Grabado antiguo de un escribano medieval de perfil ante un atril, sosteniendo un códice abierto y señalando con el dedo una línea del texto, con otros volúmenes cerrados y un tintero sobre la mesa, en una sala de piedra desnuda con un ventanal lateral

El callejón sin salida: un protestante no puede demostrar qué libros son la Biblia sin recurrir a la Iglesia

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Hay una pregunta que conviene tener guardada. No pide saber griego: ¿cómo sabe usted que los libros de su Biblia son los libros de la Biblia?

No pregunto si son inspirados: eso lo damos por supuesto los dos. Pregunto cómo lo sabe usted sin salirse de su regla, la Biblia y nada más. Porque la lista de los libros no está en ninguno de los libros.

Monseñor Louis-Nazaire Bégin dedicó a esto dos artículos cuyos títulos son ya la sentencia: «es imposible a un protestante saber si las Sagradas Escrituras son un libro inspirado» y «es imposible a un protestante saber qué libros componen el canon». Al final del razonamiento no hay salida: hay una puerta, y da a Roma.

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La pregunta que nadie contesta

Bégin monta la escena: «Interrogo a cualquier protestante que profese creer en la Biblia sola y le pongo esta pregunta: ¿cuáles son los libros que componen la Biblia?».

El interrogado citará los protocanónicos del Antiguo Testamento, alegando que ésos formaban el canon judío en tiempo de Cristo y que el Nuevo Testamento muestra que el Señor y los Apóstoles aprobaron esa colección. Bégin concede el dato y clava el bisturí: ese testimonio «es puramente afirmativo, y no exclusivo». Cabe concluir que esos libros son inspirados; sería ilógico deducir que sólo ésos lo son. De la mitad histórica del pleito nos ocupamos en quién quitó los 7 libros.

Primer paso: un libro no se declara inspirado a sí mismo

La inspiración, define Bégin, es «un proceso sobrenatural que pasa en la mente del hombre y que, como todos los procesos interiores, sólo es conocido por Dios y por el inspirado». No puede manifestarse sino por efectos exteriores: el libro mismo, o un testimonio digno de fe.

¿Y qué marca trae el libro? Bégin lo despacha en una línea: «no puede probarse por las Escrituras que las Escrituras mismas estén inspiradas. Eso sería probar una cosa por medio de sí misma; y además no hay texto alguno que afirme esa inspiración en general, ni del que podamos deducirla».

Y no lo discuten ni los protestantes de peso. El obispo Milner recuerda que un protestante no puede averiguar por su regla qué libros son inspirados, «porque la Escritura, como muestra su gran autoridad Hooker y concede Chillingworth, no puede dar testimonio de sí misma».

Segundo paso: ni milagros, ni sublimidad, ni fervor

Bégin desmonta una por una las tres señales que se alegan, y concluye que «es imposible extraer del libro de la Biblia mismo ninguna prueba convincente de su inspiración».

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  • ¿Que contiene milagros y profecías cumplidas? «Evidentemente no»: podría relatarlos un autor común, igual que un historiador profano.
  • ¿Que lo prueban la santidad y la sublimidad de su doctrina? «No, respondería sin titubear». Esas cualidades están reunidas en grado igualmente alto en las cartas de san Clemente Romano, san Ignacio mártir y san Policarpo, y aun en la Imitación de Cristo, tanto como en los Paralipómenos o en la epístola a Filemón. Si bastara, habría que contar los inspirados «por miles».
  • ¿Que quien los lee se mueve a piedad? «Otra vez, no»: los libros de san Buenaventura, fray Luis de Granada y san Francisco de Sales consuelan igual que el de los Números.

Tercer paso: ningún libro trae la lista de los demás

Y ahora el boquete central: «en ninguna parte de las Escrituras se encuentra un catálogo ya preparado de los libros sagrados». Hay alguna cita breve, o una confirmación vaga de lo contenido en la Ley, los Profetas y los Salmos; pero ¿qué designan esas apelaciones generales?

Y es falso, añade, que el Nuevo Testamento cite todos los libros del Antiguo: «no se encuentra vestigio alguno del libro de los Jueces, del Eclesiastés, del Cantar de los Cantares, de Ester, ni del primero y segundo de Esdras». En cambio se citan autores profanos, como Epiménides y Arato, y obras perdidas y no canónicas, como el Libro de las Guerras del Señor.

Del Nuevo Testamento, peor. Salvo san Pedro, nadie menciona las epístolas de san Pablo como Escritura; y Bégin observa que san Pablo no había escrito aún la segunda a Timoteo cuando san Pedro escribió aquello, de modo que el Príncipe de los Apóstoles no pudo contarla entre los inspirados, ni estaban compuestos el Evangelio ni el Apocalipsis. Y los protestantes los admiten sin más fundamento que la tradición católica: «no hay otra base posible».

Cuarto paso: el testimonio interior no es prueba pública

Si el libro no puede acreditarse a sí mismo, no queda más que un testimonio extrínseco, humano o divino. Si es humano, «sólo podría creer el hecho de la inspiración con una fe humana y falible»; y entonces sólo con fe humana creería cuanto la Biblia contiene, cuando todos reconocen que hay que creerlo con fe divina. Luego el testimonio humano es insuficiente.

Ha de ser divino, por tanto; y basta que Dios lo dé «por un órgano auténtico, por un embajador legítimo, a quien haya revelado directamente el hecho de la inspiración de tal o cual libro». Para los católicos ese órgano es la Iglesia docente. «Pero como los protestantes no admiten su autoridad divina, resulta, como consecuencia inevitable, que les es imposible probar la inspiración de la Biblia y de cada uno de los libros que la componen». El argumento, anota, lo tomó del padre Franzelin, y lo juzga «concluyente e irrefutable».

Repárese en lo que no dice: no que el protestante sienta poco, sino que lo que siente no es prueba para nadie más. Una convicción interior no es un documento.

Quinto paso: los reformadores no coincidieron entre ellos

Si el principio fuese practicable, al menos quienes lo proclamaron habrían llegado al mismo resultado. Bégin recoge el inventario: Lutero rechazó del canon Job, el Eclesiastés, la epístola a los Hebreos, la segunda de san Pedro, la segunda y la tercera de san Juan, la de san Judas y el Apocalipsis. Calvino quitó además Ester, Tobías, Judit, la Sabiduría, el Eclesiástico y los dos de los Macabeos. Después, Grocio negó la inspiración del Cantar de los Cantares, los socinianos la de los Proverbios, los anabaptistas la de los Salmos, Beza mutiló el Evangelio de san Juan, y Strauss, Griesbach y Semler impugnaron los cuatro Evangelios.

Y la frase que lo cierra: «un librero protestante que quisiera publicar una Biblia que contuviese sólo los libros cuya autoridad reconocieran todos sus correligionarios no tendría nada que imprimir. La Reforma no tiene Palabra de Dios». Lo de Santiago es sólo el caso más famoso: lo contamos en «epístola de paja».

La prueba del año 303: los mártires tuvieron que preguntarlo

Y esto no es un juego de salón. Antes del 397, cuenta el padre Graham, los escritos cristianos se repartían en tres clases: los reconocidos como canónicos, los discutidos y los declarados espurios.

En la primera, los cuatro Evangelios, trece epístolas de san Pablo y los Hechos. En la segunda —y Graham pide a los protestantes que se fijen, porque «socava por completo su regla de fe»— Santiago, san Judas, la segunda de san Pedro, la segunda y la tercera de san Juan, los Hebreos y el Apocalipsis, recibidos en unos sitios y sospechados en otros; y con ellos obras que hoy no están en el Nuevo Testamento y entonces se leían en el culto: el Pastor de Hermas, la epístola de Barnabás. La tercera clase era el vertedero: unos cincuenta evangelios falsos y unos veintidós «Hechos» (los evangelios apócrifos).

Y llega el año 303, con el edicto de Diocleciano: que se arrasen las iglesias y que las Escrituras se entreguen a los paganos para ser quemadas. Graham señala la perplejidad atroz: ¿qué era Sagrada Escritura? Quien entregaba un escrito inspirado para salvar la vida quedaba apóstata —los llamaron traditores—; quien se negaba, moría. Pero nadie está obligado a la hoguera por no entregar un evangelio espurio. ¿Podía entonces entregar sin culpa la epístola de Santiago, o el Pastor de Hermas? «No hay necesidad de ser mártir por equivocación». Hubo mártires que necesitaron una autoridad viva para saber qué papel no podían entregar.

Los 27 libros que usted acepta son una decisión católica

La decisión llegó con nombre y fecha. Faà di Bruno recoge el concilio de Hipona del año 393, con todos los obispos de África y muy probablemente san Agustín: su estatuto XXXVI decretó «que nada se lea en la Iglesia bajo nombre de Escritura divina, excepto las Escrituras canónicas», y enumeró una lista idéntica a la de los católicos de hoy. La sancionó el sexto concilio de Cartago del año 419, con doscientos dieciocho obispos y dos legados del Romano Pontífice, en un decreto que termina así: «Quia a Patribus ita accepimus in Ecclesia legendum», «porque de los Padres hemos recibido que éstos son los libros que han de leerse en la Iglesia».

Repárese en el motivo alegado: no dice «porque el libro lo dice», dice «porque lo hemos recibido de los Padres». El canon se fijó por tradición. Y Faà di Bruno le da la vuelta al argumento contrario: algunos Padres dudaron de la epístola a los Hebreos, y los protestantes la tienen por canónica alegando que el disentimiento de unos pocos antes de fijarse el canon no cuenta. «La observación es justa», concede; sólo pide que apliquen la misma regla a los libros que llaman apócrifos.

Milner remata con dos detalles incómodos. Recibe como canónicos libros que no escribió ningún Apóstol —san Marcos y san Lucas— y rechaza una obra de san Barnabás, a quien la Escritura llama apóstol y declara lleno del Espíritu Santo. Y que el canon se apoya en la tradición lo han reconocido los protestantes más sabios, «y Lutero mismo», de quien cita esta confesión: «estamos obligados a conceder a los papistas muchas cosas: que con ellos está la palabra de Dios, que nosotros recibimos de ellos; de otro modo no habríamos sabido de ella absolutamente nada».

Al final del callejón sólo queda la frase de san Agustín, que Faà di Bruno y Milner citan por separado: «Yo no creería en el Evangelio si no me moviera a ello la autoridad de la Iglesia católica». Quien abre su Nuevo Testamento por veintisiete libros obedece, sin saberlo, a un concilio africano confirmado por Roma. Y quien reconoce la mano que le dio el libro no tiene por qué discutir con ella: la Biblia salió de la Iglesia.

Preguntas frecuentes

¿Por qué no puede un protestante demostrar qué libros son la Biblia?

Porque su regla es la Biblia sola y la Biblia no trae la lista. Bégin: «en ninguna parte de las Escrituras se encuentra un catálogo ya preparado de los libros sagrados». Hay citas dispersas y menciones vagas de la Ley y los Profetas, nada que fije el número ni los títulos.

¿No prueba la Biblia su propia inspiración?

No puede. Bégin: «no puede probarse por las Escrituras que las Escrituras mismas estén inspiradas. Eso sería probar una cosa por medio de sí misma», y no hay texto que lo afirme en general. Milner recuerda que Hooker lo muestra y Chillingworth lo concede: la Escritura no puede dar testimonio de sí misma.

¿Y los milagros, la sublimidad de la doctrina o el fervor que produce?

Ninguno, según Bégin. Un historiador profano puede narrar milagros. La santidad y la sublimidad están en igual grado en las cartas de san Clemente, san Ignacio y san Policarpo, y en la Imitación de Cristo; y los libros de san Buenaventura o de san Francisco de Sales mueven a piedad tanto como el de los Números.

¿No basta el testimonio interior del Espíritu?

No como prueba. Bégin razona que un testimonio humano sólo da fe humana y falible, y entonces la Biblia entera se creería con fe falible, cuando todos admiten que hay que creerla con fe divina. Ha de ser divino, dado por un órgano auténtico: la Iglesia docente.

¿Coincidieron los reformadores sobre el canon?

No. Lutero rechazó Job, el Eclesiastés, Hebreos, la segunda de san Pedro, la segunda y tercera de san Juan, la de san Judas y el Apocalipsis; Calvino quitó además Ester, Tobías, Judit, Sabiduría, Eclesiástico y los Macabeos. Un librero que sólo imprimiese lo aceptado por todos, remata Bégin, «no tendría nada que imprimir».

¿Quién fijó entonces los 27 libros del Nuevo Testamento?

La Iglesia. Faà di Bruno documenta el concilio de Hipona de 393, estatuto XXXVI, con la lista que hoy tienen los católicos, sancionada por el sexto de Cartago del 419 —doscientos dieciocho obispos y dos legados del Papa— porque así lo habían recibido de los Padres. Milner la sitúa en el tercer concilio de Cartago y un decretal de Inocencio I.

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El libro

Manejar esto pide saber cómo se formó el canon y con qué autoridad. Es lo que explica, con orden y sin tecnicismos inútiles, Introducción a la Sagrada Escritura, del padre Gabriel Calvo Zarraute. Está en 25,00 € en tapa blanda y 9,99 € en ebook; el envío es gratis en España a partir de 30 € de compra.

Fuentes

  • Louis-Nazaire Bégin, The Bible and the Rule of Faith, parte II, cap. I, arts. I y II. Texto completo.
  • Henry Graham, Where We Got the Bible, cap. IV («Catholic Church Compiles the New Testament»). Texto completo.
  • John Milner, The End of Religious Controversy, carta IX («Second False Rule»). Texto completo.
  • Joseph Faà di Bruno, Catholic Belief, cap. VI («The Holy Bible»). Texto completo.
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