Grabado antiguo de Cristo de pie ante una multitud sentada en la hierba, con la mano derecha levantada y un pan en la izquierda, junto a un lago con barcas al fondo; en primer plano varios hombres se alejan de espaldas y un grupo pequeño queda arrodillado

Juan 6: el día en que Cristo dejó marchar a los que no creyeron en la Eucaristía

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Hay un capítulo del Evangelio que la apologética protestante prefiere no leer despacio, y es el sexto de san Juan. No porque resulte oscuro: porque resulta demasiado claro. Allí Cristo promete dar su carne a comer; los que le escuchan lo entienden al pie de la letra y se escandalizan; y Él, en vez de deshacer el malentendido —como hace siempre que se le toma literalmente una figura—, repite lo dicho y lo endurece.

Al final del capítulo, muchos discípulos se marchan. Y Él los deja marchar.

El día empezó con un milagro de pan

El cardenal James Gibbons abre su capítulo sobre la Eucaristía con una dificultad de abundancia: entre los dogmas católicos no hay ninguno «que descanse sobre una autoridad escriturística más fuerte», y los pasajes son tan claros que confiesa encontrarse perdido para elegir. El primero es el de la promesa. Jesús multiplica cinco panes y dos peces hasta saciar a cinco mil hombres, y considera —escribe Gibbons— aquélla una ocasión favorable para hablar del sacramento de su cuerpo y de su sangre, que se había de distribuir «no a unos pocos miles, sino a millones de almas; no en un lugar, sino en todas partes; no en un tiempo, sino todos los días, hasta el fin del mundo».

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Wiseman explica por qué la conversación derivó hacia el maná: los judíos habían pedido esa señal, y en el Midrash Coheleth afirman que el Mesías haría bajar pan del cielo como Moisés. Se les dio en otra escala: al decir «vuestros padres comieron el maná y murieron; el que come este pan vivirá eternamente», Cristo afirma la superioridad de su alimento. Y si la Eucaristía fuese pan y vino conmemorativos, observa Gibbons, sería inferior al maná, que era «sobrenatural, celestial, milagroso».

La primera mitad del discurso habla de la fe

Aquí hay que tener cuidado, y Wiseman lo tiene. La primera parte del capítulo no trata de la Eucaristía: trata de la fe, y con un lenguaje que los judíos no podían malentender, porque entre ellos comer era figura corriente de recibir doctrina. Wiseman alinea los lugares: «venid a las aguas... comed lo que es bueno» (Isaías); el hambre anunciada por Amós, que no es «de pan ni sed de agua, sino de oír la palabra de Dios»; la Sabiduría que convida a comer su pan.

Y hace notar una finura decisiva: en esa primera parte Cristo evita hablar de comer. Cuando dice «yo soy el pan de vida» (Jn. VI, 35), lo que sigue no es «comedme», sino «el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed»: cuando la retórica pedía completar la metáfora, «viola las propiedades ordinarias del lenguaje» para esquivarla. Y cuando los judíos objetan —«¿no es éste Jesús, el hijo de José?» (Jn. VI, 42)—, emplea siete u ocho versículos en quitarles la dificultad sin volver a la figura del pan.

El punto en que cambia el lenguaje

Y entonces cambia todo. Wiseman señala tres cambios que sus oyentes no podían no notar.

  • Había abandonado la figura del comer al ver que causaba tropiezo, y ahora vuelve a ella «de un modo mucho más fuerte». Quien deja una imagen porque se malinterpretaba no la recupera agravada sin necesidad.
  • En la primera parte el pan lo da el Padre; en la segunda, «el pan que yo daré es mi carne». Cambia el que da: cabe concluir que cambia el don.
  • En la primera parte el efecto es venir a Él, que en el Nuevo Testamento significa creer; en la segunda se habla de permanecer en Él, que es lenguaje de caridad y de unión.

Qué oía un judío en «comer mi carne»

Queda el punto más incómodo para quien sostiene que allí había sólo una metáfora: la metáfora ya estaba ocupada.

Wiseman documenta que «comer la carne de una persona» tenía entre aquellos hombres un sentido figurado fijo e invariable: hacerle un daño grave, y principalmente calumniarlo. Lo prueba con los únicos lugares en que la frase aparece en la Escritura: los malvados que se acercan «para comer mi carne»; «¿por qué me perseguís y no os saciáis de mi carne?» (Job XIX); «los que comen la carne de mi pueblo» (Miqueas); «el necio cruza las manos y come su propia carne» (Eclesiastés IV); y «comerán vuestras carnes como fuego» (Santiago V, 3).

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El dato remata con la lengua que Cristo hablaba. En siro-caldeo, escribe Wiseman, no hay modo de decir acusar que no sea «comer un bocado» de la persona; tanto, que en la versión siríaca al diablo no se le llama el acusador, como en la griega, sino «el comedor de carne». Puestos en el lugar de los oyentes, no hay elección más que entre el sentido literal y esa única figura recibida, de la que todos retroceden en el acto.

Y hay algo peor. Beber sangre estaba prohibido desde Noé; la sangre humana aparece en la Escritura sólo como maldición extrema. ¿Es creíble que Cristo escondiera la más consoladora de sus doctrinas bajo una imagen reservada para un crimen o un castigo?

Los oyentes lo entendieron literalmente, y eso decide

«Los mejores y más fiables intérpretes de las palabras de nuestro Salvador son la multitud y los discípulos que le están escuchando», escribe Gibbons: «todos entendieron el sentido de su lenguaje precisamente como lo explica la Iglesia católica». Los judíos disputan «¿cómo puede éste darnos a comer su carne?»; los discípulos, más suaves, dicen «dura es esta palabra, ¿y quién puede escucharla?» (Jn. VI, 61); y el escándalo llega a tanto que «muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con Él» (Jn. VI, 67).

Gibbons saca la consecuencia: en sentido figurado «no habría sido una palabra dura ni les habría llevado a abandonar a su Maestro». Nadie se marcha de un maestro por una metáfora.

Cuando Cristo habla en figura, corrige

Wiseman reúne ocho o nueve pasajes en que Cristo quería ser entendido en figura, le tomaron al pie de la letra y objetaron; en todos, sin excepción, corrige.

A Nicodemo, que entiende el nacer de nuevo como una repetición del parto, le añade: «si uno no renace del agua y del Espíritu Santo». Cuando avisa contra la levadura de los fariseos y los suyos piensan en panes, les replica que no hablaba de pan; y más tarde, recordando el tropiezo, al usar de nuevo la imagen añade Él mismo la explicación: «que es la hipocresía». Del sueño de Lázaro dice sin rodeos «Lázaro ha muerto»; del camello y la aguja, que es imposible a los hombres y no a Dios.

Y Challoner cierra el paso a la comparación fácil. Se dice: también se llamó puerta y vid. Cierto, responde, pero hay triple disparidad: aquéllas se dan como parábolas, es decir, como figuras declaradas; Cristo las explica en sentido figurado en el mismo lugar; y están formuladas de manera que «ningún hombre vivo puede malinterpretarlas». Nada de eso ocurre aquí.

Aquí no corrigió: repitió

Wiseman pone al lado el otro grupo: los casos en que los oyentes tomaron literalmente lo que literalmente se decía y objetaron con razón. Al paralítico le dice que sus pecados quedan perdonados y le acusan de blasfemar; Él no rebaja nada: repite y prueba. Dice que Abraham se alegró de ver su día, le echan en cara que no tiene cincuenta años, y responde: «antes que Abraham fuese, yo soy».

De ahí las dos reglas. Si quería ser entendido en figura, lo dice; si a la letra, repite la misma palabra que ha ofendido. Aplíquese al caso. ¿Dice «si no coméis la carne del Hijo del hombre en espíritu y por la fe»? No: «amén, amén os digo: si no comiereis la carne del Hijo del hombre y no bebiereis su sangre, no tendréis vida en vosotros».

Y Wiseman subraya los rasgos de esa respuesta: la doctrina se formula como precepto, con premio y con pena, y un precepto se enuncia en términos literales; distingue el comer del beber, cosa imposible si fuera una sola figura; añade el «amén, amén», que se usa cuando se quiere que las palabras se tomen en su sentido más simple; y llega a decir «el que me come», expresión que nadie escogería por gusto.

«¿También vosotros queréis marcharos?»

Lo que sigue es la parte que más pesa. Cristo «deja marchar a todos los que no dieron su adhesión y no le creyeron de inmediato bajo su palabra; no dice una sílaba para impedir que le abandonen, y "ya no andaban con Él"». Y Wiseman pregunta: ¿cabe imaginar que, si hubiera estado hablando en figuras y ellos le hubieran malentendido, permitiera que se perdieran para siempre por negarse a creer doctrinas imaginarias que nunca quiso enseñarles?

Y entonces se vuelve a los doce: «¿También vosotros queréis marcharos? Y Simón Pedro le respondió: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn. VI, 68-69). Los apóstoles no entienden más que los otros, hace notar Wiseman; pero someten su juicio, y Él los reconoce por suyos en ese punto. Es el mismo Pedro que recibirá las llaves.

La promesa se cumplió en la Cena, y la Iglesia primitiva la entendió como se había dicho. Gibbons declara haber contado sesenta y tres Padres y escritores eclesiásticos entre el siglo I y el VI que proclaman la presencia real, y los textos están en la colección de Berington y Kirk: san Ignacio, discípulo de san Pedro, dice de los gnósticos que «se abstienen de la Eucaristía porque no reconocen que la Eucaristía es la carne de nuestro Salvador Jesucristo»; san Ireneo, que el pan que recibimos «ya no es pan común, sino Eucaristía».

Monseñor Faà di Bruno resume la fe en una línea del mismo capítulo: «Mi carne es verdaderamente comida, y mi sangre verdaderamente bebida» (Jn. VI, 56). Y Gibbons devuelve la pregunta al lector: hay que elegir entre responder con los judíos, con los discípulos de poca fe o con Pedro. El mismo modo de leer hace falta para entender el saludo del ángel a María.

Preguntas frecuentes

¿Por qué se dice que en Juan VI Cristo habla de la Eucaristía y no sólo de la fe?

Porque el texto cambia de lenguaje. Wiseman señala que en la primera parte Cristo evita la idea de comer —dice «el que viene a mí no tendrá hambre», no «comedme»—, que el pan lo da el Padre y que el efecto es venir a Él, expresión de fe. En la segunda vuelve al comer con mucha más fuerza, da Él el pan y habla de permanecer en Él.

¿No pudieron equivocarse los oyentes al entenderlo literalmente?

Gibbons responde que los oyentes son los intérpretes más fiables de unas palabras, y aquí coinciden con la Iglesia: los judíos disputan «¿cómo puede éste darnos a comer su carne?» y los discípulos dicen «dura es esta palabra». Si lo hubieran tomado en figura, no habría sido palabra dura ni les habría llevado a abandonar a su Maestro.

¿Qué hace Cristo cuando se le entiende mal una metáfora?

Corrige, siempre. Wiseman reúne ocho o nueve pasajes y no halla excepción: a Nicodemo le explica que se renace «del agua y del Espíritu Santo»; con la levadura de los fariseos aclara que no hablaba de pan, y la vez siguiente añade «que es la hipocresía»; del sueño de Lázaro dice «ha muerto»; del camello y la aguja, que es imposible a los hombres y no a Dios.

¿No se llamó también «puerta» y «vid»?

Sí, y Challoner señala por qué no sirve la comparación. Hay triple disparidad: aquellas expresiones se dan como parábolas, es decir, como figuras declaradas; Cristo las explica en sentido figurado en el mismo lugar; y están formuladas de manera que ningún hombre vivo puede malinterpretarlas. Nada de eso se cumple en Juan VI.

¿Qué significaba «comer la carne» de alguien en boca de un judío?

Calumniarlo o dañarlo gravemente, y nada más. Wiseman recoge los únicos lugares de la Escritura donde aparece la frase —los malvados que se acercan «para comer mi carne», Job XIX, Miqueas, Eclesiastés IV y Santiago V, 3— y añade que en siro-caldeo no hay otra manera de decir acusar, tanto que la versión siríaca llama al diablo «el comedor de carne».

¿Por qué dejó marchar a los discípulos que no le creyeron?

Porque lo que estaba en juego era la aceptación de su palabra. Wiseman observa que no dice una sílaba para impedirles marchar, y pregunta si cabe imaginar que permitiera perderse a unos hombres por negar doctrinas imaginarias que nunca quiso enseñar. A los doce, que tampoco entendían, les basta someter el juicio.

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El libro

Discutir un capítulo del Evangelio sin saber dónde acaba la figura y dónde empieza la afirmación es pelear a ciegas. Es lo que explica, con orden y sin tecnicismos inútiles, Introducción a la Sagrada Escritura, del padre Gabriel Calvo Zarraute. Está en 25,00 € en tapa blanda y 9,99 € en ebook; el envío es gratis en España a partir de 30 € de compra.

Fuentes

  • James Gibbons, The Faith of Our Fathers, cap. XXI («The Holy Eucharist»). Texto completo.
  • Nicholas Wiseman, Lectures on the Principal Doctrines and Practices, vol. II, lección XIV («On Transubstantiation», I). Texto completo.
  • Richard Challoner, The Catholic Christian Instructed, cap. V, secc. I y III. Texto completo.
  • Joseph Faà di Bruno, Catholic Belief, cap. XVI. Texto completo.
  • Joseph Berington y John Kirk, The Faith of Catholics, artículo sobre la Eucaristía. Texto completo.
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