Grabado antiguo de un sacerdote revestido para la Misa tradicional, de pie y de frente: sobre el alba blanca de lino lleva la casulla amplia con la cruz bordada, y asoman el amito al cuello, el cíngulo a la cintura y el manípulo en la muñeca izquierda

Las vestiduras del sacerdote, una por una, y lo que significa cada una

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Quien entra por primera vez en una Misa tradicional ve al sacerdote cubierto de telas cuyo nombre ignora, y casi siempre le explican lo mismo: que aquello viene del Templo de Jerusalén, que la casulla hereda el manto del sumo sacerdote, que Aarón vestía ya algo parecido. Suena piadoso y tiene la ventaja de sonar antiguo.

El problema es que los liturgistas lo desmontaron hace más de un siglo. La verdad es menos solemne y bastante más interesante: el sacerdote sube al altar vestido de romano del siglo primero, y la pieza principal de su atuendo —la casulla— era en su origen la capa de los esclavos y los campesinos, un gabán de lana basta que Plauto nombra ya antes de Cristo. Veámoslo pieza por pieza.

Cuántas son y en qué orden se ponen

Walsh lo enumera sin rodeos: las vestiduras sagradas que emplea el sacerdote para celebrar la Misa son seis —amito, alba, cíngulo, manípulo, estola y casulla—. Gihr da la misma lista y el mismo orden, y explica que de las oraciones del celebrante al vestirse se deduce lo que cada una significa.

Hay una discrepancia menor. Walsh dice que el manípulo se toma «después del cíngulo y antes de la estola», y Gihr enumera igual; Fortescue pone primero la estola. Las dos autoridades que explican el significado coinciden entre sí y con el orden de las oraciones del misal, y ése es el que seguimos.

Dos escuelas, y una de las dos perdió

Walsh plantea el asunto como lo que es: un pleito entre dos métodos. El ritualista «mantiene y busca probar que las vestiduras de la Iglesia cristiana están modeladas directamente sobre las vestiduras del sacerdocio judío»; y como Moisés recibió de Dios instrucciones minuciosas sobre su forma, sus partidarios reclaman para las cristianas «un nombramiento divino indirecto». El método anticuario procede al revés: se apoya en las pinturas de las catacumbas, los mosaicos primitivos y las tumbas de los eclesiásticos. Y su veredicto es unánime: «las vestiduras de la Iglesia cristiana evolucionaron por un proceso natural a partir del vestido ordinario de un ciudadano romano del siglo primero o segundo de nuestra era».

Aquí está la frase que zanja el asunto. Walsh se pregunta cuál de los dos sistemas es el más antiguo y responde: «La teoría de un origen levítico es la más antigua de las dos. No sólo fue la primera, sino que durante muchos años fue la única solución propuesta. Muy pocos la sostienen ahora de manera absoluta. El peso de los argumentos está contra ella, y ha sido abandonada como insostenible».

Tiene nombre y fecha. Quien enseñó primero el origen mosaico fue Rabano Mauro, arzobispo de Maguncia, hacia el año 850; quien sostuvo lo contrario fue su propio discípulo, el benedictino Walafrido Estrabón, para quien los sacerdotes de los primeros siglos oficiaban con el vestido común de la vida diaria. Walsh explica por qué acertó el discípulo: «como todo conocimiento de la antigüedad clásica había estado casi extinguido durante tres siglos o más, es comprensible que se buscase una solución al fenómeno de las vestiduras cristianas sobre la teoría de un origen levítico».

Meagher, que escribe en 1908, va por la vía perdedora: deriva la casulla del talit hebreo, y anuncia «cómo el manto del profeta, llevado por Cristo, se convirtió en la casulla». Es exactamente la tesis que Walsh declara abandonada. La casulla no viene del talit.

El amito: el yelmo de la salvación

Es un lienzo rectangular con dos cintas y una cruz que el sacerdote besa al vestirse. Su nombre viene del latín amicire, cubrir. Lo llamaron también ephod porque se parecía a la prenda aarónica de ese nombre: «esta última analogía la rechazan las autoridades modernas», advierte Walsh. Su uso primitivo es incierto, pero estaba destinado a cubrir cabeza, cuello y hombros, y como cubrecabezas siguió en uso hasta el siglo X, cuando lo sustituyó el bonete.

Su sentido está en la oración: «Pon, Señor, sobre mi cabeza el yelmo de la salvación, para repeler los ataques del maligno». Es la armadura del soldado de Cristo. Gihr añade la lectura alegórica: recuerda el velo con que cubrieron los ojos de Jesús mientras lo golpeaban.

El alba y el cíngulo: la túnica y la cuerda del obrero

El alba es una vestidura de lino blanco, de mangas ajustadas, que llega casi al suelo; la han llamado tunica linea por su material y tunica talaris porque llega a los tobillos. Los liturgistas medievales que defendían el origen mosaico imaginaron su equivalente en el kethonet de Éxodo 28, 39; pero una túnica de lino blanco formaba parte del atuendo ordinario de romanos y griegos bajo el Imperio, «y las autoridades modernas, como Duchesne y Braun, consideran innecesario buscar más lejos el origen del alba». Gihr lo dice sin rodeos: era «prenda de la vida ordinaria» adoptada para el servicio divino. La oración: «Purifícame, Señor, y límpiame el corazón, para que, lavado en la sangre del Cordero, goce de los deleites eternos».

El cíngulo recoge el alba y la ajusta al cuerpo. Obreros, soldados y peregrinos se ceñían para moverse con soltura, observan Walsh y Gihr, y la vida cristiana es trabajo, combate y peregrinación. La oración es la más cruda de las seis: «Cíñeme, Señor, con el cíngulo de la pureza y apaga en mis lomos el ardor de la concupiscencia, para que permanezca en mí la virtud de la continencia y la castidad».

El manípulo y la estola: dos pañuelos que se volvieron insignia

El manípulo es una tira estrecha, del mismo material que la estola y la casulla, que se lleva en la muñeca izquierda. Sus nombres antiguos delatan su oficio: sudarium, paño de sudor; mappula, servilleta pequeña; mantele, toalla. Su uso original, dice Walsh, era servir de toalla «para absorber el sudor del que lo llevaba y secarse las manos, para no manchar las vestiduras», y Alcuino lo confirma en el siglo IX: «el pañuelito que se lleva en la mano izquierda, con el cual limpiamos la humedad de los ojos y de la nariz». Se hizo distinción litúrgica a finales del siglo IV, cuando el concilio de Laodicea se lo prohibió al clero inferior. La oración: «Merezca yo, Señor, llevar el manípulo del llanto y del dolor, para recibir con gozo el premio de mis trabajos».

La estola —orarium era su nombre original— corrió suerte paralela. Walsh anota que Gihr «y todos los liturgistas más recientes» derivan su nombre de ora, el rostro, porque se empleaba como pañuelo o bufanda. En los diáconos fue toalla; en sacerdotes y obispos, bufanda de cuello, y ahí está la explicación de cómo se lleva: «la túnica de aquellos días primitivos no tenía cuello, y la dalmática y la casulla tenían aberturas demasiado anchas». Al ponérsela el sacerdote reza: «Devuélveme, Señor, la estola de la inmortalidad, que perdí por la prevaricación de nuestro primer padre».

La casulla: la capa de los esclavos que menciona Plauto

Llegamos a la pieza mayor, la que se pone en último lugar. Tiene varios nombres —amphibalus, infula, paenula, planeta en Roma, casula fuera de Italia—, y a la pregunta de cuál es el más antiguo Walsh contesta con una sola palabra: paenula.

Ahora la frase que nadie repite: «El padre de la casulla fue una prenda exterior o capa de tormenta llevada exclusivamente por esclavos y campesinos en sus comienzos. Plauto (254 a. C.) hace la primera mención de ella en el siglo tercero antes de Cristo en el verso: Iamne abis? Libertas paenula est tergo tuo», que Walsh traduce «¿Ya te vas? La libertad es el gabán de tu espalda», de la Mostellaria, acto IV, escena 3. Era de lana gruesa y a veces de cuero; en lugar de envolver el cuerpo como la toga, se metía la cabeza por un agujero en el medio. Se parecía al poncho, con capucha contra el frío y la lluvia.

Su ascenso social está documentado. En el siglo II sus asociaciones plebeyas prohibían todavía su uso a un emperador dentro de Roma, hiciera el tiempo que hiciera; en el III, Alejandro Severo permitió a los senadores vestirla intra Urbem; y sólo en el 438 aparece en el lugar de la vieja toga. Gihr lo confirma desde otra fuente: «esta vestidura tuvo su origen en la paenula romana».

Walsh añade que planeta fue el nombre de la supervestidura sacerdotal hasta el final del siglo VIII, y que su primera mención como vestidura sagrada está en las actas del concilio de Toledo del 633, «y aun entonces no se habla de ella como de una innovación o una prenda nueva, sino como del hábito reconocido de los obispos y sacerdotes». Su forma envolvente duró hasta el siglo XV. La oración es breve: «Señor, que dijiste: "mi yugo es suave y mi carga ligera", concédeme llevarlo de modo que alcance tu gracia».

Los colores: de cuatro a cinco

En las representaciones más antiguas las vestiduras son blancas, con franjas generalmente negras. Benedicto XIV afirmaba que fueron blancas hasta comienzos del siglo IV y que desde entonces se desarrolló el uso de diversos colores. El primero que menciona vestiduras de color es Inocencio III, en el siglo XIII, y en su tiempo eran cuatro: blanco, rojo, negro y verde; falta el violeta, que Durando ya menciona en 1280. Hoy son cinco, con el rosa permitido en el tercer domingo de Adviento y el cuarto de Cuaresma. Fortescue precisa que el paño de oro puede sustituir al blanco, al rojo o al verde, nunca al violeta ni al negro.

El simbolismo es el que cabía esperar: el blanco, pureza e inocencia de vida, y también gloria y gozo; el rojo, fervor y caridad, porque el Espíritu Santo bajó en lenguas de fuego; el verde, la esperanza del peregrino que no debe desfallecer; el violeta, la mortificación; el negro, la muerte. Nada de esto es decorado. Quien quiera ver en qué momento ocurre cada cosa puede seguir las partes de la Misa tradicional, y entender después por qué el sacerdote reza en voz baja lo más importante del Canon.

Preguntas frecuentes

¿Cuántas vestiduras lleva el sacerdote en la Misa tradicional?

Seis: amito, alba, cíngulo, manípulo, estola y casulla. Walsh y Gihr dan la misma lista y el mismo orden. Fortescue añade que el obispo lleva en la Misa solemne, además, túnica, dalmática, cruz pectoral, guantes, mitra y anillo.

¿Vienen las vestiduras litúrgicas del Templo de Jerusalén?

No. Walsh reconoce que la teoría del origen levítico es la más antigua de las dos propuestas, pero dictamina que «el peso de los argumentos está contra ella, y ha sido abandonada como insostenible». La escuela anticuaria es unánime: las vestiduras cristianas evolucionaron por un proceso natural a partir del vestido ordinario de un ciudadano romano del siglo primero o segundo.

¿De dónde viene la casulla?

De la paenula romana, el nombre más antiguo de la prenda. «El padre de la casulla fue una prenda exterior o capa de tormenta llevada exclusivamente por esclavos y campesinos en sus comienzos», de lana gruesa y a veces de cuero, con capucha. Plauto la menciona ya en el siglo III antes de Cristo, en la Mostellaria. Gihr lo confirma: «esta vestidura tuvo su origen en la paenula romana».

¿Qué reza el sacerdote al ponerse cada vestidura?

Al amito, que el Señor ponga en su cabeza el yelmo de la salvación. Al alba, que lo purifique para que, lavado en la sangre del Cordero, goce de los deleites eternos. Al cíngulo, que lo ciña con el cíngulo de la pureza. Al manípulo, que merezca llevar el del llanto y del dolor. A la estola, que le devuelva la de la inmortalidad. A la casulla, que le conceda llevar el yugo suave.

¿Por qué el manípulo se lleva en el brazo izquierdo?

Porque era una toalla. Walsh explica que servía «para absorber el sudor del que lo llevaba y secarse las manos», y los monumentos paganos la muestran sobre el hombro izquierdo de los camilli. En su forma litúrgica se llevó primero sobre los dedos, como se ve en el arzobispo Stigando del tapiz de Bayeux, y pronto se pasó a la muñeca.

¿Cuántos colores litúrgicos hay y desde cuándo?

Cinco: blanco, rojo, verde, violeta y negro, más el rosa de dos domingos del año. El primero que menciona vestiduras de color es Inocencio III, en el siglo XIII, y entonces eran cuatro, sin el violeta, que ya aparece en Durando en 1280.

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Para seguir la Misa

Las oraciones del sacerdote al vestirse están al principio del misal. Tenerlo en la mano es la manera de comprobar de qué se habla.

Misal de la Misa tradicional en latín y español: latín y español enfrentados, rúbricas en rojo con lo que hace el sacerdote y lo que hacen los fieles, siluetas al margen para saber cuándo se está de pie, de rodillas o sentado, y el aviso de la campanilla en la consagración. 76 páginas a todo color, 18,00 €; el envío es gratis en España a partir de 30 € de compra.

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