Padre Gabriel Calvo Zarraute: el secreto para leer bien la Biblia
Por Marcos Vera PérezDos personas abren la misma página del Evangelio, leen el mismo versículo y salen con dos conclusiones contrarias. Las dos han leído bien las palabras. Las dos son sinceras. Y sin embargo una de las dos se ha equivocado.
Esa escena, repetida mil veces, es la que explica por qué la Iglesia nunca ha entregado la Biblia sin más, como quien entrega un manual de instrucciones. El P. Gabriel Calvo Zarraute lo desarrolla entero en su Introducción a la Sagrada Escritura, y el punto de partida es incómodo para la mentalidad moderna: leer bien la Biblia no es, en primer lugar, una cuestión de técnica. Es una cuestión de dónde te pones a leerla.
Ese es el secreto. Y no es un secreto en el sentido de algo oculto: está escrito, negro sobre blanco, en un párrafo de la constitución Dei Verbum que casi nadie ha leído y que aquí vamos a desmontar pieza por pieza.
¿Por qué dos personas leen el mismo versículo y entienden cosas contrarias?
Porque una palabra tiene significados —los que trae el diccionario— pero un texto tiene sentido, que es lo que el autor quiso decir con esas palabras. El libro empieza distinguiendo las dos cosas, y la distinción no es académica: el diccionario no puede decirte qué quiso decir un autor, solo qué pueden querer decir sus palabras.
Ahora añada usted la particularidad de la Escritura. Aquí hay dos autores: el hagiógrafo, que escribe de verdad, con su cultura, su época y su estilo; y Dios, que es el autor principal. El sentido bíblico es lo que quisieron expresar los dos. Por eso una lectura que se quede solo en lo que quiso decir el hombre se queda corta, y una lectura que se salte lo que quiso decir el hombre se inventa lo que quiso decir Dios.
La solución no es elegir uno de los dos. Es leer donde los dos se encuentran.
El principio que lo cambia todo: leerla con el mismo Espíritu con que se escribió
La frase es de Dei Verbum 12: «la Sagrada Escritura hay que leerla e interpretarla con el mismo Espíritu con que se escribió». Suena piadoso. Es técnico.
San Pablo lo había dicho antes con una crudeza que hoy escandaliza: «El hombre natural no percibe las cosas del Espíritu de Dios, pues son necedad para él» (1 Co 2,14). Es decir: hay una parte del texto a la que no se llega con más inteligencia, ni con más filología, ni con más datos. Se llega con la fe, o no se llega.
Y aquí conviene ser exacto, porque es donde se equivocan los dos bandos. Esto no significa despreciar la razón ni los métodos científicos. El libro lo dice con todas las letras: la fe presupone el conocimiento natural, porque nadie puede creer lo que no entiende de algún modo, y hace falta saber qué significan las palabras para poder siquiera formular el acto de fe. La exégesis se hace con la razón iluminada por la fe. Ni fe sin estudio, ni estudio sin fe.
Lo que ocurre es que ese principio general —leer en el Espíritu— no se queda en el aire. Dei Verbum 12 lo concreta inmediatamente en tres criterios, y esos tres criterios son el secreto entero.
Primer criterio: el contenido y la unidad de toda la Escritura
Un versículo no significa por su cuenta. Significa dentro de un libro, ese libro dentro de un Testamento, y los dos Testamentos dentro de una sola historia de la salvación que tiene un solo centro.
La razón es sencilla y es teológica: hay una sola economía salvífica, un solo mediador y un mismo Espíritu detrás de los setenta y tres libros. De ahí se sigue que toda la Escritura habla de Cristo y que todo texto, del Antiguo o del Nuevo Testamento, anuncia en último término el Evangelio.
Atención a lo que esto no es. No es yuxtaponer citas sueltas hasta que cuadren, ni borrar las diferencias entre los libros. Es descubrir cómo cada texto expresa una etapa distinta de la misma historia. El versículo que le incomoda no se resuelve tapándolo con otro: se resuelve entendiendo en qué momento de esa historia está.
Aquí, por cierto, está la respuesta práctica a la pregunta de por dónde empezar a leer todos los días: no por el principio del primer libro, sino por donde se ve el centro.
Segundo criterio: la Tradición viva de toda la Iglesia
Este es el que más cuesta a un lector formado en el ambiente de hoy, y es el decisivo.
Pablo VI lo formuló en 1974 de una manera que no admite rodeos: si la Palabra de Dios convocó y engendró a la Iglesia, también la Iglesia fue en cierto modo la matriz de las Sagradas Escrituras. El Nuevo Testamento se escribió dentro del pueblo de Dios reunido en torno a los apóstoles. De ahí la frase que el libro deja caer sin dramatismo y que conviene releer despacio: no existiría la Iglesia sin la Sagrada Escritura, pero tampoco existiría la Sagrada Escritura sin la Iglesia.
Conclusión: solo dentro de la Iglesia hay garantía de que sigue vivo el mismo Espíritu que la hizo nacer y que la dio a conocer. ¿Y dónde se toca esa Tradición? El libro señala cuatro lugares concretos:
- Los santos Padres. Testigos cualificados, con cuatro notas: santidad de vida, fortaleza en la fe, antigüedad —cercanía al cierre del depósito— y aprobación de la Iglesia. Cuando todos explican un texto del mismo modo, en materia de fe y costumbres, su autoridad es suma. Y traían dos maneras de leer, las dos legítimas: la histórico-literal de Antioquía y la alegórica de Alejandría.
- El sentido de la fe del pueblo de Dios. Lumen gentium 12: el conjunto de los fieles, ungido por el Espíritu, no puede equivocarse en la fe. Una interpretación que choque de frente con lo que la Iglesia entera ha creído siempre debe proponerse, dice el libro, con máxima prudencia.
- El estudio de los creyentes. Los obispos como garantes, los sacerdotes con un carisma propio cuando transmiten la Palabra y no sus ideas, y los fieles, cuya lectura orante nunca es del todo privada: se lee siempre en la fe de la Iglesia.
- El Magisterio. Y aquí la precisión que desarma la objeción de siempre.
Porque la objeción es conocida: entonces manda la Iglesia y no la Biblia. Dei Verbum 10 dice exactamente lo contrario: el Magisterio no está por encima de la Palabra de Dios, sino a su servicio. La escucha devotamente, la custodia celosamente y la explica fielmente. La Escritura es norma normans non normata: la norma que norma y que nadie norma. Lo que el Magisterio hace no es sustituirla: es interpretarla auténticamente, y esa interpretación obliga a todos, exegetas incluidos.
León XIII lo redondeó en Providentissimus Deus: al intervenir, la Iglesia no detiene ni coarta la investigación bíblica; la mantiene al abrigo del error.
Tercer criterio: la analogía de la fe
Definición del libro: la coherencia de las verdades de fe entre sí y con el conjunto de la Revelación.
En la práctica funciona como un control. Si una interpretación de un pasaje choca con una verdad que la Iglesia enseña con certeza, la interpretación está mal. No porque la doctrina mande sobre el texto, sino porque Dios es autor de las dos cosas —de la Escritura y de la doctrina— y Dios no se contradice. Es el argumento de León XIII, y es de sentido común antes que de teología.
Los cuatro sentidos, y la regla de oro de santo Tomás
Con los tres criterios en la mano, el libro explica cómo la tradición ha leído siempre un texto sagrado en varios niveles. Hay un sentido literal, el que tienen las palabras según la intención del autor inspirado; y hay un sentido espiritual, que no está en las palabras sino en las realidades que esas palabras nombran, porque Dios dispuso que unas figuraran a otras.
El ejemplo que usa es el mejor que hay. El maná: en sentido literal, el alimento con que Dios sustentó al pueblo cuarenta años en el desierto. Pero esa realidad estaba destinada por Dios a significar otra futura: la Eucaristía. No es una ocurrencia piadosa; es Cristo quien hace la conexión en Juan 6.
El sentido espiritual se divide en tres, y la escolástica lo fijó en un dístico que se aprendía de memoria: Littera gesta docet; quid credas allegoria; moralis quid agas; quo tendas anagogia.
- Alegórico o típico: lo que hay que creer. Las realidades del Antiguo Testamento en cuanto anuncian a Cristo y a su Iglesia.
- Moral o tropológico: lo que hay que hacer. Cómo se edifican las costumbres a partir de lo narrado.
- Anagógico: hacia dónde se va. Lo que edifica la esperanza y orienta a la patria definitiva.
Y ahora la regla que separa esto de la fantasía, que es de santo Tomás y el libro la llama regla de oro: todos los sentidos se fundan sobre el literal, que es el único del que se pueden sacar argumentos para establecer verdades de fe. Sin esa regla, el sentido espiritual degenera en elucubración. Con ella, la alegoría es una riqueza y no un invento. Añade santo Tomás un segundo candado: en el sentido espiritual no hay nada necesario para la fe que la Escritura no afirme con claridad, en sentido literal, en algún otro sitio.
El secreto, en cuatro líneas
Si hubiera que reducirlo a una ficha de bolsillo:
- Lea en el Espíritu, es decir, con fe, y con la razón puesta a trabajar, no apagada.
- Lea el pasaje dentro de toda la Escritura, cuyo centro es Cristo.
- Lea con la Iglesia: con los Padres, con lo que la Iglesia ha creído siempre, con el Magisterio.
- Compruebe la coherencia: si su lectura choca con la fe de la Iglesia, la que falla es su lectura.
Y después, sin prisa, busque el sentido espiritual, sabiendo que solo se sostiene si está clavado en el literal.
Esto no convierte a nadie en exegeta en una tarde. Pero evita los dos accidentes más frecuentes: quedarse en la letra hasta que la Biblia parece un libro de historia antigua, o volar tan alto que cada uno acaba leyendo en ella lo que ya pensaba antes de abrirla.
De dónde sale todo esto
De Introducción a la Sagrada Escritura. Fundamentos teológicos para una comprensión católica de la Biblia, del P. Gabriel Calvo Zarraute, con prólogo de Mn. Jaime Mercant Simó. Lo que aquí queda resumido en un artículo ocupa allí la clase séptima entera, con sus divisiones, sus fuentes y su esquema de repaso.
El libro son 512 páginas en doce clases, y trae al final, íntegros, los cinco textos en que la Iglesia ha fijado su doctrina sobre la Escritura. Está en preventa: 200 ejemplares a 25,00 € en lugar de 30,00 €, con envío previsto el 5 de octubre. Lo contamos entero en la presentación del libro.
Para seguir por este camino
Tres libros del catálogo que continúan lo que aquí queda apuntado:
- Espiritualidad Bíblica, de Mons. Juan Straubinger, con estudio preliminar del propio padre Gabriel (20,00 €): lo que viene después de saber leer, cuando la lectura tiene que alimentar la vida interior.
- Historia de la Iglesia Católica. Volumen I. Edad Antigua (31,20 €): del mismo autor, y el terreno donde los Padres leen la Escritura como aquí se explica.
- Un faro en la tempestad (26,00 €): el pensamiento de Mons. Guerra Campos, a quien el nuevo manual está dedicado.
El catálogo entero, en libros católicos.
Preguntas frecuentes
¿Cuál es, en una frase, el secreto para leer bien la Biblia?
Leerla con el mismo Espíritu con que se escribió, lo cual se concreta en tres criterios de Dei Verbum 12: el contenido y la unidad de toda la Escritura, la Tradición viva de toda la Iglesia y la analogía de la fe.
¿Puede un católico interpretar la Biblia por su cuenta?
Puede y debe leerla y orarla personalmente. Lo que no es nunca del todo privado es la interpretación: se lee siempre en la fe de la Iglesia, y el juicio auténtico sobre el sentido corresponde al Magisterio.
¿El Magisterio está por encima de la Biblia?
No. Dei Verbum 10 dice que no está por encima de la Palabra de Dios, sino a su servicio: la escucha, la custodia y la explica. La Escritura es la norma que norma y que nadie norma.
¿Qué son los cuatro sentidos de la Escritura?
El literal, que es lo que quiso decir el autor inspirado con sus palabras; y tres espirituales: el alegórico, que muestra lo que hay que creer; el moral, lo que hay que hacer; y el anagógico, hacia dónde se camina.
¿Vale entonces cualquier interpretación simbólica?
No. Rige la regla de santo Tomás: todos los sentidos se fundan en el literal, que es el único del que se pueden sacar argumentos en materia de fe. Sin esa regla, el símbolo se convierte en invención.
¿Hay que ser experto para aplicar esto?
No para empezar. Los tres criterios se pueden aplicar desde la primera lectura, y son precisamente los que evitan los errores de principiante. La formación seria viene después, y para eso está el manual.
Fuentes
- P. Gabriel Calvo Zarraute, Introducción a la Sagrada Escritura, Páginas Contrarrevolucionarias, 2026, clase 7: la teoría de los sentidos bíblicos y la noemática bíblica.
- Concilio Vaticano II, constitución dogmática Dei Verbum (18 de noviembre de 1965), nn. 10 y 12.
- León XIII, Providentissimus Deus (18 de noviembre de 1893).
- Pío XII, Divino afflante Spiritu (30 de septiembre de 1943).
- Concilio Vaticano II, Lumen gentium (21 de noviembre de 1964), n. 12.
- Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 115-119, sobre los sentidos de la Escritura.
- Santo Tomás de Aquino, sobre la primacía del sentido literal, citado en la obra.
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