Por qué se quemó la Biblia de Tyndale, y no fue por estar en inglés
Por Marcos Vera PérezLa escena está grabada en la memoria protestante como una estampa: un hombre bueno traduce la Biblia al inglés, Roma se entera, y el libro arde en la cruz de San Pablo mientras el traductor huye. Moraleja: Roma no soportaba que el pueblo leyera la palabra de Dios en su lengua.
La estampa se sostiene sobre una omisión: nadie pregunta nunca qué llevaba dentro aquel libro. Y la respuesta es incómoda: no se condenó una traducción por ser inglesa, sino una edición concreta por lo que llevaba impreso alrededor del texto sagrado. El canónigo Henry G. Graham dedicó a esto un capítulo entero de Where We Got the Bible, y lo tituló sin diplomacia: «La condena de Tyndale, vindicada por la posteridad».
¿Quién era William Tyndale y qué pedía?
Nació en 1484, casi cien años después de morir Wyclif y por los mismos años que Lutero. Estudió en Oxford, se ordenó sacerdote y quiso que la Biblia se imprimiera en Inglaterra.

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No era hombre que se sobrevalorase. Graham cita su propia descripción: se tenía por «mal favorecido en este mundo, y sin gracia a los ojos de los hombres, sin palabra y rudo, torpe y de ingenio lento». Graham añade lo suyo: erudito mediocre, sin cualificación especial para la tarea; y advierte que autores no católicos han reconocido que la causa de la Escritura en lengua vulgar quedó perjudicada por haber caído en manos de incapaces como él.
Contra su proyecto había tres objeciones, y ninguna era la lengua. La primera es esa falta de competencia, a la que se añade un dato que casi nunca se cuenta, porque lo aportó una revista literaria protestante. El Athenaeum, el 24 de agosto de 1889, resumió el expediente de aquel capellán particular: hombre de opiniones peligrosas, sumamente insultante en sus modales, sin escrúpulos y de temperamento violentísimo; en las sobremesas abusaba de los dignatarios eclesiásticos presentes; para él el Papa era el anticristo y la meretriz de Babilonia, y los monjes y frailes, «orugas, sanguijuelas, zánganos y desperdicio». No asombra que aquellos dignatarios no empujaran su proyecto.
Segunda objeción: traducía contra una decisión ya tomada
Aquí está el punto que desmonta la palabra «persecución»: Tyndale no actuaba en un vacío, sino contra una deliberación reciente de la autoridad eclesiástica inglesa. Graham cita al anglicano Dore: a comienzos del siglo XVI las autoridades de la Iglesia inglesa estudiaron la conveniencia de una Biblia en lengua vulgar, y la mayoría del Consejo estimó que, «considerando los problemas religiosos del Continente y el estado inestable de las cosas en casa», ponerla entonces a circular «tendería más a la confusión y la distracción que a la edificación».
Se puede lamentar esa decisión —Dore la lamenta— pero no fingir que no existió. Fue la conclusión en conciencia del Consejo bajo el arzobispo Wareham, y había motivo: la revolución luterana estaba en plena marcha en 1520. Tyndale no hacía, por tanto, algo no previsto: hacía algo expresamente pospuesto por sus superiores. Se marchó al extranjero y acabó en Worms, donde en 1525 se imprimió su Biblia, que entró de contrabando en Inglaterra.
Tercera objeción: nadie pedía aquella Biblia
La tercera arruina el cuadro de un pueblo sediento de Escritura al que Roma negaba el agua. Dore ridiculiza la idea de que Inglaterra fuera una «tierra sedienta de Biblia»: no había «ninguna ansiedad por una versión inglesa excepto entre una pequeña minoría del pueblo». Y el doctor Brewer añade que imaginar a labradores y herreros inclinados a hurtadillas sobre el Nuevo Testamento inglés «es equivocar el carácter y los conocimientos de la época».
Graham lo prueba con cuatro hechos: hubo que obligar por ley a comprar Biblias, con multa de cuarenta chelines al mes; comarcas enteras, como Cornualles y Devonshire, se opusieron unánimemente a la nueva traducción, y hasta reformadores como Latimer siguieron tomando sus textos de la Vulgata; los impresores no colocaban existencias salvo por coacción legal; y la misma edición se reeditaba con portadas nuevas para dar salida al género viejo.

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Lo que llevaba dentro: prólogos, notas y prefacios
La Biblia de Tyndale fue denunciada por el obispo de Londres y quemada en la cruz de San Pablo. Graham no lo niega ni dice deplorarlo, y explica la razón: era una versión falsa, errónea y anticatólica, llena de herejías luteranas.
El expediente doctrinal estaba abierto desde antes: hacia 1522 Tyndale fue juzgado por herejía y declaró «desafío al Papa y a todas sus leyes». Ahora incorporaba a su versión inglesa las notas de Lutero, tan llenas de veneno contra Roma —escribe Graham— como un huevo está lleno de sustancia.
El testimonio decisivo no es católico. El canónigo Dixon, culto historiador anglicano, escribe: «Si el clero hubiera obrado así simplemente porque quería mantener al pueblo ignorante de la palabra de Dios, no tendría excusa. Pero no fue así. Cada uno de los pequeños volúmenes que contenían porciones del texto sagrado publicados por Tyndale contenía también un prólogo y notas escritas con tal furia de vituperación contra los prelados y el clero, los monjes y los frailes, los ritos y las ceremonias de la Iglesia, que difícilmente iba a granjearse el favor de los atacados». Ahí está la distinción: aborrecer la Biblia es una cosa; prohibir una versión falsa, otra.
¿Hay una lista de palabras cambiadas?
Conviene ser honrado, porque en apologética la exageración se paga. Graham no ofrece en ese capítulo una lista de términos que Tyndale alterase, y quien le atribuya tal lista le pone en la boca lo que no dijo.
Lo que sí documenta es una acusación general y dos cifras. La acusación la firma Allnatt en The Bible and the Reformation: todas las primeras versiones protestantes «hormigueaban literalmente de corrupciones groseras y flagrantes; corrupciones consistentes en la traducción errónea voluntaria y deliberada de diversos pasajes del texto sagrado, y todas dirigidas directamente contra aquellas doctrinas y prácticas de la Iglesia católica que los "reformadores" más ansiaban desarraigar». Corrupción deliberada y con blanco doctrinal: eso se afirma, y no una lista. Las dos cifras son de época: Tunstall declaró poder contar más de dos mil errores en aquella Biblia «hecha en Alemania», y Tomás Moro escribió un tratado contra ella afirmando que buscar errores allí era como estudiar el modo de encontrar agua en el mar.
Un ejemplo nominal de alteración doctrinal lo da el obispo John Milner, que tampoco lo carga sobre Tyndale. Las Biblias de Tindal, Coverdale y los obispos de Isabel eran, escribe, tan notoriamente corruptas que provocaron un clamor general entre los protestantes doctos y entre los católicos, al que se sumó Jacobo I; por eso mandó una versión nueva. Los nuevos traductores «corrigieron muchos errores voluntarios de sus predecesores, la mayor parte de los cuales iban dirigidos contra las doctrinas y la disciplina católicas», y aun así dejaron bastantes. Los dos que nombra son de precisión quirúrgica: en I Cor. XI, 27 se pone la copulativa y donde el original lleva la disyuntiva o; y en Mt. XIX, 11, «no pueden» donde el texto dice «no lo hacen».
Quién la condenó, y quién la quemó más
Durante diez años la versión fue combatida más por la Corte que por los obispos: por cada proclamación clerical se publicaron al menos dos reales. En 1531 Enrique VIII ordenó por edicto que «la traducción de la Escritura corrompida por William Tyndale fuese totalmente expulsada, rechazada y apartada de las manos del pueblo»; en 1543 un Acta del Parlamento la declaró «astuta, falsa y mentirosa»; y en 1546 mandó quemar todos los ejemplares con los de Coverdale.
Quemar libros de adversarios era, recuerda Dore, la costumbre de la época: Lutero quemó el Derecho canónico y la bula del papa León, y Calvino quemó en Ginebra cuantos ejemplares pudo reunir de la Biblia de Servet por unas notas que no le parecían ortodoxas; después quemó a Servet. Lo demás se sigue en el examen de la supuesta prohibición de la Biblia.
La prueba que da la posteridad
Queda el argumento más elegante del capítulo: la posteridad protestante falló a favor de Roma sin querer. Las versiones posteriores omitieron deliberadamente los rasgos más característicos de Tyndale: sus notas, prefacios y prólogos, juzgados indignos de una copia pura de la obra del Apóstol. Si aquellos añadidos eran palabra de Dios, ¿por qué los tiraron los suyos? Y si no lo eran, ¿de qué se acusa a quien los condenó primero?
El contraste completa el cuadro por los dos lados. Antes había Biblias inglesas: Tomás Moro dejó escrito que «toda la Biblia, mucho antes de los días de Wyclif, fue traducida a la lengua inglesa por hombres virtuosos y bien doctos», y precisó la regla: el clero no retiene a los laicos ninguna Biblia «sino aquellas traducciones que o no están aún aprobadas por buenas, o están ya reprobadas por malas, como lo estaba la de Wyclif». Está reunido en el expediente sobre las Biblias anteriores a Lutero.
Y hubo Biblia católica después, hecha con la calma que faltó a los otros. El cardenal William Allen fundó en 1568 un colegio en Douai; trasladado a Reims en 1578, allí se publicó en 1582 el Nuevo Testamento inglés, traducido de la Vulgata, con Gregory Martin como traductor y Robert Bristow a cargo de las notas. En 1593 el colegio volvió a Douai y en 1609 se añadió el Antiguo Testamento. Isabel I mandó confiscar cuantos ejemplares se hallaran y aplicó el potro a los distribuidores: los mismos que proclamaban el juicio privado ilimitado.
La Iglesia no ha tenido que sacar una versión un año y cancelarla al siguiente por sus notas de partido. Fue lenta, si por lentitud se entiende deliberación; pero cuando actuó, actuó de una vez. Esa diferencia es lo que la leyenda de Tyndale existe para tapar, y el fondo se toca al preguntar si se ha modificado la Biblia.
Preguntas frecuentes
¿Por qué se quemó la Biblia de Tyndale?
Porque era, según Graham, una versión falsa, errónea y anticatólica, llena de herejías luteranas: Tyndale incorporó a su edición las notas y explicaciones de Lutero. Tunstall la denunció y se quemaron ejemplares en la cruz de San Pablo. El anglicano Dixon lo concede: si el clero hubiera obrado así sólo para mantener al pueblo ignorante no tendría excusa, pero cada volumen llevaba prólogo y notas de furiosa vituperación contra el clero y las ceremonias.
¿Se condenó por estar en inglés?
No. Tomás Moro dejó escrito que toda la Biblia había sido traducida al inglés mucho antes de Wyclif por hombres virtuosos y doctos; y precisó que el clero no retenía a los laicos ninguna Biblia salvo las no aprobadas o ya reprobadas por malas. La Iglesia publicó después su propia versión inglesa: el Nuevo Testamento de Reims de 1582 y la Biblia de Douai, completada en 1609.
¿Existe una lista de las palabras que Tyndale cambió?
Graham no la ofrece, y conviene no inventarla. Lo que documenta es la acusación de Allnatt de que las primeras versiones protestantes hormigueaban de traducciones erróneas voluntarias y deliberadas dirigidas contra doctrinas católicas, y dos cifras de época: los más de dos mil errores que declaró contar Tunstall y el juicio de Moro de que buscar errores allí era como buscar agua en el mar.
¿Qué dos corrupciones concretas señala Milner?
En I Cor. XI, 27, donde el original lleva la disyuntiva «o», la versión pone la copulativa «y»; y en Mt. XIX, 11, «no pueden» donde el texto dice «no lo hacen». En ambos se altera el sentido. Milner añade que los traductores de Jacobo I corrigieron muchos errores voluntarios de sus predecesores, dirigidos en su mayoría contra la doctrina y la disciplina católicas, pero dejaron bastantes.
¿Quién quemó más ejemplares de la Biblia de Tyndale?
Enrique VIII, fundador de la Iglesia de Inglaterra. En 1531 ordenó por edicto que aquella traducción corrompida fuese expulsada de las manos del pueblo; en 1543 un Acta del Parlamento la declaró «astuta, falsa y mentirosa» y la abolió, vedando la lectura general de la Biblia a mujeres, artesanos y jornaleros; y en 1546 mandó quemar todos los ejemplares con los de Coverdale.
¿Cómo se demuestra que la condena estaba justificada?
Por la conducta de los propios protestantes: sus versiones posteriores omitieron deliberadamente las notas, prefacios y prólogos de Tyndale, juzgados indignos de una copia pura de la obra del Apóstol. A eso se suma George Joye, que en su Apología de 1535 mostró que Tyndale presumía de una traducción que en realidad era de Lutero, que no sabía bastante griego y que sólo había añadido «fantasías» y glosas de su imaginación a la obra de otros.
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Fuentes
- Henry G. Graham, Where We Got the Bible, caps. XI, XIII, XIV y XV. Texto completo.
- John Milner, The End of Religious Controversy, carta IX (versiones protestantes y la orden de Jacobo I). Texto completo.
- Card. Wiseman, Lectures on the Principal Doctrines, lección II. Texto completo.
- Card. Gibbons, The Faith of Our Fathers, cap. VIII («The Church and the Bible»). Texto completo.