Cuadro antiguo de la consagración en la Misa tradicional: el sacerdote, de espaldas y revestido de casulla, inclinado sobre el altar con las manos sobre el pan y el cáliz entre dos candelabros encendidos, y el acólito arrodillado con la campanilla

El silencio del Canon: por qué el sacerdote reza en voz baja lo más importante

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Hay un momento en la Misa tradicional en que el sacerdote deja de hablar. Termina el Sanctus y, durante varios minutos, no se oye nada: sólo la campanilla en la consagración. Gihr lo describe así: «El jubiloso Hosanna ha cesado ya. Sucede un silencio santo, porque comienza el Canon».

Al que llega de fuera aquello le parece un muro: se dice y se repite que el pueblo queda excluido, que no oye lo esencial, que la liturgia es un secreto de casta. Conviene ver lo que dicen las fuentes, porque los propios autores católicos no se ponen del todo de acuerdo, y uno de ellos, Fortescue, es escéptico con la explicación piadosa.

Qué es el Canon y dónde empieza el silencio

Gihr define el término: canon significa aquí «la fórmula normativa, el criterio fijo, la regla invariable para el cumplimiento del acto esencial del Sacrificio». Y precisa sus límites: «el Canon de la Misa, que comienza después del Sanctus y termina antes del Pater noster, incluye la Consagración y también aquellas oraciones y ceremonias que la introducen y están más estrechamente unidas a ella».

Lo que manda la rúbrica: silencio, no mudez

El malentendido más común es figurarse al sacerdote rezando mentalmente. No es eso. Gihr: «Es una estricta ordenación de la Iglesia que el Canon se diga en silencio (secreto), es decir, con voz tan contenida que el celebrante pueda oírse a sí mismo, pero no sea oído por los que están alrededor». Las oraciones, siendo litúrgicas, «han de recitarse no meramente mentalmente, sino también vocalmente (vocaliter), esto es, las palabras han de pronunciarse con la boca».

Gihr subraya la diferencia con el Oficio divino: al rezar el breviario no es necesario que quien reza se oiga a sí mismo; en el Canon sí. Y anota que las rúbricas distinguen tres tonos: la vox secreta, la vox clara y, en medio, la vox paululum elevata, la voz a medias.

Desde cuándo, y la discrepancia entre las fuentes

Fortescue sienta el hecho: «todo el Canon, excepto su ecfonesis final, se dice en silencio». El testimonio más citado es el Ordo Romanus II, que Gihr sitúa probablemente en el siglo VII u VIII y cuya rúbrica manda que, acabados el Prefacio y el Trisagio, «se levanta solo el Pontífice y entra en el Canon en silencio». Mabillon recoge de los Ordines más antiguos que, mientras el Pontífice recita el Canon, «se guarde sumo silencio en el coro, y los ministros permanezcan inclinados y callados», para que clero y pueblo «callasen como pasmados en admiración de tan gran misterio». El Pseudo-Alcuino añade una razón que volveremos a encontrar: se hizo así «para que palabras tan sagradas no se abaratasen».

Gihr sostiene que el silencio viene de los tiempos más antiguos. Pero reconoce que el cardenal Bona opinaba que en Occidente todos oyeron antiguamente «las santísimas y eficacísimas palabras con que se hace el cuerpo de Cristo», y que sólo desde el siglo X se prescribió el silencio; juzga que «los argumentos que aduce no son fiables». Fortescue va más lejos: «es difícil decir cuándo empezó esa costumbre o cuál fue su razón original», y afirma que «indudablemente, durante los tres primeros siglos el pueblo oía la oración de la consagración», citando a Tertuliano, a Dionisio de Alejandría y a san Ambrosio.

Rechaza además la explicación de Benedicto XIV, que ligaba el silencio a la disciplina arcani, porque el arcano ocultaba los misterios a los no iniciados y en la liturgia de los fieles sólo los iniciados estaban presentes. Y objeta a la razón mística: «no es fácil ver por qué una oración silenciosa habría de ser más reverente que una oída; los fieles que van a comulgar no son ciertamente indignos de oír la consagración». Su propia explicación es prosaica: la causa general de rezar en secreto es abreviar el servicio. El Sanctus cantado por el coro llevaba su tiempo, el celebrante seguía adelante con la oración, que entonces había de decirse en voz baja, «así se hizo costumbre, tradición, y más tarde se le encontraron razones místicas».

Que Fortescue prefiera la explicación práctica no desmonta el rito: lo sitúa. Una costumbre puede nacer por conveniencia y ser después reconocida como signo de algo verdadero. Lo que no cabe es defenderlo como un dogma del siglo primero: también el misal de san Pío V fijó formas antes variables, y eso no lo hace menos venerable.

Primera razón: el acto es exclusivamente sacerdotal

Gihr enumera las razones que la Iglesia da, y ninguna es «que el pueblo no lo merece». La primera es de significación: «la recitación silenciosa del Canon señala que la Consagración y el Acto Sacrificial son una función exclusivamente sacerdotal». El tono alto invita a los presentes a unirse al sacerdote, mientras «la recitación silenciosa indica que se trata de un misterio que corresponde cumplir al sacerdote consagrado solo, y no al pueblo».

De ahí la imagen que propone: «el sacerdote no se comunica aquí, como en las otras partes de la Misa, con el pueblo; ha entrado en el Santo de los Santos, para comunicarse allí con Dios solo y orar y sacrificar por toda la Iglesia». Y añade: «Moisés estaba solo en la cima del monte; conversaba con Dios y Dios le respondía». Nada de esto disminuye a los fieles: la congregación no puede aportar nada al acto sacrificial, y eso es doctrina, no desprecio. Es la razón por la que la Misa no es una cena, sino el Calvario sin sangre.

Las otras cuatro razones que dan los autores

La segunda es de correspondencia: el silencio «armoniza muy hermosamente con el cumplimiento y la esencia del misterio del Sacrificio eucarístico». Los elementos se cambian en el Cuerpo y la Sangre de Cristo «sin que los sentidos lo perciban ni la mente creada lo pueda comprender»: en cada Hostia hay milagros innumerables «y, sin embargo, no aparece externamente el menor rastro de las maravillas».

La tercera es la reverencia, y Gihr la funda en la Escritura: «El Señor está en su santo templo; calle ante Él toda la tierra». Cita al diácono sirio, que grita al pueblo Quam terribilis est haec hora. Y da la vuelta a la objeción con una frase que vale el artículo: «precisamente ese silencio mudo que reina en el altar durante los momentos más sagrados del Sacrificio, y que dirige la atención a lo misterioso del acto sacrificial, forma la más ruidosa convocatoria a entrar silenciosamente en nosotros mismos».

La cuarta es la que ya apuntaba el Pseudo-Alcuino: «la lengua extranjera y la recitación silenciosa sirven para retirar las sagradas palabras del Canon del trato ordinario y protegerlas contra toda profanación». Fortescue recoge además la historia de Juan Mosco, muerto en 619, que se repitió mucho como razón del silencio: unos niños de Palestina jugaban a la iglesia y repitieron las palabras de la anáfora; bajó fuego del cielo y destruyó su altar. No la da por histórica.

La quinta es mística: el sacerdote es imagen del Salvador, y como Jesús oró en el Huerto y en la Cruz no sólo en voz alta, sino también «en el silencio de su corazón», conviene que se le parezca en esto. El altar no es sólo la Cruz, también es el pesebre: «mientras un profundo silencio lo envolvía todo», el Verbo bajó de su trono real; así desciende al altar «entre el más profundo silencio».

«¿Y el pueblo, que no oye nada?»

Ésta es la objeción, y Müller la responde de frente. Explica primero por qué calla el sacerdote: las oraciones del Canon «las dice siempre en completo silencio, porque, estando a punto de ofrecer el Sacrificio adorable, vuelve sus pensamientos al Todopoderoso solo, olvida todo lo demás, y ni se vuelve al pueblo ni lo invita más a unirse a él en fervor. Se ha retirado, como si dijéramos, al santuario interior, a conversar con Dios solo».

Y luego contesta lo que se pregunta todo el mundo: «Tampoco es necesario que el pueblo oiga cada oración que ahora dice. Les basta saber que está ejecutando la parte más sublime de su oficio —ofrecer el sacrificio— sin estar al tanto de los términos exactos». Pero no dice que sea mejor no saberlos. Dice lo contrario acto seguido, y esto es lo que rara vez se cita: «Si alguien puede entrar en el sentido de estas oraciones y repetirlas con el sacerdote, será una gran ayuda para la devoción».

Ahí está la respuesta. El silencio no es un muro: es una invitación a rezar el Canon a la vez que el sacerdote, con el texto delante. Müller recuerda que al Sanctus suena la campanilla avisando de la Consagración, y que entonces todos deben arrodillarse. Para eso hace falta un misal y saber cuándo se está de pie, de rodillas o sentado.

Dónde se rompe el silencio, y por qué

El rito mismo desmiente que se trate de un secreto: prevé dos roturas. En el Nobis quoque peccatoribus, después de la Consagración, el sacerdote alza un poco la voz —elata parum voce— y se golpea el pecho. Gihr explica que ambas cosas «indican al celebrante con cuánto dolor ha de hacer el reconocimiento de su pecado, y advierten a los fieles que se unan a esos mismos sentimientos penitenciales, puesto que recita esa oración también por ellos y en su nombre».

La segunda rotura es el final. Gihr: con el per omnia saecula saeculorum, «recitado en voz alta o cantado, se rompe el silencio místico y solemne del Canon, para que el pueblo, respondiendo Amén, dé a conocer su asentimiento y aprobación de todo lo que el sacerdote, orando y ofreciendo a solas con Dios en la nube santa, ha realizado». El pueblo no es espectador: es el que firma. Y hay un dato que remata: en la ordenación de un sacerdote, el obispo pronuncia las oraciones silenciosas de la Misa aliquantulum alte, algo en voz alta, para que los recién ordenados puedan recitarlas con él. El silencio no protege un secreto, protege un misterio; cuando hace falta enseñarlo, se enseña.

Preguntas frecuentes

¿Reza el sacerdote el Canon en silencio absoluto o mentalmente?

Ni una cosa ni la otra. Gihr es preciso: la Iglesia manda que el Canon se diga secreto, «con voz tan contenida que el celebrante pueda oírse a sí mismo, pero no sea oído por los que están alrededor». Las palabras han de pronunciarse con la boca, vocaliter, y a diferencia del Oficio divino es necesario que el sacerdote se oiga.

¿Desde cuándo se reza el Canon en voz baja?

Fortescue dice que es difícil precisarlo, pero que el uso consta ya en el Ordo Romanus II, que manda que el Pontífice «entre en el Canon en silencio». Gihr sitúa ese Ordo en el siglo VII u VIII y sostiene que la costumbre es antiquísima. Bona la retrasaba al siglo X, y Gihr juzga que sus argumentos no son fiables.

¿Es verdad que en los primeros siglos el pueblo oía la consagración?

Fortescue lo afirma: «indudablemente, durante los tres primeros siglos el pueblo oía la oración de la consagración», y cita a Tertuliano, a Dionisio de Alejandría y a san Ambrosio, que dicen o implican que se decía en voz alta y que el pueblo respondía Amén. En las liturgias orientales las palabras de la Consagración se dicen todavía en voz alta.

¿Por qué no se oye lo más importante de la Misa?

Gihr da cinco razones: el acto sacrificial es exclusivamente sacerdotal; el silencio corresponde al ocultamiento del misterio; expresa reverencia y suscita el recogimiento de los fieles; retira las palabras del Canon del trato ordinario y las protege de toda profanación; y el sacerdote imita a Cristo, que oró también en voz baja en el Huerto y en la Cruz.

¿Se rompe alguna vez el silencio del Canon?

Dos veces. En el Nobis quoque peccatoribus el sacerdote alza un poco la voz y se golpea el pecho, para que los fieles se unan a sus sentimientos de penitencia. Y al final, con el per omnia saecula saeculorum, «se rompe el silencio místico y solemne del Canon», para que el pueblo responda Amén.

¿Qué debe hacer el fiel durante el Canon?

Müller lo dice sin rodeos: no es necesario que el pueblo oiga cada oración, pero «si alguien puede entrar en el sentido de estas oraciones y repetirlas con el sacerdote, será una gran ayuda para la devoción». Añade que al Sanctus suena la campanilla avisando de la Consagración, y que entonces conviene arrodillarse.

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Para seguir la Misa

El silencio del Canon sólo es un muro para quien no lleva el texto. Tenerlo en la mano es rezar con el sacerdote.

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