Grabado antiguo de un monje copista inclinado sobre un manuscrito abierto en un atril de madera, con pluma de ave en la mano y tintero al lado, en una biblioteca monástica de arcos de piedra con códices apilados, iluminada por un ventanal alto

La Iglesia no salió de la Biblia: la Biblia salió de la Iglesia

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La discusión suele empezar mal. El evangélico abre su Biblia y pregunta: «¿Dónde está eso en la Escritura?». Y el católico, dócilmente, se pone a buscar. Con lo cual ha concedido lo único en litigio: que el libro es el tribunal y la Iglesia el acusado.

Basta una pregunta para invertir el tablero: ¿de dónde salió ese libro que tiene usted en las manos? No quién lo imprimió, sino quién lo escribió, quién decidió qué entraba en él y quién lo guardó durante siglos. Porque si la respuesta es «la Iglesia católica», el libro no puede ser el juez de su propia madre. Y la respuesta es la Iglesia católica: no por devoción, por cronología.

¿Qué mandó Cristo: escribir un libro o fundar una Iglesia?

El padre Henry Graham, en Where We Got the Bible, pone el dedo en la llaga con una observación que nadie discute y de la que casi nadie saca consecuencias: Nuestro Señor, por lo que sabemos, no escribió jamás una línea de Escritura, y ciertamente ninguna que se haya conservado. Tampoco mandó escribir a sus Apóstoles. Lo que dijo fue otra cosa: «Id y enseñad a todas las gentes», «predicad el Evangelio a toda criatura», «quien a vosotros oye, a mí me oye».

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Graham explica por qué: lo que Cristo les mandó fue lo que Él había hecho, entregar la Palabra de Dios por la voz viva, y no confiar su mensaje a «un libro muerto que podía perecer y ser destruido, y ser malentendido y corrompido».

El cardenal Gibbons lo plantea como pregunta —¿quiso el Redentor que su Evangelio se difundiese por la circulación de la Biblia o por la voz viva de sus discípulos?— y la contesta sin rodeos: «Respondo del modo más enfático que fue sólo por la predicación como se propuso convertir a las naciones, y sólo por la predicación fueron convertidas». Y añade: «ninguna nación ha sido convertida jamás por obra de las sociedades bíblicas».

Los Apóstoles se repartieron naciones, no ejemplares

Hay una escena de Graham que vale más que un tratado. Los doce Apóstoles se reúnen en Jerusalén y se reparten el mundo conocido, un país a cada uno: la India a santo Tomás, y así los demás. ¿Y cómo se proponían evangelizar a aquellas gentes? ¿Entregando a cada una un Nuevo Testamento? «Tal cosa no existía, y podemos decir con seguridad que no se le ocurrió a nadie».

¿Y por qué descendió el Espíritu sobre los Doce con el don de lenguas? Graham contesta: para que pudieran «predicar el Evangelio a toda criatura» en la lengua de toda criatura. Pentecostés no fue una imprenta: fue una voz.

De cómo vivió aquella Iglesia sus primeras décadas sin una página del Nuevo Testamento nos hemos ocupado en los primeros cristianos no tenían Biblia. Aquí interesa lo otro: quién hizo el libro.

Entonces, ¿para qué se escribió el Nuevo Testamento?

Para casos concretos. Graham insiste en que los libros del Nuevo Testamento fueron provocados por circunstancias particulares, escritos para atender urgencias que fueron surgiendo. Nada estaba más lejos de la mente de los Apóstoles que componer obras destinadas a reunirse en un volumen, el Libro Santo de los cristianos.

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Los Evangelios aparecen cuando se acerca la hora de que los Apóstoles salgan de este mundo y conviene dejar un relato exacto de la vida del Señor hecho por quienes le habían conocido; y tanto más porque circulaban evangelios espurios que ridiculizaban al Redentor. San Lucas lo declara al abrir el suyo. Las epístolas nacen igual: los presbíteros y conversos que los Apóstoles dejaban al frente de cada iglesia consultaban a su fundador sobre doctrina, disciplina o costumbres, y de ahí las catorce cartas de san Pablo.

Graham propone entonces una comparación demoledora. ¿Diríamos que León XIII, al escribir a los obispos de Escocia sobre las Sagradas Escrituras, o san Pío X, al publicar su decreto contra los modernistas, pretendían enseñar a todos los hombres el camino entero de la salvación? «La pregunta sólo hay que hacerla para que aparezca su absurdo». Pues la misma cabe sobre las epístolas: son palabra escrita de Dios y autoridad final sobre los puntos que tratan, pero en ninguna parte pretenden enunciar el conjunto de la verdad cristiana, y presuponen ya la fe en sus destinatarios. Graham imagina la cara de san Pablo si le hubieran dicho que sus cartas serían atadas juntas y elevadas a declaración exhaustiva del cristianismo, puesta en la mano de cada hombre como guía infalible independiente de toda autoridad viva: se habría quedado «mirando con asombro».

Ni lo reconoce sólo un autor católico. Graham cita al protestante que escribió Helps to the Study of the Bible: «su enseñanza fue al principio oral, y no formaba parte de su intención crear una literatura permanente».

Trescientos años sin un volumen

Los Evangelios y las epístolas se leían en voz alta en las reuniones dominicales —un Evangelio aquí, otro allá; una carta de san Pablo en un sitio, otra en otro—, dispersos por donde hubiera cristianos. ¿Cuándo se reunieron en un volumen? Graham responde: no se reunieron en casi trescientos años.

Gibbons lo dice con la misma crudeza: no hay que suponer que la Biblia fuera siempre un libro compacto y encuadernado; «estuvo durante varios siglos en fragmentos dispersos, repartidos por distintas partes de la cristiandad», mientras circulaban entre los fieles libros espurios bajo nombre de Escritura: un falso Evangelio de san Pedro, otro de Santiago y otro de san Matías.

Hubo intentos parciales. Graham recuerda que Constantino, después de Nicea, encargó a Eusebio de Cesarea cincuenta ejemplares de las Escrituras cristianas para las iglesias de Constantinopla: fue el año 332. Conocemos su contenido, y no coincide exactamente con nuestro Nuevo Testamento, aunque se le acerca mucho. Hay además listas trazadas por san Atanasio, san Jerónimo y san Agustín, y Graham repite que ninguna corresponde perfectamente a la colección de hoy.

Alguien tuvo que cribar

Había libros reconocidos, libros discutidos y libros descaradamente falsos, y alguien tuvo que separarlos. Graham sostiene, sin pedir perdón, que a la Iglesia católica, y sólo a ella, se debe que sepamos en qué ha de consistir el Nuevo Testamento y por qué consta de estos libros y de ningún otro; y que sin ella no tendríamos Nuevo Testamento alguno, o tendríamos uno en el que lo espurio y lo genuino estarían mezclados en confusión inextricable.

Hay ahí una distinción finísima. Graham dice que hubo escritos espurios «en la Iglesia cristiana»; no dice que haya nada espurio en la Biblia. ¿Por qué no lo hay? «Simplemente porque la Sede romana, en el siglo cuarto, impidió que se admitiera en ella nada espurio». Y parafraseando a Newman: no hay protestante que vilipendie a la Iglesia católica por su trato a la Escritura y no le deba a ella el tener Escritura.

Hipona, Cartago y Roma

Las fechas conviene darlas como las dan las fuentes, sin promediar. Graham afirma que el concilio de Cartago del año 397, celebrado principalmente por influencia de san Agustín, fijó el canon del Nuevo Testamento tal como lo tenemos los católicos y decretó que su decisión se enviase a Roma para confirmación, y que confirmaba a su vez el anterior de Hipona, del 393. Un segundo Cartago, presidido por san Agustín el año 419, renovó aquellos decretos y notificó su acta a Bonifacio, obispo de Roma.

Monseñor Bégin fecha igual el momento decisivo: «sólo a finales del siglo cuarto quedó claramente decidida la cuestión, cuando el concilio de Hipona (393) y el tercero de Cartago (397) admitieron en su canon todos los libros que el concilio de Trento incluiría». Milner añade otro nombre: el canon genuino «quedó fijado por la tradición y la autoridad de la Iglesia, declarada en el tercer concilio de Cartago y en un decretal del papa Inocencio I». Y Gibbons: la Iglesia, «en el tercer concilio de Cartago, año 397, separó la paja del trigo y declaró qué libros eran canónicos y cuáles apócrifos». Cuatro autores, cuatro formulaciones, un mismo siglo y una misma institución. Graham añade que aquellos decretos se reafirmaron en Florencia en 1442 y en Trento en 1546. Del cómputo final de los libros nos ocupamos en cuántos libros tiene la Biblia.

El hijo no puede sentarse encima de la madre

Y ahora la conclusión, en una línea digna de estar grabada: la Escritura «fue escrita por la Iglesia, por miembros —Apóstoles y evangelistas— de la Iglesia; pertenece a la Iglesia, y es oficio de ella, por tanto, declarar lo que significa».

De donde sale la fórmula entera: «La Biblia en la Iglesia; la Iglesia antes de la Biblia; la Iglesia hacedora e intérprete de la Biblia: eso es lo correcto. La Biblia sobre la Iglesia; la Biblia independiente de la Iglesia; la Biblia, y sólo la Biblia, como religión de los cristianos: eso es lo falso. Lo uno es la posición católica; lo otro, la protestante».

Graham lo remata así: «La Iglesia existió antes de la Biblia; ella hizo la Biblia; ella seleccionó sus libros, y ella la conservó. Ella la transmitió; por ella sabemos qué es palabra de Dios y qué es palabra de hombre». Y pregunta qué es pretender derribar a la Iglesia con esa misma Biblia: «golpear a la madre que los crió, maldecir la mano que les dio de comer». Quien esgrime el canon contra Roma esgrime un documento notarial contra el notario.

Qué es la Biblia para un católico

Conviene cerrar la puerta a un malentendido: nada de esto rebaja la Escritura. Graham es explícito: «no estamos infravalorando la palabra escrita de Dios ni colocándola en un nivel inferior al que merece; simplemente mostramos el puesto que estaba destinada a ocupar en la economía de la Iglesia». Lo que nunca fue ni pudo ser es guía completa y exclusiva del cielo en la mano de cada hombre. Y lo que ninguno de nuestros acusadores quiere oír: la Iglesia católica es hoy, observa Graham, el único cuerpo que enseña infaliblemente que la Biblia entera es palabra de Dios y que excomulga a quien impugne su origen divino.

Gibbons lo aclara con un ejemplo: lo que el código civil es al ciudadano, la Escritura lo es al cristiano, y «ha de tener un intérprete a cuya decisión estemos obligados a atenernos».

Queda la segunda mitad de la cuestión, la que cierra el cepo: el protestante que acepta veintisiete libros del Nuevo Testamento no puede demostrar con su propia regla por qué son ésos. Es el callejón sin salida del canon protestante.

Preguntas frecuentes

¿Qué significa que la Biblia salió de la Iglesia?

Que el orden histórico es el inverso del que supone la sola Scriptura. Graham lo resume así: la Iglesia existió antes de la Biblia, ella la hizo, ella seleccionó sus libros y ella la conservó y transmitió. La Escritura pertenece a la Iglesia, y es oficio de ella declarar lo que significa.

¿Mandó Cristo escribir algo?

No consta. Graham advierte que Nuestro Señor no escribió ninguna línea conservada de Escritura ni mandó a los Apóstoles poner nada por escrito: les dijo «id y enseñad a todas las gentes». Gibbons responde igual: fue sólo por la predicación como se propuso convertir a las naciones.

¿Por qué se escribieron entonces los Evangelios y las cartas?

Por ocasiones concretas. Los Evangelios, al acercarse la muerte de los Apóstoles y porque circulaban evangelios espurios; san Lucas lo declara al empezar el suyo. Las epístolas, para resolver dudas de doctrina o de costumbres en iglesias concretas. Nada estaba más lejos de sus autores que componer una declaración completa de la fe.

¿Cuánto tardó el Nuevo Testamento en formar un solo libro?

Graham dice que los escritos sueltos no se reunieron en casi trescientos años, y Gibbons que la Biblia estuvo varios siglos en fragmentos dispersos. Los cincuenta ejemplares que Constantino encargó a Eusebio el año 332 no coinciden del todo con el nuestro.

¿Quién fijó la lista de los libros del Nuevo Testamento?

La Iglesia, a finales del siglo IV. Graham: Cartago 397, que confirmaba Hipona 393 y envió su decisión a Roma. Bégin: Hipona 393 y el tercero de Cartago 397. Milner: el tercer concilio de Cartago y un decretal de Inocencio I. Gibbons: el tercero de Cartago del 397.

¿No es esto rebajar la Biblia?

Al contrario. Graham responde que no se infravalora la palabra escrita de Dios, sino que se le señala el puesto que Dios quiso darle, y observa que la Iglesia católica es el único cuerpo que enseña infaliblemente que la Biblia entera es palabra de Dios.

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El libro

Sostener este argumento en una conversación pide saber cómo se formó el canon y con qué autoridad. Es lo que explica, con orden y sin tecnicismos inútiles, Introducción a la Sagrada Escritura, del padre Gabriel Calvo Zarraute. Está en 25,00 € en tapa blanda y 9,99 € en ebook; el envío es gratis en España a partir de 30 € de compra.

Fuentes

  • Henry Graham, Where We Got the Bible, caps. III («The Church Precedes the New Testament») y IV («Catholic Church Compiles the New Testament»). Texto completo.
  • Louis-Nazaire Bégin, The Bible and the Rule of Faith, parte II, cap. II, art. I. Texto completo.
  • John Milner, The End of Religious Controversy, carta IX («Second False Rule»). Texto completo.
  • James Gibbons, The Faith of Our Fathers, caps. VIII y XI, sobre la Iglesia y la Escritura. Texto completo.
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