«Tú eres Pedro»: el versículo que obliga a todo protestante a hacer malabares
Por Marcos Vera PérezDiga en voz alta, delante de un protestante instruido, las palabras que san Mateo pone en boca de Cristo en Cesarea de Filipo: «Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos» (Mt. XVI, 18-19). Y observe la cara que pone.
A partir de ahí empieza el número: hay que sostener a la vez que ese texto es palabra de Dios y que no significa lo que dice. Los malabares son siempre tres: que «esta piedra» no sea Pedro, que las llaves no sean un gobierno y que apacentar el rebaño no sea mandar en él.
El primer malabar: que «esta piedra» no sea Pedro
El intento más antiguo se apoya en el griego: en san Mateo el nombre del Apóstol y la palabra «piedra» no tienen el mismo género, de donde se concluiría que Cristo señalaba a otra cosa. El obispo John Milner recoge el caso de un prelado anglicano que se aferró a ese detalle y tuvo que soltarlo cuando un colega le mostró «que Cristo no habló griego, sino siríaco, y que en esta ocasión se sirvió de la palabra Cefas, Piedra, que no admite variación de géneros».

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El cardenal Gibbons lo dice igual: «La palabra Pedro, en la lengua siro-caldea que nuestro Salvador hablaba, significa una piedra. La frase corre así en aquel idioma: tú eres una piedra, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». Y añade que «todos los comentadores protestantes respetables han abandonado ya, y hasta ridiculizan, el absurdo de aplicar la palabra piedra a otro que a Pedro», porque la frase no admite otra construcción sin poner en duda el sentido común de nuestro Señor.
El cardenal Wiseman recuerda que Dios ya había cambiado el nombre de Abrahán y de Jacob al señalarlos, y que a Simón se le anunció otro tanto en el primer encuentro: «tú serás llamado Cefas, que se interpreta Pedro» (Jn. I, 42). En la lengua que allí se hablaba —Wiseman anota al pie la forma siríaca, Kipho— «no existe la más mínima diferencia, ni aun hoy mismo, entre el nombre con que se conoce a este apóstol y la palabra más corriente que designa una roca». Los que oyeron a Cristo no oyeron un juego de palabras: oyeron una designación.
El segundo malabar: que Pedro sólo pusiera el primer ladrillo
Caído el argumento gramatical, queda el histórico, que Wiseman llama «la única interpretación con la que nuestros adversarios pueden montar siquiera una oposición aparente»: Pedro fue el primer enviado a convertir a judíos y gentiles, y en ese sentido la Iglesia brotó de él.
La respuesta es de una limpieza que da gusto leer. «Si nuestro bendito Salvador hubiese dicho: tú pondrás el fundamento de mi Iglesia, ese sentido podría darse a sus palabras. Pero ¿no hay diferencia entre semejante frase y ésta: tú serás la piedra sobre la que yo la edificaré?» El Evangelio lo predicó san Patricio a los irlandeses y san Agustín a los anglosajones: ¿se atrevería alguien a llamarlos «el fundamento de esas dos Iglesias, o la roca sobre la que fueron edificadas»? Nadie lo ha dicho nunca.
Las llaves no son las de un portero
El tercer malabar se hace con las llaves: puesto que Pedro fue el primero en abrir la puerta a judíos y gentiles, significarían eso y nada más. Wiseman se detiene en seco: «¿Puede alguien decidirse a creer en una significación tan fría y, casi diría, tan mezquina como ésta? ¿Dónde se ha usado la imagen en ese sentido?»
La entrega de llaves ha significado siempre el traspaso de la autoridad suprema. Dios pondrá sobre el hombro del Mesías «la llave de la casa de David; y abrirá, y nadie cerrará» (Is. XXII, 22); y de Él se dice que tiene «las llaves de la muerte y del infierno» (Apoc. I, 18). Gibbons añade que entre los hebreos eran emblema de jurisdicción: decir que un hombre había recibido las llaves de una ciudad equivalía a decir que había sido nombrado su gobernador. Y adviértase el detalle: «a Pedro solo, y a ningún otro Apóstol, fueron dirigidas estas solemnes palabras».

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«Apacienta mis ovejas»: el rebaño entero, sin excepción
La promesa de Cesarea se cumple a la orilla del lago: tres veces pregunta Cristo a Simón si le ama más que los otros, y tres veces le entrega su rebaño. «Apacienta mis corderos... Apacienta mis corderos... Apacienta mis ovejas» (Jn. XXI, 15-17).
Gibbons subraya lo que la distinción tiene de precisa. Todo el aprisco queda confiado a Pedro «sin excepción ni limitación alguna»: tiene jurisdicción sobre los corderos —los fieles— y sobre las ovejas, esto es, sobre los mismos Pastores. A los demás se les asigna una parte; a Pedro, el aprisco entero: «jamás dijo Jesús a ningún otro Apóstol u Obispo lo que dijo a Pedro: apacienta todo mi rebaño». Y que apacentar signifique gobernar no es lectura forzada: Wiseman recuerda que ya en Homero los reyes y caudillos se designan con el título de «pastores de los pueblos».
La oración que Cristo hizo por uno solo
Hay un cuarto texto que se cita menos y pesa tanto. En la última cena Cristo avisa a los Apóstoles y a continuación cambia de número: «Mirad, Satanás ha pedido teneros para zarandearos como el trigo. Pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca; y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos» (Lc. XXII, 31-32).
Gibbons pone el dedo donde hay que ponerlo: «es digno de nota que Jesús ora sólo por Pedro». ¿Por qué por él? Porque sobre sus hombros iba a descansar el peso de la Iglesia. Pide dos cosas: que la fe de Pedro y de sus sucesores no desfallezca, y que Pedro confirme a sus hermanos, «para que —dice san León— la fortaleza dada por Cristo a Pedro descendiese sobre los Apóstoles». San Ambrosio lo había visto antes: «Pedro, después de su caída, es constituido Rector de la Iglesia».
En los Hechos, el que habla primero
Si la promesa está en Mateo y la institución en Juan, el ejercicio está en los Hechos. El nombre de Pedro va siempre el primero en la lista de los Apóstoles y el de Judas Iscariote el último; san Mateo llega a llamarle el primer Apóstol, cosa que no puede referirse a la edad ni al orden de elección, porque su hermano mayor Andrés fue escogido antes que él.
Lo demás es una sucesión de primeros que Gibbons recorre sin adornos. Pedro es el primer Apóstol que hace un milagro; el primero que habla a los judíos en Jerusalén, y convierte a tres mil almas; el primero que hace conversos gentiles, en Cornelio y sus amigos. Al elegir sucesor de Judas, Pedro es el único que habla. En el concilio de Jerusalén es el primero cuyo parecer se recoge: antes de su discurso «hubo mucha discusión»; cuando calló, «toda la multitud calló». Y hay un contraste que vale por un tratado: a Santiago lo decapita Herodes sin que los fieles hagan esfuerzos extraordinarios por salvarlo; al encarcelar a Pedro, la Iglesia entera se conmueve.
De las objeciones, Gibbons saca incluso una prueba. San Pablo consigna como hecho digno de memoria que resistió a Pedro cara a cara: ¿merecería registrarse si hubiera reprendido a Bernabé? Y en la misma epístola insinúa su rango: «subí a Jerusalén a ver a Pedro, y permanecí con él quince días». San Jerónimo observa con humor que Pablo no fue a mirarle el rostro, «sino a honrar al primer Apóstol».
Los Padres no encontraron el texto difícil
Queda una prueba que los malabares no pueden tocar: la de quienes leyeron el texto cuando nadie tenía interés en retorcerlo. Joseph Berington y John Kirk los alinean por siglos, y el efecto es monótono en el buen sentido.
- Tertuliano, siglo II: «recuerda que el Señor dejó sus llaves a Pedro, y por él a la Iglesia».
- Orígenes, siglo III: debiendo dársele a Pedro «algo peculiarmente excelente, se le dio a él singularmente»; aquellas palabras «importaban una gran distinción y superioridad».
- San Cipriano: el Señor «en primer lugar dio a Pedro, sobre quien edificó su Iglesia», el poder de atar y desatar, y en él «mostró el origen de la Unidad».
- Eusebio, siglo IV: Pedro es «el discípulo de Cristo preferido a todos los demás Apóstoles»; san Hilario: «Pedro creyó primero, y es hecho príncipe del apostolado».
- San Gregorio Nacianceno: Pedro «es llamado roca, y a su cuidado se confía el fundamento de la Iglesia», mientras los demás discípulos «soportan esta preferencia sin murmurar».
Challoner remite a la misma nómina —Epifanio, Crisóstomo, Optato de Milevi, Ambrosio, Jerónimo, Agustín, León, Gregorio el Grande— y saca la conclusión obvia: si Cristo estableció su Iglesia para que durara hasta el fin del mundo, la supremacía que instituyó para conservar la unidad no podía morir con Pedro. Milner lo formula de una vez: las promesas de que las puertas del infierno no prevalecerán «fueron hechas a la Iglesia de todas las naciones y de todos los tiempos, en comunión con san Pedro y sus sucesores, los Obispos de Roma». Que Pedro trasladara su sede de Antioquía a Roma y allí muriera mártir lo atestiguan, según Gibbons, Clemente, Ireneo, Orígenes, san Jerónimo y Eusebio.
Cuatro textos y siglos de Padres, contra tres malabares. El mismo procedimiento —negar lo que el Evangelio dice con todas sus letras— sostiene que la Madre de Jesús tuvo otros hijos después de Él, o convierte un versículo que dice «útil» en uno que dice «único», como pasa con 2 Timoteo 3,16.
Preguntas frecuentes
¿Qué dice exactamente Mateo 16,18-19?
Que Cristo, en premio a la confesión de Pedro, le dice: «tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos», con el poder de atar y desatar. Gibbons lo reproduce al tratar de la promesa de la primacía; Berington y Kirk lo colocan en cabeza de los testimonios sobre Pedro. La numeración es idéntica en las biblias católicas y en las protestantes.
¿Puede «esta piedra» referirse a la fe de Pedro y no a Pedro?
No, si se atiende a la lengua en que se dijo. Gibbons explica que Pedro, en la lengua siro-caldea que hablaba nuestro Señor, significa una piedra. Wiseman precisa que en aquel idioma no hay la menor diferencia entre el nombre del Apóstol y la palabra corriente para roca, y anota la forma siríaca Kipho. Milner añade que la objeción sacada del griego cayó al mostrarse que Cristo usó Cefas, sin variación de géneros.
¿Qué significan las llaves del reino?
Jurisdicción. Gibbons recuerda que entre los hebreos las llaves eran emblema de mando: decir que un hombre había recibido las de una ciudad equivalía a decir que era su gobernador. Wiseman lo confirma con Isaías XXII, 22 y el Apocalipsis I, 18, y rechaza como «fría y mezquina» la lectura que las reduce a abrir la puerta a judíos y gentiles.
¿Qué añade «apacienta mis ovejas» a lo de Cesarea?
El cumplimiento. Gibbons observa que todo el aprisco queda confiado a Pedro sin excepción ni limitación: los corderos son los fieles y las ovejas los mismos Pastores, y a ningún otro Apóstol u Obispo dijo Cristo «apacienta todo mi rebaño». Challoner resume que le encomendó el cuidado de toda su Iglesia.
¿Por qué importa que Cristo orara sólo por Pedro?
Porque cambia de número a propósito. En Lucas XXII, 31-32 avisa a todos de que Satanás quiere zarandearlos, pero dice «he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca; y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos». Gibbons subraya que ora sólo por Pedro, y cita a san León: la fortaleza dada a Pedro había de descender sobre los Apóstoles.
¿Y si san Pablo reprendió a Pedro?
Entonces Pedro era su superior. Gibbons razona que san Pablo consigna como hecho digno de memoria haber resistido a Pedro cara a cara, cosa que no se registraría si hubiera reprendido a Santiago o a Bernabé; y que un superior puede ser amonestado sin dejar de serlo: san Bernardo, siendo monje, aconsejó por escrito al papa Eugenio III sin faltarle en nada a la reverencia.
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Fuentes
- James Gibbons, The Faith of Our Fathers, caps. IX («The Primacy of Peter»), X («The Supremacy of the Popes») y XI. Texto completo.
- Nicholas Wiseman, Lectures on the Principal Doctrines and Practices of the Catholic Church, lección VIII. Texto completo.
- Joseph Berington y John Kirk, The Faith of Catholics, proposición XII («Primacy of Saint Peter and his Successors»). Texto completo.
- John Milner, The End of Religious Controversy, advertencia preliminar y carta XII. Texto completo.
- Richard Challoner, The Catholic Christian Instructed, sobre el gobierno de la Iglesia y la sucesión de san Pedro. Texto completo.