Tabla antigua de la Misa de san Gregorio: el Papa, revestido y con la mitra, se arrodilla ante el altar con el cáliz delante mientras sobre el ara se aparece Cristo varón de dolores entre los instrumentos de la Pasión, con dos clérigos detrás

Del Templo de Jerusalén al altar: el sacerdocio que nunca se interrumpió

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Cuando se discute con un protestante sobre la Misa, la conversación acaba en el sacerdote. La objeción viene en dos versiones. Una: Cristo abolió el sacerdocio, y ahora todos los creyentes son sacerdotes. Otra, más sutil: si hay sacerdotes cristianos, serán una imitación del levítico, y eso es judaizar.

Las dos yerran en el mismo punto: no distinguen entre lo que el sacerdocio antiguo era y lo que hacía. Lo que hacía —ser puente entre Dios y los hombres ofreciendo sacrificio— no se ha interrumpido nunca. Lo que era —una casta hereditaria atada a un solo santuario— se acabó del todo. De aquel santuario y de lo que en él se sacrificaba tratamos en el Templo de Jerusalén y los sacrificios del Antiguo Testamento. Aquí nos ocupa el hombre que los ofrecía.

Para qué sirve un sacerdote

Conviene empezar por la definición, porque casi toda la confusión nace de no tenerla. Nikolaus Gihr la da con precisión escolástica: «El sacerdote, por su oficio, es mediador entre Dios y el hombre: es principalmente por el ofrecimiento del sacrificio como ha de glorificar a Dios y reconciliar con Él al hombre».

De ahí una condición que Gihr subraya: para ejercer perfectamente ese oficio «debe ocupar también una posición intermedia, es decir, estar emparentado y unido tanto con Dios como con los hombres». Por eso san Pablo dice del sacerdote que «está puesto para los hombres en las cosas que se refieren a Dios» y que «es tomado de entre los hombres» (Hebreos 5,1-2).

Y una segunda condición, que decide el asunto: nadie se hace sacerdote por su cuenta. «Nadie puede ni debe atreverse a ejercer el oficio sacerdotal si no ha sido escogido e investido de él por Dios», escribe Gihr, y cita: «Nadie se arroga el honor por sí mismo, sino el que es llamado por Dios, como Aarón» (Hebreos 5,4). Retengamos la comparación: el modelo de vocación legítima es Aarón.

Un sacerdocio que se heredaba

Aquel sacerdocio nació de una elección dentro de otra elección. Michael Müller lo resume: para enseñar a los hombres a darle culto como es debido, «el Señor escogió un pueblo particular... la nación judía. De entre esa nación Dios escogió una familia particular —la de Aarón— que había de ofrecerle sacrificios».

Una familia: no una vocación abierta, sino una descendencia. James L. Meagher, que reconstruye el Templo con materiales rabínicos y al que hay que leer con cautela, describe la maquinaria: de Eleazar, hijo de Aarón, habrían descendido dieciséis estirpes de sacerdotes, y de su hermano Itamar otras ocho, repartidas por David en los veinticuatro «turnos» del Templo. El reparto coincide con el de las Crónicas; lo demás —candidatos escogidos a los treinta años, baños, detalles del rito— es reconstrucción suya.

Un dato suyo sí importa, porque expresa la lógica hereditaria mejor que cualquier teoría: los sacerdotes del segundo Templo eran consagrados revistiéndolos e imponiéndoles las manos, y sostenían «que la unción de sus padres con el óleo santo en el primer Templo era suficiente para sus hijos en el sacerdocio». La legitimidad venía por la sangre: no se preguntaba por la vocación, se preguntaba por el padre.

Lo que aquel sacerdocio no podía hacer

Aquellos sacrificios eran verdaderos y fueron mandados por Dios. Pero Gihr recuerda para qué servían: tenían «un significado más alto, en cuanto que habían de prefigurar y representar típicamente el sacrificio de Cristo en la cruz. En esto consistía su objeto y su valor principales». Y de quienes los ofrecían dice algo severo: «Había sacerdotes antes de Él y hay sacerdotes después de Él. Pero los primeros estaban destinados sólo a prefigurar el único gran sacrificio de Jesucristo».

Müller añade el argumento de fondo: «toda la sangre de ovejas y de bueyes que jamás se derramó no podía por sí borrar los pecados del hombre libre e inteligente», pues, dice san Pablo, «es imposible que el pecado sea quitado con la sangre de bueyes y de cabras». Sólo expiaba «en cuanto estaba ordenada por Dios y representaba la del Redentor prometido».

El concilio de Trento lo dijo sin dejar lugar a dudas, y Müller lo cita: «a causa de la debilidad del sacerdocio levítico no había consumación ni perfección», y por eso «era necesario que se levantase otro sacerdote según el orden de Melquisedec, nuestro Señor Jesucristo». De ese orden tratamos aparte, al explicar la otra profecía de la Misa.

Cristo no abolió el sacerdocio: lo elevó

Aquí está el eje, y Müller lo formula en una frase que conviene retener: «Nuestro Señor Jesucristo no abolió el sacerdocio y el sacrificio, sino que sustituyó por un sacerdocio más excelso y un sacrificio más perfecto los de la antigua Ley».

La misma idea, desde la ley: «Nuestro divino Salvador vino a la tierra no a destruir la ley del sacrificio, sino a cumplirla, a hacerla perfecta; cuanto era esencial en la antigua Ley siguió siendo esencial también en la nueva». El sacrificio, esencia misma de la religión judía, siguió siendo la esencia de la cristiana.

Pero la continuidad tiene un límite tajante. En cuanto llegó el Redentor y derramó su sangre, dice Müller, «los tipos y las imágenes quedaron a un lado, porque ya no eran agradables a Dios». Ni ruptura ni continuidad sentimental: lo esencial pasó entero, y la figura cesó al aparecer lo figurado.

El velo rasgado: la frase de san León

La descripción más exacta de ese traspaso la escribió san León el Grande († 461), dirigiéndose a Cristo: «Todo lo has atraído a Ti, Señor, porque, al rasgarse el velo del templo, el Santo de los Santos fue quitado a los indignos sumos sacerdotes, la figura pasó a la realidad, la profecía a su cumplimiento y la ley al Evangelio».

Cuatro traspasos en una línea, y el primero es el que nos ocupa: a aquellos sumos sacerdotes no se les pidió que cambiaran de rito, se les retiró el santuario.

Y sigue: «la piedad de todas las naciones celebra lo que antes se solemnizaba con símbolos figurativos en el único templo de Judea». Un templo, y ahora todas las naciones: es la universalidad que anunció Malaquías y que examinamos en la oblación pura que se ofrece en todo lugar.

No por sangre, sino por ordenación

¿De dónde sale entonces el sacerdote cristiano? Gihr contesta con una frase que cierra la objeción de que la Iglesia haya copiado la casta de Aarón: «Puesto que el nuevo sacrificio ha de celebrarse en todas partes, sus sacerdotes, a diferencia del sacerdocio judío, no pertenecen a una tribu ni a un pueblo, sino que son escogidos por el Señor de todas las naciones».

Los profetas lo habían anunciado en esos términos. Malaquías (3,3-4) llama levitas a los ministros del nuevo altar. E Isaías, tras describir la conversión de los gentiles, remata: «Y tomaré de ellos para sacerdotes y levitas» (Isaías 66,21). De ellos: de las naciones, no de una tribu.

El cauce de esa elección es la ordenación. Gihr: «En su ordenación recibe el poder excelso, sobrehumano y divino de cambiar los elementos del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, es decir, de celebrar la Misa; porque sólo Dios puede conferir tal poder». Con una consecuencia: «Este poder no puede perderse ni destruirse; lo mismo que el carácter sacerdotal no puede borrarse del alma del sacerdote, así tampoco puede quitársele el poder de sacrificar».

Es el carácter indeleble que el sacerdocio levítico creía tener por herencia, sólo que impreso en el alma y no en el árbol genealógico: el sacerdocio católico, escribe Gihr, «imprime en el alma, en la ordenación, el carácter sacerdotal imborrable».

Qué cambió y qué se conservó

Puesto en dos columnas, el balance es limpio. Se conservó el oficio: mediar entre Dios y los hombres ofreciendo sacrificio. Se conservó la necesidad de una llamada divina, con Aarón por modelo. Se conservó la imposición de manos, que —observa Meagher— era ya el modo de conferir el poder espiritual en la ordenación del sacerdocio del Templo. Y se conservaron los grados, que san León enumera en su propio vocabulario: «Ahora el orden de los diáconos (ordo levitarum) es más espléndido, la dignidad de los presbíteros es mayor y la unción de los obispos es más santa».

Cambió todo lo demás. El título: de la sangre a la ordenación. La extensión: de una tribu a todas las naciones. El lugar: de un santuario a todos los altares. La víctima: en palabras de san León, «ahora que han cesado los múltiples sacrificios de animales, el único sacrificio de tu Cuerpo y de tu Sangre suple el lugar de todos los demás sacrificios». Y, sobre todo, el titular: de una sucesión de hombres mortales a un único Sumo Sacerdote que no muere, a quien san Pablo atribuye «un sacerdocio sempiterno» (Hebreos 7,24).

Y lo que no se conservó, aunque suela darse por hecho: las vestiduras del sacerdote católico no descienden del ajuar de Aarón, sino del vestuario civil romano, como explicamos al repasarlas una por una.

El sacerdote no ofrece en su propio nombre

Queda la pieza que hace inteligible todo lo anterior. Gihr: «Los sacerdotes de la nueva Ley no se acercan al altar en su propio nombre y persona, sino en el nombre y en la persona de Jesucristo; y es Él quien por ellos y en ellos ejerce el oficio sacerdotal. Así, Él es en verdad el ÚNICO Sumo Sacerdote para todo el género humano». Martín de Cochem lo dice desde el banco: aunque el sacerdote diga la Misa, «no es en realidad el que ofrece el sacrificio: es sólo el representante del gran Sumo Sacerdote Jesucristo». De ahí que la oblación sea limpia aunque el ministro no lo sea.

Así la objeción inicial se deshace por los dos extremos. No hay judaización, porque el sacerdote cristiano no hereda nada de Aarón: ni la tribu, ni el santuario, ni la víctima, ni la ropa. Y no hay abolición, porque lo único esencial que tenía aquel sacerdocio —ofrecer sacrificio— se sigue haciendo cada mañana, en todas las naciones, por hombres a quienes un obispo impuso las manos. El Templo cayó; el altar no. Puede seguirse el asunto en todo lo que hemos publicado sobre la Misa tradicional.

Preguntas frecuentes

¿Era hereditario el sacerdocio del Antiguo Testamento?

Sí. Müller: de la nación judía «Dios escogió una familia particular —la de Aarón— que había de ofrecerle sacrificios». Meagher añade que los sacerdotes sostenían que la unción de sus padres con el óleo santo en el primer Templo «era suficiente para sus hijos en el sacerdocio».

¿Abolió Cristo el sacerdocio?

No. Müller: «no abolió el sacerdocio y el sacrificio, sino que sustituyó por un sacerdocio más excelso y un sacrificio más perfecto los de la antigua Ley». Vino «no a destruir la ley del sacrificio, sino a cumplirla»: cuanto era esencial en la antigua Ley siguió siendo esencial en la nueva.

¿Por qué no bastaba el sacerdocio levítico?

Trento, citado por Müller: «a causa de la debilidad del sacerdocio levítico no había consumación ni perfección», y por eso era necesario que se levantase otro sacerdote según el orden de Melquisedec. La sangre de animales, añade, sólo expiaba en cuanto la ordenaba Dios y representaba la del Redentor prometido.

¿Es el sacerdote católico un heredero del sacerdote judío?

No por descendencia. Gihr: los sacerdotes del nuevo sacrificio «no pertenecen a una tribu ni a un pueblo, sino que son escogidos por el Señor de todas las naciones, y por una consagración sobrenatural quedan capacitados y santificados para su oficio». Ya lo anunció Isaías: «Y tomaré de ellos para sacerdotes y levitas» (66,21).

¿Qué ocurre en la ordenación?

Gihr: el ordenado «recibe el poder excelso, sobrehumano y divino de cambiar los elementos del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, es decir, de celebrar la Misa; porque sólo Dios puede conferir tal poder». Ese poder no puede perderse, como no puede borrarse el carácter sacerdotal.

¿Ofrece el sacerdote su propio sacrificio?

No. Gihr: los sacerdotes de la nueva Ley «no se acercan al altar en su propio nombre y persona, sino en el nombre y en la persona de Jesucristo», que es «el ÚNICO Sumo Sacerdote para todo el género humano». Cochem: el sacerdote «es sólo el representante del gran Sumo Sacerdote Jesucristo».

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Fuentes

  • Nikolaus Gihr, The Holy Sacrifice of the Mass (1902), § 6, sobre el sumo sacerdocio de Cristo, y los capítulos sobre el sacerdote celebrante.
  • Michael Müller, The Holy Mass (1875), sobre el sacrificio antes y después de la venida de Cristo.
  • James L. Meagher, How Christ Said the First Mass (1908), sobre la ordenación del sacerdocio del Templo; usado sólo con cotejo y señalado como reconstrucción suya.
  • Martín de Cochem, Explanation of the Holy Sacrifice of the Mass (ed. inglesa), sobre la excelencia de la santa Misa.
  • Concilio de Trento, sesión 22, capítulo 1, citado por Müller; san León el Grande y san Agustín, citados por Gihr.
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