Portada con una Biblia antigua abierta y el titular «¿Quiénes son los testigos de Jehová y de dónde vienen?», con el sello de Páginas Contrarrevolucionarias.

¿Quiénes son los testigos de Jehová y de dónde vienen?

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Los testigos de Jehová son un movimiento religioso nacido en los Estados Unidos a finales del siglo XIX, en torno a un predicador de Pensilvania, Charles Taze Russell, y a la revista que empezó a publicar en 1879. De aquel grupo de estudiantes de la Biblia salió una organización, la Watch Tower Bible and Tract Society, que adoptó el nombre actual de «testigos de Jehová» en 1931, bajo el segundo de sus presidentes.

No son una Iglesia cristiana antigua ni una rama de la Reforma del siglo XVI: son una confesión reciente, con doctrinas propias que se apartan en puntos capitales de lo que han creído los cristianos desde el principio. Vale la pena conocer de dónde vienen y en qué se distinguen, con datos comprobados y sin caricaturas, porque entender su historia ayuda a entender sus enseñanzas. Y conviene decirlo desde el principio: lo que sigue es una crítica de la doctrina, de la organización y de su historia, nunca de las personas, muchas de ellas de buena fe.

¿Quién fue Charles Taze Russell?

Charles Taze Russell nació el 16 de febrero de 1852 cerca de Pittsburgh, en Pensilvania, y murió el 31 de octubre de 1916. Criado en un ambiente presbiteriano, de joven entró en crisis con la fe de sus padres, sobre todo con la doctrina del infierno. Según cuenta la propia historia del movimiento, lo sacó de esa crisis un encuentro casual con predicadores del adventismo, la corriente surgida en los Estados Unidos del movimiento de William Miller, que había anunciado el fin del mundo para 1843 y 1844.

De aquel ambiente adventista, obsesionado con calcular la fecha del fin, tomó Russell su ocupación principal: escrutar las cifras de la Biblia —los días de Daniel, los «tiempos» del Apocalipsis— para fijar el año del regreso de Cristo. Colaboró con el adventista N. H. Barbour, de Rochester, y juntos publicaron en 1877 un libro, Los tres mundos, en el que anunciaban que Cristo había vuelto de manera invisible en 1874 y que el fin del orden presente llegaría en 1914. Pronto rompió con Barbour, pero se quedó con el método y con las fechas.

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¿Cómo nació la Watch Tower y el nombre «testigos de Jehová»?

En julio de 1879, Russell empezó a publicar por su cuenta una revista, La Atalaya de Sion y Heraldo de la Presencia de Cristo, que con el tiempo se conocería simplemente como La Atalaya. En torno a ella fue reuniendo grupos de «estudiantes de la Biblia». Para editar y difundir sus escritos fundó en 1881 una sociedad, la Zion's Watch Tower Tract Society, que quedó legalmente constituida en Pensilvania en 1884 y que después pasaría a llamarse Watch Tower Bible and Tract Society. Esa sociedad editorial es el armazón jurídico y organizativo del movimiento hasta hoy.

A la muerte de Russell, en 1916, le sucedió al frente de la sociedad Joseph Franklin Rutherford, abogado conocido como «el Juez», que presidió la organización desde 1917 hasta su muerte en 1942. Rutherford la reorganizó a fondo, le dio una estructura centralizada y, en 1931, en una convención celebrada en Columbus (Ohio), le puso el nombre con que hoy se la conoce: «testigos de Jehová», tomado de un versículo de Isaías —«vosotros sois mis testigos» (Isaías 43,10)— en su propia versión. Hasta entonces se llamaban «estudiantes de la Biblia»; de hecho, algunos grupos que no aceptaron las novedades de Rutherford conservaron el nombre antiguo y siguen existiendo aparte.

¿Por qué se habla de fechas anunciadas y fallidas?

Porque el cálculo del fin ha estado en el centro del movimiento desde su origen, y las fechas señaladas fueron pasando sin que ocurriera lo anunciado. Russell había fijado 1914 como el año del derrocamiento del orden presente; cuando llegó y el mundo siguió su curso, la expectativa no se abandonó, sino que se reinterpretó: se dijo que en 1914 había empezado, de modo invisible, el reinado de Cristo en el cielo. Antes se habían señalado 1874 y 1878; después vinieron otras.

Rutherford anunció que 1925 vería el regreso de los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob; lo escribió en un libro de 1920 cuyo título prometía que «millones de los que ahora viven no morirán jamás». No se cumplió. Décadas más tarde, varias publicaciones de la organización alimentaron la expectativa de que el fin podía llegar en 1975; tampoco. Esta cadena de fechas, y en especial la de 1914 —que sigue siendo clave en su doctrina—, la tratamos aparte, con las fuentes a la vista, en el artículo «¿Qué pasó en 1914 según los testigos de Jehová?».

¿En qué se apartan de la fe cristiana?

En varios puntos que no son secundarios, sino centrales. El primero es la Trinidad: los testigos de Jehová la niegan, y con ella la divinidad de Jesucristo, al que tienen por una criatura, la primera y más excelsa, pero criatura al fin. Para la fe cristiana, en cambio, hay un solo Dios en tres personas, y el Hijo es «Dios de Dios», consustancial al Padre. De ahí se derivan otras diferencias de fondo que hemos ido tratando una por una:

  • Niegan que el alma sea inmortal: sostienen que el hombre deja de existir por completo al morir.
  • Niegan la existencia del infierno como pena eterna; enseñan que los malos son simplemente aniquilados.
  • Rechazan la cruz: afirman que Cristo murió en un simple madero vertical y evitan su imagen.
  • Enseñan que solo 144.000 personas irán al cielo a reinar con Cristo, mientras el resto de los salvados viviría para siempre en una tierra paradisíaca.
  • Usan el nombre «Jehová» como el único legítimo de Dios, cuestión que tratamos en «¿Es Jehová el nombre de Dios?».

Entre sus doctrinas figura también el rechazo de las transfusiones de sangre, que es una de sus enseñanzas distintivas. Cada una de estas negaciones descansa en el mismo modo de leer la Biblia, al que llegamos enseguida.

¿De dónde les viene esa manera de leer la Biblia?

Del mismo principio que puso en marcha la Reforma del siglo XVI: la idea de que cada cual, con la Biblia en la mano, puede fijar por sí solo lo que la Escritura enseña, al margen de la Iglesia que la recibió, la custodió y la declaró inspirada. Russell no fue un exégeta formado en las lenguas antiguas ni en la tradición de la Iglesia; fue un laico piadoso y autodidacta que, convencido de haber redescubierto el sentido verdadero de la Biblia, construyó un sistema entero a partir de sus propios cálculos.

El resultado es coherente con su punto de partida. Cuando un versículo estorbaba a la doctrina, se reinterpretaba; cuando una fecha fallaba, se recalculaba. La organización ha publicado además su propia versión de la Biblia, la Traducción del Nuevo Mundo, que en varios pasajes clave vierte el texto de manera que favorece sus tesis, como vimos a propósito del nombre divino. No es un caso aislado en la historia: es lo que ocurre cada vez que alguien se queda a solas con la Escritura y se erige en juez último de su sentido.

¿Cómo responde a esto la Iglesia católica?

No con una objeción suelta para cada doctrina suya, sino con un modo entero de leer la Biblia. La Iglesia sostiene que la Escritura no es un libro que cada generación empiece a interpretar desde cero, sino la Palabra de Dios confiada a una comunidad viva —la Iglesia— que la recibió de los apóstoles, fijó su canon, la leyó en voz alta durante veinte siglos y la entendió con ayuda de la Tradición y del magisterio. Leída así, la Biblia enseña la Trinidad, la divinidad de Cristo, la inmortalidad del alma y la resurrección de la carne: todo lo que el movimiento de Russell tuvo que negar para sostener su sistema.

Por eso, frente a quien llama a la puerta con un folleto y un versículo, la mejor respuesta no es discutir cada cita por separado —se contesta una y aparecen diez—, sino ir al fondo: con qué autoridad se lee la Biblia. Ahí está la diferencia, y ahí conviene llevar la conversación, siempre con caridad en el modo y firmeza en el fondo, porque el que toca el timbre suele ser alguien sincero al que han enseñado mal.

Preguntas frecuentes

¿Quién fundó a los testigos de Jehová?

El movimiento nació en torno a Charles Taze Russell (1852-1916), un predicador de Pensilvania que empezó a publicar la revista La Atalaya en 1879 y fundó en 1881 la sociedad editorial que después se llamaría Watch Tower Bible and Tract Society. El nombre «testigos de Jehová» lo adoptó en 1931 su sucesor, Joseph Franklin Rutherford.

¿Son una Iglesia cristiana antigua?

No. Son una confesión reciente, nacida a finales del siglo XIX en los Estados Unidos, con raíces en el adventismo norteamericano. No es una Iglesia de la Antigüedad ni una rama de la Reforma del siglo XVI, sino un movimiento propio con doctrinas que se apartan de lo que han creído los cristianos desde el principio.

¿Por qué se habla de fechas fallidas?

Porque el cálculo del fin del mundo ha estado en el centro del movimiento desde su origen, y las fechas señaladas —1874, 1914, 1925, 1975— pasaron sin cumplirse lo anunciado. La de 1914 se reinterpretó como el inicio invisible del reinado de Cristo; las demás se dejaron atrás. Lo tratamos con detalle en el artículo sobre 1914.

¿En qué se diferencian de los católicos?

Niegan la Trinidad y la divinidad de Jesucristo, la inmortalidad del alma, el infierno como pena eterna y la cruz; enseñan que solo 144.000 irán al cielo; y usan su propia versión de la Biblia. Entre sus doctrinas distintivas está también el rechazo de las transfusiones de sangre.

¿Por qué llaman tanto a las puertas?

Porque entienden la predicación de casa en casa como un deber central de su fe y como señal de pertenencia a la organización. Quien llama suele ser una persona sincera y convencida; por eso la respuesta católica ha de unir la firmeza en la doctrina con la caridad en el trato.

¿Cómo conviene responderles?

No discutiendo cada versículo por separado, sino yendo al fondo: con qué autoridad se lee la Biblia. La Escritura fue confiada a la Iglesia, que fijó su canon y la ha interpretado durante veinte siglos. Sin ese criterio, se contesta una objeción y surgen diez; con él, se ve por qué la Biblia enseña lo que la Iglesia cree.

El método, no solo la respuesta

Conocer la historia de los testigos de Jehová explica muchas de sus enseñanzas, pero no basta para responderlas. Todas descansan en un mismo modo de leer la Biblia por cuenta propia, y contra eso no sirve una lista de datos: hace falta saber cómo se lee la Escritura como la lee la Iglesia, que la recibió, la custodió y la declaró inspirada.

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Preparado con ayuda de herramientas de IA a partir de las fuentes que se citan, y publicado bajo la responsabilidad de Marcos Vera Pérez.

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