¿Cuál es la verdadera Iglesia de Cristo? Las cuatro notas de la Iglesia
Por Marcos Vera PérezLa verdadera Iglesia de Cristo es la Iglesia católica: la única fundada sobre Pedro, la única que conserva la constitución que Cristo le dio y la única que reúne las cuatro notas que confesamos en el Credo, una, santa, católica y apostólica. No es una afirmación de orgullo de grupo; es una conclusión que se puede comprobar con el Evangelio y con la historia en la mano.
Así responde el P. A. Hillaire en La religión demostrada: «La verdadera Iglesia de Jesucristo es la Iglesia católica romana» (p. 411). Y da tres razones: es la única que posee la constitución establecida por Cristo, la única fundada sobre Pedro y la única que reúne las notas de la verdadera Iglesia. Vamos a verlas por orden.
¿Fundó Cristo una sola Iglesia o varias?
Una sola. El Evangelio no habla nunca de «iglesias de Cristo» en plural, como si fueran variantes de una misma idea. Cristo dice a Pedro «sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mt 16,18), en singular, y anuncia que habrá «un solo rebaño y un solo pastor» (Jn 10,16). Hillaire lo condensa así: «No; Jesucristo no fundó más que una sola Iglesia, que compara a un rebaño conducido por un solo pastor» (p. 409).
Y de ahí saca la consecuencia lógica: «No reconoce, pues, Jesucristo más que un solo edificio, un solo reino, una sola grey, una sola Iglesia» (p. 409). Si Cristo fundó una sola, todas las demás que se presentan con su nombre son de origen humano. La pregunta no es cuál nos gusta más, sino cuál es la que Él fundó.

El libro de este artículo
Ver el libro · Libro de bolsillo · €30,00
También en ebook por €9,99, con descarga inmediata
¿Qué Iglesias se llaman cristianas y en qué se diferencian?
Hillaire distingue tres grandes familias: la Iglesia católica, «la más antigua y la más extendida»; las Iglesias orientales separadas, que conservan casi toda la doctrina pero no reconocen la supremacía del Papa; y las comunidades protestantes nacidas en el siglo XVI, divididas desde el principio en luteranos, calvinistas y anglicanos, y subdivididas después en innumerables sectas (p. 410).
Lo interesante es cómo agrupa sus teorías sobre la Iglesia. Unos dicen que Cristo fundó una religión, pero no una sociedad, de modo que cada cual es libre de pertenecer a la Iglesia que prefiera. Otros admiten una sociedad, pero ponen la autoridad en el Estado o en la asamblea de los fieles. Otros, por fin, reconocen obispos sucesores de los apóstoles, pero niegan al Papa nada más que un primado de honor (pp. 410-411). Las tres teorías tropiezan con el mismo hecho: Cristo dio a su Iglesia pastores con autoridad propia y una cabeza visible.
¿Por qué basta el Papa para reconocer la verdadera Iglesia?
Porque Cristo edificó su Iglesia sobre Pedro. Le dio las llaves del reino de los cielos (Mt 16,19) y le encargó, después de resucitar, apacentar a sus corderos y a sus ovejas (Jn 21,15-17). Si la Iglesia está edificada sobre Pedro, donde está el sucesor de Pedro está la Iglesia. Por eso Hillaire escribe que «El primado del Pontífice romano basta por sí solo para discernir la verdadera Iglesia de Jesucristo» (p. 413).
El obispo de Roma es el sucesor de Pedro porque ocupa su sede: Pedro murió mártir en Roma, y «ninguna secta ha reivindicado jamás para sí este privilegio de la Iglesia romana» (p. 414). Y la autoridad de esa sede se ejerció desde el principio. En el siglo I, la Iglesia de Corinto recibe una carta del obispo de Roma, san Clemente, para poner orden en sus divisiones; a finales del siglo II, el papa san Víctor interviene en la disputa sobre la fecha de la Pascua; y ningún concilio ha sido tenido por ecuménico sin el concurso del Papa (pp. 414-415).
En el concilio de Florencia, en 1439, griegos y latinos firmaron juntos esta definición, que el libro reproduce: «Definimos que el Pontífice posee el primado sobre el universo entero: que este mismo Pontífice Romano es el sucesor del bienaventurado Pedro, Príncipe de los Apóstoles: que él es el Vicario de Jesucristo y el Supremo Jerarca de toda la Iglesia, el Padre y el Doctor de todos los cristianos» (p. 415).
¿Qué definió el Concilio Vaticano I sobre el primado de Pedro?
El 18 de julio de 1870, la constitución Pastor aeternus definió como dogma de fe lo que la Iglesia había creído siempre. En su primer capítulo condena a quien diga que Pedro no fue constituido por Cristo cabeza visible de toda la Iglesia militante, o «que el mismo Pedro no recibió más que un primado de honor y no un primado de jurisdicción propio y verdadero, directa e inmediatamente conferido por el mismo Jesucristo» (p. 417).
El segundo capítulo afirma que Pedro «vive, reina y juzga en sus sucesores los obispos de esta Santa Sede de Roma, fundada por él y consagrada con su sangre», y condena a quien niegue que el Romano Pontífice sea su sucesor en el primado (p. 418). El tercero declara que todos, pastores y fieles, le deben obediencia «no solamente en materia de fe y costumbres, sino también en lo que toca a la disciplina y al gobierno de la Iglesia», de suerte que la Iglesia de Cristo sea «un solo rebaño bajo un solo Pastor» (p. 418).
¿Cuáles son las cuatro notas de la verdadera Iglesia?
Además del primado, Dios ha puesto en su Iglesia señales visibles para que cualquiera pueda reconocerla. Hillaire las llama notas y explica qué condiciones debe tener cada una: ser más fácil de conocer que la Iglesia misma, ser esencial a la verdadera Iglesia y ser incompatible con una falsa (p. 419). Y responde: «Hay cuatro señales de la verdadera Iglesia. Debe ser: una, santa, católica y apostólica» (p. 420). Son las cuatro palabras del Credo que se canta en la Misa.
- Una: sus miembros profesan la misma fe, participan de los mismos sacramentos y obedecen al mismo supremo pastor. Negar un punto de la doctrina es la herejía; romper con los pastores legítimos es el cisma (p. 421).
- Santa: tiene por fundador a Cristo, ofrece todos los medios de santificación y produce siempre santos (pp. 421-422).
- Católica: está abierta a todos, extendida por todo el mundo y en todos los tiempos (pp. 422-423).
- Apostólica: se remonta a los apóstoles, enseña su doctrina y la gobiernan pastores cuya misión viene de ellos (pp. 423-424).
Hillaire lo resume en una frase: «La unidad, constituye la forma de la Iglesia; la santidad, su vida; la catolicidad, la extensión de su dominio; la apostolicidad, su edad» (p. 420).
¿Por qué solo la Iglesia católica tiene las cuatro notas?
Es una. En cualquier punto del mundo, el católico encuentra el mismo Credo, el mismo sacrificio, los mismos sacramentos y la misma obediencia al Papa. «Recorred la tierra de un extremo a otro, y, en todos los puntos del globo, oiréis al hijo de la Iglesia Romana cantar el mismo Credo» (p. 425).
Es santa. Su doctrina combate todos los vicios, sus sacramentos dan la gracia, y no ha dejado de producir santos en todos los siglos y en todas las condiciones, cuya santidad Dios ha confirmado con milagros examinados con todo rigor en los procesos de canonización (pp. 426-427).
Es católica. El nombre se le ha quedado como propio, y no por casualidad. San Paciano, obispo de Barcelona en el siglo IV, lo dijo con una frase que Hillaire recoge: «cristiano es mi nombre, católico es mi apellido» (p. 429).
Es apostólica. Sus obispos pueden remontar su misión, de unos a otros, hasta los apóstoles, y la lista de los papas llega sin interrupción hasta san Pedro. En cambio, como recuerda el libro, «El protestantismo no existía antes de Lutero; el cisma griego, antes de Focio; sólo la Iglesia Romana llega hasta San Pedro, y por él, hasta Jesucristo» (p. 430). Toda comunidad separada tiene una fecha de nacimiento posterior a los apóstoles; la Iglesia católica no.
¿No ha inventado la Iglesia católica dogmas nuevos?
Es la objeción protestante clásica, y Hillaire la responde con precisión: «Nunca la Iglesia ha definido un artículo de fe sin haber probado que los apóstoles lo habían enseñado, o por escrito, o de viva voz» (p. 430). Lo nuevo no es la verdad, sino la definición: la Iglesia expresa con más claridad y con más solemnidad lo que siempre se había creído, cuando un error obliga a hacerlo.
Así ocurrió con la Inmaculada Concepción y con la infalibilidad del Papa, definidas en el siglo XIX: la Iglesia, dice el libro, no inventó nuevos dogmas, «sino que ha declarado solamente que esos dogmas están contenidos en la revelación divina y en la Tradición apostólica» (p. 431). La disciplina puede cambiar; la doctrina, no.
¿Y si en la Iglesia hay malos católicos?
Los hay, los ha habido y los habrá, y el propio Cristo lo anunció en la parábola del trigo y la cizaña. Pero la santidad de la Iglesia no depende de que todos sus miembros sean santos, sino de que su doctrina, sus sacramentos y sus leyes lleven a la santidad a quien los sigue. Hillaire lo dice sin rodeos: «Si numerosos cristianos con su indigna conducta deshonran a la Iglesia, es porque repudian su doctrina y su moral» (p. 428). El pecado de un católico no prueba nada contra la Iglesia; prueba que ese católico no le hace caso.
Preguntas frecuentes
¿Cuál es la Iglesia que fundó Jesucristo?
La Iglesia católica, la única edificada sobre Pedro y sus sucesores, los obispos de Roma, y la única que reúne las cuatro notas del Credo: una, santa, católica y apostólica.
¿Cuáles son las cuatro notas de la Iglesia?
Una, santa, católica y apostólica. Son las señales visibles por las que se reconoce la verdadera Iglesia de Cristo, y están en el Credo que se reza en la Misa.
¿Qué significa que la Iglesia es apostólica?
Que se remonta a los apóstoles, que enseña su misma doctrina y que la gobiernan pastores cuya misión procede de ellos por sucesión ininterrumpida, en comunión con el sucesor de Pedro.
¿Qué definió el Concilio Vaticano I sobre el Papa?
En la constitución Pastor aeternus, del 18 de julio de 1870, definió que Pedro recibió de Cristo un primado de jurisdicción y no solo de honor, que el Romano Pontífice es su sucesor en ese primado, que tiene pleno poder sobre toda la Iglesia y que, cuando define ex cathedra una doctrina de fe o costumbres, es infalible.
¿Por qué los ortodoxos no son la verdadera Iglesia si tienen obispos?
Porque están separados de Pedro. Conservan casi toda la doctrina y la sucesión episcopal, pero no reconocen el primado del Papa, que Cristo estableció; y Cristo fundó su Iglesia sobre Pedro.
¿Qué quiere decir «cristiano es mi nombre, católico es mi apellido»?
Es una frase de san Paciano, obispo de Barcelona en el siglo IV, en su primera carta a Simproniano: «cristiano» nombra al discípulo de Cristo; «católico» lo distingue de los grupos separados que también se llaman cristianos.
Dónde leer la demostración entera
Todo esto es solo una parte de la quinta verdad de La religión demostrada, el manual de apologética del P. A. Hillaire, que demuestra paso a paso que Dios existe, que tenemos alma, que necesitamos una religión, que la cristiana es la única divina y que la Iglesia católica es su única depositaria. Versión castellana de Mons. Agustín Piaggio, con Nihil obstat e Imprimatur. Está en papel por 30,00 €; el envío es gratis en España a partir de 30 € de compra. También en ebook por 9,99 €.
Fuentes
- P. A. Hillaire, La religión demostrada, versión castellana de Mons. Agustín Piaggio, Páginas Contrarrevolucionarias, quinta verdad, pp. 409-431.
- Concilio Vaticano I, constitución dogmática Pastor aeternus, 18 de julio de 1870, caps. I-IV: texto en vatican.va.
- Concilio de Florencia, bula Laetentur caeli, 6 de julio de 1439, definición del primado: texto de las sesiones del concilio.
- San Paciano de Barcelona, Carta I a Simproniano: traducción inglesa en tertullian.org.
- Mateo 16,18-19, Juan 10,16 y Juan 21,15-17 en la Nova Vulgata: san Mateo y san Juan.
Seguir leyendo
- «Tú eres Pedro»: el versículo que obliga a todo protestante a hacer malabares
- El protestantismo se partió en 270 sectas antes de cumplir cien años
- La Iglesia no salió de la Biblia: la Biblia salió de la Iglesia
- Los Padres de la Iglesia: quiénes fueron y por qué siguen importando
Preparado con ayuda de herramientas de IA a partir de «La religión demostrada» y revisado por Marcos Vera Pérez.