Padre Gabriel Calvo Zarraute: los obispos que consienten abusos litúrgicos «están pecando mortalmente»
Por Marcos Vera PérezHay frases que se quedan porque no admiten término medio. El padre Gabriel Calvo Zarraute soltó una de ellas en su clase semanal de Formación en la Tradición, explicando el primer mandamiento: el obispo que ve abusos litúrgicos en su diócesis y no los corta está pecando, y está pecando mortalmente.
No es una salida de tono. Es la conclusión de un razonamiento que lleva media clase construyéndose, y que se apoya en el derecho de la Iglesia, en Santo Tomás y en veinte siglos de práctica. Merece la pena verlo entero, porque es de esas cosas que, una vez entendidas, ya no se pueden desentender.
¿Qué dijo exactamente el padre Gabriel Calvo Zarraute?
Lo dijo así, sin rodeos:
«Los obispos tienen el deber de ser los primeros en velar para que se celebre bien la liturgia en su diócesis conforme a lo que determina y estipula la Iglesia, y ellos son los primeros que deberían dar ejemplo de eso, lo que conlleva también corregir los abusos litúrgicos. Cuando no lo hacen, están pecando, están pecando mortalmente, porque están permitiendo profanaciones.»
Y añadió inmediatamente lo que impide que la frase se convierta en una piedra arrojadiza: «Aquí al final Dios nos juzgará a todos, yo tengo muchos pecados a mis espaldas de los que responder, pero nos juzgará Dios a todos, y al que tiene más responsabilidad le pedirá más cuentas.»
Ahí está el nervio del argumento. No es que el obispo sea peor que nadie: es que tiene un oficio, y el oficio trae consigo una responsabilidad que no delega en nadie.
¿De dónde saca que el obispo tiene ese deber?
De donde está escrito. El Código de Derecho Canónico no lo insinúa: lo manda.
El canon 392 § 2 dice que el obispo «ha de vigilar para que no se introduzcan abusos en la disciplina eclesiástica, especialmente acerca del ministerio de la palabra, la celebración de los sacramentos y sacramentales, el culto de Dios y de los Santos y la administración de los bienes». El culto de Dios está nombrado expresamente.
El canon 838 § 1 establece que la ordenación de la sagrada liturgia depende exclusivamente de la autoridad de la Iglesia, «que reside en la Sede Apostólica y, según las normas del derecho, en el Obispo diocesano»; y el § 4 le corresponde a él «dar normas obligatorias para todos sobre materia litúrgica» en la Iglesia que se le ha confiado.
Y el canon 846 § 1 cierra el círculo por abajo, para el que celebra: «En la celebración de los sacramentos, deben observarse fielmente los libros litúrgicos aprobados por la autoridad competente; por consiguiente nadie añada, suprima o cambie nada por propia iniciativa.»
Nadie. Ni el párroco, ni el obispo, ni —como subrayó el padre Zarraute— el Papa, porque la tradición litúrgica no es propiedad de quien la recibe.
¿Por qué es grave un abuso si la Misa sigue siendo válida?
Es la objeción que sale siempre, y el padre Zarraute la desmontó con un ejemplo que se entiende a la primera.
Una compañera suya de universidad se presentó a un examen, escribió siete folios y suspendió. No porque lo que escribió fuera falso —sabía muchísimo—, sino porque la profesora había pedido relacionar dos cosas y ella se dedicó a contarlas por separado. Todo cierto, todo bien escrito, y suspenso: no respondió a lo que se le pedía.
La liturgia funciona igual. Que una Misa sea válida no significa que sea lo que Dios ha pedido. Son dos preguntas distintas, y confundirlas es lo que ha permitido normalizar medio siglo de invenciones: mientras se pronuncien las palabras de la consagración, dicen, lo demás da igual. No da igual.
Santo Tomás lo había zanjado siete siglos antes, en la Suma Teológica (II-II, q. 93, a. 1), citando a San Ambrosio: «indignus est qui aliter celebrat mysterium quam Christus tradidit» —es indigno el que celebra el misterio de modo distinto a como Cristo lo transmitió—. Y el contexto de ese artículo no es menor: Santo Tomás está tratando del culto falso, es decir, del culto que se rinde al Dios verdadero pero contra el modo establecido por la Iglesia.
La liturgia es para Dios, no para el público
Debajo de todo esto hay una sola idea, y el padre Zarraute la repitió varias veces porque es la que se ha perdido: la liturgia es para Dios.
No es un espectáculo que haya que hacer llevadero, ni un acto de la comunidad sobre sí misma, ni material para la creatividad del que preside. Pío XII lo había definido en Mediator Dei (1947): la sagrada liturgia es «el culto público que nuestro Redentor tributa al Padre como Cabeza de la Iglesia, y el que la sociedad de los fieles tributa a su Fundador», es decir, «el completo culto público del Cuerpo místico de Jesucristo».
En la misma encíclica, Pío XII deja escrito quién manda aquí: solo el Sumo Pontífice puede introducir y aprobar ritos nuevos, y «los obispos, por su parte, tienen el derecho y el deber de vigilar con diligencia, a fin de que las prescripciones de los sagrados cánones referentes al culto divino sean observadas con exactitud». Otra vez el obispo, y otra vez como deber, no como sugerencia.
Cuando la liturgia se vuelve antropocéntrica —cuando la pregunta deja de ser «qué quiere Dios» y pasa a ser «qué le gusta a la gente»—, los abusos no son accidentes: son la consecuencia lógica.
«Nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna»
Lo más incómodo del asunto es que la prohibición no procede solo de documentos antiguos. Está en el propio Concilio Vaticano II, en la constitución sobre la sagrada liturgia Sacrosanctum Concilium, número 22 § 3:
«Por lo mismo, nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia en la Liturgia.»
Difícil decirlo más claro. El sacerdote que se inventa oraciones, cambia lecturas, suprime partes o convierte la celebración en una función personal está actuando contra el texto que suele invocarse para justificarle. Y el obispo que lo sabe y calla no está siendo comprensivo: está incumpliendo el canon 392.
¿Y qué puede hacer un fiel?
Más de lo que cree. La instrucción Redemptionis Sacramentum, de la Congregación para el Culto Divino (25 de marzo de 2004), lo dice con todas las letras en su número 12:
«Todos los fieles cristianos gozan del derecho de celebrar una liturgia verdadera, y especialmente la celebración de la santa Misa, que sea tal como la Iglesia ha querido y establecido.»
Y en el número 24 añade que el pueblo cristiano «tiene derecho a que el Obispo diocesano vigile para que no se introduzcan abusos en la disciplina eclesiástica, especialmente en el ministerio de la palabra, en la celebración de los sacramentos». El documento reconoce además el derecho de cualquier fiel a presentar una queja por un abuso litúrgico ante el obispo diocesano, el Ordinario competente o la Santa Sede.
Es decir: quien se queja de un abuso no está siendo un quisquilloso. Está ejerciendo un derecho reconocido.
Qué hacer el domingo que viene, en concreto
Cuatro cosas, por orden de sensatez.
- No montar una guerra en la sacristía. Discutir a voces a la salida de Misa no ha arreglado nunca nada y da munición al que busca desacreditarle.
- Buscar dónde se celebra bien y ir allí. Si tiene a mano una Misa tradicional, es el camino corto; si no, una Misa celebrada con fidelidad a los libros también lo es.
- Aprender a seguir la Misa con un misal bilingüe. Quien sabe lo que se está rezando distingue enseguida lo que sobra y lo que falta. Ahí está nuestro Misal de la Misa tradicional en latín y español, y una guía práctica en cómo seguir la Misa tradicional en latín.
- Y si el abuso es grave y continuado, escribir al obispo. Educadamente, por escrito, con hechos y fechas. Es lo que Redemptionis Sacramentum prevé.
De dónde sale esta clase
El padre Gabriel Calvo Zarraute dedica cada semana un programa de Formación en la Tradición a explicar, pregunta por pregunta, el Credo. Compendio de la fe católica de mons. Athanasius Schneider, obispo auxiliar de Astaná, publicado en español por Luz de Trento. Esta clase corresponde a la explicación del primer mandamiento, en los números 379 a 384, dedicados al culto falso, al culto centrado en el hombre y a los abusos litúrgicos.
Si quiere seguirle la pista al autor y a su obra, tiene su ficha en la página del P. Gabriel Calvo Zarraute.
Su libro de historia, y los artículos que salen de él
El mismo argumento de esta clase —que la tradición no está al arbitrio de nadie, porque no la inventó nadie— es el que vertebra su libro en nuestro catálogo, Historia de la Iglesia Católica. Volumen I. Edad Antigua. Quien entienda cómo se formó la liturgia en los primeros siglos entiende por qué no se puede rehacer en una comisión.
De ese libro y de sus clases han salido estos artículos, que conviene leer seguidos:
- Historia de la Iglesia católica: recuperar el pasado para defender el futuro — qué se propone el volumen I y por qué la historia es un arma defensiva.
- Liberalismo, capitalismo y modernismo: el esquema del padre Gabriel Calvo Zarraute — un solo virus con tres ramas, con los textos de León XIII y san Pío X.
- Los libros prohibidos por la Iglesia católica — el Índice, para qué servía y qué tiene que ver con todo esto.
- Historia de la Iglesia católica — el tema completo, con todo lo publicado.
Preguntas frecuentes
¿Qué es exactamente un abuso litúrgico?
Cualquier añadido, supresión o cambio introducido por iniciativa propia en la celebración, frente a lo que prescriben los libros litúrgicos aprobados. Lo define en negativo el canon 846 § 1: nadie añada, suprima ni cambie nada por su cuenta.
Si hay abusos, ¿la Misa deja de ser válida?
No necesariamente. Validez y licitud son cosas distintas, y el padre Zarraute lo subraya: una Misa puede ser válida y, al mismo tiempo, contraria a la tradición divina y apostólica, escandalosa y desagradable a Dios. Que algo «valga» no significa que esté bien hecho.
¿Puede un sacerdote adaptar la liturgia a su comunidad?
Dentro de lo que los propios libros litúrgicos permiten, sí. Fuera de eso, no: Sacrosanctum Concilium 22 § 3 prohíbe expresamente que nadie, ni siquiera un sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia.
¿Se puede pedir cuentas al obispo por los abusos de su diócesis?
El canon 392 § 2 le impone vigilar para que no se introduzcan abusos en el culto divino, y Redemptionis Sacramentum reconoce el derecho de los fieles a presentar la queja ante el obispo diocesano, el Ordinario competente o la Santa Sede.
¿Quién es el padre Gabriel Calvo Zarraute?
Sacerdote católico, autor y divulgador, responsable del espacio Formación en la Tradición. En nuestro catálogo tiene publicada su Historia de la Iglesia Católica. Volumen I. Edad Antigua, y puede conocerle mejor en su ficha de autor.
Fuentes
- Código de Derecho Canónico, canon 392, sobre el deber del obispo de vigilar que no se introduzcan abusos.
- Código de Derecho Canónico, canon 846 § 1: «nadie añada, suprima o cambie nada por propia iniciativa».
- Concilio Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 22 § 3.
- Pío XII, Mediator Dei (20 de noviembre de 1947), nn. 29 y 74.
- Congregación para el Culto Divino, Redemptionis Sacramentum (2004), nn. 12 y 24.
- Santo Tomás de Aquino, Summa Theologiae II-II, q. 93, a. 1, con la cita de San Ambrosio.
Seguir leyendo
- La Misa tradicional en latín: todo lo que hemos publicado
- Misa tridentina, de San Pío V, forma extraordinaria: por qué tantos nombres
- Las partes de la Misa tradicional, una por una
- Qué misal comprar para la Misa tradicional
- Liberalismo, capitalismo y modernismo: el esquema del padre Gabriel Calvo Zarraute
- Historia de la Iglesia católica: todo lo que hemos publicado
- Historia de la Iglesia católica: recuperar el pasado para defender el futuro
- Historia de la Iglesia Católica. Volumen I. Edad Antigua, del P. Gabriel Calvo Zarraute
- Introducción a la Sagrada Escritura, del P. Gabriel Calvo Zarraute, ya en preventa
El origen de este artículo
Este artículo desarrolla y documenta una exposición del P. Gabriel Calvo Zarraute en Formación en la Tradición, de Tekton Centro Televisivo. Los cánones, documentos pontificios y citas se han verificado uno por uno contra las fuentes antes de publicarse.
