Cristo curando al ciego, óleo de El Greco: Cristo toca los ojos del ciego arrodillado ante una multitud, bajo una columnata. Encima, el titular «¿Qué es un milagro?».

¿Qué es un milagro y cómo sabe la Iglesia que es verdadero?

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Un milagro es un hecho que se puede ver, que va contra las leyes ordinarias de la naturaleza y que solo puede producir Dios: un muerto que vuelve a la vida, un ciego de nacimiento que ve. No es lo mismo que una cosa rara o asombrosa. Y no es tampoco un asunto de fe ciega: el hecho se comprueba como cualquier otro hecho, con los sentidos o con testigos fiables, y su causa se deduce con la razón.

Así lo explica el P. A. Hillaire en La religión demostrada, que dedica al milagro un capítulo entero porque lo considera la primera de las dos credenciales que Dios da a sus enviados. Su comparación es difícil de olvidar: «la religión revelada debe llevar la firma de su autor», y «el sello de Dios, la firma de Dios, es el milagro y la profecía» (p. 152). Veamos qué es esa firma, si es posible, cómo se comprueba y qué prueba.

¿Qué es exactamente un milagro?

La definición del libro es esta: «El milagro es un hecho sensible, que suspende las leyes ordinarias de la naturaleza, supera su fuerza y no puede ser producido sino por una intervención especial de Dios, como la resurrección de un muerto, la curación de un ciego de nacimiento» (p. 153).

Hillaire avisa enseguida contra el uso flojo de la palabra. Hablamos de «los milagros del genio, de la elocuencia, de la ciencia», pero en ese sentido el término «es completamente impropio» (p. 153). Un descubrimiento brillante no es un milagro. Una casualidad afortunada tampoco. Para que haya milagro hacen falta tres condiciones a la vez:

  • Un hecho sensible, que se pueda ver o percibir. Si no se puede percibir, no sirve como prueba de nada.
  • Un hecho contrario a las leyes de la naturaleza. «El fuego quema; las aguas corren; los muertos no vuelven a la vida. Si el fuego deja de quemar, si el agua se detiene, si un muerto vuelve a la vida, hay suspensión de estas leyes y, por consiguiente, hay milagro» (p. 153).
  • Una intervención particular de Dios, «porque ningún ser creado, por poderoso que sea, puede cambiar nada en las leyes establecidas por el Criador» (p. 154).

Dios puede servirse de ángeles o de hombres para obrar un milagro, pero ellos no obran por su propio poder: son instrumentos. «Dios es siempre el agente principal, la causa eficiente del milagro» (p. 154).

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La religión demostrada

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¿Puede Dios hacer milagros?

La respuesta del libro es inmediata: «Sí; Dios puede hacer milagros, porque ha creado libremente el mundo y libremente ha establecido las leyes que lo rigen. Puede, por consiguiente, suspender esas leyes cuando así le plazca» (p. 154).

Negarlo, dice Hillaire, «equivale a negar la omnipotencia de Dios». Y lo ilustra con ejemplos que no necesitan comentario: «Dios ha creado el ojo del hombre y sus demás órganos, ¿y no podrá rehacer ese ojo, o cualquier otro órgano destruido?», «Un oculista sana una catarata; ¿Dios no podrá hacer otro tanto, sin tomar un bisturí [...]?» (p. 155). Incluso cita a Rousseau, que no era precisamente un apologista: si alguien imaginara negar a Dios el poder de hacer milagros, escribió, «se le honraría demasiado castigándole; bastaría encerrarle en una casa de locos» (p. 155).

El autor no se engaña sobre por qué hay quien se niega a admitirlo. Los racionalistas, escribe, repiten que el milagro es imposible, pero no dan razones, porque admitido el milagro «tendrían que rendirse y creer en la existencia de Dios, en una religión revelada, en todo el orden sobrenatural» (p. 155).

¿Un milagro no rompe las leyes de la naturaleza?

Es la objeción científica clásica: Dios ha hecho leyes invariables y no puede contradecirse. Hillaire la responde en dos tiempos.

Primero, las leyes físicas no son necesarias por sí mismas. Las matemáticas y las morales sí son inmutables, porque se fundan en la esencia de Dios; pero las físicas «no lo son, porque Dios las ha establecido libremente, ya que podía haber creado otro orden de cosas» (p. 156). Quien las puso puede suspenderlas.

Segundo, el milagro no destruye la ley: la suspende en un caso concreto. «Si el director de un colegio concede un día de asueto, ¿queda acaso por ello abolido el reglamento? Si un soberano, por buenas razones, indulta a un condenado, ¿detiene, por ventura, con eso el curso regular de la justicia?» (p. 156). Que un paralítico camine no impide que los demás hombres sigan enfermando y muriendo. La excepción confirma la regla.

¿Y no supondría eso que Dios cambia de opinión? Tampoco. El milagro no es una corrección de última hora: «por un mismo acto de voluntad eterna, Dios decreta las leyes y las excepciones a estas leyes que quiere producir en el curso de los siglos». De modo que, «obrando milagros, Dios no cambia sus decretos, sino que los cumple» (p. 157).

¿Cómo se sabe que un milagro es verdadero?

Aquí está el centro de la cuestión, y el libro distingue con cuidado dos cosas que hay que comprobar: el hecho y su causa.

El hecho se comprueba como cualquier otro: «si es un hecho presente, por el testimonio de los sentidos; si es un hecho pasado, por el testimonio de la historia» (p. 157). Si un ciego reconocido como incurable por los médicos recobra de repente la vista, no hace falta una academia para saber que antes no veía y ahora ve: «basta el simple buen sentido» (p. 158). Y si uno no estuvo presente, puede estar tan seguro de un milagro atestiguado por testigos dignos de fe como lo está de la batalla de Waterloo.

La causa se deduce también. Si un hombre dice a un muerto «¡levántate!» y el muerto se levanta, es evidente que la palabra humana no tiene ese poder; luego actuó un poder superior, y para resucitar a un muerto se necesita un poder infinito. «No es menester una comisión de sabios para comprobarlo: basta tener ojos y una pequeña dosis de buen sentido» (p. 158).

Pero Hillaire añade una cautela que dice mucho de su honradez intelectual: «Si hay casos en que las leyes de la naturaleza no aparecen evidentemente violadas, o si se duda de que el hecho supere todas las fuerzas creadas, entonces la prudencia nos obliga a suspender todo juicio» (p. 158). No todo lo extraordinario es milagro, y la Iglesia es la primera en no darlo por tal sin pruebas.

Esa prudencia es la que aplica la Iglesia en los procesos de canonización, donde, como recuerda el libro, no se eleva a nadie a los altares «sin haber antes comprobado varios milagros obrados por su intercesión» (p. 269). Y es la que se ve en Lourdes, que el propio Hillaire cita entre las maravillas de su tiempo (p. 427): según el santuario, de las más de 7.000 curaciones declaradas allí, la Iglesia ha reconocido como milagrosas 72.

¿No hará la ciencia algún día lo mismo que los milagros?

El incrédulo de 1900 decía que nuestros abuelos tomarían por milagros el telégrafo y el teléfono. El de hoy dirá lo mismo de un trasplante. Hillaire responde con dos rasgos que distinguen siempre el milagro de cualquier invento, presente o futuro.

El primero: la ciencia necesita siempre un intermediario entre la causa y el efecto, como el vapor en la máquina o el hilo en el telégrafo, y su trabajo consiste en descubrirlo. En el milagro no lo hay: Jesús llama a Lázaro, muerto de cuatro días, y Lázaro sale del sepulcro. «¿Dónde está el intermediario?» (p. 160). El segundo: el fenómeno científico se repite cuantas veces se quiera, porque basta poner la causa; el milagro no se repite a voluntad, y «nadie intentará resucitar a un muerto con la palabra» (p. 160).

Tampoco la sugestión lo explica. El libro admite que puede calmar e incluso curar enfermedades nerviosas, pero no puede «devolver la vista a los ciegos de nacimiento, el oído a los sordomudos, curar llagas y úlceras», porque «la imaginación y la voluntad son impotentes para renovar los órganos destruidos» (pp. 159-160, citando al P. Lodiel).

¿Qué prueba un milagro?

Prueba, ante todo, que Dios existe, porque un hecho divino supone una causa divina. Pero prueba algo más: la verdad de la doctrina en cuyo favor se obra. «Un solo milagro perfectamente comprobado demuestra la divinidad de una religión, porque Dios no puede aprobar el error, ni favorecerlo mediante milagros: de lo contrario, engañaría a los hombres atestiguando una falsa doctrina» (p. 161).

Es la lógica del embajador. Un rey que envía un embajador le da una credencial con su sello; Dios, cuando envía a los suyos, les da «la credencial más cierta, la más segura, la más auténtica: el milagro» (p. 162). Y el libro trae, para el lector que pide pruebas «científicas», el ejemplo del ciego de nacimiento del capítulo 9 de san Juan: un milagro comprobado en un proceso formal por jueces que eran enemigos de Cristo, que llamaron a los padres del ciego para asegurarse de que había nacido ciego y que no pudieron negar el hecho (pp. 269-271).

¿Qué ha definido la Iglesia sobre los milagros?

Lo definió el Concilio Vaticano I en la constitución Dei Filius, de 1870, que el libro reproduce. Enseña que, para que nuestra fe fuese conforme a la razón, Dios quiso añadir a los auxilios interiores del Espíritu Santo «pruebas exteriores de su revelación, es decir, hechos divinos, y particularmente los milagros y las profecías», que son «señales muy ciertas de la revelación divina y apropiadas a la inteligencia de todos» (p. 166).

Y lo blindó con un canon: «Si alguien dijere que no hay milagros posibles, y que, por consiguiente, todas las narraciones de milagros, aun los de la Sagrada Escritura, deben ser rechazadas como fábulas y mitos; o bien que los milagros nunca pueden ser conocidos con certeza y que no constituyen una prueba verdadera del origen divino de la religión cristiana, sea anatema» (p. 167). El Catecismo de la Iglesia Católica recoge la misma enseñanza en su n. 156: los milagros de Cristo y de los santos, las profecías y la propagación y santidad de la Iglesia son motivos de credibilidad que muestran que la fe no es «un movimiento ciego del espíritu».

Preguntas frecuentes

¿Qué es un milagro según la Iglesia?

Un hecho sensible que suspende las leyes ordinarias de la naturaleza, supera sus fuerzas y solo puede producirlo Dios, como la resurrección de un muerto o la curación de un ciego de nacimiento. Lo raro, lo asombroso o lo inexplicado no basta para llamarlo milagro.

¿Son posibles los milagros?

Sí. Dios creó el mundo libremente y libremente puso sus leyes; quien las estableció puede suspenderlas en un caso concreto. Negarlo es negar la omnipotencia de Dios. El Concilio Vaticano I condenó a quien diga que no hay milagros posibles.

¿Cómo comprueba la Iglesia que un milagro es verdadero?

Comprobando dos cosas: el hecho, con testigos y pruebas como cualquier otro hecho, y su causa, viendo si supera todas las fuerzas de la naturaleza. Si queda duda, no se declara milagro. Por eso, de las más de 7.000 curaciones declaradas en Lourdes, la Iglesia solo ha reconocido 72.

¿Un milagro va contra la ciencia?

No. La ciencia estudia el curso ordinario de la naturaleza, y el milagro lo supone: precisamente porque sabemos que un muerto no resucita, la resurrección de un muerto es un milagro. Además, la ciencia actúa siempre por un intermediario y se repite a voluntad; el milagro, no.

¿Puede el demonio hacer milagros?

No milagros en sentido propio, que solo Dios puede obrar. Hillaire explica que ángeles y demonios tienen gran poder y pueden producir prodigios, pero solo con permiso de Dios, y que los teólogos dan reglas para distinguir esos prodigios de los verdaderos milagros.

¿Qué prueba un milagro?

Que Dios existe y que la doctrina en cuyo favor se obra viene de Él, porque Dios no puede poner su sello a una mentira. Es la credencial que da a sus enviados, y por eso Cristo y los apóstoles confirmaron su predicación con milagros.

Dónde leer la demostración entera

El capítulo del milagro es una pieza de una cadena: en «La religión demostrada», el P. A. Hillaire lo aplica después a los milagros de Cristo, a su resurrección y a la vida de la Iglesia, hasta llegar a sus conclusiones. Todo con preguntas, respuestas y pruebas, y con las objeciones respondidas una por una. Está en papel por 30,00 €; el envío es gratis en España a partir de 30 € de compra. También en ebook por 9,99 €.

Fuentes

  • P. A. Hillaire, La religión demostrada. Los fundamentos de la fe católica ante la razón y la ciencia, versión castellana de Mons. Agustín Piaggio sobre la 16.ª edición francesa, Páginas Contrarrevolucionarias, 2026: «Primera señal de la revelación: el milagro» (pp. 152-162), decretos del Vaticano I (pp. 166-167), el ciego de nacimiento (pp. 269-271) y Lourdes (p. 427).
  • Concilio Vaticano I, constitución dogmática Dei Filius, 24 de abril de 1870, cap. 3 y canon 4 «De fide»: texto latino en vatican.va.
  • Catecismo de la Iglesia Católica, n. 156, sobre los milagros como motivos de credibilidad: texto español en vatican.va.
  • Santuario de Nuestra Señora de Lourdes, «Miraculous healings»: más de 7.000 curaciones declaradas y 72 reconocidas como milagrosas por la Iglesia.
  • Evangelio según san Juan, capítulo 9, la curación del ciego de nacimiento.

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Preparado con ayuda de herramientas de IA a partir de «La religión demostrada» y revisado por Marcos Vera Pérez.

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