Diez cosas de Martín Lutero que nadie te contó en clase de historia
Por Marcos Vera Pérez← Volver a «Preguntas sobre la Biblia»
De Martín Lutero se aprende en el colegio una versión muy corta: un fraile clava noventa y cinco tesis en una puerta, descubre la Biblia, se la da al pueblo y nace la libertad de conciencia. Casi todo lo interesante queda fuera.
Lo que sigue no son opiniones nuestras. Son diez hechos que los autores católicos del siglo XIX y principios del XX documentaron con las obras del propio Lutero en la mano, citando tomo y folio de la edición de Wittenberg. Uno solo no probaría nada; los diez juntos dibujan un retrato: el de un hombre que sometió la Escritura a su propio criterio y que, en sus momentos de lucidez, sabía exactamente lo que eso significaba.

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Uno y dos. Fue fraile con voto, y se casó rompiéndolo
Lutero no era un laico que descubriera la religión de mayor: era un religioso profeso, obligado por voto a castidad, obediencia y pobreza. Y lo contó él. El obispo Richard Challoner recoge el texto: «Mientras fui religioso —dice— observé castidad, obediencia y pobreza; y, en suma, completamente desentendido de los cuidados de esta vida presente, me entregué por entero al ayuno, la vigilia y la oración». Challoner da la referencia: comentario a los Gálatas, I, 15, tomo V de Wittenberg, folio 291,2. Y añade el contraste, tomado también de Lutero: cuando dejó el convento y abandonó las horas canónicas, declaró que había perdido aquel don hasta el punto de no poder vivir sin una mujer.
El voto, pues, no se deshizo: se desobedeció. Y el método para justificarlo es el de toda la Reforma. Monseñor Louis-Nazaire Bégin lo cita como ejemplo de lo que ocurre cuando cada uno busca en la Biblia lo que ya ha decidido encontrar: «Lutero se casó a pesar de su voto de castidad, porque había leído en el Libro Sagrado: "No es bueno que el hombre esté solo"». El versículo es del Génesis, está dicho de Adán antes de la caída y no contiene una palabra sobre votos. Pero servía.
Ese dato deja sin pie la leyenda escolar más resistente. El canónigo Henry G. Graham la despacha sin miramientos: no hay paciencia para «la ridícula leyenda de que Martín Lutero descubrió por casualidad las Escrituras», un libro que, siendo fraile, estaba obligado a haber conocido, estudiado y recitado durante años. Lo tratamos al hablar de las Biblias en español anteriores a Lutero.
Tres. Añadió una palabra al texto de San Pablo
Es el hecho más conocido y el de consecuencias más largas. Graham lo cuenta así: disgustado con la doctrina de San Pablo «somos justificados por la fe», y temiendo que por ahí se colaran las buenas obras —superstición papista—, añadió la palabra «sólo» detrás de las palabras del Apóstol, dejando la frase «somos justificados por la fe sola»; y así se lee en las Biblias luteranas hasta hoy.
Bégin conserva la respuesta que dio cuando le echaron en cara la añadidura: «Su papista hace mucho ruido con esta adición de la palabra sola; dígale que el doctor Martín Lutero quiere que así sea, y que dice que un papista y un asno son una misma cosa: sic volo, sic jubeo, sit pro ratione voluntas. No queremos ser discípulos de los papistas, que tienen por pecado alterar las Escrituras, sino de su Maestro».
La frase latina significa «así lo quiero, así lo mando, valga mi voluntad por razón»: no es un argumento, es la renuncia a dar ninguno. Lo desmenuzamos en la palabra que Lutero le añadió a San Pablo.

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Cuatro y cinco. Llamó «epístola de paja» a Santiago, y no fue el único libro que despreció
Cuando un libro de la Biblia no encajaba con la doctrina recién fabricada, el libro sobraba. Graham lo documenta: hizo falta «toda la capacidad de resistencia de los reformadores más conservadores» para impedir que Lutero arrojara fuera la Epístola de Santiago como indigna de permanecer en la Sagrada Escritura. «Una epístola de paja», la llamó, «sin ningún carácter del Evangelio en ella».
Y no acabó ahí. Del mismo modo, sigue Graham, y casi en el mismo grado, deshonró la Epístola de San Judas, la Epístola a los Hebreos y el Apocalipsis, declarando que no estaban en el mismo plano que los demás y que no contenían la misma cantidad de Evangelio. Graham añade entre paréntesis la precisión que lo explica todo: de su Evangelio.
Es la operación en miniatura: la medida no es el origen apostólico del libro, ni el testimonio de la Iglesia que lo recibió, sino la conformidad con lo que uno ya sostiene. Tiene el caso entero en el artículo sobre la «epístola de paja».
Seis. Enseñó que el pecado original había destruido el libre albedrío
Entramos en la doctrina, la pieza que menos se cuenta y la que más pesa. Bégin enumera los principios admitidos por Lutero, Calvino y Zuinglio, y el tercero es que «el pecado original privó a Adán y a su posteridad del libre albedrío». El segundo es más duro todavía: «la abominable doctrina de que Dios es el autor del pecado, en cuanto que impulsa al hombre a pecar por una necesidad irresistible», y de ahí la frase latina que Bégin atribuye a Lutero, Vim et mala opera in impiis Deus operatur, «Dios obra la violencia y las malas obras en los impíos». La lista sigue: que es imposible guardar los mandamientos, y que Dios creó a la mayor parte de los hombres sólo para condenarlos.
Bégin señala la contradicción que nadie le resolvió nunca: Lutero sostiene que la razón individual puede y debe escrutar el sentido de los oráculos sagrados, y a la vez que en el hombre la razón y el libre albedrío quedaron «absolutamente destruidos» por el pecado original. ¿Cómo va a penetrar en las profundidades de la Escritura una razón reducida a la impotencia más completa? Bégin deja esa dificultad «a quienes tienen por gloria profesar las doctrinas del gran reformador sajón».
Siete. Escribió que San Pedro vivió y enseñó contra la Palabra de Dios
La frase está en el comentario a los Gálatas, capítulo II, edición de Wittenberg, tomo V, página 290, y Bégin la reproduce tal cual: «Pedro —dice—, el mayor de los Apóstoles, vivió y enseñó contra la Palabra de Dios». En la misma página recoge lo que escribió de Moisés: que tenía lengua, pero tartamudeante, «lengua de muerte, de ira y de pecado».
Y la pieza más incómoda del expediente: una carta confidencial a Melanchthon del 30 de agosto de 1530. «Cuando ya no tengamos nada que temer, cuando nos dejen en paz, entonces será el momento de rectificar nuestros engaños, nuestras mentiras y nuestros errores».
Ocho y nueve. Reconoció que el canon se apoya en la Tradición, y que sin los concilios no hay unidad
Son la misma confesión desde dos lados. La primera la registra monseñor John Milner: el canon de la Escritura se apoya en la Tradición de la Iglesia, y los protestantes más sabios, «con Lutero mismo», se han visto forzados a reconocerlo en términos casi tan fuertes como la conocida declaración de San Agustín. Es decir: la lista de libros con la que Lutero juzgaba a la Iglesia se la había dado la Iglesia.
La segunda la conserva Bégin, y es de Lutero: «Si el mundo subsistiera largo tiempo con todas estas interpretaciones distintas que se dan de la Escritura, no nos quedaría otro medio de conservar la unidad que recibir los decretos de los concilios y acogernos a su autoridad». Y dos frases más del párrafo: «Nada desacredita tanto nuestro Evangelio como nuestra discordia intestina»; «sabemos bien a quién evitar, pero no a quién seguir».
El principio de la Escritura sola, puesto a funcionar, devolvió a su autor a la única solución que quiso destruir. Lo tratamos al desmontar la sola Scriptura.
Diez. Firmó que Felipe de Hesse podía tener dos mujeres a la vez
El décimo hecho no es doctrinal: es un documento. El cardenal James Gibbons lo dice así: «Lutero y sus colegas Melanchthon y Bucero permitieron a Felipe, landgrave de Hesse, tener dos mujeres al mismo tiempo». Y añade que Carlostadio justificó la poligamia.
El padre George M. Searle lo confirma comparándolo con el caso inglés. La Iglesia no pudo conceder a Enrique VIII dispensa para casarse con Ana Bolena estando verdaderamente casado con Catalina, porque el divorcio y la bigamia están prohibidos por la ley de Dios, y perdió Inglaterra por no ceder. «Lutero y sus compañeros —escribe Searle— estuvieron dispuestos a forzar el punto para complacer al landgrave de Hesse, y suscribieron un documento a tal efecto; pero la Iglesia católica no puede hacer semejante cosa».
Dos fuentes independientes, y las dos coinciden en lo que importa: hubo firma.
Lo que no hemos podido documentar
Conviene decir lo que se queda fuera. En estas obras no aparece la orden religiosa a la que Lutero perteneció: consta que era fraile y sacerdote, y hasta ahí llegamos. Tampoco aparece su célebre actitud ante los campesinos sublevados; Bégin menciona esa guerra, pero sólo para contar que un insurgente se aplicó a sí mismo un versículo.
Y hay una discrepancia que no vamos a disimular. Sobre cuántas ediciones de la Biblia circulaban antes de que Lutero publicara la suya, Gibbons dice que «no menos de cincuenta y seis» habían aparecido en el continente, veintiuna en alemán; Graham habla de ciento cuatro ediciones latinas antes de 1520, nueve alemanas anteriores al nacimiento de Lutero y veintisiete alemanas antes de la suya. Las cifras no cuadran y nos quedamos con la corta: cincuenta y seis. Basta de sobra, porque ninguna de las dos es cero.
Preguntas frecuentes
¿De dónde salen estos datos sobre Lutero?
De seis obras apologéticas católicas de los siglos XIX y XX que citan las ediciones de Lutero: Graham, Bégin, Challoner, Milner, Gibbons y Searle, todas referenciadas al final. Varias dan tomo y folio de la edición de Wittenberg. Graham advierte que las palabras de Lutero «están impresas en frío, y no pueden mentir», y remite a The Bible in the Church, del doctor Westcott, obispo anglicano de Durham.
¿Es verdad que Lutero descubrió la Biblia en un convento?
No, y Graham lo llama «ridícula leyenda». Siendo fraile, Lutero estaba obligado por su regla a conocer, estudiar y recitar la Escritura durante años: no pudo descubrir por casualidad el libro que rezaba a diario. Graham añade que los clérigos de aquellos siglos tenían una familiaridad con la Palabra escrita de Dios que los ministros modernos no igualan.
¿Qué es la doctrina del siervo albedrío?
Es la tesis de que el pecado original no debilitó el libre albedrío, sino que lo destruyó por completo, de modo que el hombre no puede querer ni obrar el bien. Bégin la enumera entre los principios admitidos por Lutero, Calvino y Zuinglio, junto con la de que Dios es el autor del pecado porque impulsa al hombre a pecar por necesidad irresistible y la de que Dios creó a la mayor parte de los hombres para condenarlos.
¿Quién impidió que la Epístola de Santiago saliera de la Biblia?
Los reformadores más conservadores, según Graham, que se resistieron y frenaron la operación. En el Nuevo Testamento acabaron dejando los libros tal como los encontraron, y el Testamento protestante contiene hoy los mismos libros que el católico. Donde sí se consumó el recorte fue en el Antiguo Testamento, del que desaparecieron siete libros enteros más partes de Ester y de Daniel. El protestante que hoy lee a Santiago lo lee porque unos hombres detuvieron a Lutero.
¿Por qué importa hoy la palabra «sólo» que añadió a San Pablo?
Porque de esa palabra sale la doctrina entera de la justificación por la fe sola, eje de la Reforma. Graham subraya la audacia de cambiar de un plumazo una doctrina fundamental del Apóstol de Dios, que escribió, como todos admiten, bajo la inspiración del Espíritu Santo. Y señala el principio que lo hace posible, el juicio privado: por ignorante, por iletrado que sea, cualquiera puede —es más, está obligado a— recortarse una Biblia y una religión a su medida.
¿No es injusto juzgar a Lutero con fuentes católicas?
Sería injusto si las fuentes le atribuyeran cosas que no escribió. Lo que hacen es citarle: Challoner remite al comentario a los Gálatas con tomo y folio; Bégin, a la carta a Melanchthon con su fecha; Graham, a una obra de un obispo anglicano. En varios puntos los testigos no son católicos: Bégin recoge lo que Zuinglio escribió del libro de Lutero y lo que Calvino le reprochó en carta a Bucero en 1538.
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Detrás de los diez hechos hay una sola cuestión: quién tiene autoridad sobre la Escritura. Para responderla hace falta saber cómo está hecha la Biblia, qué es el canon y quién lo fijó. Es lo que explica, con orden y sin tecnicismos inútiles, Introducción a la Sagrada Escritura, del padre Gabriel Calvo Zarraute. Está en 30,00 € en tapa blanda, 9,99 € en ebook y 14,99 € en audiolibro; el envío es gratis en España a partir de 30 € de compra.
Fuentes
- Henry G. Graham, Where We Got the Bible, caps. V, VII y IX. Texto completo.
- Louis-Nazaire Bégin, The Bible and the Rule of Faith, partes I y II. Texto completo.
- Richard Challoner, The Catholic Christian Instructed. Texto completo.
- John Milner, The End of Religious Controversy. Texto completo.
- James Gibbons, The Faith of Our Fathers. Texto completo.
- George M. Searle, Plain Facts for Fair Minds. Texto completo.