La disputa del Santísimo Sacramento, fresco de Rafael, en penumbra: los santos en el cielo y la custodia sobre el altar. Encima, el titular «¿Son todas las religiones iguales?».

¿Son todas las religiones iguales? Por qué solo una puede ser verdadera

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No. Las religiones no son todas iguales, y no pueden serlo, por una razón que cualquiera entiende sin haber estudiado teología: se contradicen. Una dice que Jesucristo es Dios, otra que es un profeta, otra que fue un impostor. Las tres cosas no pueden ser verdad a la vez. Y si no pueden ser todas verdaderas, tampoco pueden ser todas buenas, porque la mentira no le hace bien a nadie.

Esa es, en resumen, la respuesta que da el P. A. Hillaire en La religión demostrada, el manual de apologética que escribió en 1900 y que tradujo al castellano Mons. Agustín Piaggio. Su planteamiento es sencillo y no tiene vuelta: si existe Dios y el hombre le debe algo, ese deber se llama religión; y si la religión es lo que Dios pide al hombre, no puede haber más que una verdadera, la que Dios mismo ha revelado. Vamos paso a paso, con sus propias palabras.

¿Qué es la religión y por qué la necesita el hombre?

Hillaire empieza por definir lo que se discute, que es lo primero que suele faltar en estas conversaciones. «La religión es el lazo que une al hombre con Dios. Este lazo se compone de deberes que el hombre debe llenar para con el Ser Supremo, su Creador, su Bienhechor y su Señor» (p. 96). Y lo resume en una línea: la religión es «el conjunto de deberes del hombre para con Dios».

De ahí se sigue todo lo demás. Si Dios nos ha creado, le pertenecemos, y le debemos algo. Hillaire lo compara con el lazo entre padres e hijos, pero va más allá: «El lazo que une al hombre con Dios es más fuerte que aquel que une al hijo con el padre», porque «Dios es nuestro creador y nuestro último fin, no así nuestros padres» (p. 96).

Visto así, la religión deja de ser un gusto personal, como quien prefiere el campo a la playa, y pasa a ser lo que es: una deuda de justicia. Y las deudas no se pagan a gusto del deudor, sino como las reclama el acreedor.

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La religión demostrada

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¿Se puede vivir sin religión si uno es buena persona?

Es la objeción más corriente, y Hillaire la trata entre los «pretextos alegados por los indiferentes» (p. 117). Al que dice «basta ser honrado», le responde: «Sí; basta para evitar el patíbulo, pero no para ir al cielo. Basta ante los hombres quizá; pero no basta ante Dios, Soberano Juez» (p. 125).

Y da la razón de fondo, que desarma el argumento entero. La honradez, dice, es ante todo la justicia, «que consiste en dar a cada uno lo suyo. Ahora bien, la religión no es otra cosa que la justicia para con Dios. Luego aquél que no practica la religión no es honrado, porque no es justo para con Dios» (pp. 125-126). El que no roba a su vecino pero no da a Dios lo que le debe no es tan honrado como cree: paga a todos menos al primero de sus acreedores.

A quien dice «¿Qué me importa la religión? Yo puedo pasar sin ella», Hillaire le pone delante la alternativa que no se puede esquivar: «Puedes pasar sin religión, como puedes pasar sin el cielo. Pero si no vas al cielo, tienes que ir al infierno. No hay término medio» (pp. 117-118).

¿Por qué no puede haber varias religiones verdaderas?

Esta es la pregunta central, y la respuesta del libro es tan clara que conviene citarla entera: «No; pues no puede haber sino una sola religión verdadera. Así como no hay más que un solo Dios, no hay más que una sola verdadera manera de honrarle; y esta religión obliga a todos los hombres que la conocen» (p. 127).

Hillaire da tres razones.

La primera, que Dios es la verdad. Una religión, para ser buena, tiene que agradar a Dios. «Pero como Dios es la verdad, y una religión falsa no podría agradarle, no puede aprobar una religión fundada sobre la mentira y el error» (p. 127).

La segunda, que los deberes son los mismos para todos. Los deberes del hombre para con Dios nacen de lo que es Dios y de lo que es el hombre. «Pero como la naturaleza de Dios es una, y la naturaleza humana es la misma en todos los hombres, es evidente que los deberes tienen que ser los mismos para todos. Por consiguiente, la verdadera religión es una y no puede ser múltiple. Las formas sensibles del culto pueden variar; la esencia del culto, no» (p. 127).

La tercera, que las religiones se contradicen. Toda religión tiene dogmas que creer, una moral que practicar y un culto que rendir. Si dos religiones enseñan lo mismo en las tres cosas, no son dos, son una. Y si se distinguen, es porque enseñan cosas distintas, y entonces no pueden ser igual de verdaderas. El ejemplo del libro es el más claro posible: ante la pregunta «¿Jesucristo es Dios?», el católico dice que sí, el protestante racionalista que puede ser, el judío que no y el musulmán que es un profeta como Mahoma. «Estos cuatro hombres no pueden tener razón a la vez; evidentemente uno solo dice la verdad» (p. 128).

Si todas hablan de Dios, ¿no son todas buenas?

La respuesta de Hillaire a la objeción «todas las religiones son buenas» es una comparación de andar por casa: «¿Acaso todas las monedas son buenas? ¿No hay que distinguir entre las verdaderas y las falsas? Pues lo mismo sucede con la religión. Pero como la moneda falsa supone la buena, así las falsas religiones suponen la verdadera» (p. 129).

Y saca la consecuencia que el indiferentismo nunca se atreve a decir en voz alta: si todas son buenas, «se puede ser católico en Roma, anglicano en Londres, protestante en Ginebra, musulmán en Constantinopla, idólatra en Pekín y budista en la India. ¿No es esto ridículo? ¿No es afirmar que el sí y el no son igualmente ciertos en el mismo caso?» (p. 129).

Por eso califica la tesis de tres maneras. Es un absurdo, porque dos cosas contradictorias no pueden ser verdaderas a la vez. Es una blasfemia contra Dios, porque supone que le da igual la verdad que el error, que acepta con la misma complacencia el homenaje y el insulto (p. 130). Y es un error funesto para el hombre, porque solo la religión verdadera lleva al cielo, y equivocarse de camino en esto no tiene vuelta atrás una vez llegado al término.

«Sirvo a Dios a mi manera»: ¿no basta con eso?

La respuesta es que no, y por la misma razón por la que un criado no puede decidir cómo sirve a su señor. «Tendrías razón, si Dios hubiera dicho: Cada cual podrá servirme como quiera…; pero no es así. Dios es el único que tiene derecho para decir cómo quiere ser honrado, lo mismo que el dueño tiene derecho para decir a su siervo la manera cómo se le ha de servir» (p. 126).

Y añade un argumento de experiencia que el lector de hoy puede comprobar mirando alrededor: «Si cada uno se arrogara el derecho de crearse una religión a su manera, nacerían millares de religiones, ridículas y contradictorias, como lo prueba la historia de los pueblos pagano[s] y de las sectas protestantes» (p. 127). Lo que pasó en cuanto se proclamó que cada uno interpretara la Biblia por su cuenta lo hemos contado en este blog: 270 sectas protestantes en menos de cien años.

¿Hay que seguir la religión de los padres?

Es otra forma de esquivar la pregunta, y el libro le da una respuesta que no ofende a nadie y no cede en nada: «Cada uno puede y debe seguir la religión de sus padres, si esta religión es verdadera; pero si es falsa, hay obligación de renunciar a ella, para abrazar la verdadera» (p. 130).

El respeto a los padres es grande, dice, pero tiene sus límites, «los límites de la verdad. Nadie está obligado a copiar los defectos de los padres» (p. 131). Y recuerda algo que la costumbre suele hacer olvidar: «La salvación es un asunto personal, individual, del que cada uno es responsable ante Dios» (p. 131).

De ahí sale una obligación concreta. El que vive tranquilamente en una religión falsa creyendo de buena fe que es la verdadera, dice Hillaire, queda excusado por su buena fe «mientras no tengan ninguna sospecha de estar en el error». Pero el que duda seriamente está «en la obligación rigurosa de aclarar sus dudas» (p. 131). Y lo cierra con una frase de Pascal: «No hay más de dos clases de hombres razonables: los que aman a Dios con todo su corazón, porque le conocen, y los que le buscan de todo corazón, porque no le conocen» (p. 132).

Entonces, ¿cuál es la religión verdadera?

Hillaire responde en dos tiempos. Primero, el criterio: «La verdadera religión es la que viene de Dios, la que Dios mismo nos ha revelado» (p. 132). Si solo Dios tiene derecho a decir cómo quiere ser honrado, la religión verdadera no puede ser un invento humano, por genial que sea su fundador. Por eso el libro llama a los fundadores de religiones humanas «aventureros o usurpadores de un poder esencialmente divino» (p. 132).

Segundo, cómo se reconoce. Dios no habla a cada hombre por separado, lo que daría tantas religiones como hombres, sino por medio de enviados, y a esos enviados se les puede exigir lo que a cualquier embajador: «sus credenciales, las señales evidentes que prueban su misión divina» (p. 151). Esas credenciales son el milagro y la profecía, y el resto del libro las examina una por una hasta llegar a sus dos conclusiones: que la religión cristiana es la única divina y que la Iglesia católica es su única depositaria.

No es una opinión de escuela. El Concilio Vaticano I enseñó que Dios ha querido revelarse y que, gracias a esa revelación, los hombres pueden conocer «prontamente, con certeza absoluta y sin mezcla de error» las verdades divinas (citado en el libro, p. 151). Pío XI, en la encíclica Mortalium animos (1928), condenó expresamente la opinión de quienes piensan que todas las religiones son «más o menos buenas y loables», y advirtió que quienes la sostienen no solo yerran, sino que se deslizan poco a poco hacia el naturalismo y el ateísmo. Y el Catecismo de la Iglesia Católica, en su n. 2104, recuerda que «todos los hombres [...] están obligados a buscar la verdad, sobre todo en lo que se refiere a Dios y a su Iglesia, y, una vez conocida, a abrazarla y practicarla».

Preguntas frecuentes

¿Son todas las religiones iguales?

No. Se contradicen en puntos esenciales: sobre quién es Jesucristo, sobre cómo se salva el hombre y sobre cómo hay que honrar a Dios. Dos afirmaciones contradictorias no pueden ser verdaderas a la vez, y una religión que enseña algo falso no puede agradar a Dios, que es la verdad.

¿No es intolerante decir que solo hay una religión verdadera?

No más que decir que dos y dos son cuatro. Afirmar la verdad no es despreciar a nadie, y la caridad con las personas no exige callar la verdad, sino decirla.

¿Basta con ser buena persona para salvarse?

Para el P. Hillaire, no: la honradez es dar a cada uno lo suyo, y lo primero que se debe es a Dios. «La religión no es otra cosa que la justicia para con Dios», escribe; quien no la practica no es del todo honrado, porque deja sin pagar la mayor de sus deudas.

¿Qué pasa con quien nació en otra religión?

Quien vive en ella creyendo de buena fe que es la verdadera queda excusado por su buena fe mientras no tenga ninguna sospecha de error, dice Hillaire. Pero si duda seriamente, está obligado a aclarar sus dudas y a buscar la verdadera, y si la encuentra, a abrazarla. El respeto a la religión de los padres tiene un límite: el de la verdad.

¿Cómo se sabe cuál es la religión verdadera?

Porque es la que viene de Dios, y Dios ha firmado su revelación con señales que nadie más puede dar: los milagros y las profecías. Son las credenciales de sus enviados, y se pueden examinar con la razón y con la historia, como hace el libro capítulo a capítulo.

¿Qué ha enseñado la Iglesia sobre el indiferentismo religioso?

Lo ha condenado siempre. Pío XI, en Mortalium animos (1928), rechazó la opinión de que todas las religiones son más o menos buenas y loables. El Catecismo (n. 2104) enseña que todos están obligados a buscar la verdad sobre Dios y su Iglesia y, una vez conocida, a abrazarla.

Dónde leer la demostración entera

Lo que aquí cabe en unos párrafos ocupa en «La religión demostrada» la tercera de sus cinco verdades: por qué el hombre necesita una religión, por qué solo una es buena, por qué tiene que ser revelada y cómo se reconoce esa revelación. El P. A. Hillaire lo expone con preguntas, respuestas y pruebas, y responde a cada objeción por su nombre. Está en papel por 30,00 €; el envío es gratis en España a partir de 30 € de compra. También en ebook por 9,99 €.

Fuentes

  • P. A. Hillaire, La religión demostrada. Los fundamentos de la fe católica ante la razón y la ciencia, versión castellana de Mons. Agustín Piaggio sobre la 16.ª edición francesa, Páginas Contrarrevolucionarias, 2026. Tercera verdad, pp. 95-152: definición de la religión (p. 96), pretextos de los indiferentes (pp. 117-127), «No hay más que una sola religión buena» (pp. 127-132) y «La verdadera religión es la religión revelada» (pp. 132-152).
  • Pío XI, encíclica Mortalium animos, 6 de enero de 1928: texto latino en vatican.va. Condena la opinión de quienes piensan que todas las religiones son «plus minus bonas ac laudabiles» (más o menos buenas y loables); la traducción es nuestra.
  • Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2104-2105, sobre el deber de buscar la verdad y de rendir a Dios un culto auténtico: texto español en vatican.va.
  • Concilio Vaticano I, constitución dogmática Dei Filius, 24 de abril de 1870, cap. 2, sobre la revelación: texto latino en vatican.va.

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Preparado con ayuda de herramientas de IA a partir de «La religión demostrada» y revisado por Marcos Vera Pérez.

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