Cómo leer la Biblia todos los días sin abandonar a la semana
Por Marcos Vera Pérez← Volver a «Preguntas sobre la Biblia»
Casi todos los católicos que conozco han empezado alguna vez a leer la Biblia. Muy pocos han llegado al final. El patrón se repite con una regularidad casi cómica: se abre el Génesis con entusiasmo, se avanza a buen ritmo por las historias de los patriarcas, se cruza el Éxodo con cierto esfuerzo y, en algún punto del Levítico, entre las prescripciones sobre los sacrificios y las normas de pureza ritual, el propósito se apaga. El libro vuelve a la estantería. Y allí se queda, con una sensación amarga de fracaso espiritual.
Conviene decirlo cuanto antes: ese fracaso no es suyo, es del método. Nadie aprende a nadar tirándose al mar de noche. La Sagrada Escritura es el libro más importante que existe, pero también es una biblioteca de setenta y tres libros escritos a lo largo de más de mil años, en tres idiomas y en contextos culturales muy distintos del nuestro. Leerla de corrido, de la primera página a la última, como si fuera una novela, es casi la única manera segura de abandonarla.
Primero: por qué leerla
San Jerónimo dejó escrita una sentencia que la Iglesia ha repetido durante dieciséis siglos: el desconocimiento de las Escrituras es desconocimiento de Cristo. No se trata de cultura religiosa ni de erudición. Se trata de que Dios ha hablado, que sus palabras están recogidas por escrito y que quien no las frecuenta se priva del trato más directo que puede tener con Él fuera de los sacramentos.
El Concilio de Trento, y después León XIII en la encíclica Providentissimus Deus, insistieron en lo mismo: la Escritura leída dentro de la Iglesia, con sus notas, su tradición y su magisterio, es alimento del alma. Fuera de ella se convierte en un campo de interpretaciones privadas donde cada cual encuentra lo que ya traía. Ese es exactamente el motivo por el que la Biblia católica lleva notas y la protestante no.

El libro de este artículo
Ver el libro · Libro de bolsillo · €20,00
También en ebook por €9,99, con descarga inmediata
Segundo: una cantidad ridículamente pequeña
El primer consejo práctico es el que menos gusta oír: empiece por menos de lo que cree que puede. Diez minutos. Un capítulo. A veces, quince versículos.
La razón es sencilla. Un propósito espiritual no se sostiene por la intensidad del primer día, sino por la cantidad de días que se encadenan sin romper la costumbre. Quien se propone una hora diaria aguanta cuatro días y lo deja. Quien se propone diez minutos diarios sigue leyendo a los tres años, y para entonces habrá leído mucho más que el primero. Los santos maestros de la vida espiritual lo repiten sin cansarse: vale más poco y constante que mucho y a rachas.
Tercero: la hora y el sitio, siempre los mismos
La constancia no depende de la fuerza de voluntad, depende del hábito, y el hábito se construye anclando la acción a un momento fijo del día. Antes del desayuno. Al llegar del trabajo. Los diez minutos anteriores a acostarse. Lo que no puede ser es «cuando tenga un rato», porque ese rato no aparece nunca.
Elija también un sitio: un sillón, una mesa, un rincón. Y tenga el libro allí, con un punto puesto. El esfuerzo de ir a buscarlo es, muchas veces, el único obstáculo real entre usted y la lectura de ese día.
Cuarto: el orden importa más que la disciplina
Aquí está la clave que casi nadie explica. No empiece por el Génesis. Empiece por donde la Escritura se entiende sola y donde habla Cristo:
- San Lucas, primero. Es el evangelio más narrativo, el más ordenado y el que mejor se lee del tirón.
- Después, los Hechos de los Apóstoles, que son la continuación natural de Lucas y cuentan el nacimiento de la Iglesia.
- Luego, San Juan, más contemplativo, para releer despacio.
- A continuación, los Salmos, uno al día, que son la oración que la Iglesia reza desde siempre.
- Y solo entonces, con el Nuevo Testamento ya familiar, volver atrás: Génesis, Éxodo, los libros históricos, los profetas.
Leído así, el Antiguo Testamento deja de ser un obstáculo y se convierte en lo que realmente es: la larga preparación de lo que ya se conoce.
Quinto: leer con notas, no a solas
Un versículo mal entendido puede hacer más daño que diez sin leer. La Escritura tiene pasajes oscuros, hebraísmos, referencias culturales perdidas y frases que, tomadas aisladamente, han fundado herejías enteras. Por eso la Iglesia nunca ha entregado el texto desnudo a nadie. Y por eso importa qué Biblia se tiene en la mano: la católica trae 73 libros y la protestante 66 —explicamos quién quitó los 7 libros de la Biblia y por qué—.
Una buena Biblia católica anotada resuelve el problema de raíz: al pie de página está la explicación, el paralelo con otro pasaje, la advertencia sobre una traducción difícil. La versión de Mons. Juan Straubinger es, por consenso de varias generaciones de sacerdotes de lengua española, la más recomendable para este uso: traducción fiel de los originales, notas doctrinales abundantes y una preocupación constante por que el lector entienda lo que está leyendo, no solo lo recorra con los ojos.
Sexto: no lea, converse
El último consejo es el más importante. La lectura de la Escritura no es un ejercicio de comprensión lectora. Antes de abrir, haga la señal de la cruz y pida al Espíritu Santo que le hable. Lea despacio. Cuando una frase le detenga, deténgase con ella: repítala, dele vueltas, hable con Dios de lo que ha leído. Cierre con una petición concreta.
Eso es, en esencia, la lectio divina, y es la diferencia entre haber leído la Biblia y haber rezado con ella. Diez minutos así valen más que dos horas de lectura apresurada.
Un último aviso
Habrá días secos, días de prisa y semanas enteras perdidas. No pasa nada. El propósito no se rompe por fallar un día; se rompe por decidir que, como se ha fallado un día, ya no vale la pena. Vuelva al día siguiente, en el mismo sitio y a la misma hora, y siga por donde iba. Esa terquedad tranquila es toda la virtud que hace falta.
Novedad editorial
Mons. Juan Straubinger, el traductor de la Biblia más difundida en lengua española, reunió su enseñanza sobre cómo leer y rezar la Sagrada Escritura dentro de la Iglesia. Un manual breve y exigente para quien quiere pasar de leer la Biblia a vivir de ella.
Preguntas frecuentes
¿Por dónde hay que empezar a leer la Biblia?
Por un Evangelio, no por el Génesis. San Lucas primero; después los Hechos de los Apóstoles, que son su continuación natural y cuentan el nacimiento de la Iglesia; y a continuación los Salmos, uno al día. Empezar por la primera página es el error que hace abandonar a casi todo el mundo en algún punto del Levítico.
¿Cuánto hay que leer cada día?
Diez minutos. A veces, quince versículos. Quien se propone una hora diaria aguanta cuatro días; quien se propone diez minutos sigue leyendo a los tres años, y para entonces habrá leído mucho más que el primero.
¿Hay que leerla entera y por orden?
No. El orden en que están impresos los libros no es el orden en que conviene leerlos. La Biblia no es una novela: es una biblioteca, y se entra por donde se entiende, que es por Cristo.
¿A qué hora conviene leerla?
Siempre a la misma, y en el mismo sitio. La constancia no depende de la fuerza de voluntad sino del hábito, y el hábito se construye anclando la lectura a un momento fijo: los diez minutos antes de acostarse, o los primeros de la mañana.
¿Qué Biblia católica conviene usar?
Una con notas. Ese es exactamente el motivo por el que la Biblia católica las lleva y la protestante no: la Escritura se lee dentro de la Iglesia, con su tradición y su magisterio. Leer sin notas es quedarse a solas con un texto de hace dos mil años escrito en una lengua que no es la suya.
¿Y si un día no entiendo nada o me quedo seco?
Seguir. Habrá días secos, días de prisa y semanas enteras perdidas: eso no es el fracaso del método, es la forma normal de cualquier hábito. Y conviene no leer, sino conversar: responder al texto, preguntarle, rezar con él. Eso es, en esencia, la lectio divina, y es la diferencia entre haber leído la Biblia y haber rezado con ella.
Fuentes
- Concilio Vaticano II, constitución dogmática Dei Verbum, 18 de noviembre de 1965 (vatican.va).
- León XIII, encíclica Providentissimus Deus, 18 de noviembre de 1893 (vatican.va).
- Catecismo de la Iglesia Católica (vatican.va).
- Concilio de Trento, sesión IV, decreto sobre los libros sagrados, 8 de abril de 1546.
- Mons. Juan Straubinger, Espiritualidad Bíblica (nuestra edición).
- Concilio Vaticano II, constitución dogmática Dei Verbum sobre la divina revelación (1965)
- Catecismo de la Iglesia Católica
- Rezar con los Salmos: por dónde empezar: qué salmo elegir según el día y cómo entender las imprecaciones.
- Padre Pío: los estigmas, la oración y su lección sobre la Biblia: por qué la lectura sin oración se queda a medias, contado desde su vida.
Seguir leyendo
- Quién quitó los 7 libros de la Biblia
- Qué es la lectio divina y cómo hacerla paso a paso
- Cómo leer la Biblia: todo lo que hemos publicado
- Quién fue Mons. Juan Straubinger
- Espiritualidad Bíblica, de Mons. Juan Straubinger
- Los 10 libros católicos que debes leer
- Ficha del autor: Mons. Juan Straubinger
- Introducción a la Sagrada Escritura, del P. Gabriel Calvo Zarraute, ya en preventa
- El secreto para leer bien la Biblia, según el padre Gabriel Calvo Zarraute
- Confesarse con un cura no es un invento de Roma: lo mandó Cristo en Juan 20,23
- Juan 6: el día en que Cristo dejó marchar a los que no creyeron en la Eucaristía
- «Llena de gracia»: el saludo que ningún otro ser humano recibe en toda la Biblia
Nuestras ediciones sobre la Sagrada Escritura y el resto del fondo están en el catálogo de libros católicos de Páginas Contrarrevolucionarias.
Preparado con ayuda de herramientas de IA a partir de las fuentes que se citan, y publicado bajo la responsabilidad de Marcos Vera Pérez.