El bautismo de niños en la Biblia y en la Tradición: qué dicen las fuentes
Por Marcos Vera PérezPruebe este ejercicio con un evangélico que haya bautizado a su hijo recién nacido. Pídale el versículo. No un indicio ni una deducción: el mandato expreso, con capítulo y número, donde se ordene bautizar a los niños de pecho.
No existe. En ninguna página del Nuevo Testamento hay precepto escrito que mande bautizar párvulos, y sin embargo la inmensa mayoría de las confesiones protestantes lo hace, y lo ha hecho desde el siglo XVI.
Lo que hacen, sin decirlo y a veces sin saberlo, es vivir de la Tradición católica. Y no lo decimos nosotros primero: lo dijo san Agustín con una franqueza que no deja escapatoria.
Lo que la Escritura manda y lo que no manda
Monseñor Joseph Faà di Bruno, en Catholic Belief, explica qué es admitir las tradiciones apostólicas: admitir como puntos de verdad revelada «lo que la Iglesia declara que los Apóstoles han enseñado como tales, esté o no claramente expresado, o ni siquiera mencionado, en la Palabra escrita de Dios».
Y a continuación pone los dos ejemplos que eligió, de todos los posibles, para que el lector entienda de qué habla: «por ejemplo, que el Bautismo ha de conferirse a los niños; que se ha de santificar el domingo en lugar del sábado, llamado sabbath».
Es decir: el bautismo de párvulos es, para un apologista católico del XIX, el caso de manual de doctrina apostólica no consignada por escrito. No un cabo suelto que haya que disimular, sino la prueba misma de que hace falta la Tradición.

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Los indicios que sí están en la Escritura
Que no haya precepto expreso no significa que la Biblia calle. El obispo Richard Challoner, en The Catholic Christian Instructed, ordena los indicios a modo de catecismo.
El primero es un par de textos que se completan. Uno dice que sin bautismo nadie entra en el Reino: «si alguno no renaciere del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de Dios» (Jn. III, 5). El otro, que los niños son capaces de ese Reino: «dejad que los niños vengan a mí, y no se lo impidáis, porque de los tales es el reino de Dios» (Lc. XVIII, 16). Si son capaces del Reino, concluye Challoner, han de serlo del bautismo.
El segundo es la circuncisión. San Pablo la presenta como figura del bautismo (Col. II, 11-12), y se administraba a los niños de ocho días (Gén. XVII). Luego el bautismo se administra igualmente a los niños.
El tercero son las casas enteras. «Leemos en la Escritura de familias completas bautizadas por san Pablo, Act. XVI, 15 y 33, I Cor. I, 16. Ahora bien, es probable que en tantas familias enteras hubiera algunos niños.» El cardenal James Gibbons da los nombres: Lidia «fue bautizada, y su casa»; el carcelero de Filipos «fue bautizado, y toda su familia»; y el Apóstol bautizó «la casa de Estéfanas». Concede que no consta expresamente que hubiera niños, pero «la presunción está fuertemente a favor de suponer que los había»; y subraya que las palabras a Nicodemo «abarcan a toda la familia humana, sin distinción de edad ni de sexo».
Indicios no son mandato, y ahí entran los Padres
Gibbons lo dice con todas las letras: los Hechos y las cartas de san Pablo «insinúan claramente» que los Apóstoles bautizaban niños. Insinúan. Y si queda alguna duda sobre la práctica apostólica, «se despeja fácilmente acudiendo a los escritos de los Padres primitivos de la Iglesia, quienes, por ser los sucesores inmediatos de los Apóstoles, deben ser los mejores intérpretes de su doctrina y de su práctica».
Ahí está la operación al desnudo: cuando el texto no basta, se acude a los que recibieron la enseñanza de viva voz. Eso es Tradición, se llame como se quiera.
San Ireneo, discípulo de Policarpo, que lo fue de san Juan: «Cristo vino a salvar a todos por sí mismo; a todos, digo, los que renacen por Él: niños y pequeñuelos, muchachos y jóvenes, y ancianos».
Orígenes, pocos años después, no argumenta: transmite. «La Iglesia recibió de los Apóstoles la tradición de dar el bautismo incluso a los niños.» Berington y Kirk, en The Faith of Catholics, recogen la misma frase entre sus testimonios patrísticos sobre la Tradición.
Cartago, año 253: sesenta y seis obispos y una pregunta de calendario
El testimonio más elocuente no es una tesis, sino un trámite.
San Cipriano y sesenta y seis obispos sufragáneos celebran concilio en Cartago el año 253. Estando reunidos, un prelado llamado Fido les escribe preguntando si a los niños hay que bautizarlos antes del octavo día o en el octavo, conforme a la práctica de la circuncisión. Los obispos responden a una: «en lo que se refiere al bautismo de los niños… todos juzgamos que la misericordia y la gracia de Dios no deben negarse a ningún ser humano desde su nacimiento».
Gibbons hace dos observaciones, y la primera importa. Fido no preguntaba si el bautismo de los niños era necesario, cosa que ya admitía, sino si convenía conferirlo el octavo día. En el año 253 la discusión era de calendario.
San Agustín, comentando esa decisión, observa que Cipriano y sus colegas no hicieron decreto nuevo alguno: mantuvieron firmísimamente la fe de la Iglesia.
La frase de san Agustín que lo decide todo
Y llegamos al texto que cierra la cuestión. San Agustín, en De Genesi ad litteram:
«La costumbre de la Iglesia de bautizar a los niños no ha de menospreciarse ni tenerse por superflua; pero, si no fuera de tradición apostólica, no debería admitirse.»
Léala otra vez. El santo Doctor no dice que el bautismo de párvulos esté mandado en la Escritura; dice que, si no viniera de la Tradición de los Apóstoles, habría que suprimirlo. Es exactamente el argumento que un protestante no puede usar y del que, sin embargo, depende su propia práctica.
En su obra contra los donatistas había sentado el criterio general: «lo que la Iglesia entera observa, lo que no fue decretado por concilios sino siempre retenido, con razón se cree de origen apostólico».
Tertuliano lo había dicho antes, hablando precisamente de ritos del bautismo: «si la Escritura no ha definido nada aquí, ciertamente lo ha definido la costumbre, y esa costumbre nació de la Tradición… de estos usos y de otros, si pides la autoridad escrita de las Escrituras, no se hallará ninguna. Nacen de la Tradición, que la práctica confirmó y la obediencia ratificó».
Qué pasaría si el bautismo de niños fuese nulo
Challoner añade dos consideraciones. La primera: los niños no pueden ayudarse con la fe y la penitencia; si tampoco pudieran ser ayudados por el sacramento, no tendrían parte en Cristo ni medio alguno de librarse del pecado original, y «casi la mitad del género humano, que muere antes del uso de razón, perecería inevitablemente».
La segunda es demoledora. Si el bautismo de los niños fuera inválido, «las puertas del infierno habrían prevalecido hace mucho contra la Iglesia»; más aún: durante siglos no habría habido cristianos sobre la tierra, porque antes de que surgieran los anabaptistas todos habían sido bautizados en su infancia. ¿Dónde quedaba entonces la promesa, «sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella»?
Y añade el detalle incómodo: si el bautismo de párvulos es nulo, los primeros predicadores anabaptistas nunca habían recibido bautismo, o lo habían recibido de quienes tampoco lo tenían. Gibbons formula la misma objeción: ¿qué queda de la Iglesia de Cristo si erró en un punto tan vital durante todo el tiempo de su existencia?
El domingo y el bautismo, en el mismo bolsillo
Conviene recordar el otro ejemplo que Faà di Bruno ponía junto a éste, porque forman pareja. Milner lo desarrolla en su carta sobre la regla de fe.
El mandamiento escrito dice «acuérdate del día del sábado para santificarlo; el día séptimo es el sábado del Señor tu Dios» (Éxod. XX). Cristo declaró que no venía a destruir la ley, sino a cumplirla, y él mismo guardaba el sábado; sus discípulos lo guardaron después de su muerte. «Y con todo ese peso de autoridad escritural, los protestantes de todas las denominaciones hacen de él un día profano y trasladan la obligación al primer día de la semana, el domingo.»
¿Con qué autoridad? Milner responde: «ninguna en absoluto, excepto la Palabra no escrita, o Tradición de la Iglesia católica, que declara que los Apóstoles hicieron el cambio en honor de la Resurrección de Cristo y de la venida del Espíritu Santo en ese día». Es el asunto que tratamos al mostrar que los protestantes guardan el domingo por una tradición católica.
Berington y Kirk lo agrupan igual al enumerar lo que sabemos sólo por Tradición: «de la misma Tradición aprendemos la licitud del bautismo de los niños, la validez del bautismo administrado por herejes y la observancia del domingo cristiano». Los tres en la misma línea, y en el bolsillo de quien dice no admitir la Tradición.
Quien bautiza a su hijo ya ha dado la razón a Roma
El mecanismo es limpio. No hay mandato escrito. Hay indicios: las casas enteras, la circuncisión, «de los tales es el reino de Dios». Hay práctica universal desde el principio: Ireneo, Orígenes, Cipriano con sesenta y seis obispos, Agustín. Y hay una declaración explícita de que la práctica se sostiene sobre la Tradición apostólica y no sobre un texto.
El que bautiza a su hijo y niega la Tradición sostiene, sin advertirlo, exactamente lo que niega. Y su alternativa no es mejor: si sólo vale lo escrito, tiene que dejar sin bautizar a la criatura, y con ella a los niños de dieciocho siglos de cristiandad. Ocurre lo mismo con el examen privado de la Escritura, que produce doctrinas contrarias sobre este mismo sacramento.
Preguntas frecuentes
¿Manda la Biblia bautizar a los niños?
No con un precepto expreso. Faà di Bruno pone justamente el bautismo de los niños como ejemplo de lo que la Iglesia declara enseñado por los Apóstoles «esté o no claramente expresado, o ni siquiera mencionado, en la Palabra escrita de Dios», junto con la santificación del domingo en lugar del sábado. Lo que hay en la Escritura son indicios, no mandato.
¿Qué indicios escriturísticos hay?
Challoner reúne éstos: que sin renacer del agua nadie entra en el Reino (Jn. III, 5) y que de los niños es el Reino (Lc. XVIII, 16); que la circuncisión, administrada a los párvulos (Gén. XVII), es figura del bautismo (Col. II, 11-12); y que san Pablo bautizó familias enteras (Act. XVI, 15 y 33; I Cor. I, 16), donde es probable que hubiera niños. Gibbons nombra a Lidia, al carcelero de Filipos y a la casa de Estéfanas.
¿Qué dijeron los Padres de la Iglesia?
San Ireneo incluye entre los que renacen por Cristo a «niños y pequeñuelos, muchachos y jóvenes, y ancianos». Orígenes lo transmite sin argumentar: «la Iglesia recibió de los Apóstoles la tradición de dar el bautismo incluso a los niños». Y san Agustín declara que la costumbre de bautizar niños, si no fuera de tradición apostólica, no debería admitirse.
¿Qué pasó en el concilio de Cartago del año 253?
San Cipriano y sesenta y seis obispos respondieron a un prelado llamado Fido, que preguntaba si había que bautizar a los niños antes del octavo día o en el octavo, a imitación de la circuncisión. Respondieron que «la misericordia y la gracia de Dios no deben negarse a ningún ser humano desde el momento de su nacimiento». Fido no preguntaba por la necesidad, que ya admitía, sino por el calendario.
¿Qué pasaría si el bautismo de los niños fuera inválido?
Challoner saca la consecuencia: durante siglos no habría habido cristianos sobre la tierra, porque antes de los anabaptistas todos habían sido bautizados en la infancia, y entonces «las puertas del infierno habrían prevalecido hace mucho contra la Iglesia», contra la promesa de Cristo. Añade que los primeros predicadores anabaptistas no habrían estado bautizados.
¿Qué tiene que ver esto con el domingo?
Que son el mismo caso, y Faà di Bruno los pone juntos. Milner lo detalla: el mandamiento manda santificar el sábado, Cristo lo guardó y sus discípulos también, y los protestantes trasladan la obligación al domingo sin más autoridad «que la Palabra no escrita, o Tradición de la Iglesia católica». Berington y Kirk agrupan las dos cosas entre lo que se sabe sólo por Tradición.
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Fuentes
- Joseph Faà di Bruno, Catholic Belief, cap. VII («The Unwritten Word of God») y apéndice III (Profesión de fe de Pío IV y sus notas). Texto completo.
- Richard Challoner, The Catholic Christian Instructed, capítulo del sacramento del Bautismo. Texto completo.
- James Gibbons, The Faith of Our Fathers, cap. XXI («Baptism»). Texto completo.
- Joseph Berington y John Kirk, The Faith of Catholics, tratado de la Tradición (testimonios de los siglos II a V) y proposición IX. Texto completo.
- John Milner, The End of Religious Controversy, cartas XI («The True Rule») y XII. Texto completo.
Preparado con ayuda de herramientas de IA a partir de las fuentes que se citan, y publicado bajo la responsabilidad de Marcos Vera Pérez.