Libros apócrifos de la Biblia: cuáles son y por qué no están en el canon

Libros apócrifos de la Biblia: cuáles son y por qué no están

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Si busca en Google «libros apócrifos de la Biblia», lo primero que va a encontrar son páginas protestantes. Y en casi todas ellas la palabra «apócrifo» significa algo muy concreto: los siete libros que están en la Biblia católica y no en la suya.

Ahí empieza el malentendido, y es un malentendido de vocabulario que decide toda la discusión. Porque en la teología católica «apócrifo» no significa eso. Significa otra cosa completamente distinta. Quien no tiene clara la diferencia no puede seguir ninguna conversación seria sobre el canon de la Biblia.

Vamos a ponerlo en orden siguiendo la clase quinta de la Introducción a la Sagrada Escritura del P. Gabriel Calvo Zarraute, que es donde esto está explicado con la precisión que hace falta.

¿Qué es un libro apócrifo?

La palabra viene del griego apókryphos, que significa «oculto», «escondido». En la teología católica designa a aquellos libros que, pese a parecerse por título y contenido a los libros del canon, nunca fueron reconocidos por la Iglesia universal como canónicos e inspirados.

Fíjese en la definición, porque cada palabra cuenta. No dice que fueran rechazados después de haber sido aceptados. No dice que los quitara nadie. Dice que nunca fueron reconocidos. No hubo expulsión porque no hubo entrada.

Los apócrifos del Antiguo Testamento se datan entre los siglos II a.C. y I d.C., y forman parte de lo que se llama «literatura intertestamentaria», es decir, la que se escribe en el tiempo que media entre los dos Testamentos. Los del Nuevo Testamento se clasifican en cuatro géneros, que imitan los del canon: evangelios, Hechos, cartas y apocalipsis.

La trampa: apócrifo no es lo mismo que deuterocanónico

Aquí está el nudo, y conviene decirlo con todas las letras.

En el lenguaje de la teología protestante, «apócrifo» se usa para los libros deuterocanónicos del Antiguo Testamento —Tobías, Judit, Sabiduría, Eclesiástico, Baruc, 1 y 2 Macabeos—, que son libros que la Iglesia católica tiene por inspirados y que figuran en su Biblia desde siempre. Y a los que la teología católica llama apócrifos, la protestante los llama «pseudoepígrafos», es decir, libros atribuidos a un autor falso.

O sea: las dos tradiciones usan la misma palabra para cosas distintas. Cuando un sitio protestante titula «los libros apócrifos que la Iglesia añadió a la Biblia», no está hablando del Evangelio de Tomás ni del libro de Henoc. Está hablando de Macabeos y de la Sabiduría. Y cuando un católico dice «apócrifo», está hablando justamente de los otros.

De ahí que la mitad de las discusiones que circulan por internet sean dos personas usando la misma palabra para referirse a libros distintos. Los deuterocanónicos los hemos tratado aparte, en los siete libros que faltan en las biblias protestantes y en quién quitó los siete libros.

¿Cuáles son los libros apócrifos?

No hay una lista cerrada, y esa es la primera pista de su naturaleza: los libros canónicos forman una lista; los apócrifos, un conjunto abierto.

Del Antiguo Testamento, pertenecen a la literatura intertestamentaria escrita entre los siglos II a.C. y I d.C. Son textos apocalípticos, sapienciales y narrativos escritos en el judaísmo de esa época, y ninguno entró jamás en el canon de la Iglesia.

Del Nuevo Testamento, la clasificación es por géneros, y cada uno imita a su correspondiente canónico: evangelios apócrifos, Hechos apócrifos, cartas apócrifas y apocalipsis apócrifos. Los más conocidos por el público son los evangelios, y de ellos hablaremos aparte porque tienen su propia historia.

Hay un dato del libro que conviene retener: buena parte de estos escritos fueron obra de falsarios, hechos para propagar doctrinas heréticas bajo el prestigio del nombre de un apóstol. No es una acusación moderna: es una de las causas por las que a algunas cartas auténticas —la de Santiago, la de Judas— les costó ser reconocidas, precisamente porque circulaban apócrifos firmados con esos mismos nombres.

¿Por qué no entraron en la Biblia?

La Iglesia no echó una moneda al aire. El libro enumera los criterios que estuvieron actuando en el proceso de reconocimiento, y se agrupan en tres.

Criterios externos. La apostolicidad y la antigüedad del escrito, la aprobación apostólica, la ortodoxia doctrinal, la concordancia con el resto de la Escritura, su carácter edificante y útil para la comunidad, que no fuera un escrito meramente circunstancial sino válido para todas las Iglesias, y que fuera legible y comprensible en público, sin fantasías imaginarias y sin sentido. Quien haya hojeado alguna vez un apócrifo sabe hasta qué punto ese último criterio elimina solo él a la mayoría.

Criterios internos. Son los decisivos. La Iglesia acepta como canónicos solo los libros inspirados, es decir, los que reciben la autoridad de Dios, y sus autores han de ser hombres proféticos e inspirados. El libro lo describe como un «criterio espiritual»: la experiencia que la Iglesia tiene del testimonio del Espíritu Santo al contacto con determinados escritos. La Iglesia reconoce sus obras «porque se encuentra en comunión perfecta con su autor».

Criterios eclesiales. El uso de la Iglesia, que es quien recibe, custodia y transmite los libros, y quien acaba pronunciándose.

¿Los escondió la Iglesia? La historia real

La leyenda dice que hubo una reunión en la que unos señores decidieron qué se quedaba dentro y qué se tiraba. La historia es menos novelesca y más interesante.

Quien forzó las cosas fue un hereje: Marción, muerto hacia el año 160. Marción sostuvo que el Dios del Antiguo Testamento era un dios vengativo distinto del Dios del amor del Nuevo, y en consecuencia se fabricó su propia Biblia: rechazó entero el Antiguo Testamento y se quedó solo con las cartas de san Pablo —menos las pastorales y Hebreos— y con el tercer evangelio. Al recortar, obligó a la Iglesia a decir en voz alta lo que ya vivía. A finales del siglo II el canon del Nuevo Testamento estaba prácticamente formado, con un consenso casi unánime.

Las primeras decisiones de una autoridad eclesiástica llegan con tres concilios plenarios africanos: Hipona (393) y los concilios III y IV de Cartago (397 y 419). Y la definición dogmática, la solemne, la da el Concilio de Trento, en el siglo XVI, cuando la discusión lo hizo necesario.

Conviene ver el orden: primero la Iglesia reconoce, durante siglos, qué libros son suyos; después lo define cuando alguien lo niega. Los concilios no inventaron el canon: lo certificaron.

Y en el lado judío ocurrió algo parecido y menos conocido. Hasta el año 70 no hubo en el judaísmo una opinión única sobre qué libros eran sagrados. Tras la destrucción del templo, con los fariseos hegemónicos, se sometieron los libros a examen con tres criterios: que fueran anteriores al último profeta, Malaquías; que estuvieran escritos en hebreo; y que concordaran con los principios de la secta farisea. A eso se añadieron dos motivos externos —la polémica con el cristianismo naciente y la lucha contra las sectas—, y el canon judío no se cerró hacia el año 90, como suele decirse, sino hacia el 140 o más tarde.

Entonces, ¿los apócrifos no sirven para nada?

Sí sirven, y el libro lo dice sin remilgos: tienen un cierto valor para el conocimiento del mundo bíblico. Los del Antiguo Testamento informan sobre las ideas religiosas y morales que circulaban entre los judíos del tiempo de Jesús; los del Nuevo, sobre las doctrinas y las sectas de los primeros siglos cristianos.

Es decir: son documentos históricos de primer orden para saber qué se pensaba alrededor. Lo que no son es palabra de Dios. Y esa distinción —documento interesante, texto inspirado— es exactamente la que se pierde cada vez que un documental anuncia «el evangelio que el Vaticano no quiere que leas».

De dónde sale esto

De la clase 5 de Introducción a la Sagrada Escritura. Fundamentos teológicos para una comprensión católica de la Biblia, del P. Gabriel Calvo Zarraute, con prólogo de Mn. Jaime Mercant Simó. Allí ocupa un tratado entero: nociones, criterios de canonicidad, historia de la formación del canon, decisiones de la Iglesia y literatura intertestamentaria.

Son 512 páginas en doce clases, con los cinco grandes documentos del Magisterio sobre la Escritura reproducidos íntegros al final. Está en preventa: 200 ejemplares a 25,00 € en lugar de 30,00 €, con envío previsto el 5 de octubre. La presentación completa, en este artículo.

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Preguntas frecuentes

¿Qué significa exactamente «apócrifo»?

Del griego apókryphos, «oculto» o «escondido». En teología católica designa los libros que, pareciéndose a los canónicos por título y contenido, nunca fueron reconocidos por la Iglesia universal como inspirados.

¿Son lo mismo los apócrifos y los deuterocanónicos?

No, y confundirlos es el error más extendido. Los deuterocanónicos son libros inspirados que están en la Biblia católica. La teología protestante los llama «apócrifos», y a los apócrifos propiamente dichos los llama «pseudoepígrafos».

¿Cuántos libros apócrifos hay?

No hay una lista cerrada, a diferencia del canon. Los del Antiguo Testamento pertenecen a la literatura intertestamentaria de los siglos II a.C. a I d.C.; los del Nuevo se agrupan en evangelios, Hechos, cartas y apocalipsis.

¿Quién decidió que los apócrifos quedaran fuera?

Nadie los sacó, porque nunca estuvieron dentro. La Iglesia fue reconociendo los libros inspirados por criterios externos, internos y eclesiales; lo certificaron los concilios de Hipona (393) y Cartago (397 y 419), y lo definió dogmáticamente el Concilio de Trento.

¿Es verdad que el canon judío se cerró en el año 90?

Es una afirmación muy repetida que los estudiosos descartan hoy. La clausura del canon judío se produjo hacia el año 140 o más tarde.

¿Se pueden leer los apócrifos?

Se pueden leer como lo que son: documentos históricos que informan sobre las ideas religiosas de su tiempo. Lo que no se puede es leerlos como palabra de Dios ni ponerlos al nivel de los libros inspirados.

Fuentes

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