Óleo de François Marius Granet: el coro de los capuchinos de Roma, una nave abovedada en penumbra, con los frailes de hábito pardo en pie a lo largo de la sillería, un sacerdote de capa roja ante el facistol y dos acólitos con sobrepelliz en el centro

Cómo se decía Misa en el siglo II: el testimonio de san Justino

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Cuando alguien pregunta desde cuándo se dice Misa como se dice, la conversación se va a la Edad Media, a Trento o a discusiones de sacristía. Hay un camino mejor: leer al testigo más antiguo que describe una Misa entera y cotejar su relato con lo que ocurre hoy en un altar.

Ese testigo es san Justino Mártir, un pagano convertido que murió mártir hacia el año 167 —Gihr precisa «166 o 167»—, y el texto es su primera Apología, dirigida al emperador Antonino Pío (138-161), al Senado y al pueblo romano. Fortescue lo llama «el documento más precioso de los tres primeros siglos» para el liturgista.

Quién escribe, y para qué

«San Justino Mártir es el principal de los apologistas antiguos», resume Adrian Fortescue. Escribe para mostrar que el cristianismo es inofensivo y que esas reuniones —ilegales, y de las que los paganos creían cosas horribles— no esconden crímenes. De ahí una advertencia que casi nadie cita: «hemos de recordar que escribe con ese propósito, no para proporcionar a los arqueólogos futuros un cuadro completo de las prácticas litúrgicas».

Y sin embargo la defensa toma la forma de un esquema del oficio. Los capítulos LXV a LXVII lo describen dos veces: primero como el rito que sigue al bautismo, después como la reunión ordinaria del domingo. La franqueza con que lo cuenta todo, observa Fortescue, «arguye que no hay todavía disciplina arcani», el secreto que en el siglo III hará callar a los Padres: por eso no hay en aquel siglo nada parecido.

El relato, en sus propias palabras

Empieza por el recién bautizado. «Después de haber lavado así al que cree y se ha unido a nosotros, lo llevamos a los que se llaman hermanos, donde están reunidos, para hacer oraciones comunes por nosotros, por el que ha sido iluminado y por todos los demás en todas partes». Terminadas, «nos saludamos unos a otros con un beso». Entonces «se llevan pan y un cáliz de vino al que preside de los hermanos», que «eleva alabanza y gloria al Padre de todos por el nombre del Hijo y del Espíritu Santo, y hace largamente acción de gracias». Cuando acaba, «todo el pueblo presente clama diciendo Amén»; y Justino se detiene a explicarle al emperador que «Amén significa en lengua hebrea así sea».

Después, la comunión: «los que entre nosotros se llaman diáconos dan a cada uno de los presentes parte del pan eucaristizado y del vino y del agua, y los llevan a los ausentes». Y la explicación: «no recibimos estas cosas como pan común ni bebida común», sino que «el alimento hecho Eucaristía por una palabra de oración que viene de él… por cambio son la carne y la sangre de Jesús encarnado».

La reunión «del día del sol»

La segunda descripción es la de todos los domingos, y es la que más se parece a lo que usted vio el domingo. «Y el día llamado del sol se hace una asamblea en un mismo lugar de todos los que viven en las ciudades y en los campos; y se leen los comentarios de los apóstoles o los escritos de los profetas cuanto el tiempo permite. Después, cuando el lector ha parado, el que preside hace una advertencia y una exhortación sobre estas cosas admirables en un discurso. Entonces nos levantamos todos juntos y elevamos oraciones y, cuando hemos terminado, se trae pan y vino y agua, y el que preside eleva oraciones y una acción de gracias según su capacidad, y todo el pueblo clama diciendo: Amén, y cada uno recibe parte de la Eucaristía, y se lleva a los ausentes por los diáconos».

Sigue la colecta: «los ricos que quieren dan lo que les parece, y lo recogido se entrega al que preside, y él sostiene a los huérfanos y a las viudas y a los que están en dificultad por enfermedad o por cualquier otra causa, y a los presos y a los forasteros de paso». Y explica por qué el domingo: es «el primer día en que Dios, cambiando las tinieblas y la materia, hizo el mundo», y el día de la resurrección.

El esquema de once puntos

Fortescue junta las dos descripciones y saca de ellas «el esquema del oficio eucarístico en Roma a principios del siglo II». Éstos son sus once puntos, en su orden: lecturas de la Biblia, en número indefinido, «cuanto el tiempo permite»; sermón del obispo; una oración dicha por todos en pie por toda clase de personas, y presumiblemente sólo por los bautizados; beso de paz; pan y vino con agua llevados por los diáconos y recibidos por el obispo; oración de acción de gracias —la anáfora— dicha por el obispo «largamente» y «según su capacidad», con invocación de la Trinidad; memoria de la pasión, incluidas las palabras de la institución; intercesión por el pueblo; el amén con que el pueblo la termina; comunión bajo las dos especies, llevada también a los ausentes; y una colecta para los pobres, cuyo lugar «no está claramente indicado».

Sobre las palabras de la consagración hay una discusión técnica, porque la frase «una palabra de oración que viene de él» se ha traducido de varias maneras. Su conclusión es firme: «Podemos concluir con certeza que las palabras de la institución se recitaban en la liturgia de Justino». Lo confirma el Diálogo con Trifón, donde la Eucaristía es sacrificio verdadero ofrecido sólo por sacerdotes, con una oración que nombra la pasión y la muerte del Señor.

Elemento por elemento, comparado con la Misa de hoy

Haga la lista usted mismo. Reunión el domingo: la misma. Lecturas de los apóstoles o de los profetas: la epístola y el evangelio. Homilía del que preside tras las lecturas: la misma, en el mismo sitio. Oraciones comunes de los fieles en pie: el sitio del ofertorio. Pan y vino con agua: la materia, con la gota de agua en el cáliz. Acción de gracias larga del que preside: el prefacio y el Canon. Memoria de la pasión con las palabras del Señor: la consagración y el Unde et memores. El amén del pueblo: el del final del Canon; Gihr anota que «ya san Justino escribe que toda la congregación se une a las oraciones litúrgicas diciendo Amén». Y la comunión a los ausentes: el viático.

Dos diferencias, y hay que decirlas. El beso de paz, en Justino, va antes de la plegaria eucarística, y en la Misa romana va después de la consagración: la primera mención de su lugar actual es de san Inocencio I, en 416, y Gihr confirma que en muchas iglesias se daba antes de la oblación. Y el número de lecturas era indefinido; hoy son dos o tres, aunque la vieja indeterminación ha dejado huellas: los miércoles de las témporas hay tres, y los sábados, seis o siete.

Lo que confirman los demás testigos del siglo II

Justino no está solo, y eso importa, porque un testigo único siempre se puede discutir. El primero es pagano: Plinio el Joven, gobernador de Bitinia, que hacia 111-113 pregunta a Trajano cómo ha de tratar a los cristianos: se reúnen «en un día determinado» antes del amanecer, cantan «alternativamente un himno a Cristo como a un dios» y se obligan por juramento a no cometer crímenes; después se separan y vuelven a reunirse para comer. «El stato die es ciertamente el domingo», comenta Fortescue.

Luego san Ireneo de Lyon, muerto hacia 202, que alude a las lecturas leídas en la iglesia; a las ofrendas de pan y vino hechas por mandato de Cristo, que reciben «la palabra de Dios» y se hacen carne y sangre suya; cita las palabras de la institución y aplica a la Eucaristía la profecía de Malaquías; se queja de que los gnósticos seguidores de un tal Marcos cambien el rito; y atestigua la costumbre de enviar la Eucaristía a los ausentes, en su caso a otros obispos, en su carta al papa san Víctor I. De Atenágoras y de Teófilo de Antioquía, algo menor pero concordante: la oración con las manos levantadas y la oración por el emperador.

Lo que no se puede concluir de san Justino

Aquí hay que frenar, porque quien saca del texto más de lo que dice pierde la discusión. Fortescue es tajante: «el relato de Justino nos muestra la liturgia tal como era antes de que ocurriera el cambio que había de constituir el rito romano especial. Lo que describe es el antiguo rito común, representado en las Constituciones apostólicas, usado entonces en Roma como en todas partes». Y añade: «en el siglo II Roma usaba casi la misma liturgia que Antioquía y las otras Iglesias orientales; hacia el siglo VII había desarrollado a partir de ella su rito particular». Cómo ocurrió eso, no se sabe: «hay que recordar siempre que todas las teorías son sólo conjetura».

Hay además una discrepancia entre los autores que conviene no tapar. Mons. John Walsh sostiene que en el siglo II existían ya fórmulas litúrgicas «definidas, escritas y aceptadas», y lo argumenta con Celso, que dice haber visto los «libros bárbaros» de los cristianos. Fortescue dice lo contrario: durante los tres primeros siglos «el único libro usado en la iglesia era la Biblia. Nada más se escribía porque nada más estaba fijado»; el celebrante rezaba de improviso, aunque la costumbre mantenía el mismo orden. Entre los dos seguimos a Fortescue, que dedicó un libro entero al asunto.

¿Qué queda entonces, y es mucho? Que el armazón está entero y en el mismo orden; que la Eucaristía es ya el nombre técnico del pan y del vino consagrados; que se cree que son «la carne y la sangre de Jesús encarnado»; y que ningún escritor anterior a Nicea da una descripción tan completa. Quien quiera datar la Misa en la Edad Media tendrá que explicar qué hacía aquel obispo romano hacia el año 150. Del otro extremo de la cadena tratamos al explicar por qué el Canon romano es más antiguo de lo que parece.

Preguntas frecuentes

¿Quién fue san Justino Mártir y cuándo escribió?

Un pagano convertido, «el principal de los apologistas antiguos» según Fortescue, martirizado hacia el año 167; Gihr da «166 o 167». Su primera Apología, dirigida al emperador Antonino Pío (138-161), al Senado y al pueblo romano, describe la Eucaristía en los capítulos LXV a LXVII.

¿Qué partes de la Misa aparecen ya en san Justino?

Según el esquema de Fortescue: lecturas bíblicas, sermón del obispo, oraciones de los fieles en pie, beso de paz, presentación del pan y del vino con agua, larga acción de gracias con invocación de la Trinidad, memoria de la pasión con las palabras de la institución, intercesión, el amén del pueblo, comunión bajo las dos especies llevada también a los ausentes, y colecta para los pobres.

¿Se consagraba con las palabras de Cristo?

Sí. La frase de Justino sobre «una palabra de oración que viene de él» se ha discutido mucho, y Fortescue recorre las interpretaciones antes de concluir: «Podemos entonces concluir con certeza que las palabras de la institución se recitaban en la liturgia de Justino». El Diálogo con Trifón lo confirma: sacrificio verdadero ofrecido sólo por sacerdotes, con una oración que nombra la pasión del Señor.

¿En qué se diferencia aquel oficio de la Misa de hoy?

En dos cosas documentadas. El beso de paz iba antes de la plegaria eucarística y hoy va después de la consagración: la primera mención de su lugar actual es de san Inocencio I, en 416. Y el número de lecturas era indefinido, «cuanto el tiempo permite»; hoy son dos o tres, con restos de la vieja indeterminación en las témporas.

¿Prueba san Justino que la Misa romana ya existía tal cual?

No, y conviene no decirlo. Fortescue advierte que el relato «nos muestra la liturgia tal como era antes de que ocurriera el cambio que había de constituir el rito romano especial»: describe el antiguo rito común usado en Roma como en todas partes. Cómo y cuándo se formó después el rito romano propio es materia de conjetura.

¿Qué otros testigos del siglo II hay?

Plinio el Joven, gobernador de Bitinia, que hacia 111-113 escribe a Trajano que los cristianos se reúnen «en un día determinado» antes del amanecer y cantan un himno a Cristo como a un dios; y san Ireneo de Lyon, que menciona las lecturas, las ofrendas de pan y vino, las palabras de la institución, Malaquías y el envío de la Eucaristía a los ausentes.

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Para seguir la Misa

El armazón que describe san Justino es el que está impreso en el misal. Tenerlo en la mano es la manera de comprobar de qué se habla.

Misal de la Misa tradicional en latín y español: latín y español enfrentados, rúbricas en rojo con lo que hace el sacerdote y lo que hacen los fieles, siluetas al margen para saber cuándo se está de pie, de rodillas o sentado, y el aviso de la campanilla en la consagración. 76 páginas a todo color, 18,00 €; el envío es gratis en España a partir de 30 € de compra.

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