«En todo lugar se ofrece a mi nombre una oblación pura»: el versículo de Malaquías que anunció la Misa
Por Marcos Vera PérezHay un versículo del último profeta del Antiguo Testamento que los católicos citan poco y que debería citarse mucho, porque plantea un problema que la objeción protestante no sabe resolver. Dios anuncia por boca de Malaquías que rechaza los sacrificios del Templo y que, en su lugar, se le ofrecerá otro: en todo lugar, entre los gentiles y limpio.
La pregunta es fácil de formular y difícil de esquivar: ¿qué sacrificio es ése? No el del Templo, porque es el que Dios rechaza en el mismo versículo. No el Calvario, porque el Calvario fue en un solo lugar. Y no la oración ni las buenas obras, porque el profeta emplea la palabra técnica del sacrificio y la llama limpia. Queda una sola cosa, y es la que los Padres vieron sin excepción.
¿Qué dice exactamente Malaquías 1,10-11?
Nikolaus Gihr, el gran comentarista de la Misa, llama a este pasaje «la gran profecía de Malaquías, el último de los profetas», y lo cita así: «No tengo complacencia en vosotros —dice el Señor de los ejércitos— y no recibiré don de vuestra mano. Porque desde donde sale el sol hasta donde se pone, mi nombre es grande entre los gentiles, y en todo lugar se ofrece a mi nombre una oblación limpia».
El latín de la Vulgata, que Gihr reproduce en nota, dice: et in omni loco sacrificatur et offertur nomini meo oblatio munda. Dos verbos y dos expresiones que lo deciden todo: in omni loco y oblatio munda. Aquí, por una vez, la numeración protestante coincide con la de la Vulgata: no hay escapatoria por ese lado.
Gihr advierte de una trampa gramatical muy usada. Los presentes magnum est, sacrificatur, offertur no hablan del presente del profeta, sino del futuro, y de un futuro cristiano: los profetas emplean a menudo el presente por el futuro, porque contemplaban como presente lo que había de suceder.
A quién está reprochando Dios en el versículo diez
El reproche tiene destinatarios concretos. «No tengo complacencia en vosotros» se dirige, explica Gihr, a los sacerdotes de Leví, que tras el destierro, «como despreciadores del nombre divino», sacrificaban con descuido: contra la Ley, presentaban lo «cojo, ciego y enfermo».
Pero aquí está el giro que casi nadie advierte. Gihr insiste en que ésa no es la razón de fondo: «La verdadera razón por la que el Señor rechaza los sacrificios mosaicos no es que se ofrecieran con descuido, sino el hecho de que había de ofrecérsele un sacrificio enteramente distinto y nuevo desde la salida hasta la puesta del sol». No se abolió un culto por indigno: se abolió porque llegaba otro. Es lo que san Pablo dice en seco: «Quita el primero para establecer el que sigue» (Hebreos 10,9).
Y una aclaración capital: lo que Dios rechaza no es el sacrificio en cuanto tal. Gihr cita a Trento: «No se reprobó el género de las oblaciones... sino que sólo se cambió la especie». Había sacrificio en el Antiguo Testamento y lo hay en la Iglesia; lo que cambió es el modo.
«En todo lugar»: la expresión que cierra la puerta
El culto mosaico tenía dos límites infranqueables: un pueblo y un lugar. La profecía rompe los dos a la vez. Gihr lo desmenuza: el nombre de Dios será glorificado «no sólo en Jerusalén, sino desde la salida hasta la puesta del sol»; y «no sólo entre los judíos, sino entre las naciones» de toda la tierra; en suma, «en todo lugar». Anota además que el hebreo gojim no significa israelitas, sino naciones paganas, y que las tres expresiones «designan la universalidad o catolicidad del culto y del sacrificio prometidos, una universalidad tal como sólo se encuentra en la Iglesia cristiana».
Michael Müller desglosa la profecía en cuatro afirmaciones encadenadas: que los sacrificios judíos serían rechazados; que se sustituirían por otro; que ese otro sería más perfecto, porque Dios lo llama «oblación limpia, sacrificio puro»; y que se ofrecería en todas las partes del mundo. Y comprueba lo primero: «Los sacrificios judíos han cesado... no tiene sacerdocio, altar ni sacrificio».
Por qué no puede ser el Calvario
Éste es el argumento que conviene aprender de memoria. Martín de Cochem lo formula sin rodeos: «El sacrificio predicho aquí por Malaquías no puede ser el que Cristo ofreció en la cruz, como afirman los no católicos; porque aquél se hizo en un solo lugar, en el Calvario, no en todo lugar, como declara el profeta».
El razonamiento no rebaja el Calvario: lo sitúa. El Calvario es el sacrificio, uno y único, pero fue ofrecido una vez y en un punto de la tierra. La profecía habla de algo que se ofrece en todo lugar: el mismo sacrificio ofrecido de otro modo sobre miles de altares, que es lo que la Iglesia enseña y lo que explicamos al tratar de por qué la Misa no repite el sacrificio de Cristo.
Por qué tampoco puede ser una ofrenda espiritual
La salida habitual es espiritualizar el versículo: la «oblación limpia» sería la oración, la alabanza, la vida entregada. Cochem la cierra: «Tampoco puede admitirse la suposición de que la profecía se refiera a un sacrificio de alabanza o de buenas obras, porque éstos no son oblación en el sentido propio de la palabra, ni son siempre una oblación limpia» —y cita Isaías 64,6: «Todas nuestras justicias son ante Ti como un paño inmundo».
Gihr es más técnico. Las palabras «de ninguna manera pueden entenderse figuradamente de una oblación que no sea esencial y realmente un sacrificio, como la de la oración o cualquier otra buena obra». Y da la razón decisiva: el original emplea mincha, palabra que en el lenguaje litúrgico sagrado «se emplea invariablemente para indicar los sacrificios incruentos de alimentos». El profeta no anunció un sentimiento: anunció una ofrenda de pan y de vino, incruenta y comestible. Del otro anuncio de esa misma ofrenda tratamos al explicar cómo Melquisedec ofreció pan y vino mil años antes.
Queda el adjetivo, y tiene un alcance que sorprende. Gihr: los Padres enseñan unánimemente, y la Iglesia lo ha declarado formalmente, que la santa Misa es esa «oblación limpia», «que no puede ser mancillada por ninguna indignidad o depravación de quien la ofrece». No es una frase devota: si un sacrificio dependiera de la santidad del hombre que lo ofrece, ninguno sería limpio. Es inmaculada por su naturaleza, «pues Cristo, el Santo de los Santos, no es sólo la Víctima, sino también, de modo eminente, el que sacrifica en el altar». El misal lo dice en voz alta: el sacerdote llama inmaculada a la hostia ya antes de la consagración, porque mira a lo que va a ser, y «la Hostia sin mancha sobre el altar es aquella oblatio munda anunciada por el profeta Malaquías».
Los Padres lo entendieron así desde el principio
No es una lectura tardía. En el escrito cristiano más antiguo conservado después del Nuevo Testamento —la Didaché, que Adrian Fortescue fecha «hacia los años 80-100»— ya se lee, en el capítulo catorce: «Cada domingo del Señor, reunidos, partid el pan y dad gracias, después de haber confesado vuestros pecados, para que vuestro sacrificio sea puro». Fortescue saca de ahí dos conclusiones dogmáticas: que había confesión antes de la comunión y «que la Eucaristía es un sacrificio». El adjetivo es el de Malaquías.
La aplicación explícita llega en seguida. Fortescue anota que san Ireneo († 202) «cita las palabras de la institución y aplica a la santa Eucaristía la profecía de Malaquías». Gihr recoge el texto: Cristo «enseñó el nuevo sacrificio de la nueva alianza, que la Iglesia, recibido de los Apóstoles, ofrece a Dios en el mundo entero». Y san Agustín cierra con una pregunta retórica: «¿Puede alguien dudar todavía de quién se dijo esto, ahora que en ninguna parte hay sacerdocio y sacrificio según el orden de Aarón, y que en todas partes se ofrece sacrificio por medio del Sumo Sacerdote Cristo?». El «en todas partes» de Agustín es el in omni loco del profeta.
La Iglesia lo ha declarado, y no de pasada
No queda en opinión de autores. Müller y Cochem citan el mismo texto del concilio de Trento, sesión 22, capítulo 1, donde, tras narrar la institución en la Última Cena, la Iglesia declara: «Ésta es la oblación limpia que el Señor predijo por Malaquías que se ofrecería en todo lugar a su nombre, el cual sería grande entre los gentiles»; y que es «aquella oblación prefigurada por los diversos sacrificios típicos», de los cuales es «la consumación y perfección». Cochem añade la cláusula: «Y ésta es en verdad aquella oblación limpia que no puede ser mancillada por ninguna indignidad o malicia de los que la ofrecen».
La profecía tiene una segunda mitad: los sacerdotes
Se cita siempre el sacrificio y casi nunca lo que va con él. Gihr lo señala: «Con la profecía de este sacrificio va unido el anuncio de un sacerdocio nuevo y especial, destinado a ofrecer el nuevo sacrificio», y el propio Malaquías (3,3-4) llama levitas a esos ministros del altar, allí donde anuncia que «el Señor purificará a los hijos de Leví y los acrisolará como el oro y la plata».
Del «en todo lugar» se sigue una consecuencia: «Puesto que el nuevo sacrificio ha de celebrarse en todas partes, sus sacerdotes, a diferencia del sacerdocio judío, no pertenecen a una tribu ni a un pueblo, sino que son escogidos por el Señor de todas las naciones, y por una consagración sobrenatural quedan capacitados y santificados para su oficio». Isaías dice lo mismo tras describir la conversión de los gentiles: «Y tomaré de ellos para sacerdotes y levitas» (Isaías 66,21). De ese sacerdocio tratamos aparte, en del Templo de Jerusalén al altar.
Malaquías no prueba por sí solo todo lo que la Iglesia enseña de la Misa. Prueba una cosa, y la prueba bien: que Dios anunció un sacrificio ofrecido en todo lugar y entre los gentiles, y que ese anuncio no se cumple en ningún sitio más que sobre un altar católico. Quien lo niegue ha de decir dónde se cumple.
Preguntas frecuentes
¿Qué dice Malaquías 1,10-11?
Que Dios no tiene complacencia en los sacerdotes que le ofrecen sacrificios y no recibirá don de su mano, y que en cambio, desde donde sale el sol hasta donde se pone, su nombre será grande entre los gentiles y «en todo lugar se ofrece a mi nombre una oblación limpia». Aquí la numeración protestante coincide con la de la Vulgata.
¿Por qué los católicos aplican este versículo a la Misa?
Porque es el único que cumple las tres condiciones del texto: se ofrece en todo lugar, entre los gentiles, y es limpio. Gihr resume que los Padres lo enseñan unánimemente y que la Iglesia lo ha declarado formalmente: Trento, sesión 22, capítulo 1, dice «ésta es la oblación limpia que el Señor predijo por Malaquías».
¿No podría referirse al sacrificio de la cruz?
No, y la razón es geográfica. Cochem: aquel sacrificio «no puede ser el que Cristo ofreció en la cruz, como afirman los no católicos; porque aquél se hizo en un solo lugar, en el Calvario, no en todo lugar, como declara el profeta». El Calvario es el sacrificio; la profecía habla de ofrecerlo en todas partes.
¿No será la «oblación limpia» la oración y las buenas obras?
No puede serlo. Gihr señala que el original emplea mincha, palabra que en el lenguaje litúrgico designa invariablemente los sacrificios incruentos de alimentos, y que el texto no puede entenderse figuradamente de la oración ni de cualquier buena obra. Cochem añade Isaías 64,6: «Todas nuestras justicias son ante Ti como un paño inmundo».
¿Qué significa que la oblación sea «limpia»?
Que no depende de la santidad del hombre que la ofrece: «no puede ser mancillada por ninguna indignidad o depravación de quien la ofrece», dice Gihr, porque Cristo no es sólo la Víctima, sino también, de modo eminente, el que sacrifica en el altar.
¿Desde cuándo se lee así este pasaje?
Desde el principio. Fortescue anota que san Ireneo, muerto hacia 202, aplica a la Eucaristía la profecía de Malaquías. Y san Agustín pregunta si alguien puede dudar de ello «ahora que en ninguna parte hay sacerdocio y sacrificio según el orden de Aarón, y que en todas partes se ofrece sacrificio por medio del Sumo Sacerdote Cristo».
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Fuentes
- Nikolaus Gihr, The Holy Sacrifice of the Mass (1902), § 12, sobre las profecías de la antigua Ley, y § 14, sobre la tradición patrística.
- Michael Müller, The Holy Mass (1875), sobre el sacrificio antes y después de la venida de Cristo.
- Martín de Cochem, Explanation of the Holy Sacrifice of the Mass (ed. inglesa), caps. sobre la naturaleza y la excelencia de la santa Misa.
- Adrian Fortescue, The Mass: A Study of the Roman Liturgy (1912), § 2, sobre la Didaché y san Ireneo.
- Concilio de Trento, sesión 22, capítulo 1, citado por Müller y por Cochem.
