Qué es la lectio divina y cómo hacerla paso a paso

Qué es la lectio divina y cómo hacerla paso a paso

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Hay una diferencia enorme entre leer la Biblia y rezar con la Biblia. La primera es una actividad intelectual respetable; la segunda es un trato con Dios. La lectio divina es el método que la Iglesia ha usado durante quince siglos para pasar de la una a la otra, y su mayor virtud es que no requiere ninguna preparación técnica: se puede empezar esta misma tarde.

Conviene deshacer primero dos malentendidos. No es una técnica de meditación oriental bautizada, ni una lectura devota en la que uno proyecta sobre el texto lo que le apetece sentir. Es un modo ordenado de escuchar: se lee lo que Dios dice, se piensa lo que significa, se responde, y se calla.

De dónde viene

La práctica es tan antigua como el monacato. Los Padres del desierto masticaban la Escritura versículo a versículo; San Benito, en el siglo VI, la incorporó a su Regla y mandó a sus monjes dedicarle horas fijas cada día. En el siglo XII, el cartujo Guigo II escribió la Scala Claustralium, la escala de los monjes, donde fijó los cuatro peldaños clásicos que se siguen enseñando hoy: lectio, meditatio, oratio, contemplatio.

La imagen de Guigo es una escalera apoyada en la tierra cuyo extremo se pierde en el cielo. Se sube peldaño a peldaño. Nadie salta desde el primero al cuarto.

Antes de empezar: las tres condiciones

Un tiempo fijo, corto y sagrado: quince o veinte minutos, siempre a la misma hora. Un sitio silencioso, con el móvil en otra habitación. Y un texto elegido de antemano, no abierto al azar: lo más recomendable es el Evangelio del día, o un capítulo seguido de San Lucas o San Juan.

Se empieza siempre con la señal de la cruz y una petición breve al Espíritu Santo. No es una formalidad: es el reconocimiento de que el que va a hablar es Dios y el que necesita ser abierto es uno.

Primer peldaño: lectio, la lectura

Lea el pasaje despacio. Léalo entero una vez. Después vuelva a leerlo, si puede en voz baja, dejando que las palabras suenen. La prisa es aquí el único pecado.

En esta fase la pregunta es sencilla y objetiva: ¿qué dice el texto? No qué me sugiere, no qué me recuerda. Qué dice. Quién habla, a quién, en qué circunstancia, con qué palabras. Si algo no se entiende, se mira la nota a pie de página. Para esto, y no para otra cosa, sirve una Biblia católica anotada.

Segundo peldaño: meditatio, la meditación

Ahora la pregunta cambia: ¿qué me dice Dios a mí en este texto? Se toma una frase, una sola, la que haya detenido la lectura, y se le da vueltas. Guigo empleaba la palabra rumiar, con toda su tosquedad campesina: masticar el mismo bocado hasta sacarle el jugo.

Sirve preguntarse qué virtud aparece ahí, qué defecto propio queda en evidencia, qué haría hoy distinto si creyera de veras esa frase. La meditación no es un ejercicio de imaginación; es la aplicación del texto a la vida concreta de uno, con nombres y apellidos.

Tercer peldaño: oratio, la oración

Aquí se deja de pensar y se empieza a hablar. Lo que ha aparecido en la meditación se convierte en respuesta: adoración si el texto ha mostrado la grandeza de Dios, contrición si ha mostrado la propia miseria, petición si ha mostrado una necesidad, acción de gracias si ha mostrado un don.

Se habla con palabras propias, sin fórmulas. Es la parte de la lectio divina que más cuesta a quien está acostumbrado a rezar solo oraciones aprendidas, y es también la que más transforma.

Cuarto peldaño: contemplatio, la contemplación

El último peldaño no se sube: se recibe. Consiste sencillamente en callarse y permanecer ante Dios sin decir nada, sin buscar ideas ni sentimientos. A veces dura dos minutos y a veces no llega. No es un fracaso: la contemplación es un don, no un logro.

La tradición añade un quinto paso práctico, la actio: salir de la oración con un propósito concreto y pequeño para ese mismo día. Sin él, la lectio divina corre el riesgo de quedarse en un rato agradable.

Errores frecuentes

  • Leer demasiado. Cinco versículos bien rumiados valen más que tres capítulos recorridos.
  • Buscar sensaciones. La sequedad forma parte del camino y es, con frecuencia, el tramo más fecundo.
  • Interpretar por libre. El texto se lee dentro de la Iglesia: por eso las notas, por eso el Catecismo, por eso los Padres.
  • Abandonar tras la primera semana. El hábito tarda semanas en asentarse; los frutos, meses.

Empezar hoy

Elija el Evangelio de mañana. Ponga quince minutos en el despertador. Haga la señal de la cruz, lea, subraye una frase, hable con Dios de ella y quédese callado un minuto. Repítalo mañana. Eso es todo, y es exactamente lo que han hecho los santos durante mil quinientos años.

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Qué leer el primer mes

La pregunta que hunde a casi todo el que empieza no es cómo se hace, sino por dónde. Quien abre la Biblia por el principio llega al Levítico en diez días y lo deja. Aquí va un mes entero, resuelto.

Semana primera: el Evangelio de san Marcos. Es el más corto y el más rápido, dieciséis capítulos de frases breves. Se toma medio capítulo al día, no más. Al cabo de la semana se ha recorrido la vida pública entera del Señor y ya se ha cogido el paso.

Semana segunda: el Evangelio del domingo. El mismo texto los siete días, el que se va a oír o se acaba de oír en la Misa. Suena a poco y es justo lo contrario: repetido siete veces, un pasaje deja de ser una historia conocida y empieza a decir cosas. Además ata la oración personal con la liturgia, que es donde debe estar atada.

Semana tercera: los salmos. Del 1 al 7, uno por día. Son la oración que la Iglesia reza cada día en el Oficio y la que rezaba el Señor. Aquí no hay que entender nada nuevo: hay que aprender a hablarle a Dios con las palabras que Él mismo puso en la boca de su pueblo.

Semana cuarta: una epístola breve. Filipenses o la primera de san Juan. Se pasa del relato a la doctrina, que es el paso que hay que dar para que la lectura no se quede en devoción blanda.

Dos advertencias. La primera: no cambie de plan a mitad. El provecho no está en encontrar el libro que le emocione, sino en volver a la misma hora al mismo sitio treinta días seguidos. La segunda: use una Biblia católica, con notas y con los setenta y tres libros. Leer la Escritura sin quien la interprete es el método del que se separó de la Iglesia hace cinco siglos, y ya se vio adónde condujo.

Preguntas frecuentes

¿Cuántos pasos tiene la lectio divina?

Cuatro: lectio (leer), meditatio (meditar), oratio (orar) y contemplatio (contemplar). La tradición añade un quinto paso práctico, la actio: salir de la oración con un propósito concreto para ese mismo día.

¿Quién creó la lectio divina?

Nadie la inventó de una vez. Los Padres del desierto ya leían así la Escritura; San Benito la fijó en su Regla en el siglo VI, y en el siglo XII el cartujo Guigo II ordenó los cuatro peldaños en su Scala Claustralium, que es la forma en que se sigue enseñando hoy.

¿Es lo mismo que la meditación oriental?

No. La meditación oriental busca vaciar la mente; la lectio divina busca llenarla de una Palabra que viene de fuera. No es una técnica para lograr un estado, sino un modo ordenado de escuchar a Dios y responderle.

¿Cuánto tiempo hay que dedicarle?

Quince o veinte minutos diarios, siempre a la misma hora, bastan. Es mejor un rato corto y constante que una sesión larga de vez en cuando: cinco versículos bien rumiados valen más que tres capítulos recorridos.

¿Y si no siento nada?

No es un fracaso. La sequedad forma parte del camino y suele ser el tramo más fecundo. La contemplación es un don, no un logro: unos días llega y otros no.

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Fuentes

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