El Templo de Jerusalén y los sacrificios del Antiguo Testamento

El Templo de Jerusalén y los sacrificios del Antiguo Testamento

Por

Media Biblia ocurre en el Templo o habla de él, y sin embargo casi ningún católico sabría describir cómo era por dentro ni qué se hacía allí exactamente. Es una laguna cara, porque sin esos datos hay páginas enteras del Antiguo Testamento —y de la carta a los Hebreos— que se leen sin ver nada.

Esto es lo que había, según la clase décima de la Introducción a la Sagrada Escritura del P. Gabriel Calvo Zarraute.

Cómo llegó el Templo a Jerusalén

Jerusalén fue el mayor de los santuarios de Israel, pero no lo fue desde el principio. La ciudad no estuvo bajo control israelita hasta David, que la conquistó y la hizo su capital, trajo el Arca desde Quiriat Yearín y la instaló en una tienda. Más tarde levantó un altar en el lugar del futuro Templo.

Cubierta de Introducción a la Sagrada Escritura (PREVENTA)

El libro de este artículo

Introducción a la Sagrada Escritura (PREVENTA)

Ver el libro · Libro de bolsillo · €25,00

También en ebook por €9,99, con descarga inmediata

Hay aquí un detalle que el libro cuida, y que conviene retener porque se usa mucho en contra. Era frecuente que los santuarios israelitas se levantaran sobre santuarios paganos anteriores, y en Jerusalén lo había: Melquisedec, su rey en época patriarcal, aparece como sacerdote de El Elión, divinidad cananea. Pero David no asume ese santuario: el Arca va a una tienda, no a un edificio existente, y el lugar del altar no tenía connotación religiosa alguna. Era una era, propiedad de un jebuseo llamado Arauná.

Sobre ese terreno comprado construyó Salomón el Templo, en una prominencia rocosa al norte del Ofel.

Cómo era por dentro: tres estancias

El interior se dividía en tres secciones, y el nombre de cada una dice su función:

  • El Ulam, el vestíbulo.
  • El Hekal —«palacio», «templo»—, que se llamaría después Lugar Santo, Santuario o simplemente Santo.
  • El Debir, la estancia del fondo, que acabaría llamándose Santo de los Santos. Era la parte más sagrada porque allí se guardaba el Arca de la Alianza.

Fuera, delante de la fachada, dos pilares de bronce flanqueaban la entrada. No formaban parte del edificio: estaban exentos, y su función era simbólica más que práctica. Puede que fueran vestigio de las antiguas estelas sagradas cananeas. Cada uno tenía nombre propio —Yakín y Boaz— y el libro reconoce con honradez que todavía no hay explicación cierta de su significado.

Lo que había dentro

En el Debir, el Arca de la Alianza, y cerca o encima dos querubines de madera tallada y chapada en oro, con las alas extendidas de pared a pared.

En el Hekal, el altar del incienso, la mesa de los panes de la proposición y diez candelabros.

Cubierta de Introducción a la Sagrada Escritura (PREVENTA)

El libro de este artículo

Introducción a la Sagrada Escritura (PREVENTA)

Ver el libro · Libro de bolsillo · €25,00

También en ebook por €9,99, con descarga inmediata

En el atrio, delante del Templo: a un lado de la escalera, el altar de bronce; al otro, el «Mar» de bronce, una gran pila sostenida por doce estatuas de toros. Y diez mesas con diez barreños de bronce encima, montadas sobre ruedas para llevarlas por el atrio adonde hicieran falta. El «Mar» servía a los sacerdotes para sus purificaciones; los barreños pequeños, para purificar las víctimas.

Repárese en lo que esa lista describe: no un salón de oración, sino una instalación para sacrificar. Con su agua corriente, sus mesas móviles y su desagüe.

El holocausto: la víctima que se quema entera

El acto central del culto israelita era el sacrificio, y Levítico 1-7 recoge sus tipos. El más solemne era el holocausto, en el que la víctima se quemaba por completo. La palabra hebrea ola viene de la raíz «ascender», probablemente porque la llama y el humo suben al cielo; también se le llama kalil, «completo».

La víctima había de ser un animal macho intachable, o un ave. El oferente ponía la mano sobre la cabeza de la víctima, y aquí el libro hace una precisión importante: ese gesto no significaba que la víctima sustituyera al oferente ni que sus pecados se le transmitieran. Simbolizaba que el sacrificio se ofrecía en su nombre y en su beneficio.

Después el oferente cortaba el cuello del animal y el sacerdote asperjaba la sangre alrededor del altar, porque la sangre, sede de la vida, pertenecía a Dios de un modo especial. Descuartizada y lavada, la víctima se colocaba sobre el altar para que las llamas la consumieran.

Un apunte que dice mucho de esta religión: las ofrendas de aves —tórtolas o palomas— las hacían los pobres, que no podían ofrecer animales mayores. El culto no excluía a nadie por dinero.

El sacrificio de comunión: el que se comparte

Aquí la lógica cambia. La unión entre Dios y el oferente se realiza mediante una ofrenda de acción de gracias, y su rasgo característico es que la víctima se reparte.

Había tres clases: la todá o sacrificio de alabanza, la nebadá o sacrificio voluntario —hecho por pura devoción, sin precepto ni voto— y el neder o sacrificio votivo, para cumplir un voto.

El reparto era exacto. A Dios, la grasa que envuelve los intestinos, los riñones, el hígado y la grasa de la cola, que se quemaba en el altar. Al sacerdote, dos partes: el pecho y la pierna derecha. El resto, al oferente, que lo compartía con su familia y sus huéspedes.

Es decir: se comía con Dios. Quien tenga presente esa imagen al leer la Última Cena verá bastante más de lo que suele verse.

Los sacrificios de expiación

La ofrenda por el pecado —hatta't— tenía una particularidad que llama la atención al lector moderno: la víctima dependía de la dignidad del que ofrecía. Al sumo sacerdote se le exigía un toro, y también un toro cuando el pecado era de todo el pueblo. El pecado de un príncipe se expiaba con un macho cabrío; un particular podía ofrecer una cabra o una oveja; y si era muy pobre, bastaban dos tórtolas o dos palomas.

Lo característico era el uso de la sangre y el destino de la carne. Cuando el sacrificio era por el sumo sacerdote o por todo el pueblo, el sacerdote recogía la sangre, entraba en el santuario, la asperjaba siete veces sobre el velo que cubría la entrada al Santo de los Santos, untaba con ella los cuernos del altar del incienso y derramaba el resto sobre la base del altar de los holocaustos. Si el oferente era un príncipe o un particular, el sacerdote no entraba en el santuario.

La carne no volvía al pecador: la tomaba entera el sacerdote. Y cuando el sacrificio era por el sumo sacerdote o por la comunidad, nadie se quedaba nada: la víctima era retirada y arrojada al montón de los desperdicios.

El libro remite a los dos textos que resumen todo esto: Levítico 17,11 y Hebreos 9,22. Sin derramamiento de sangre no hay perdón.

Por qué esto termina en la Misa

Ordene mentalmente lo que acaba de leer. Un santuario con tres estancias, un velo, un Santo de los Santos donde solo entra el sumo sacerdote, sangre asperjada sobre ese velo, una víctima sin defecto, una parte que se quema y otra que se come.

Ahora lea la carta a los Hebreos. No hace falta forzar nada: el propio manual cita Hebreos 9,22 al explicar el valor de la sangre en los sacrificios de expiación.

Esto es exactamente lo que la teología llama sentido espiritual o típico: realidades del Antiguo Testamento que, por disposición de Dios, significan realidades del Nuevo. Y funciona con una condición que el mismo libro repite siguiendo a santo Tomás: el sentido espiritual se funda siempre sobre el literal. Es decir, hay que saber primero, con exactitud, qué se hacía en aquel atrio. Lo explicamos en el secreto para leer bien la Biblia.

Quien entienda el Templo entiende mejor el altar. Y quien quiera seguir por ahí, tiene todo el tema de la Misa tradicional.

De dónde sale esto

De la clase 10 de Introducción a la Sagrada Escritura. Fundamentos teológicos para una comprensión católica de la Biblia, del P. Gabriel Calvo Zarraute: el sacerdocio, los lugares de culto, el Arca, el Templo, las sinagogas y los sacrificios.

512 páginas en doce clases, con cinco documentos del Magisterio íntegros al final. En preventa: 200 ejemplares a 25,00 € en lugar de 30,00 €, envío previsto el 5 de octubre.

Reservar ejemplar en preventa

Preguntas frecuentes

¿Cómo se dividía el Templo de Jerusalén?

En tres estancias: el Ulam o vestíbulo, el Hekal o Lugar Santo, y el Debir o Santo de los Santos, donde se guardaba el Arca de la Alianza.

¿Qué eran Yakín y Boaz?

Los nombres de los dos pilares de bronce exentos que flanqueaban la entrada del Templo. Su función era simbólica, y no hay todavía una explicación cierta de lo que significaban.

¿Sobre qué terreno se construyó el Templo?

Sobre una era que David compró a un jebuseo llamado Arauná. El lugar no tenía connotación religiosa previa: el Arca había estado antes en una tienda, no en un santuario heredado.

¿Qué tipos de sacrificio había?

El holocausto, en el que la víctima se quemaba entera; el sacrificio de comunión, que se repartía entre Dios, el sacerdote y el oferente; y los sacrificios de expiación, con un uso muy preciso de la sangre.

¿Qué significaba poner la mano sobre la víctima?

Que el sacrificio se ofrecía en nombre y en beneficio del oferente. No significaba que la víctima lo sustituyera ni que sus pecados se le transmitieran.

¿Podían sacrificar los pobres?

Sí. Quien no podía ofrecer un animal mayor ofrecía aves, tórtolas o palomas, y la ley lo preveía expresamente. El culto no dejaba a nadie fuera por falta de medios.

Fuentes

Seguir leyendo

Regresar al blog

Deja un comentario

Ten en cuenta que los comentarios deben aprobarse antes de que se publiquen.

Continúa profundizando

Descubre los libros que inspiran nuestros artículos y conoce a los autores de Páginas Contrarrevolucionarias.