El profeta Isaías pintado por Miguel Ángel en la bóveda de la Capilla Sixtina, con el titular «Las profecías cumplidas en Jesús» y la firma de Páginas Contrarrevolucionarias.

Las profecías del Antiguo Testamento que se cumplieron en Jesucristo

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Sí: el Antiguo Testamento anunció con siglos de antelación de qué familia nacería el Mesías, en qué época vendría, en qué ciudad nacería, de qué madre, qué haría y cómo moriría, y todas esas señales se cumplieron en una sola persona, Jesús de Nazaret. Ninguna de ellas, por separado, sería concluyente; juntas y cumplidas en el mismo hombre, no se explican por casualidad.

Así lo plantea el P. A. Hillaire en La religión demostrada. A la pregunta de si Jesucristo es el Mesías responde: «Sí; Jesucristo es verdaderamente el Mesías» (p. 256). Y concluye, después de repasar las profecías una por una, que «en Jesucristo, y solo en Él, se han realizado las notas distintivas del Mesías» (p. 263). Vamos a verlas por orden.

¿Por qué una profecía cumplida prueba algo?

Porque el futuro libre solo lo conoce Dios. Un astrónomo anuncia un eclipse porque depende de leyes fijas; nadie puede anunciar con siglos de antelación dónde nacerá un hombre o por cuánto dinero lo venderán, porque eso depende de decisiones que nadie ha tomado todavía. Hillaire lo resume así: «La profecía, como el milagro, es una obra divina. Supone participación de la ciencia de Dios, como el milagro supone participación de su poder» (p. 279).

Para que valga como prueba ha de reunir tres condiciones: hacerse antes de los hechos, referirse a cosas imposibles de prever y cumplirse de verdad (pp. 280-281). Las profecías mesiánicas cumplen las tres: están en libros que los judíos custodiaban siglos antes de Cristo, hablan de sucesos que nadie podía calcular y se cumplieron.

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¿De qué familia tenía que nacer el Mesías?

La promesa se va estrechando a lo largo de la historia sagrada: se hace a Adán y Eva después de la caída; luego a Abraham, en cuya descendencia serán bendecidas todas las naciones; después a Jacob, que señala a Judá, su cuarto hijo; y dentro de Judá, a la casa de David, a quien Dios promete un hijo cuyo reino no tendrá fin (p. 257).

De ahí saca Hillaire una consecuencia decisiva: «El Mesías, pues, debía ser, a la vez, Hijo de David e Hijo de Dios» (p. 257). Y cuando el arcángel Gabriel anuncia el nacimiento de Jesús emplea exactamente esos términos: «será llamado el Hijo del Altísimo, y Dios le dará el trono de David, su padre, y reinará en la casa de Jacob, para siempre, y su reino no tendrá fin» (Lc 1,32-33, en la traducción del libro, p. 261).

¿Cuándo tenía que venir el Mesías?

Esta es la parte que más compromete, porque pone fecha. Tres profecías, leídas juntas, encierran la venida del Mesías en un plazo que ya pasó.

La de Jacob. Al bendecir a Judá, el patriarca dice: «El cetro no saldrá de Judá, ni el jefe de su raza, hasta que haya venido Aquél que debe ser enviado, y que será la esperanza de todas las naciones» (Gn 49,10, en la versión del libro, p. 257). Cuando nace Jesucristo reina en Judea Herodes, que era idumeo y gobernaba por concesión de Roma; y en la Pasión los jefes del pueblo reconocen ante Pilato que han perdido el poder de dar muerte: «No nos es lícito dar muerte a nadie» (Jn 18,31).

La de Daniel. El ángel le anuncia que sobre su pueblo se han fijado setenta semanas «para que tenga fin el pecado, y se borre la iniquidad, y venga la justicia eterna», y para que «sea ungido el Santo de los santos»; que después el Ungido será muerto, y que el pueblo de un caudillo que ha de venir destruirá la ciudad y el santuario (Dn 9,24-26). Son semanas de años: cuatrocientos noventa (p. 258). Hillaire las cuenta desde el decreto para reedificar Jerusalén hasta la predicación y la muerte de Cristo (p. 259). Los cómputos exactos se han discutido mucho, pero hay un dato que no admite discusión: la profecía coloca la muerte del Ungido antes de la destrucción del templo, y el templo fue arrasado por las legiones de Tito el año 70.

Las de Ageo y Malaquías. A los judíos que, vueltos del destierro, levantan un templo mucho más pobre que el de Salomón, Ageo les dice en nombre de Dios: «llenaré de gloria esta casa», y «la gloria de esta casa postrera será mayor que la de la primera» (Ag 2,7-9). Malaquías añade que «vendrá a su templo el Señor a quien vosotros buscáis» (Ml 3,1). Ese segundo templo es el que conoció Jesucristo y el que desapareció el año 70. Si el Mesías tenía que entrar en él, tenía que venir mientras estuviera en pie.

¿Dónde y cómo tenía que nacer?

De una virgen. Isaías lo anuncia como una señal: «He aquí que una Virgen concebirá y dará a luz un hijo, que será llamado Emmanuel, es decir, Dios con nosotros» (Is 7,14, p. 260). San Mateo advierte que todo sucedió para que se cumpliera esa profecía (Mt 1,22-23).

En Belén. Miqueas escribe: «Pero tú, Belén Efrata, pequeña entre los millares de Judá, de ti me saldrá el que ha de ser señor en Israel» (Mi 5,1; en otras Biblias, 5,2). Era tan sabido que, cuando Herodes pregunta dónde había de nacer el Mesías, los escribas le contestan que en Belén de Judea y le citan a Miqueas (Mt 2,4-6).

Con los rasgos de un Dios. El niño de Isaías no es un hombre corriente: «Un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado; llevará sobre los hombros la señal de su principado; será llamado el Admirable, el Consejero, el Dios fuerte, el Padre del siglo futuro, el Príncipe de la Paz» (Is 9,5-6, p. 261). Un niño al que se llama «Dios fuerte» solo cuadra con quien es a la vez hombre y Dios.

¿Qué anunciaron los profetas sobre su vida y su muerte?

Sus milagros. Cuando Dios venga a salvar a su pueblo, dice Isaías, «los ojos de los ciegos serán abiertos, los sordos oirán, el cojo saltará como un ciervo, y la lengua de los mudos será desatada» (Is 35,4-6, p. 262).

Su entrada y su traición. Zacarías ve al rey de Sión llegar «justo y salvador, pobre y montado en un asno» (Za 9,9), y habla del precio en que fue tasado: treinta siclos de plata (Za 11,12-13). Treinta monedas de plata pagaron los sumos sacerdotes a Judas (Mt 26,15).

Su Pasión. El salmo 22 (21 en la Vulgata) describe a un hombre rodeado de enemigos, con las manos y los pies taladrados, que puede contar todos sus huesos y cuyas ropas se reparten y se sortean (Sal 22,17-19). E Isaías 53 dibuja al Siervo de Dios: «él fue herido por nuestras iniquidades, triturado por nuestros crímenes», y «como cordero llevado al matadero, como oveja que enmudece ante los esquiladores, no abrió la boca» (Is 53,5.7). Ese capítulo, como el salmo, «no tiene aplicación más que a Nuestro Señor Jesucristo» (p. 262).

Su resurrección. «Vos no permitiréis, Señor, que vuestro Santo esté sujeto a corrupción» (Sal 16,10, p. 262): es el versículo que san Pedro citó el día de Pentecostés para anunciar que Cristo había resucitado (Hch 2,27-31).

¿No pudo Jesús arreglárselas para cumplir las profecías?

Es la objeción racionalista de siempre, y Hillaire la deja contestada con un texto de Mons. Freppel: «no depende del poder de un hombre elegir el lugar de su nacimiento, nacer en Belén más bien que en Roma, nacer de la raza de Abraham, de la familia de David; aparecer en el tiempo señalado por Jacob, Daniel, Ageo; hacer milagros; resucitar después de muerto» (pp. 263-264).

Un impostor podría montar en un asno para entrar en Jerusalén. Lo que no puede es elegir a sus antepasados, el siglo en que nace o la ciudad donde lo da a luz su madre; ni fijar el precio de su traición, la forma de su muerte o el reparto de su ropa, ni salir del sepulcro. La conclusión del libro es la única razonable: «Sólo Dios ha podido disponer la marcha de los acontecimientos para llegar a este gran resultado» (p. 264).

¿Qué profetizó el propio Jesucristo, y se cumplió?

Su Pasión y su resurrección. Camino de Jerusalén dijo a los Doce: «Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes y a los escribas, y le condenarán a muerte. Y lo entregarán a los gentiles para que le escarnezcan y azoten y crucifiquen, pero al tercer día resucitará» (Mt 20,18-19, p. 279). Sus enemigos lo sabían tan bien que pidieron guardia para el sepulcro, porque «este seductor dijo, cuando vivía: Después de tres días resucitaré» (Mt 27,63, p. 280).

La ruina de Jerusalén. Llorando sobre la ciudad anunció: «Vendrán días sobre ti en los que tus enemigos te cercarán con baluarte, y te pondrán cerco, y de todas partes te estrecharán; y te derribarán por tierra, y no dejarán piedra sobre piedra» (Lc 19,43-44, p. 280). Se cumplió cuarenta años después. Flavio Josefo, testigo del asedio, cuenta que Tito no quería quemar el templo y que un soldado, sin esperar órdenes y «arrebatado por una especie de furor divino», arrojó dentro una tea encendida. Tres siglos más tarde, Juliano el Apóstata quiso reconstruirlo para desmentir a Cristo; el historiador pagano Amiano Marcelino, admirador suyo, cuenta que brotaron junto a los cimientos globos de fuego que quemaron a varios obreros y que la obra se abandonó.

La Iglesia. Anunció que las puertas del infierno no prevalecerían contra la Iglesia edificada sobre Pedro (Mt 16,18). Veinte siglos después sigue en pie. Y dio Él mismo la razón de sus predicciones, en palabras que el libro traduce así: «Os lo anuncio con anticipación… a fin de que, cuando las cosas sucedan, creáis que soy yo» (Jn 13,19, p. 283).

Preguntas frecuentes

¿Cuántas profecías del Antiguo Testamento se cumplieron en Jesús?

No hay una cifra oficial y las listas que circulan varían mucho. Lo decisivo es que se cumplieron las que fijan su linaje, su época, su lugar de nacimiento, su nacimiento virginal, sus milagros, su Pasión y su resurrección, y todas en una sola persona.

¿Qué es la profecía de las setenta semanas de Daniel?

El anuncio de Daniel 9,24-27: setenta semanas de años, cuatrocientos noventa, hasta la unción del Santo de los santos; después, el Ungido será muerto y la ciudad y el santuario serán destruidos. Como el templo cayó el año 70, el Mesías anunciado tenía que haber venido antes.

¿Dónde dice la Biblia que el Mesías nacería en Belén?

En Miqueas 5,1 (5,2 en algunas Biblias): «de ti me saldrá el que ha de ser señor en Israel». Los escribas se lo citaron a Herodes cuando les preguntó dónde había de nacer el Mesías (Mt 2,4-6).

¿El capítulo 53 de Isaías habla de Jesucristo?

Sí. Describe al Siervo de Dios herido por los pecados ajenos y llevado al matadero como un cordero. Con ese mismo pasaje, el diácono Felipe anunció a Jesús al eunuco etíope (Hch 8,32-35).

¿Pudo Jesús provocar el cumplimiento de las profecías?

Solo el de unas pocas, y ninguna de las decisivas. Nadie elige su linaje, el siglo en que nace, la ciudad donde lo da a luz su madre, el precio de su traición, la forma de su muerte ni su resurrección.

¿Qué profecías hizo el propio Jesucristo?

Su Pasión y su resurrección al tercer día, la traición de Judas, las negaciones de Pedro, la venida del Espíritu Santo, la destrucción de Jerusalén y del templo, y la perpetuidad de su Iglesia. La ruina de Jerusalén se cumplió el año 70.

Dónde leer la demostración entera

Las profecías son solo una parte de la cuarta verdad de La religión demostrada, el manual de apologética del P. A. Hillaire, donde van junto a los milagros de Cristo, su resurrección y la propagación del cristianismo, en preguntas y respuestas. Versión castellana de Mons. Agustín Piaggio, con Nihil obstat e Imprimatur. Está en papel por 30,00 €; el envío es gratis en España a partir de 30 € de compra. También en ebook por 9,99 €.

Fuentes

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Preparado con ayuda de herramientas de IA a partir de «La religión demostrada» y revisado por Marcos Vera Pérez.

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