«No llaméis padre a nadie»: si lo tomas al pie de la letra, tampoco puedes jurar ni reclamar tu abrigo
Por Marcos Vera PérezUsted dice «el padre Gabriel» y al otro lado de la mesa se enciende la luz roja: «Pero Cristo mandó: no llaméis padre a nadie sobre la tierra» (Mt. XXIII, 9). Y ahí termina la conversación. Roma contradiciendo al Evangelio en algo tan pequeño como una palabra.
Acepte la regla que le proponen y aplíquela hasta el final. Si Mateo XXIII, 9 se toma al pie de la letra, hay que tomar igual otros mandatos que están a pocos capítulos y que nadie cumple literalmente: uno prohíbe jurar, otro prohíbe reclamar el abrigo que le quiten, otro prohíbe invitar a cenar a los amigos. Quien exige literalidad en el primero tiene que aceptarla en los tres, o admitir que la vara con que mide no es la literalidad, sino la conveniencia.
¿Qué dice exactamente el versículo?
Dice: «Y a nadie llaméis padre vuestro sobre la tierra, porque uno es vuestro Padre, el que está en los cielos» (Mt. XXIII, 9). Y el siguiente: «Ni os hagáis llamar maestros, porque uno es vuestro Maestro, Cristo» (Mt. XXIII, 10). La numeración es idéntica en las biblias católicas y en las protestantes.

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Repare en que el versículo diez viene en el mismo paquete. Si el nueve prohíbe la palabra «padre», el diez prohíbe con igual fuerza la palabra «maestro». Y aquí empieza a crujir la madera: el señor que le corrige llama maestro al que da clase a su hijo sin sospechar que quebranta el Evangelio. Ha decidido, sin decírselo a nadie, que uno de los dos versículos es figurado y el otro literal.
Milner los pone en la misma lista
El obispo John Milner, en The End of Religious Controversy, hace lo que un protestante no puede permitirse: reúne esos mandatos y los alinea. Escribe que «en el Nuevo Testamento encontramos los siguientes mandatos prácticos aparentemente claros», y enumera:
- «No juréis en modo alguno» (Mt. V, 34).
- «No llaméis padre a nadie sobre la tierra, ni os hagáis llamar maestros, porque uno es vuestro Maestro, Cristo» (Mt. XXIII, 9-10).
- «Si alguno te pone pleito para quitarte la túnica, déjale también el manto» (Mt. V, 40).
- «Da a todo el que te pida; y al que te quite lo tuyo, no se lo reclames» (Lc. VI, 30).
- «Cuando hagas una comida o una cena, no llames a tus amigos ni a tus hermanos» (Lc. XIV, 12).
Y concluye: «Éstas son unas pocas entre centenares de otras dificultades relativas a nuestros deberes morales, las cuales, aunque confrontadas por otros textos de sentido aparentemente contrario, muestran sin embargo que la Escritura no es, de por sí, demostrativamente clara en puntos de primerísima importancia, y que la Ley divina, como las leyes humanas, sin un intérprete autorizado, tiene que ser siempre una fuente de duda y de contienda».
Nótese la finura del argumento. Milner no dice que Mateo XXIII, 9 sea oscuro en sí: dice que la letra sola, sin nadie autorizado que la interprete, no basta para saber qué prohíbe. Y lo demuestra con los versículos que su adversario da por figurados sin preguntarse con qué derecho.
«No juréis en modo alguno»
Tome el primero. Si «no llaméis padre» prohíbe la palabra, «no juréis en modo alguno» prohíbe el juramento; y con más claridad, porque lleva incorporada la cláusula que cierra las escapatorias: en modo alguno.
Aplíquelo. Se acaban los juramentos en los tribunales, el juramento de un cargo público, el testigo que promete decir verdad. Y se acaba algo más cercano al que le está corrigiendo.

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Milner recuerda un detalle delicioso: el clero anglicano, para ejercer, «jura su consentimiento y asentimiento» al Libro de Oración Común. Jura. Y cuenta, con el profesor Hey de Cambridge por testigo, que los ministros de Ginebra hacían «juramento de asentimiento a las Escrituras» prometiendo enseñarlas conforme al catecismo de Calvino, y resolvían el problema de no creerlo bajando la voz al llegar a esa cláusula: expediente que el profesor tenía por bastante para librarles del perjurio.
Los mismos que le citan Mateo XXIII, 9 como un código penal exigen a sus ministros un juramento que Mateo V, 34 prohibiría con idéntica literalidad. Nadie es coherente aquí.
La capa, el abrigo y lo que le quiten
El segundo mandato es todavía más incómodo, porque no toca palabras: toca el bolsillo. «Si alguno te pone pleito para quitarte la túnica, déjale también el manto» (Mt. V, 40). «Da a todo el que te pida; y al que te quite lo tuyo, no se lo reclames» (Lc. VI, 30). Leído a la letra: no cabe denunciar un robo, ni reclamar una deuda, ni pedir que le devuelvan el abrigo que le han quitado del perchero; y hay que dar a todo el que pida, sin examen.
Pregúntele a su interlocutor si vive así. Nadie vive así, y hace bien en no vivir así, porque ahí Cristo enseña el desprendimiento del corazón y no abole la justicia. Pero el que lo reconoce ha reconocido de paso que sabe distinguir el precepto del consejo y la letra de la figura; es decir, que interpreta. Y quien interpreta ya no puede alegar que se limita a leer lo escrito.
Y falta el tercero, el más doméstico: «cuando hagas una comida o una cena, no llames a tus amigos ni a tus hermanos» (Lc. XIV, 12). Quien sostenga la literalidad de Mateo XXIII, 9 tendrá que cenar solo el resto de su vida.
Qué prohíbe de verdad Cristo en Mateo 23
Pongamos el versículo donde está. Mateo XXIII es el capítulo de las maldiciones contra los escribas y fariseos, y empieza así: «Los escribas y los fariseos se han sentado en la cátedra de Moisés. Todo lo que os digan, observadlo y hacedlo; pero no hagáis según sus obras, porque dicen y no hacen» (Mt. XXIII, 2-3).
Monseñor Joseph Faà di Bruno cita ese pasaje precisamente para mostrar que la indignidad personal del que enseña no anula su autoridad: muchos escribas y fariseos «eran de vida pecadora», y Cristo, refiriéndose a ellos, manda de todos modos observar y hacer lo que digan. El cardenal Gibbons subraya lo mismo desde otro ángulo: al venir a la tierra, Cristo no dijo a los judíos que fuesen sus propios guías en el estudio de las Escrituras, sino que «les manda obedecer a sus maestros constituidos, por poco edificante que pudiera ser su vida privada».
Ahí está la clave: dos versículos antes de prohibir el título, Cristo confirma el oficio. Lo que fulmina no es el magisterio, sino lo que aquellos hombres hacían con él: los filacterios anchos, los primeros asientos, los saludos en las plazas, el gusto de ser llamados. Condena la vanidad y la usurpación del que se pone en el lugar de Dios; no una palabra de cinco letras.
Milner documenta el mismo mecanismo en otro lugar. Cuando Cristo reprende a los fariseos por su tradición (Mc. VII) no abole la tradición: entre las que corrían entonces «algunas eran divinas, como la inspiración de los libros de Moisés y de los demás profetas, la resurrección del cuerpo y el juicio final, que ciertamente Cristo no condenó, sino confirmó», y otras eran «meramente humanas y de fecha reciente». Fulmina las segundas. Leer aquel capítulo como condena de toda tradición es hacer con Marcos VII lo que se hace con Mateo XXIII, 9.
San Pablo se llama padre a sí mismo
Queda el argumento que no tiene respuesta. Si Cristo hubiese prohibido la palabra, el primero en enterarse habría sido san Pablo, que le oyó del cielo. Y san Pablo escribe a los de Corinto: «aunque tengáis diez mil pedagogos en Cristo, no tenéis muchos padres; pues en Cristo Jesús yo os engendré por el Evangelio» (I Cor. IV, 15). No hay figura que salve eso.
No es una licencia poética que se le escapara: es el nombre propio de lo que hace un ministro de Dios, y así lo recoge el cardenal Gibbons al resumir los títulos del sacerdote católico. Es rey, es pastor, es juez, es médico, y «es padre, porque parte el pan de vida a sus hijos espirituales, a quienes ha engendrado en Cristo Jesús por el Evangelio». En otra página habla de los fieles dispuestos a cualquier sacrificio «por su padre espiritual», con la naturalidad con que un hijo nombra al suyo.
La Iglesia da por supuesta esa paternidad hasta en su derecho. Richard Challoner explica que el padrino contrae con el bautizado y con sus padres un «parentesco espiritual» que es impedimento de matrimonio, y que por eso el concilio de Trento, sesión 24, capítulo 2, mandó que nadie tuviese más de un padrino y una madrina, para no extenderlo a demasiadas personas. Un parentesco de verdad, con efectos jurídicos, entre hombres. Quien niegue la paternidad espiritual entre hombres tiene que empezar por suprimir los padrinos.
Lo que queda cuando se cae la literalidad
Retirado el argumento, queda al descubierto el problema de fondo: un texto sin intérprete autorizado no manda nada, porque cada uno decide qué frases son figuradas.
El padre George Searle lo ilustra con una comparación que no admite réplica: ningún lenguaje puede hacerse tan claro que no deje abierta la discusión sobre su sentido; la Constitución de los Estados Unidos «fue redactada con el mayor cuidado, y con todo eso no es posible, ni sus autores esperaron nunca que lo fuera, que todos se pongan de acuerdo sobre su significado sin un tribunal que la interprete». Y con el descanso sabático muestra adónde lleva la letra suelta: estirando la palabra «trabajo», «tenemos que concluir, a menos que alguien nos lo interprete, que todo movimiento del cuerpo o ejercicio de la mente es trabajo, y entonces lo único que queda es meterse en la cama».
Eso es Mateo XXIII, 9 leído a la letra: irse a la cama. Sin tribunal no hay ley; hay opiniones con versículo. Y es el mismo boquete que se abre al sostener que la Escritura es clara para cualquiera cuando san Pedro advirtió lo contrario.
Y conviene devolver la pelota. Quien discute una palabra pasa de largo ante un mandato que no admite figura: el de perdonar y retener los pecados (Jn. XX, 23), donde el penitente hace lo que san Gregorio de Nisa le pide: «comunica tu pena al sacerdote, como a tu padre».
Preguntas frecuentes
¿Prohibió Cristo llamar «padre» a un sacerdote?
No prohibió la palabra, sino la vanidad y la usurpación que había detrás. Milner sitúa Mateo XXIII, 9-10 entre los mandatos «aparentemente claros» que nadie aplica a la letra, junto con «no juréis en modo alguno», y concluye que la ley divina, sin intérprete autorizado, es siempre fuente de duda y contienda. La numeración del versículo es igual en las biblias católicas y en las protestantes.
¿Por qué no vale tomar el versículo al pie de la letra?
Porque quien lo toma así ha de tomar igual los demás de la lista de Milner: no jurar en modo alguno (Mt. V, 34), dejar el manto al que le quite la túnica (Mt. V, 40), no reclamar lo que le quiten (Lc. VI, 30), no invitar a cenar a los amigos (Lc. XIV, 12). Nadie lo hace.
¿Qué condena entonces Mateo 23?
La hipocresía de quienes enseñaban bien y vivían mal. El capítulo empieza mandando obedecerles: «se han sentado en la cátedra de Moisés; todo lo que os digan, observadlo y hacedlo, pero no hagáis según sus obras». Faà di Bruno cita el pasaje para mostrar que la vida pecadora del que enseña no anula su autoridad; Gibbons, para mostrar que Cristo manda obedecer a los maestros constituidos.
¿Usa san Pablo la palabra «padre» consigo mismo?
Sí: «en Cristo Jesús yo os engendré por el Evangelio» (I Cor. IV, 15). Gibbons recoge esa expresión al enumerar los títulos del sacerdote: es rey, pastor, juez, médico y «es padre, porque parte el pan de vida a sus hijos espirituales, a quienes ha engendrado en Cristo Jesús por el Evangelio».
¿Hay paternidad espiritual reconocida entre hombres en la Iglesia?
Sí, y con efectos jurídicos. Challoner explica que el padrino contrae con el bautizado y con sus padres un parentesco espiritual que es impedimento de matrimonio, y que por eso Trento, sesión 24, capítulo 2, mandó que nadie tuviese más de un padrino y una madrina. Negar la paternidad espiritual obliga a suprimir los padrinos.
¿Qué tiene que ver esto con la regla de fe?
Todo. Searle recuerda que ningún lenguaje puede redactarse tan claro que no deje abierta la discusión: la Constitución de los Estados Unidos se redactó con el mayor cuidado y ni sus autores esperaron que todos coincidieran en su sentido sin un tribunal que la interpretase.
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Discutir versículos sueltos sin saber cómo se lee la Escritura es pelear a ciegas: hace falta saber qué es sentido literal, qué es figura y quién tiene autoridad para decidirlo. Es lo que explica, con orden y sin tecnicismos inútiles, Introducción a la Sagrada Escritura, del padre Gabriel Calvo Zarraute. Está en 25,00 € en tapa blanda y 9,99 € en ebook; el envío es gratis en España a partir de 30 € de compra.
Fuentes
- John Milner, The End of Religious Controversy, cartas IX-XI. Texto completo.
- James Gibbons, The Faith of Our Fathers, caps. IX y XXII. Texto completo.
- Richard Challoner, The Catholic Christian Instructed, cap. III. Texto completo.
- George M. Searle, Plain Facts for Fair Minds, caps. III y XVII. Texto completo.
- Joseph Faà di Bruno, Catholic Belief, cap. XI. Texto completo.