Sacerdote y acólito arrodillados en el escalón inferior del altar antes de comenzar la Misa tradicional

Las oraciones al pie del altar: qué se reza y por qué

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Es lo primero que se oye en una Misa tradicional y lo que más desconcierta al recién llegado: el sacerdote llega al altar y no sube. Se queda abajo, en el suelo, y empieza a rezar en voz alta con el acólito un diálogo largo que dura varios minutos. Son las oraciones al pie del altar, y no son un preámbulo de relleno: son la puerta por la que se entra en el sacrificio.

Qué se reza, por orden

El sacerdote se signa y dice Introíbo ad altáre Dei: «Me acercaré al altar de Dios». El acólito responde Ad Deum qui lætíficat iuventútem meam: «A Dios, que alegra mi juventud».

A partir de ahí van tres piezas encadenadas.

1. El salmo 42, Judica me, Deus. Rezado alternando entre el sacerdote y el acólito. Es el salmo del desterrado que pide a Dios que lo defienda y lo devuelva a su monte santo y a su tabernáculo. Su verso central —«envía tu luz y tu verdad: ellas me guiarán y me conducirán a tu monte santo»— describe exactamente lo que va a pasar en los siguientes cincuenta minutos.

2. El Confíteor, dos veces. Primero lo dice el sacerdote, inclinado profundamente, y el acólito le responde pidiendo a Dios que le perdone. Después lo dice el acólito en nombre de todo el pueblo, y el sacerdote responde con la misma fórmula sobre él. No es una repetición por descuido: son dos confesiones distintas, la del que va a ofrecer y la de aquellos por quienes ofrece. Su sitio dentro de la celebración se ve en las partes de la Misa tradicional, una por una.

3. Los versículos y el Aufer a nobis. Unas breves invocaciones —Deus, tu convérsus vivificábis nos— y, ya subiendo los escalones, la oración Aufer a nobis: «Aparta de nosotros, te rogamos, Señor, nuestras iniquidades, para que merezcamos entrar con alma pura en el Santo de los santos». Y al besar el altar, el Orámus te, Dómine, que invoca a los santos cuyas reliquias están dentro de la piedra de ara.

Por qué el sacerdote no sube todavía

Porque el altar no es un mueble. Es el lugar del sacrificio, y la liturgia romana lo trata como el Templo trataba al Sanctasanctórum: no se entra sin más. El sacerdote se detiene en el escalón, se reconoce pecador delante del pueblo, pide perdón, y solo entonces sube y besa la piedra.

Hay una enseñanza entera en ese gesto, y se dirige tanto al sacerdote como al que está en el banco: nadie se acerca a Dios por derecho propio. La Misa tradicional no empieza con un saludo, empieza con una confesión.

De dónde vienen

No son antiquísimas como el Canon. En los primeros siglos, el sacerdote rezaba estas oraciones de preparación en la sacristía o mientras se dirigía al altar, en privado. Con el tiempo se trasladaron al pie del altar y se fijaron. San Pío V las incorporó al misal en 1570, y desde entonces se rezan así.

Que sean relativamente recientes no las hace menores. Recogen una práctica mucho más antigua, la de la preparación penitencial del celebrante, y le dan forma pública.

Cuándo no se rezan enteras

Hay dos excepciones que conviene conocer, porque desconciertan si no se esperan.

En tiempo de Pasión —desde el domingo de Pasión hasta el Sábado Santo— se omite el salmo Judica me. La razón es que en esos días la liturgia suprime los cantos de alegría; se pasa directamente del Adiutórium nostrum al Confíteor.

En las misas de difuntos se omite igualmente el salmo, por el mismo motivo de sobriedad penitencial.

Así que si un día ves que el sacerdote acorta el principio, no es que se haya saltado nada: es el calendario.

Qué hace el fiel mientras tanto

Lo más provechoso es rezarlas con el acólito. Esa es toda la lógica de la segunda recitación del Confíteor: el monaguillo habla en tu nombre, y lo natural es acompañarlo, aunque sea en silencio, golpeándote el pecho en el mea culpa.

Y es el momento de hacer lo que todos los maestros de vida espiritual aconsejan al empezar la Misa: poner una intención. Por quién ofreces tú esta Misa hoy.

El texto completo de estas oraciones, en latín y en castellano enfrentados, con las rúbricas en rojo que indican cuándo se inclina el sacerdote y cuándo se golpea el pecho, está en nuestro Ordinario sencillo de la Santa Misa. Y si quieres ver dónde encaja esto en el conjunto, lo tienes en las partes de la Misa tradicional, una por una y en cómo seguir la Misa tradicional en latín, paso a paso.

El salmo 42, verso a verso

Merece la pena detenerse en él, porque no está ahí por casualidad: describe con exactitud lo que va a ocurrir a continuación.

«Júzgame, oh Dios, y defiende mi causa de la gente no santa». Empieza pidiendo juicio, no misericordia. El que va a subir al altar se pone primero delante del tribunal.

«Envía tu luz y tu verdad: ellas me guiarán y me conducirán a tu monte santo y a tus tabernáculos». Éste es el verso central. El monte santo es el altar; los tabernáculos, el santuario. El sacerdote está diciendo en voz alta que no llega por su pie, sino conducido.

«Y me acercaré al altar de Dios, al Dios que alegra mi juventud». Es la repetición del versículo con que ha empezado todo, ahora dentro del salmo. La liturgia romana trabaja así: anuncia, desarrolla y recoge.

«¿Por qué estás triste, alma mía, y por qué me turbas?». El salmo termina en un diálogo del hombre consigo mismo. No es un texto triunfal: es el de alguien que se anima a sí mismo a esperar en Dios.

Puesto todo junto, el salmo 42 es la biografía espiritual del que va a celebrar: se sabe indigno, pide ser juzgado, pide ser conducido, y se acerca.

Por qué el altar tiene reliquias dentro

Al final de estas oraciones, el sacerdote besa el altar y dice el Orámus te, Dómine, pidiendo por los méritos de los santos «cuyas reliquias están aquí». No es una fórmula poética: hay reliquias de verdad, selladas dentro de la piedra de ara.

La costumbre viene de los primeros siglos, cuando la Eucaristía se celebraba sobre los sepulcros de los mártires, en las catacumbas. Cuando la Iglesia salió a la superficie y construyó basílicas, no quiso perder aquello: trasladó los cuerpos bajo los altares y, donde no había cuerpo, se selló una reliquia en la piedra.

De ahí viene la imagen del Apocalipsis que la liturgia tiene detrás: «vi debajo del altar las almas de los que fueron degollados por la palabra de Dios» (Ap 6, 9). Cada altar es ese altar.

Por eso el sacerdote lo besa, y por eso lo besa varias veces a lo largo de la Misa. No saluda a un mueble: saluda a Cristo y a los mártires que están debajo.

Lo que estas oraciones enseñan al que mira

Hay una lección que no es litúrgica sino práctica, y es la razón por la que conviene no llegar tarde.

La Misa tradicional empieza con un hombre que se declara pecador delante de todos, en voz alta, golpeándose el pecho tres veces. Y ese hombre es el que va a consagrar.

El fiel que asiste a eso aprende dos cosas a la vez. La primera, que el sacerdote no está ahí por ser mejor: está ahí por haber sido llamado, y lo primero que hace es reconocerlo. La segunda, que a Dios se llega por la puerta de la humildad o no se llega. Toda la teología del sacerdocio cabe en ese gesto de quedarse abajo, en el escalón, hasta haber pedido perdón.

Preguntas frecuentes

¿Qué salmo se reza al pie del altar?

El salmo 42, Judica me, Deus, alternado entre el sacerdote y el acólito. Es el salmo del desterrado que pide a Dios que lo conduzca a su monte santo.

¿Por qué se reza el Confíteor dos veces?

Porque son dos confesiones distintas: la del sacerdote, que va a ofrecer, y la del acólito en nombre del pueblo, por quien se ofrece.

¿Cuándo se omite el salmo?

En tiempo de Pasión —del domingo de Pasión al Sábado Santo— y en las misas de difuntos. No es que el sacerdote se salte nada: es el calendario.

¿Tengo que rezarlas yo también?

Lo más provechoso es acompañar al acólito, aunque sea en silencio, y golpearse el pecho en el mea culpa. Es también el momento de poner la intención por la que ofreces la Misa.

¿Desde cuándo se rezan así?

San Pío V las incorporó al misal en 1570. Antes el sacerdote las rezaba en privado, en la sacristía o de camino al altar.

¿Por qué el sacerdote besa el altar?

Porque dentro de la piedra de ara hay reliquias de santos, selladas. La costumbre viene de los primeros siglos, cuando la Eucaristía se celebraba sobre los sepulcros de los mártires en las catacumbas. Al besarlo, el sacerdote saluda a Cristo y a los mártires que están debajo.

¿Qué dice el salmo 42 y por qué se reza ahí?

Es el salmo del desterrado que pide a Dios ser juzgado y conducido: «envía tu luz y tu verdad: ellas me guiarán y me conducirán a tu monte santo y a tus tabernáculos». El monte santo es el altar y los tabernáculos el santuario. El sacerdote dice en voz alta que no llega por su pie, sino conducido.

¿Qué enseñan estas oraciones al fiel?

Que el sacerdote no está en el altar por ser mejor, sino por haber sido llamado, y que lo primero que hace es reconocerse pecador delante de todos. Y que a Dios se llega por la puerta de la humildad o no se llega. Por eso conviene no llegar tarde: en ese gesto de quedarse abajo cabe toda la teología del sacerdocio.

Fuentes

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