estados Unidos, escribe sin inmutarse: «De las cien y más sectas cristianas que existen hoy en este país, ¿no toma cada una la Biblia como su norma de autoridad, y no extrae cada miembro de ella un sentido distinto del de su vecino?». Y describe el fraccionamiento hasta el detalle doméstico: metodistas del Norte y del Sur, presbiterianos de escuela vieja y de escuela nueva, y, hasta en la comunión episcopal, ritualistas y low church.
Añade el dato que mejor mide el desastre. Las palabras «Esto es mi Cuerpo» se entendieron en un solo sentido antes de la Reforma; «las nuevas luces del siglo XVI dieron no menos de ochenta significados distintos a estas cuatro palabras sencillas, y desde entonces el número ha aumentado hasta más de cien». Cuatro palabras, cien sentidos.
Los propios reformados lo vieron venir
Bégin reúne confesiones que no vienen de católicos. Vinet, pastor de Ginebra, escribe que el protestantismo vive todavía del impulso del siglo XVI, pero que ese impulso se agota: «las vigas del edificio se desprenden; el edificio mismo se agrieta por todas partes… Hay protestantes; ya no hay protestantismo».
Frdseisen es más plástico: «La Iglesia luterana, en cuanto a sus diversas subdivisiones, se parece a un gusano cortado en mil pedazos, cada uno de los cuales se retuerce mientras le queda el menor resto de vida, pero acaba muriendo». Bégin señala además a dónde fue la autoridad que habían quitado al Papa: a los príncipes del imperio, a los cantones suizos, a los reyes y parlamentos, al zar, al sultán. El que rechaza una autoridad espiritual no se queda sin amo.
Qué hace falta para que la cuenta se detenga
Gibbons plantea la respuesta como exigencia de sentido común: si cada uno saca del libro un sentido distinto, «¿no proclama esta variedad de interpretaciones la absoluta necesidad de un intérprete autorizado e infalible?». Y añade la imagen incómoda: «me dices que beba del agua de la vida; pero ¿de qué me sirve esta agua a mis labios resecos, si reconoces que puede estar envenenada al pasar por el medio de tu interpretación?».
Bégin lo dice en positivo: «Por medio de la autoridad infalible de la Iglesia que las interpreta, las Escrituras se convierten en una luz brillante para los fieles; sin esta autoridad no pueden producir más que un caos de opiniones distintas y aumentar las tinieblas del error».
Doscientas setenta sectas en ochenta años no son una desgracia: son un principio dando fruto. Y el propio libro sagrado avisa de que no se interpreta solo: san Pedro dejó escrito que en las cartas de san Pablo hay cosas difíciles de entender, y que los indoctos las tuercen para su propia perdición.
Preguntas frecuentes
¿Quién contó las 270 sectas protestantes?
El padre Henry G. Graham recoge el recuento en el capítulo XV de Where We Got the Bible: «al final del siglo XVI se habían enumerado nada menos que 270 sectas nuevas». No atribuye la cuenta a un autor concreto. Quien sí se lamenta por escrito de aquella proliferación, y a quien Graham cita a continuación, es el doctor Walton, obispo protestante de Chester.
¿Quién era el doctor Walton?
Obispo anglicano de Chester y autor de la famosa Biblia Polígota que lleva su nombre, según lo presenta Graham. Milner y Faà di Bruno lo llaman «el docto obispo protestante Walton» y citan su Prolegomena, capítulo V. En el prefacio de esa Biblia se queja de que «no hay fanático ni patán, de la más baja hez del pueblo, que no le presente a usted sus propios sueños como Palabra de Dios».
¿Qué escribió Walton que favorece a la posición católica?
Esta, que Milner cita entera: «La Palabra de Dios no consiste en meras letras, escritas o impresas, sino en el verdadero sentido de ella; el cual nadie puede interpretar mejor que la verdadera Iglesia, a la que Cristo confió esta prenda sagrada». Faà di Bruno la usa para abrir su capítulo sobre la interpretación de la Escritura.
¿Las divisiones protestantes son un accidente histórico?
No, según Bégin: «estas divisiones y subdivisiones no se deben a circunstancias accidentales, extrínsecas al protestantismo; son en realidad el producto natural de su principio fundamental, la investigación libre, la interpretación privada de la Escritura». Y añade la razón: «el protestantismo no tiene autoridad, y sin autoridad la unidad no es más que un sueño, una pura quimera».
¿Todas las sectas apelan a la misma Biblia?
Sí, y eso es lo decisivo. Bégin enumera decenas de comuniones —luteranos, calvinistas, metodistas, bautistas de varias clases, unitarios, socinianos, moravos, puseyistas y muchas más— y sentencia que «todos leen las Escrituras, todos buscan entenderlas, y descubren en ellas doctrinas a menudo enteramente contradictorias entre sí».
¿Cuántas sectas hay hoy según estas fuentes?
Milner remite a cuarenta denominaciones enumeradas por Evans y a otras dos veces cuarenta que aquel repertorio omitía. Gibbons, a finales del siglo XIX, habla de «las cien y más sectas cristianas que existen hoy en este país» y precisa que «Esto es mi Cuerpo» recibió ochenta sentidos distintos en el siglo XVI y más de cien después.
Seguir leyendo
- San Pedro dijo que la Biblia es difícil de entender, y lo dejó escrito en la Biblia
- Cómo desmontar la sola Scriptura con la Biblia en la mano
- Diez cosas de Martín Lutero que nadie te contó en clase de historia
- Leer la Biblia «al pie de la letra»: qué falla en la lectura fundamentalista
El libro
Discutir estas divisiones sin saber cómo se formó el canon es pelear a ciegas: hace falta saber quién fijó la lista y con qué autoridad. Es lo que explica, con orden y sin tecnicismos inútiles, Introducción a la Sagrada Escritura, del padre Gabriel Calvo Zarraute. Está en 25,00 € en tapa blanda y 9,99 € en ebook; el envío es gratis en España a partir de 30 € de compra.
Fuentes
- Henry G. Graham, Where We Got the Bible, caps. XIV-XV («Deluge of Erroneous Versions», «The Catholic's Bible»). Texto completo.
- Louis-Nazaire Bégin, The Bible and the Rule of Faith, parte II, cap. II, art. I, y caps. V-VI. Texto completo.
- John Milner, The End of Religious Controversy, cartas VI-IX (las reglas falsas de fe). Texto completo.
- Joseph Faà di Bruno, Catholic Belief, cap. VIII («The Interpretation of Holy Scripture»). Texto completo.
- James Gibbons, The Faith of Our Fathers, caps. II y VIII («The Unity of the Church», «The Church and the Bible»). Texto completo.