Los evangelios apócrifos: qué dicen y por qué la Iglesia no los admitió
Por Marcos Vera PérezCada cierto tiempo vuelve el titular: «el evangelio que la Iglesia ocultó», «el texto prohibido sobre Jesús». Detrás hay siempre alguno de los evangelios apócrifos, y detrás del titular hay siempre el mismo supuesto: que existieron muchos evangelios, que alguien eligió cuatro y que el resto fue censurado.
No ocurrió así, y lo interesante es que la historia real es mucho más concreta que la leyenda. Vamos con ella, siguiendo la clase quinta de la Introducción a la Sagrada Escritura del P. Gabriel Calvo Zarraute.
Qué son los apócrifos del Nuevo Testamento
Son libros que, pareciéndose por título y contenido a los del canon, nunca fueron reconocidos por la Iglesia universal como canónicos e inspirados. Nunca. No fueron expulsados: no entraron.

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A diferencia de los apócrifos del Antiguo Testamento, que nacen en ámbito judío, estos nacen en ámbito cristiano, y el libro distingue con claridad dos orígenes muy distintos:
Unos los escribieron cristianos piadosos para llenar las lagunas de los escritos canónicos, inventándose anécdotas sobre la historia evangélica. Dicho de otro modo: curiosidad devota. ¿Qué pasó en la infancia de Jesús? ¿Cómo eran los padres de la Virgen? El canon calla y la piedad popular rellena.
Otros son obra de sectas heréticas, que pusieron por escrito sus doctrinas y, para acreditarlas, las firmaron con el nombre de algún personaje de tiempos apostólicos. Eso no es devoción: es falsificación deliberada.
Los cuatro géneros, y los títulos que circulan
La literatura apócrifa del Nuevo Testamento imita la estructura del canon. Cuatro géneros:
Evangelios. El más antiguo es el Evangelio de los Hebreos, de finales del siglo I. El Protoevangelio de Santiago se extiende hablando de la vida de la Virgen y de las maravillas que rodearon el nacimiento de Jesús. El Evangelio de Tomás es de carácter gnóstico y narra muchos milagros, pero —así lo describe el libro— casi todos pueriles y extraños. El Evangelio de Nicodemo es ya del siglo IV.
Hechos. Los de Pedro, los de Pablo, los de Juan y los de otros apóstoles y personajes ilustres de la Iglesia primitiva.

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Cartas. La correspondencia entre Jesús y Abgar, rey de Edesa, y diversas cartas atribuidas a san Pablo, entre ellas una a Séneca.
Apocalipsis. El de Pedro, el de Pablo y el de Tomás, que describe en estilo poético detalles del fin del mundo y del más allá.
Repase esa lista y compárela con el tono de los cuatro evangelios. La diferencia no es de censura: es de altura.
¿Por qué no entraron? Los criterios, uno por uno
La Iglesia no votó. Fue reconociendo, a lo largo de un proceso histórico largo y complicado, qué libros eran suyos. El libro agrupa los criterios en tres bloques.
Externos: la apostolicidad, la gran antigüedad del escrito, la aprobación apostólica, la ortodoxia doctrinal, la concordancia y unidad con el resto de la Escritura, su función constructiva y edificante, su utilidad para la comunidad, que no fuera un escrito meramente circunstancial sino válido para todas las Iglesias, y que fuera legible y comprensible en público, sin fantasías imaginarias y sin sentido.
Ese último criterio, leído junto a los «milagros pueriles y extraños» del Evangelio de Tomás, explica solo él buena parte del asunto.
Internos: los decisivos. Solo son canónicos los libros inspirados, los que reciben la autoridad de Dios, y sus autores han de ser hombres proféticos. El libro lo llama «criterio espiritual»: la experiencia que la Iglesia tiene del testimonio del Espíritu Santo al contacto con determinados escritos. La Iglesia reconoce sus obras «porque se encuentra en comunión perfecta con su autor».
Eclesiales: el uso y el juicio de la Iglesia, que es quien recibe, custodia y transmite.
Quién forzó a poner la lista por escrito
No fue un papa ni un emperador: fue un hereje. Marción, muerto hacia el año 160, sostuvo que el Dios del Antiguo Testamento era un dios vengativo distinto del Dios del amor del Nuevo. Consecuencia: se hizo su propia Biblia. Rechazó entero el Antiguo Testamento y se quedó solo con las cartas de san Pablo —menos las pastorales y Hebreos— y con el tercer evangelio.
Al recortar, obligó a la Iglesia a decir en voz alta lo que ya vivía. A finales del siglo II el canon del Nuevo Testamento estaba prácticamente formado, con consenso casi unánime.
Es decir: la lista se cierra más de mil trescientos años antes de las discusiones que suelen invocarse, y se cierra contra quien quería quitar libros, no contra quien quería añadirlos.
Los libros que sí costó admitir (y por qué)
Esta es la prueba de que el proceso fue serio y no un trámite. Hubo dudas, y sobre libros que hoy están en la Biblia: las cinco cartas católicas, la carta a los Hebreos y el Apocalipsis.
El caso de estos dos últimos es llamativo y va en direcciones contrarias: Hebreos se aceptaba pacíficamente en Oriente y se discutía en Occidente; con el Apocalipsis ocurría exactamente lo contrario. ¿La causa? El abuso que hacían de ellos las sectas. De Hebreos tiraban montanistas, novacianos y arrianos; del Apocalipsis, los milenaristas extendidos por el cercano Oriente.
Y sobre las cartas de Santiago y de Judas pesó una sospecha muy concreta: que sus autores fueran falsarios escondidos tras el nombre de los apóstoles, precisamente porque circulaban apócrifos firmados así. A eso se sumó la desconfianza ante alguna frase: en Santiago, «la fe sin obras está muerta», que parecía chocar con san Pablo; en Judas, la cita del apócrifo de Henoc.
Léase despacio: la Iglesia dudó de libros auténticos por culpa de los apócrifos. No es el retrato de una institución que reparte carnés a capricho.
Entonces, ¿los apócrifos no sirven para nada?
Sí sirven, y el libro lo dice sin remilgos: tienen un cierto valor para el conocimiento del mundo bíblico. Informan sobre las doctrinas y las sectas de los primeros siglos cristianos, que es exactamente lo que un historiador quiere saber.
Lo que no son es palabra de Dios. Y esa distinción —documento histórico interesante, texto inspirado— es la que se evapora en cuanto aparece la palabra «prohibido» en el título de un documental.
Los apócrifos en general, incluidos los del Antiguo Testamento, los tratamos en libros apócrifos de la Biblia: cuáles son y por qué no están.
De dónde sale esto
De la clase 5 de Introducción a la Sagrada Escritura. Fundamentos teológicos para una comprensión católica de la Biblia, del P. Gabriel Calvo Zarraute, con prólogo de Mn. Jaime Mercant Simó.
512 páginas en doce clases, con cinco documentos del Magisterio íntegros al final. En preventa: 200 ejemplares a 25,00 € en lugar de 30,00 €, envío previsto el 5 de octubre.
El documento más antiguo que enumera los libros: el Fragmento Muratoriano
Conviene conocerlo, porque desmonta de un golpe la idea de que el canon se decidió en el siglo IV por conveniencias políticas.
El Fragmento Muratoriano es una lista de libros del Nuevo Testamento conservada en un manuscrito latino del siglo VIII que copia un original datado por la mayoría de los estudiosos hacia finales del siglo II. Lo descubrió y publicó Ludovico Antonio Muratori en 1740, de ahí el nombre.
Su contenido es revelador. Enumera los cuatro Evangelios —el texto conservado empieza mutilado, con el final de la mención de Marcos y el comienzo de la de Lucas—, los Hechos, las cartas de san Pablo y varias católicas. Y, sobre todo, rechaza expresamente algunos escritos, explicando por qué: dice que no pueden recibirse los que falsifican la firma de un apóstol.
Es decir: siglo y medio antes de cualquier concilio, en una comunidad cristiana ya existía una lista, ya había libros dentro y libros fuera, y ya se daban razones. Los concilios del siglo IV no inventaron el canon: pusieron por escrito y con autoridad universal lo que la Iglesia venía usando en su liturgia desde el principio.
Preguntas frecuentes
¿Cuántos evangelios apócrifos hay?
No hay lista cerrada. Entre los más citados están el Evangelio de los Hebreos —el más antiguo, de finales del siglo I—, el Protoevangelio de Santiago, el Evangelio de Tomás y el Evangelio de Nicodemo, ya del siglo IV.
¿Los prohibió la Iglesia?
No los prohibió: nunca los reconoció. La diferencia importa, porque no hubo expulsión sino ausencia de admisión, decidida por criterios de apostolicidad, antigüedad, ortodoxia y edificación.
¿Quién escribió los evangelios apócrifos?
Unos, cristianos piadosos que quisieron llenar las lagunas de los evangelios canónicos inventando anécdotas. Otros, miembros de sectas heréticas que firmaban con nombres apostólicos para dar crédito a sus doctrinas.
¿Cuándo quedó fijado el canon del Nuevo Testamento?
A finales del siglo II estaba prácticamente formado, con consenso casi unánime. El proceso se aceleró por la Biblia recortada del hereje Marción, muerto hacia el año 160.
¿Es verdad que hubo dudas sobre libros que hoy están en la Biblia?
Sí: sobre las cartas católicas, Hebreos y el Apocalipsis. Hebreos se aceptaba en Oriente y se discutía en Occidente, y con el Apocalipsis pasaba lo contrario, por el abuso que hacían de ellos las sectas.
¿Se pueden leer los evangelios apócrifos?
Como documento histórico, sí: informan sobre las doctrinas y las sectas de los primeros siglos. Como palabra de Dios, no: nunca lo fueron.
¿Cuál es el documento más antiguo que enumera los libros del Nuevo Testamento?
El Fragmento Muratoriano, conservado en un manuscrito latino del siglo VIII que copia un original datado hacia finales del siglo II. Enumera los Evangelios, los Hechos y las cartas, y rechaza expresamente algunos escritos por falsificar la firma de un apóstol. Siglo y medio antes de cualquier concilio ya había libros dentro y libros fuera, y se daban razones.
Fuentes
- P. Gabriel Calvo Zarraute, Introducción a la Sagrada Escritura, Páginas Contrarrevolucionarias, 2026, clase 5: el canon bíblico y la literatura apócrifa.
- Concilio Vaticano II, Dei Verbum (1965), cap. V sobre el Nuevo Testamento.
- Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 120-127, sobre el canon y los evangelios.
- León XIII, Providentissimus Deus (1893).
- Concilios de Hipona (393) y de Cartago (397 y 419); Concilio de Trento, sesión IV (1546).
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