Grabado antiguo de la Anunciación: el arcángel Gabriel arrodillado a la izquierda con un lirio, y la Virgen María de rodillas a la derecha ante un atril con un libro abierto, la cabeza inclinada y las manos cruzadas sobre el pecho, bajo un rayo de luz

«Llena de gracia»: el saludo que ningún otro ser humano recibe en toda la Biblia

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Hay un saludo en la Biblia que no se repite. No lo recibe ningún patriarca, ningún profeta, ningún apóstol. Se lo dirige un arcángel a una muchacha de Nazaret: «Dios te salve, llena de gracia; el Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres» (Lc. I, 28).

El versículo se cita mucho y se mira poco. Quien lo mira despacio ve que cada una de sus tres cláusulas dice algo y que el enviado no es un ángel cualquiera. Y ve también lo que de ahí no se sigue, que conviene decirlo antes de que lo diga el adversario.

Quién trae el recado

El cardenal Gibbons se detiene primero en el mensajero: «Nunca antes ni después se concedió a mujer alguna un favor mayor, ya consideremos la dignidad del mensajero, ya el carácter trascendental del mensaje, ya los términos de respeto en que se transmite». Y precisa: «El Todopoderoso no envía a María un profeta, ni un sacerdote, ni ningún otro embajador terreno, ni siquiera uno de los coros inferiores de los ángeles, sino que comisiona a un arcángel para tratar con ella». En el Antiguo Testamento las cosas graves las anuncian hombres. Aquí no.

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Gibbons hace notar la simetría: como en nuestra caída aparecen tres personajes —Adán, Eva y el ángel rebelde—, así en la redención figuran tres correspondientes, y el tercero es Gabriel, superior al ángel caído como el segundo Adán lo es al primero.

«Llena de gracia»: lo que el ángel no alaba

Lo primero que enseña Gibbons es por exclusión: «Gabriel no la felicita por sus encantos personales, aunque es la hija más hermosa de Israel. No la alaba por su ancestro elevado, aunque descienda de los reyes de Judá. Sino que la encomia porque es la hija escogida de la bendición». El saludo no es cortesía oriental: el ángel «admira las virtudes escondidas de su alma».

Conviene saber, además, que la traducción ha sido campo de batalla. El obispo Challoner lo anota sin rodeos: María fue saludada «llena de gracia», «lo cual los protestantes, que no son muy amigos de esta Virgen siempre bendita, han preferido traducir altamente favorecida». No es un detalle de estilo: «llena» dice un estado, «favorecida» dice un trato recibido.

Y de ahí saca Challoner un argumento que vale la pena guardar: si era llena de gracia antes de concebir la fuente de toda gracia, ¿a qué grado de santidad hubo de llegar después, teniendo treinta años bajo su techo al autor de toda santidad y sin poner nunca resistencia a sus gracias?

¿No se dice también de san Esteban?

La objeción es justa: de san Esteban y de los apóstoles se dice también que estaban llenos del Espíritu de Dios. ¿Dónde está lo único?

Gibbons responde que no hay que entender por eso «que se les impartiera la misma medida de gracia que se dio a María». La gracia se concede a cada uno según sus méritos y sus necesidades, y cita a san Pablo: «una estrella difiere de otra en gloria» (I Cor. XV, 41). Como el oficio de Madre de Dios superaba inmensamente en dignidad al del protomártir y al de los apóstoles, así sobreabundó su gracia sobre la de ellos. El argumento no descansa en la palabra, sino en el oficio: quien concede el oficio concede los medios.

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«El Señor es contigo»

La segunda cláusula parece fórmula de deseo y no lo es. Gibbons la explica con un texto de san Bernardo: todas las criaturas racionales pueden aprehender a Dios por el conocimiento, «pero sólo los buenos por el amor»; y sólo en los buenos está de modo que esté con ellos además de en ellos, por cierta armonía de voluntad. «Pero está con María de un modo todavía más especial, porque en ella había tan grande acuerdo y unión con Dios que no sólo su voluntad, sino su misma carne había de unirse a Él.» En ella la unión no fue sólo de voluntades.

«Bendita tú entre las mujeres» y las dos que la precedieron

La tercera cláusula sí tiene precedentes, y Gibbons los da: «La misma expresión se aplica a otras dos mujeres en la Sagrada Escritura, a saber, a Jael y a Judit». La primera fue llamada bendita tras matar a Sísara; la segunda, tras matar a Holofernes. Los dos eran enemigos del pueblo de Dios.

Y saca la consecuencia: en eso son figuras verdaderas de María, escogida para quebrantar la cabeza de la serpiente. «Y si ellas merecieron el título de benditas por ser los instrumentos de Dios para librar a Israel de calamidades temporales, ¡cuánto más lo merece María!»

El saludo de Isabel, y quién lo dictó

Pocos días después el saludo se repite en otra boca. María entra en casa de Zacarías, y en cuanto Isabel oye su voz «fue llena del Espíritu Santo y exclamó: bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre. ¿Y de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?» (Lc. I, 39-45).

Gibbons hace notar el detalle decisivo: el Evangelio informa de que Isabel fue entonces llena del Espíritu Santo, «para recordarnos que la veneración que tributó a su prima no fue movida por sus propios sentimientos, sino dictada por el Espíritu de Dios». No es el afecto de una parienta: es un texto inspirado.

Y observa que el orden acostumbrado aparece invertido: «la edad rinde reverencia a la juventud». Luego viene el Magníficat, donde María profetiza que «desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada» (Lc. I, 46-48). Gibbons llama a eso una predicción atrevidísima: una doncella retirada, en una aldea oscura, anuncia que toda época la proclamará santa hasta el fin de los tiempos. Y se cumplió.

Qué se sigue de ahí, y qué no

Challoner resume en cuatro los fundamentos del honor que la Iglesia le da: su dignidad de Madre de Dios, «porque, ¿cómo es posible amar y honrar a Cristo con todo el corazón y no amar a su bendita Madre?»; la gracia supereminente que la preparó para ella; su santidad; y la gloria con que Dios la ha honrado.

Y marca en seguida el límite: «la Iglesia guarda el medio de oro entre los dos extremos: condena a los que rehúsan honrar a esta bendita Madre de Dios, pero mucho más a los que le darían culto divino». Ningún honor de criatura le parece excesivo; pero, habiendo distancia infinita, está muy lejos de ofrecerle sacrificio, y «todo el honor que da a la Madre lo refiere a la gloria del Hijo». Searle lo dice en la lengua de la calle: por muy exaltada que la creamos entre las criaturas, «queda siempre el mismo abismo infinito que ha de haber entre la criatura y el Creador».

Tampoco se sigue lo contrario. Gibbons recoge el lugar que suele alegarse: una mujer grita «bienaventurado el vientre que te llevó» y el Señor responde «sí, más bien bienaventurados los que oyen la palabra de Dios y la guardan» (Lc. XI, 27). Sería «una perversión injustificable del texto sagrado» inferir de ahí que quisiera quitar algo a su Madre; la paráfrasis correcta es: bendita por ser el instrumento escogido de mi encarnación, y más bendita por guardar mi palabra. En esos pasajes María es declarada bendita cuatro veces: al proclamarlo «nos hacemos eco del veredicto evangélico del santo, del ángel y del mismo Espíritu de Dios».

«Honrar a María quita algo a Cristo»

Queda la objeción de fondo, la que de verdad mueve a la gente. Tiene dos respuestas.

La primera la da Gibbons: «La piedad de una madre suele derramar lustre adicional sobre el hijo, y la aureola que ciñe su frente se refleja en la de él. Cuanto más se exalta a la madre, mayor honor recae en el hijo». Y si esto vale de todos los hombres, que no escogen a su madre, «con cuánta mayor razón de Aquel que escogió a la suya y la hizo Él mismo tal como quería que fuese, de modo que todas las glorias de su Madre son esencialmente las suyas». Y remata con una imagen militar: quien defiende una ciudadela concentra sus fuerzas en las obras exteriores, porque su caída la pondría en peligro. Cristo es la ciudadela, María la torre de David, y nadie ha atacado la torre sin invadir la ciudad.

La segunda es de monseñor Faà di Bruno, y es demoledora por lo escueta: «Todo el honor dado a la Santísima Virgen por los hombres no iguala uno solo de aquellos innumerables actos de honor que le tributó su divino Hijo durante el tiempo en que vivió con ella y con san José en Nazaret; cuando, según el Evangelio, les estaba sujeto (Lc. II, 51)». Y concluye: «Deshonrar a la Madre de Cristo sería deshonrar a Cristo; honrarla y amarla es honrar y amar a Cristo». El apóstol ya había dado la regla: «honor a quien honor» (Rom. XIII, 7). Y añade lo que deshace la sospecha de rivalidad: al pedirle que ruegue por nosotros afirmamos que ella no es la fuente de la gracia ni del mérito, y que cuando ruega lo hace por los méritos de su Hijo. Pedirle que interceda es declarar que Jesucristo es nuestro único Redentor.

Searle añade que la resistencia protestante tiene poco de teológica y mucho de nerviosa: «parece como si pensaran que hay peligro de que ella sea honrada más altamente que su Hijo, y que hiciera falta alguna clase de represión».

Y que el saludo del ángel no es invención moderna lo prueban los Padres. San Atanasio, en un sermón sobre la Anunciación, se dirige a ella así: «concédenos grandes dones de los tesoros de tus gracias, tú que eres llena de gracia. Dios te salve, María, llena de gracia, el Señor es contigo. Reina y Madre de Dios, intercede por nosotros». La liturgia de Alejandría lo repite entero en su canon. Del título de Madre de Dios y de Éfeso tratamos en otro artículo; de la cooperación de la Virgen en la Redención, en éste.

Preguntas frecuentes

¿Qué dice exactamente Lucas I, 28?

«Dios te salve, llena de gracia; el Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres.» Gibbons observa que nunca antes ni después se concedió a mujer alguna un favor mayor, sea por la dignidad del mensajero, sea por el carácter del mensaje, sea por los términos en que se transmite. Challoner añade que los protestantes prefieren traducir «altamente favorecida».

¿Por qué importa que el enviado fuese un arcángel?

Porque mide el mensaje. Gibbons subraya que el Todopoderoso no envía a María un profeta, ni un sacerdote, ni ningún embajador terreno, «ni siquiera uno de los coros inferiores de los ángeles», sino que comisiona a un arcángel. Y en la redención figuran tres personajes correspondientes a los de la caída, siendo Gabriel superior al ángel rebelde.

De san Esteban también se dice que estaba lleno del Espíritu. ¿Dónde está la diferencia?

En la medida, no en la palabra. Gibbons responde que no se les impartió la misma medida de gracia que a María, porque a cada uno se da según sus méritos y necesidades, y cita a san Pablo: «una estrella difiere de otra en gloria» (I Cor. XV, 41). Como el oficio de Madre de Dios superaba al del protomártir, así sobreabundó su gracia.

¿Hay otras mujeres llamadas «benditas entre las mujeres» en la Biblia?

Dos. Gibbons señala a Jael, llamada bendita tras matar a Sísara, y a Judit, tras matar a Holofernes; ambos enemigos del pueblo de Dios. En eso son figuras de María, escogida para quebrantar la cabeza de la serpiente; y si aquéllas merecieron el título por librar a Israel de calamidades temporales, cuánto más ella.

¿Se sigue de este versículo que a María se le deba culto divino?

No, y la Iglesia lo condena expresamente. Challoner escribe que guarda «el medio de oro entre los dos extremos»: condena a quienes rehúsan honrar a la Madre de Dios, y mucho más a quienes le darían culto divino; ningún honor de criatura le parece excesivo, pero no le ofrece sacrificio. Searle añade que queda siempre el abismo entre la criatura y el Creador.

¿No quita a Cristo el honor que se da a su Madre?

Al contrario. Faà di Bruno observa que todo el honor que los hombres le dan no iguala uno solo de los que le tributó su Hijo mientras «les estaba sujeto» (Lc. II, 51): deshonrar a la Madre de Cristo sería deshonrar a Cristo. Gibbons añade que cuanto más se exalta a la madre, mayor honor recae en el hijo.

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El libro

Discutir un versículo mariano sin saber qué pesa una palabra ni cómo se compara un pasaje con otro es pelear a ciegas. Es lo que explica, con orden y sin tecnicismos, Introducción a la Sagrada Escritura, del padre Gabriel Calvo Zarraute. Está en 25,00 € en tapa blanda y 9,99 € en ebook; el envío es gratis en España a partir de 30 € de compra.

Fuentes

  • James Gibbons, The Faith of Our Fathers, cap. XIV («The Blessed Virgin Mary»). Texto completo.
  • Richard Challoner, The Catholic Christian Instructed, sección sobre la devoción a la Virgen. Texto completo.
  • Joseph Faà di Bruno, Catholic Belief, cap. XXXVIII («Honour and Devotion to the Blessed Virgin Mary»). Texto completo.
  • George M. Searle, Plain Facts for Fair Minds, cap. VII. Texto completo.
  • Joseph Berington y John Kirk, The Faith of Catholics, invocación de los santos. Texto completo.
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