Rezar con los Salmos: por dónde empezar
Por Marcos Vera PérezLos Salmos son el único libro de la Biblia que está escrito para ser devuelto. Los demás los lee uno; los Salmos los reza. Son las palabras que Dios ha puesto en boca del hombre para que el hombre se dirija a Dios, y por eso la Iglesia los ha rezado enteros, semana tras semana, durante veinte siglos.
También son, para muchísimos católicos, el rincón más inexplorado de su Biblia. Ciento cincuenta poemas hebreos, con paisajes de pastores y enemigos que acechan, y un tono que a veces desconcierta. Esta es una guía para entrar en ellos sin perderse.
Qué son, exactamente
El Salterio es el libro de oración del pueblo de Israel, compuesto a lo largo de siglos y atribuido en gran parte al rey David. Se cantaba en el Templo y se cantaba en las casas. Es el libro que rezaba la Virgen, el que rezaba San José, el que rezaba Nuestro Señor.
Esto último no es un detalle piadoso: Cristo murió rezando el salmo 21, cuyo primer versículo -«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»- suele leerse como un grito de desesperación cuando en realidad es el comienzo de un salmo que termina en triunfo. Quien conoce el salmo entero entiende la cruz de otra manera.
Por dónde no empezar
No empiece por el salmo 1 con la intención de llegar al 150. Es el mismo error que empezar la Biblia por el Génesis: hacia el salmo 30 aparecen los poemas históricos largos y la constancia se rompe.
Tampoco elija al azar. Los Salmos tienen géneros muy distintos -alabanza, súplica, acción de gracias, penitencia, confianza- y abrir por cualquier página es como encender la radio a mitad de una canción.
Los diez para empezar
Empiece por un grupo pequeño y récelos hasta conocerlos de memoria. Estos diez cubren casi todos los estados del alma (la numeración es la de la Vulgata, que usan las biblias católicas tradicionales; entre paréntesis, la hebrea):
- Salmo 22 (23), «El Señor es mi pastor». El salmo de la confianza. Si solo aprende uno, que sea este.
- Salmo 50 (51), el Miserere. El salmo de la contrición, el de David después de su pecado. Para antes de confesarse.
- Salmo 90 (91), «Quien habita al amparo del Altísimo». Protección en el peligro y en el miedo. La Iglesia lo reza cada domingo por la noche.
- Salmo 129 (130), De profundis. Desde lo hondo. El gran salmo por los difuntos.
- Salmo 41 (42), «Como la cierva sedienta». La sed de Dios en la sequedad.
- Salmo 62 (63), «Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo». Oración de la mañana.
- Salmo 102 (103), «Bendice, alma mía, al Señor». La misericordia de Dios con el hombre que es polvo.
- Salmo 138 (139), «Señor, tú me sondeas y me conoces». Dios que lo ve todo, incluso lo que uno esconde.
- Salmo 130 (131), «Señor, mi corazón no es ambicioso». Tres versículos contra la soberbia.
- Salmo 150, el aleluya final. Para terminar.
Cómo rezarlos
Un salmo al día, en voz baja pero articulada. Los Salmos son poesía oral: leídos con los ojos pierden la mitad. La tradición monástica los canta o los recita en dos coros precisamente por eso.
Al llegar a un versículo que le detenga, párese ahí. Repítalo. No hace falta terminar el salmo: hace falta rezarlo. Y termine con el Gloria Patri, como hace la Iglesia, porque así la oración de Israel se cierra explícitamente en la Trinidad.
Los salmos incómodos
Tarde o temprano llegará a los versículos donde el salmista pide a Dios que destruya a sus enemigos. Escandalizan a la sensibilidad moderna y algunos los saltan.
La Iglesia los ha rezado siempre, entendiéndolos en clave espiritual: los enemigos son el pecado, el demonio y las propias pasiones; Babilonia es el mundo. No son un permiso para odiar a nadie; son la expresión cruda de que el mal existe y de que el hombre pide a Dios que acabe con él. Una nota a pie de página bien hecha ahorra aquí muchos malentendidos.
Y después
Cuando esos diez le resulten familiares, amplíe: los salmos graduales (119-133), que se cantaban subiendo a Jerusalén, son quince piezas breves y perfectas para el camino al trabajo. Después, el Salterio entero, repartido en semanas.
Habrá llegado entonces, sin proponérselo, a rezar lo mismo que rezan los monjes y los sacerdotes en el Oficio Divino. Que era el plan desde el principio.
Los cinco libros del Salterio
El Salterio no es un montón de ciento cincuenta poemas puestos uno detrás de otro. Está dividido en cinco libros, y la división es antigua: ya la conocían los judíos del tiempo de Cristo, y los Padres vieron en ella un eco deliberado de los cinco libros del Pentateuco. Cada uno termina con una doxología, una fórmula breve de bendición a Dios:
- Libro I: salmos 1-40. Casi todos atribuidos a David; predomina la súplica personal.
- Libro II: salmos 41-71. Aparecen los salmos de los hijos de Coré y de Asaf.
- Libro III: salmos 72-88. El tono es más oscuro; son los salmos de la comunidad que sufre.
- Libro IV: salmos 89-105. Domina la realeza de Dios: «El Señor reina».
- Libro V: salmos 106-150. Los graduales, el gran salmo 118 sobre la ley y los aleluyas finales.
Saber esto cambia la lectura. Un salmo no está donde está por casualidad: está colocado en una secuencia que va de la súplica del hombre solo a la alabanza de todo lo que respira, en el salmo 150. El Salterio entero tiene un argumento.
La numeración: por qué su Biblia dice 22 y la de otro dice 23
Es la primera confusión que se encuentra quien empieza, y conviene resolverla de una vez.
Existen dos numeraciones. La de la Vulgata latina, heredada de la Septuaginta griega, y la del texto hebreo masorético. Difieren porque la Septuaginta unió los salmos 9 y 10 en uno solo, y a partir de ahí va un número por detrás hasta el salmo 147, que a su vez divide en dos.
Resultado práctico: del salmo 10 al 146, la numeración hebrea va una unidad por delante. El salmo del Buen Pastor es el 22 en la Vulgata y el 23 en las biblias que siguen el hebreo. El Miserere es el 50 o el 51. Los extremos —del 1 al 8 y del 148 al 150— coinciden.
Las biblias católicas tradicionales, como la de Mons. Juan Straubinger, suelen dar las dos cifras. Los libros litúrgicos antiguos usan la de la Vulgata. No hay que elegir bando: basta saber que existen las dos y mirar el paréntesis. Qué es exactamente esa Biblia latina y por qué Trento la declaró auténtica está en qué es la Vulgata.
Los salmos que hablan de Cristo
Hay un grupo de salmos que la Iglesia ha leído siempre como profecías directas del Mesías, y no por devoción posterior: lo hace el propio Nuevo Testamento.
El salmo 2 («Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy») se cita en los Hechos de los Apóstoles y en la carta a los Hebreos. El salmo 21, el del abandono, describe con cuatro siglos de antelación el reparto de las vestiduras y el taladro de las manos y los pies. El salmo 109 («Siéntate a mi derecha») es el que Cristo mismo emplea para interrogar a los fariseos sobre quién es el Mesías.
Eso significa que el Salterio se lee en dos niveles a la vez: el literal, el del salmista que suplica o alaba, y el espiritual, donde habla Cristo o habla la Iglesia. No es una lectura forzada: es el modo en que lo leen los apóstoles. Los criterios que la Iglesia da para hacerlo bien, sin caer en la alegoría de fantasía, están explicados en el secreto para leer bien la Biblia según el padre Gabriel Calvo Zarraute.
Cuánto tiempo hace falta
Menos del que se teme. Un salmo de los diez de la lista se reza despacio en tres o cuatro minutos. Con el Gloria Patri y un rato de silencio, siete.
La tentación es hacer más el primer día y nada el cuarto. Vale mucho más un salmo diario durante un año que el Salterio entero en una semana de entusiasmo. Lo mismo que vale para toda la Escritura, y que está explicado en cómo leer la Biblia todos los días sin abandonar a la semana.
Preguntas frecuentes sobre los Salmos
¿Cuántos salmos hay en la Biblia?
Ciento cincuenta, divididos en cinco libros. La numeración varía en una unidad entre el salmo 10 y el 146 según se siga la Vulgata o el texto hebreo, pero el número total es el mismo.
¿Quién escribió los Salmos?
La tradición atribuye a David unos setenta y tres. Los demás llevan los nombres de Asaf, de los hijos de Coré, de Salomón, de Moisés y de Etán, y algunos son anónimos. Se compusieron a lo largo de varios siglos.
¿Por qué mi Biblia numera los salmos distinto que el misal?
Porque existen dos numeraciones. La Vulgata latina sigue a la Septuaginta griega, que unió los salmos 9 y 10; el texto hebreo los mantiene separados. Entre el salmo 10 y el 146 la numeración hebrea va una unidad por delante. Del 1 al 8 y del 148 al 150 coinciden.
¿Qué salmo se reza por los difuntos?
El 129 (130) de la Vulgata, el De profundis, es el salmo penitencial que la Iglesia ha rezado siempre por los difuntos. También el 50 (51), el Miserere.
¿Qué hago con los salmos en los que se pide la destrucción de los enemigos?
Rezarlos como los ha rezado siempre la Iglesia: en clave espiritual. Los enemigos son el pecado, el demonio y las propias pasiones; Babilonia es el mundo. No son un permiso para odiar a nadie, sino la expresión cruda de que el mal existe y de que el hombre pide a Dios que acabe con él.
¿Hay que rezar los Salmos en voz alta?
Conviene. Son poesía oral, escrita para ser cantada o recitada. Leídos solo con los ojos pierden el ritmo y la mitad de su fuerza. La tradición monástica los canta o los recita a dos coros precisamente por eso.
Para seguir leyendo
- Qué es la lectio divina y cómo hacerla paso a paso: los cuatro peldaños, con un ejemplo hecho de principio a fin.
- Padre Pío: los estigmas, la oración y su lección sobre la Biblia: «en los libros se busca a Dios, en la oración se le encuentra».
- El secreto para leer bien la Biblia, según el padre Gabriel Calvo Zarraute: los tres criterios de Dei Verbum 12 y los cuatro sentidos.
- Libros apócrifos de la Biblia: cuáles son y por qué no están: qué son de verdad los apócrifos y en qué se distinguen de los deuterocanónicos.
- Introducción a la Sagrada Escritura, ya en preventa: el manual completo del P. Gabriel Calvo Zarraute.
- Qué Biblia católica comprar: los tres requisitos y las ediciones españolas comparadas.
- Cómo leer la Biblia: la guía completa del tema.
Novedad editorial
La Escritura no se lee solo: se reza. Mons. Juan Straubinger explica en este volumen cómo la Palabra de Dios se convierte en vida espiritual del católico.
