Tabla antigua de la Misa de san Gregorio: el Papa, arrodillado ante un altar de piedra con el cáliz y el misal abierto, ve aparecer sobre el ara a Cristo varón de dolores entre los instrumentos de la pasión, mientras un clérigo le sostiene la casulla

El Canon romano es más antiguo que casi todo lo que usted da por antiguo

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Hay una manera muy cómoda de discutir sobre la Misa: llamar «medieval» a todo lo que uno no conoce. Con ese método, el Canon romano —la oración que el sacerdote dice en voz baja desde el Te igitur hasta el final de la plegaria eucarística— pasa por ser un producto del gótico, de la escolástica o del concilio de Trento, según la afición del que habla.

Los documentos dicen otra cosa. Un romano contemporáneo de san Dámaso alude a una palabra del Canon; un tratado del siglo IV copia buena parte del texto; un Papa lo envía en 538 a un obispo de Braga diciendo que lo ha recibido «de la tradición apostólica»; y una tradición constante afirma que el último que le puso la mano encima fue san Gregorio el Grande, muerto en 604. El argumento no está en la indignación, sino en las fechas.

¿Qué es el Canon y por qué se llama así?

Delimitar de qué hablamos es la mitad del trabajo. Fortescue lo fija sin rodeos: «Hemos de decir ahora que el Canon empieza en el Te igitur. Termina con la ekphonesis —"per omnia saecula saeculorum"— antes del Padrenuestro». No es una delimitación moderna: san Gregorio dice que la oración dominical se reza «inmediatamente después del Canon» (mox post precem). Gihr lo describe igual: empieza después del Sanctus y acaba antes del Pater noster. El epígrafe impreso «Canon missae» sigue hasta el final del libro, pero eso es tipografía, no extensión. De los varios nombres que tuvo esta oración se impuso Canon, que en Gihr significa «la fórmula normativa, el patrón fijo, la regla invariable» del acto esencial del sacrificio; el papa Vigilio (537-555) escribe ya de la «prex canonica».

El testimonio más antiguo: un romano del tiempo de san Dámaso

Fortescue va al grano: «La alusión más antigua parece ser la del autor de una obra, Quaestiones veteris et novi testamenti. Es un romano, contemporáneo de san Dámaso (366-384)». El hombre defendía una teoría asombrosa —que Melquisedec era el Espíritu Santo— y, al explicar que con todo su sacerdocio es inferior al de Cristo, escribe que el Espíritu Santo fue llamado sacerdote del Dios excelso, pero no summus, «como presumen los nuestros en la oblación».

Repárese en lo que esa frase, dicha de paso, deja documentado: que en Roma, en la segunda mitad del siglo IV, el celebrante llamaba a Melquisedec summus sacerdos durante la Misa. Es, dice Fortescue, «claramente una alusión a las palabras summus sacerdos tuus Melchisedech del Canon». Y añade la limitación honrada: «pero la alusión no nos dice nada sobre el orden ni sobre el momento en que aparecían esas palabras».

El gran fragmento del siglo IV: el De sacramentis

«El fragmento más extenso es también probablemente del siglo IV. Es la famosa cita del tratado De sacramentis. Éste es el testimonio antiguo más importante de nuestro Canon». Son seis sermones a los recién bautizados en la semana de Pascua. De quién son, no se sabe: unos los atribuyen a san Ambrosio, otros a san Máximo de Turín. Fortescue se inclina por una ciudad italiana que no es Roma, a fines del IV o principios del V, y da su razón: el autor declara que su iglesia sigue en todo el ejemplo romano —«cuius typum in omnibus sequimur et formam»—, y eso basta para tratar su cita como uso romano.

Lo que copia es reconocible para quien haya seguido una Misa con el misal: «fac nobis hanc oblationem adscriptam, ratam, rationabilem, acceptabilem», que es nuestro Quam oblationem; «Qui pridie quam pateretur… accepit panem… gratias agens benedixit, fregit», las palabras de la consagración; «Ergo memores gloriosissimae eius passionis et ab inferis resurrectionis et in caelum adscensionis offerimus tibi hanc immaculatam hostiam», nuestro Unde et memores; y Abel, Abraham y el «summus sacerdos Melchisedech», que es el Supra quae.

Fortescue anota con precisión de relojero lo que no coincide: «obviamente consiste en parte de nuestro Canon con ligeras diferencias verbales; pero el orden de las partes no es el mismo que el nuestro». Falta el epíteto benedictam, y la cláusula del altar excelso y los ángeles, que hoy abre el Supplices te rogamus, aparece antes de Abel. El texto es nuestro; el orden no lo era todavía, y ocultarlo sería deshonesto.

El siglo V añade testigos que lo citan sin proponérselo. En 416 san Inocencio I contesta a Decencio, obispo de Gubbio, que el beso de paz no se dé «antes de que los misterios estén consagrados» —primera mención conocida del lugar actual de la Pax— y que los dípticos se lean «durante los sagrados misterios, no en la parte que viene antes». Y de san León I (440-461) dice el Liber Pontificalis que ordenó decir en el Canon «sanctum sacrificium, immaculatam hostiam», palabras del Supra quae: noticia que Fortescue da por más fundada que otras del mismo libro, cuyo valor histórico advierte «que no hay que tomar muy en serio».

Vigilio, año 538: «lo hemos recibido de la tradición apostólica»

Éste es el documento que más conviene leer despacio. Vigilio escribe en 538 a Profuturo, obispo de Braga, y habla del Canon como de algo inmutable: «No hacemos ninguna diferencia en el orden de las oraciones en la celebración de la Misa por ningún tiempo ni fiesta, sino que consagramos siempre del mismo modo los dones ofrecidos a Dios… Por lo cual decimos el texto del Canon mismo según la forma que, por la misericordia de Dios, hemos recibido de la tradición apostólica». Las únicas salvedades que menciona son las cláusulas propias de Pascua, la Ascensión, Pentecostés y las fiestas de los santos.

Gihr recoge el mismo texto latino, con la fórmula que conviene retener: «quem (Deo propitio) ex apostolica traditione suscepimus». Fortescue comenta que la carta «describe muy bien el Canon romano inmutable, tal como lo conocemos». Quien lo tenga por invención posterior tendrá que explicar qué enviaba Vigilio a Braga.

San Gregorio, el último que lo tocó

«El reinado de san Gregorio el Grande (590-604) marca una época en la historia de la Misa. Dejó la liturgia romana prácticamente en el estado en que todavía la tenemos», dice Fortescue. Su biógrafo, Juan el Diácono, dice que «reunió el libro de Gelasio en un solo volumen, omitiendo mucho, cambiando poco»: descripción que «encaja muy bien con los hechos».

Lo importante es el inventario, porque es corto. Fortescue enumera los cambios que se le pueden atribuir con certeza, y ninguno afecta a la sustancia: el Kyrie eleison; el traslado del Padrenuestro para rezarlo inmediatamente después del Canon —él mismo dice en su carta a Juan de Siracusa que fue él quien lo puso ahí—; la refundición del libro gelasiano; y la cláusula final del Hanc igitur, «diesque nostros in tua pace dispone», que el Liber Pontificalis le atribuye y que Fortescue cuenta entre los testimonios contemporáneos de peso.

Y a partir de ahí, nada. «Hay además una tradición constante de que san Gregorio fue el último en tocar la parte esencial de la Misa, es decir, el Canon». Benedicto XIV lo formula como sentencia: «Ningún Papa ha añadido ni cambiado nada en el Canon desde san Gregorio». Gihr dice lo mismo: es «bastante seguro y generalmente admitido» que Gregorio I «completó la fórmula del texto del Canon tal como ahora lo tenemos». Las añadiduras medievales desaparecieron del todo con la reforma de san Pío V en 1570: esa reforma no escribió el Canon, quitó lo que se le había pegado encima.

Las capas del Canon: la cuestión que Fortescue deja abierta

Aquí es donde un artículo honrado se separa de un panfleto. Fortescue, el autor más citado a favor de la antigüedad del Canon, escribe también: «Puede tenerse por cierto y admitido por todos que nuestro Canon no está ahora en la forma en que fue compuesto por primera vez. Es una reordenación y casi con certeza un fragmento».

Distingue dos etapas con «razonable certeza»: primero se compuso o se tradujo del griego el texto latino, que dio ya muchas de las oraciones que conocemos, pero en otro orden; después se reordenaron y se abreviaron hasta formar el Canon gelasiano. ¿Cuándo, por quién, por qué? Enumera las escuelas —los benedictinos franceses, que buscan la solución en el rito galicano, y los alemanes, que la buscan en Antioquía y Alejandría— y advierte contra la confianza de todos ellos: «Hay una divertida confianza en muchos de los autores que hemos citado en que su punto de vista resuelve todas las dificultades». Su conclusión es una renuncia expresa: «No parece que se pueda aceptar ninguna solución como cierta»; y del silencio con que se reza dice lo mismo: es difícil saber cuándo empezó esa costumbre y cuál fue su razón. Un católico no pierde nada admitiendo esto: la objeción a responder no es «¿sabemos cómo se compuso?», sino «¿es un invento medieval?», y lo segundo tiene respuesta cerrada.

Por qué la antigüedad del Canon desmonta la objeción

Póngase la cronología en fila. Siglo IV, segunda mitad: un romano cita una palabra del Canon. Siglo IV: el De sacramentis copia buena parte del texto. 416: Inocencio I describe la Pax y los dípticos. 440-461: san León manda decir «sanctum sacrificium». 538: Vigilio envía el texto a Braga como recibido de la tradición apostólica. 590-604: san Gregorio le da el último retoque. Desde entonces, nadie. Trento está mil años más allá del último de esos documentos.

Fortescue cierra su libro con la genealogía completa: «Esencialmente el misal de Pío V es el sacramentario gregoriano; éste, a su vez, está formado a partir del libro gelasiano, que depende de la colección leonina. Encontramos las oraciones de nuestro Canon en el tratado De sacramentis y alusiones a él en el siglo IV. Así nuestra Misa se remonta, sin cambio esencial, a la edad en que se desarrolló por primera vez a partir de la más antigua liturgia de todas». Y remata: «no hay en la cristiandad otro rito tan venerable como el nuestro». Gihr lo dice con más calor: «ya en los tiempos de los mártires y en las capillas de las catacumbas se recitaban y se santificaban estas oraciones del Canon de la Misa». Del otro extremo de la cadena tratamos en cómo se decía Misa en tiempos de san Justino.

Preguntas frecuentes

¿Dónde empieza y dónde acaba el Canon de la Misa?

Empieza en el Te igitur y acaba con el «per omnia saecula saeculorum» que precede al Padrenuestro. Así lo fija Fortescue, respaldado por san Gregorio, que dice que la oración dominical se reza «inmediatamente después del Canon» (mox post precem).

¿Cuál es el testimonio más antiguo del Canon romano?

La alusión del autor de las Quaestiones veteris et novi testamenti, un romano contemporáneo de san Dámaso (366-384), que al hablar de Melquisedec dice que «los nuestros» lo llaman summus sacerdos en la oblación. El fragmento extenso más antiguo es la cita del De sacramentis, del siglo IV.

¿Qué partes del Canon copia el De sacramentis?

El Quam oblationem —aunque como «fac nobis hanc oblationem»—, las palabras de la consagración, el Unde et memores y la mayor parte del Supra quae, con Abel, Abraham y Melquisedec. Fortescue advierte que hay ligeras diferencias verbales y que el orden no era el nuestro.

¿Qué cambió san Gregorio el Grande en la Misa?

Poco, y nada esencial: el Kyrie eleison, el traslado del Padrenuestro, la refundición del sacramentario gelasiano y la añadidura de «diesque nostros in tua pace dispone» al Hanc igitur. Después de él nadie lo tocó; Benedicto XIV: «Ningún Papa ha añadido ni cambiado nada en el Canon desde san Gregorio».

¿Se sabe cómo se compuso el Canon?

No con certeza, y Fortescue lo dice sin rodeos: el Canon «no está ahora en la forma en que fue compuesto por primera vez», es «una reordenación y casi con certeza un fragmento», y «no parece que se pueda aceptar ninguna solución como cierta». Eso no afecta a su antigüedad, documentada por otros caminos.

¿El Canon romano lo inventó el concilio de Trento?

No, y por siglos. El último retoque documentado es de san Gregorio, muerto en 604, y Vigilio lo enviaba ya en 538 al obispo de Braga como recibido «de la tradición apostólica». El propio concilio de Trento, en la sesión 22, capítulo 4, declara que la Iglesia estableció el sagrado Canon «muchos siglos atrás», pues «consta en parte de las mismas palabras del Señor, en parte de las tradiciones de los Apóstoles».

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Para seguir la Misa

El Canon que Vigilio enviaba a Braga es el que está impreso en el misal. Tenerlo en la mano es la manera de comprobar de qué se habla.

Misal de la Misa tradicional en latín y español: latín y español enfrentados, rúbricas en rojo con lo que hace el sacerdote y lo que hacen los fieles, siluetas al margen para saber cuándo se está de pie, de rodillas o sentado, y el aviso de la campanilla en la consagración. 76 páginas a todo color, 18,00 €; el envío es gratis en España a partir de 30 € de compra.

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