Coro de una iglesia de capuchinos según el cuadro de Granet: bajo una bóveda desnuda cruzada por la luz de un ventanal alto, filas de frailes con hábito pardo rezan de rodillas y en pie, vueltos hacia el altar del fondo, con su cruz y sus velas

¿Por qué hace falta un sacerdote? Lo que la Misa exige y no puede suplir nadie

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La objeción viene en dos versiones. La educada: si todos los bautizados somos «sacerdocio real», ¿para qué hace falta uno ordenado? Y la áspera: si el que celebra es un mal hombre, ¿qué vale su Misa?

Las dos tienen respuesta, y no es la que se espera. La Iglesia no defiende al sacerdote por su virtud —sabe mejor que nadie que puede no tenerla— sino por lo que la ordenación le imprime y por lo que en el altar sucede a través de él.

Un sacrificio exige un sacerdote: no es una costumbre, es la naturaleza del acto

Gihr empieza por donde hay que empezar. El sacrificio, dice, es un acto de culto que no puede realizar nadie más que un sacerdote: sólo quien ha sido especialmente elegido, llamado y facultado puede ejercer el oficio de sacrificar. Y añade la regla que lo resume todo: sacrificio y sacerdocio son inseparables; no hay sacrificio sin sacerdocio ni sacerdocio sin sacrificio.

La razón no es de conveniencia. El sacrificio es un acto público y solemne de culto, que ha de realizarse en nombre y en beneficio de todo el cuerpo religioso por una persona debidamente autorizada; y quien se presenta como mediador entre un Dios ofendido y un hombre pecador conviene que esté, al menos por su oficio, separado de los pecadores. San Pablo lo había dicho antes: «todo pontífice tomado de entre los hombres es constituido en favor de los hombres en lo que toca a Dios, para que ofrezca dones y sacrificios por los pecados» (Hebreos 5, 1). Gihr remata con una observación que ata este artículo con el anterior: donde hay sacrificio y sacerdocio, hay siempre un altar.

Lo que la ordenación imprime y no se puede borrar

En la ordenación el sacerdote recibe, escribe Gihr, el poder exaltado, sobrehumano y divino de cambiar los elementos de pan y vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo; y lo subraya: sólo Dios puede conferir un poder semejante. Ese poder, como el orden mismo, no se puede perder ni destruir: tan poco como el carácter sacerdotal puede borrarse del alma, puede quitársele el poder de sacrificar. En otro lugar lo dice con la fórmula clásica: el carácter sacerdotal queda impreso para siempre e indeleblemente en el alma del ordenado.

Fortescue añade una observación fina sobre el rito: el ritual de la ordenación separa dramáticamente los elementos del sacerdocio —el poder de sacrificar y el de perdonar pecados— que, presumiblemente, se confieren en realidad en un solo instante, aquel en que el hombre se hace sacerdote. Es la misma lógica del bautismo, donde se sigue pidiendo lo que ya se ha concedido.

La consecuencia práctica: todo sacerdote válidamente ordenado, y sólo él, puede ofrecer el Sacrificio de la Eucaristía. No es cuestión de permiso, sino de capacidad.

Quién ofrece de verdad en el altar

Aquí está el punto que casi todos los que objetan pasan por alto: el que ofrece principalmente no es el sacerdote. Gihr lo expone así: Cristo, Sumo Sacerdote eterno, no cesa de ofrecerse en la Misa, pero ya no lo hace solo, de manera personal y visible, como en la Última Cena y en la Cruz, sino invisiblemente y con la asistencia de un representante humano. Cristo es el celebrante principal; el sacerdote visible obra como agente vivo y libre suyo y, aunque sólo como instrumento, realiza de modo real el acto de consagrar.

Santo Tomás distingue con precisión los dos registros de la voz del celebrante: en las oraciones habla in persona Ecclesiae, en cuya unidad está; en la consagración del sacramento habla in persona Christi, cuyas veces hace por el poder del orden. Es decir: cuando dice «éste es mi Cuerpo», ese «mi» no es suyo. Por eso el Canon se reza como se reza, y por eso hemos tratado aparte el silencio del Canon.

Por qué la validez no depende de su santidad

De lo anterior se sigue, sin más, la respuesta a la objeción áspera. Si el oferente principal es Cristo, entonces —concluye Gihr— la Eucaristía sigue siendo siempre y en todas partes el Sacrificio inmaculado, porque el Oferente principal, Jesucristo, es en todo tiempo infinitamente santo, aunque el sacerdote visible y representativo sea todo lo imperfecto e indigno que se quiera.

La distinción técnica es la de siempre. El fruto esencial del Sacrificio y la eficacia impetratoria que le viene de la liturgia no pueden ser aumentados ni disminuidos intrínsecamente por las disposiciones del celebrante: se dan ex opere operato, por la obra realizada, no por el obrero. Santo Tomás lleva la consecuencia hasta el extremo: un sacerdote separado de la unidad de la Iglesia, como no pierde el poder del orden, consagra verdaderamente el Cuerpo y la Sangre de Cristo, aunque sus oraciones no tengan eficacia. Gihr precisa además que el fruto impetratorio que la Misa tiene de parte de la Iglesia falta del todo cuando celebra un sacerdote entredicho, que no puede orar en nombre de ella.

Hay, con todo, un fruto que sí depende de él: el que nace de la celebración en cuanto obra buena personal, ex opere operantis, tanto más abundante cuanto mayores sean la piedad y la devoción del sacerdote y de los fieles.

El sacerdocio común de los fieles: qué es y qué no es

La Iglesia no ha inventado la expresión de san Pedro para esquivarla, y Gihr la explica sin rebajarla: los fieles constituyen un «sacerdocio santo» en cuanto que, por el carácter y la gracia del bautismo, han sido separados de los pecadores, consagrados y santificados, para honrar a Dios con los «sacrificios espirituales» de una vida nueva: oración, piedad, abnegación, paciencia y caridad con el prójimo. Cada vez que se hace una buena obra con recta intención dirigida a Dios, y sobre todo en medio del combate, se ofrece a Dios un sacrificio.

Eso es mucho, y es real. Pero es otra cosa. Después de describir el poder de consagrar, Gihr escribe la frase que zanja la confusión: el carácter privilegiado y la dignidad del sacerdote oficiante están en contraste con la condición de los fieles, a quienes no se ha impartido tal poder sacrificial celestial. El sacerdocio común no es un grado menor del ministerial: es de otro orden.

«Mi sacrificio y el vuestro»: lo que dice el Orate fratres

La liturgia misma pone las dos cosas juntas sin confundirlas. El sacerdote se vuelve y dice: Orate, fratres, ut meum ac vestrum sacrificium acceptabile fiat apud Deum Patrem omnipotentem. «Orad, hermanos, para que mi sacrificio y el vuestro sea acepto a Dios Padre omnipotente.» Gihr comenta: la Eucaristía es el Sacrificio de toda la Iglesia, no exclusivamente del sacerdote, sino también propiedad de los fieles, que participan en grados diversos, mientras él, en nombre de ellos, completa solo la acción sacrificial misma.

Y la respuesta del acólito lo confirma: Suscipiat Dominus sacrificium de manibus tuis, «reciba el Señor el sacrificio de tus manos». Aunque los fieles ofrezcan con él, mencionan sólo el acto del celebrante, y con razón —explica Gihr—, porque sólo sus manos están ungidas y consagradas para ofrecer sacrificio.

Que esto no es soberbia de casta lo prueba una nota del propio Gihr, que cita a Sporer recomendando al sacerdote pensar, al decir esas palabras, que hay entre los laicos presentes muchos que ofrecen con mayor piedad y pureza de alma que él, ministro marcado con el carácter sacerdotal. La dignidad es del oficio, no del hombre.

Por qué una asamblea sin sacerdote no puede ofrecer

La conclusión se impone. La Eucaristía es propiedad de la Iglesia, y toda la Iglesia ofrece el Sacrificio, porque es un acto público de culto celebrado en nombre de todo el pueblo de Dios; pero —escribe Gihr— la Iglesia no puede celebrar sin sacerdote: él está ordenado para ser el representante de los hombres, constituitur pro hominibus, para ofrecer en nombre de los fieles como mediador entre Dios y el pueblo.

No es una tesis moderna. Fortescue cita a san Ignacio de Antioquía, muerto hacia el año 107, escribiendo a los de Filadelfia: «Cuidad de usar una sola Eucaristía; porque uno es el cuerpo de nuestro Señor Jesucristo y uno el cáliz en la unidad de su sangre; un solo altar, como hay un solo obispo con el presbiterio y los diáconos». Y más explícito todavía: «Aquella Eucaristía es válida que se celebra por el obispo o por aquel a quien él ha encargado». Separarse de ese culto común, comenta Fortescue, es el grave pecado de cisma.

Müller saca la consecuencia que los protestantes de su tiempo, a su juicio, sacaron con coherencia: al rechazar el sacrificio rechazaron también el sacerdocio. Su ministro carece de aquella sacralidad que nace del deber de ofrecer sacrificio, y predicar puede hacerlo igual de bien cualquier hombre despierto sin ordenación alguna. El católico, en cambio, mira a su sacerdote como ministro de Cristo: cuando está en el altar tiene un oficio que cumplir en el que los fieles no son sus ayudantes ni sus colaboradores. Ofrece por el pueblo y con el pueblo, pero no son ellos quienes ofrecen en sentido estricto.

Lo que, aun así, se le exige

Quedaría torcido el asunto si se concluyera que al sacerdote le basta estar ordenado. Gihr, después de dejar sentado que sus disposiciones no tocan el fruto esencial, escribe en la misma página que se le exigen necesariamente virtud, santidad y devoción, para que la Misa sea en todo perfecta, grata a Dios y rica en bendiciones. Y recoge de Dionisio Cartujano una fórmula exigente: el sacerdote ha de vivir de tal modo y ser tan grato a Dios que pueda ser mediador idóneo entre Dios y el pueblo, pues presenta a Dios lo que es del pueblo —preces, votos y dones— y dispensa al pueblo lo que es de Dios.

Müller, por su parte, recuerda que la bendición del sacerdote no pierde valor por su carácter personal, porque en ésta como en todas sus funciones públicas los sacerdotes no son más que canales por los que fluyen las bendiciones: en nombre de Cristo, por su autoridad y de sus recursos las confieren. Eso es lo que el fiel necesita saber para arrodillarse: no que el hombre sea santo, sino de quién son las manos.

Preguntas frecuentes

¿Vale la Misa de un sacerdote que está en pecado?

Sí, en cuanto al Sacrificio mismo. Gihr lo razona desde el oferente principal: la Eucaristía sigue siendo siempre el Sacrificio inmaculado porque quien principalmente ofrece, Jesucristo, es infinitamente santo, aunque el sacerdote visible sea todo lo imperfecto e indigno que se quiera.

¿Qué significa que el sacerdote obra in persona Christi?

Que en el acto de consagrar no habla en nombre propio. Santo Tomás, citado por Gihr, distingue: en las oraciones habla en persona de la Iglesia; en la consagración del sacramento habla en persona de Cristo, cuyas veces hace por el poder del orden.

Si todos los bautizados somos «sacerdocio real», ¿para qué un sacerdote ordenado?

Porque son dos cosas distintas. Gihr explica que los fieles son «sacerdocio santo» por el carácter y la gracia del bautismo, para ofrecer los sacrificios espirituales de una vida nueva; pero añade que la dignidad del sacerdote oficiante está en contraste con la condición de los fieles, a quienes no se ha impartido ese poder sacrificial.

¿Se le puede quitar a un sacerdote el poder de consagrar?

No. Gihr escribe que ese poder, como el orden mismo, no puede perderse ni destruirse: tan poco como el carácter sacerdotal puede borrarse del alma, puede quitársele el poder de sacrificar. Santo Tomás añade el caso límite: el separado de la unidad de la Iglesia consagra verdaderamente, aunque sus oraciones carezcan de eficacia.

¿Puede una asamblea de fieles celebrar la Misa sin sacerdote?

No. Gihr es terminante: toda la Iglesia ofrece el Sacrificio, pero la Iglesia no puede celebrar sin sacerdote, que está ordenado precisamente para ofrecer en nombre de los fieles como mediador. San Ignacio de Antioquía, hacia el año 107, ya lo formulaba así: «Aquella Eucaristía es válida que se celebra por el obispo o por aquel a quien él ha encargado».

Entonces, ¿los fieles no ofrecen nada?

Ofrecen, y la liturgia lo dice: «mi sacrificio y el vuestro». Gihr explica que la Eucaristía no es exclusivamente del sacerdote, sino también propiedad de los fieles, que participan de distintas maneras; pero es él quien completa solo la acción sacrificial, y por eso el acólito pide que el Señor reciba el sacrificio «de tus manos».

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Fuentes

Preparado con ayuda de herramientas de IA a partir de las fuentes que se citan, y publicado bajo la responsabilidad de Marcos Vera Pérez.

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