Monje copista inclinado sobre un atril en el scriptorium de un monasterio, con hábito oscuro, pluma de ave en la mano y un pliego de pergamino a medio escribir a dos columnas, junto a tinteros y cuchillo de raspar, bajo la luz de un ventanal alto

Mil años copiando la Biblia a mano: lo que la Reforma le debe a los monjes y nunca agradece

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Hay una pregunta que deja mudo cualquier relato de la Reforma, y es de una sencillez casi ofensiva: si la Biblia que Lutero puso en las prensas en 1520 existía, ¿de dónde salió el ejemplar del que se copió?

Porque antes de 1450 no había imprenta. Ni una. Cada Biblia del mundo existía porque un hombre la había escrito a mano, letra por letra, durante meses. Y ese hombre era, casi sin excepción, un monje.

El canónigo Henry G. Graham tituló el capítulo que dedica a esto Nuestra deuda con los monjes. Conviene leerlo con una calculadora al lado: el asunto no se resuelve con sentimientos, sino con pieles y libras esterlinas.

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Antes de 1450 no había imprenta

Graham insiste porque, dice, es una de las mayores ilusiones protestantes y la que vuelve irracionales sus ataques a Roma: la Biblia, tal como hoy la tenemos, no se imprimió en ninguna lengua hasta unos mil quinientos años después del nacimiento de Cristo, porque antes no se conocía la imprenta. De ahí la pregunta que lanza a quien sostiene que la Biblia, y sólo la Biblia, salva las almas: ¿qué fue de las que vivieron antes?

Estamos tan acostumbrados a la prensa que apenas concebimos las edades en que los únicos libros eran manuscritos. Quien hubiera vivido antes de que un alemán de nombre melodioso —Graham lo llama John Gooseflesh— descubriese el arte de imprimir habría tenido que leer sus Evangelios del manuscrito de un monje, en páginas de pergamino o vitela cubiertas por la letra, a veces muy hermosa, del escriba que cargó con la tarea de copiarlas.

Dentro del scriptorium

Los monasterios eran los centros de estudio de la época, y una biblioteca era parte indispensable de su equipamiento. «Un monasterio sin biblioteca es como un castillo sin armería», escribe un monje del siglo XII a otro; y añade que la defensa principal de esa armería debe ser la Biblia.

Para esa tarea existía una sala grande llamada scriptorium, donde podía ocuparse a la vez una docena de monjes o más. Había además muchos que trabajaban en su celda, provista del aparato necesario; y las celdas estaban dispuestas alrededor de la cámara de calefacción para que en invierno las manos no se les entumecieran de tanto escribir.

Día tras día, año tras año, copiaban con amoroso cuidado cada letra del texto sagrado de algún manuscrito antiguo, e iluminaban las páginas de vitela en púrpura, oro y plata. Algunos obispos y abades escribieron de su mano los dos Testamentos completos para sus iglesias. Y también las monjas: Graham pide atención especial para una que copió con sus manos dos Biblias enteras y además seis copias de grandes porciones de los Evangelios y las Epístolas.

Diez meses de trabajo por ejemplar

Aquí entra la aritmética, y la aporta un protestante. El doctor Maitland —bibliotecario del arzobispo de Canterbury y, dice Graham, erudito muy imparcial— calcula que un escriba de aquellos días habría necesitado diez meses para copiar una Biblia, y que habrían hecho falta sesenta o setenta libras a la tarifa de los escribanos de leyes. Con los monjes, advierte Graham, era trabajo de amor y no de dinero; pero ese cálculo se refiere solamente a la labor de copiar: deja fuera la pluma, la tinta y el pergamino.

Y no era escritura mecánica. Wiseman recuerda que hubo, aun en lo que se llaman las edades más oscuras, hombres como Alcuino y Lanfranco que dedicaron gran parte de su vida a detectar los errores colados por accidente: había cadena de copia y control de calidad.

Cuatrocientas veintisiete pieles

El cálculo detallado lo hizo Buckingham, y es el que convierte la discusión en algo palpable. Suponiendo 427 pieles de pergamino para los 35.000 versículos, que ocupaban 127.000 folios, calcula que un ejemplar completo de ambos Testamentos no se habría podido comprar por menos de 218 libras.

Un rebaño por Biblia. Graham añade el dato que remata el cuadro: algunos príncipes —cree que Carlomagno entre ellos— dieron a los monjes permiso para cazar ciervos en los bosques reales, para obtener pieles con que hacer pergamino. Y cuenta el caso de un convento de Italia que, sin dinero para lo más necesario, reunió cincuenta libras para comprar una Biblia.

Wiseman lo dice por el otro lado: la Iglesia mantuvo a hombres por centenares y millares «ocupados en nada más que en transcribir la Santa Palabra de Dios; sí, en letras de oro y sobre pergamino de púrpura, para mostrar su veneración por ella». Cada copia era obra de un hombre con una pluma.

Con estas cifras delante, el escándalo porque no hubiera una Biblia en cada hogar se sostiene mal. Y todavía los protestantes se quedan atónitos, dice Graham con sorna, cuando se les cuenta que no todos podían sentarse junto al fuego con una Biblia sobre las rodillas.

No copiaban a ciegas

Queda la objeción previsible: copiaban, sí, pero sin entender nada. Graham demuestra lo contrario con documentos de gobierno eclesiástico. En las viejas constituciones y cánones de distintas diócesis se encuentra que el clero estaba obligado a saber los Salmos, las Epístolas y los Evangelios. Y no eran letra muerta: el concilio de Toledo, en el año 835, promulgó decretos por los que los obispos quedaban obligados a averiguar por sus diócesis si el clero estaba suficientemente instruido en la Escritura. En algunos casos había que saber de memoria no sólo el Salterio entero, sino —bajo la regla de san Pacomio— también el Nuevo Testamento.

Wulstan, obispo de Worcester, recitaba el Salterio completo con los sacerdotes que le acompañaban mientras viajaba; de él se dijo que «acostado, de pie, andando, sentado, tenía siempre un salmo en los labios y siempre a Cristo en el corazón». Hubo abades, como el de Colonia, que hacían leer entero cada año el Antiguo y el Nuevo Testamento. Y en los monasterios se leía la Escritura a diario durante las comidas.

Pudieron falsificarla, y no lo hicieron

Hay un argumento que casi nadie usa y que pertenece al obispo John Milner: si aquellos monjes hubieran sido los corruptores que la leyenda supone, tuvieron mil años de oportunidad y no la aprovecharon. Es bien sabido, escribe, que las Escrituras estaban principalmente en manos del clero y que, antes del uso de la imprenta, las copias se renovaban y multiplicaban en los monasterios por el trabajo de los monjes, quienes, si hubieran sido tan perversos, «habrían podido intentar con alguna probabilidad de éxito alterar el Nuevo Testamento en particular como les hubiera parecido». No lo hicieron. Habría sido, concluye, mucho más fácil corromper las Escrituras que corromper la creencia religiosa del pueblo.

El cardenal Gibbons lo dice con la misma lógica: durante quince siglos la Iglesia fue la única guardiana y depositaria de la Biblia, y si de veras temía aquel libro, ¿quién iba a impedirle rasgarlo en jirones y echarlo al viento? Hizo lo contrario: monjes doctos, hoy insultados en sus tumbas por hombres irreflexivos, estaban continuamente empleados en copiar con la pluma la Sagrada Biblia; y cuando uno moría en su puesto, otro ocupaba su lugar, «velando como un centinela fiel sobre el tesoro de la palabra de Dios». Lo que fue de aquellos manuscritos se documenta en el expediente sobre la prohibición de la Biblia.

1450: la imprenta hereda una cadena de mil años

Y llega la máquina. Graham fecha el hallazgo en 1450 y añade el detalle que ninguna historia protestante subraya: en 1456 salió de las prensas de Maguncia el primer libro impreso jamás, y fue la Biblia, la que se conoce como Biblia Mazarina, por el cardenal Mazarino.

Graham lo comenta con ironía: he ahí otra prueba del odio católico a la Biblia y del terror a que se supiera que existía; el mejor modo de mantenerla en secreto era, por supuesto, imprimirla. Y además, ¿cómo podía imprimirse en 1456 si Lutero la descubrió en 1507?

Lo que la imprenta hizo no fue crear la Biblia: fue multiplicar a máquina un texto que le llegaba ya íntegro y por una sola vía. Ese texto era el latino que el papa Dámaso mandó preparar en el siglo IV a san Jerónimo, el mejor hebraísta de su tiempo, y que se difundió por la cristiandad con el nombre de Vulgata. Si los Papas temían que la Biblia viera la luz, observa Gibbons, era una forma singular de manifestarlo.

Dos cuentas que no cuadran

Queda la pregunta contable: ¿cuántas ediciones impresas había antes de la de Lutero? Aquí hay que ser honrado, porque nuestras propias fuentes no coinciden.

La cuenta larga es de Graham. Antes de 1520, fecha de la primera Biblia de Lutero, había exactamente 104 ediciones en latín; nueve en alemán antes del nacimiento de Lutero y veintisiete antes de que la suya viera la luz; más de cuarenta en Italia; dieciocho en Francia antes de 1547; y España publicando desde 1478. Citando un folleto firmado «M.C.L.», Graham da un total de 626 ediciones, 198 de ellas en la lengua de los laicos, salidas de la imprenta con la sanción y por iniciativa de la Iglesia.

La cuenta corta es del cardenal Gibbons, y es mucho más modesta: antes de que Lutero pusiera la pluma en el papel habían aparecido no menos de cincuenta y seis ediciones de las Escrituras en el continente europeo, sin contar las impresas en Gran Bretaña; y desglosa: veintiuna en alemán, una en español, cuatro en francés, veintiuna en italiano, cinco en flamenco y cuatro en bohemio.

Las dos cifras no cuadran, y no vamos a disimularlo: Gibbons cuenta sólo el continente y sólo lenguas vulgares, mientras que Graham acumula latinas y vernáculas apoyándose en un folleto de tercera mano. Conviene quedarse con la corta, porque es la que ningún adversario puede rebajar: cincuenta y seis ediciones bastan para hundir la escena del sótano. El detalle título por título está en el expediente sobre las Biblias impresas antes de Lutero. Y queda un hilo por atar: cuando por fin se quemó una Biblia impresa en Inglaterra no fue por estar en lengua vulgar, sino por lo que llevaba impreso alrededor del texto. Ese es el caso de la Biblia de Tyndale.

Preguntas frecuentes

¿Cuánto tardaba un monje en copiar una Biblia?

El doctor Maitland, protestante y bibliotecario del arzobispo de Canterbury, calcula diez meses de trabajo para un escriba de aquellos días, y sesenta o setenta libras a la tarifa de los escribanos de leyes. Graham advierte que ese cálculo cubre sólo la labor de copiar: deja fuera la pluma, la tinta y el pergamino.

¿Cuánto costaba una Biblia manuscrita?

Buckingham hizo el cálculo detallado: suponiendo 427 pieles de pergamino para los 35.000 versículos, que ocupaban 127.000 folios, un ejemplar completo de ambos Testamentos no habría podido comprarse por menos de 218 libras. Graham cuenta además el caso de un convento italiano que, sin dinero para lo más necesario, reunió cincuenta libras para comprar una Biblia.

¿Qué era el scriptorium?

Una sala grande donde podía trabajar a la vez una docena de monjes o más. Había además muchos que copiaban en su celda, y esas celdas se disponían alrededor de la cámara de calefacción para que en invierno las manos no se entumecieran de tanto escribir. Allí se copiaba letra por letra y se iluminaban las páginas de vitela en púrpura, oro y plata.

¿Qué decretó el concilio de Toledo del 835?

Que los obispos quedaban obligados a averiguar por sus diócesis si el clero estaba suficientemente instruido en la Escritura. Graham lo aduce como prueba de que la obligación de saber los Salmos, las Epístolas y los Evangelios no era letra muerta. Bajo la regla de san Pacomio había además que saber de memoria el Salterio entero y el Nuevo Testamento.

¿Pudieron los monjes alterar el texto durante esos siglos?

Pudieron y no lo hicieron, y ese es el argumento de Milner: antes de la imprenta las copias se renovaban en los monasterios por el trabajo de los monjes, quienes, si hubieran sido tan perversos, habrían podido intentar con alguna probabilidad de éxito alterar el Nuevo Testamento como les hubiera parecido. Wiseman añade que Alcuino y Lanfranco dedicaron gran parte de su vida a detectar los errores colados por accidente.

¿Cuántas ediciones de la Biblia había antes de la de Lutero?

Las fuentes no coinciden. Graham da la alta: 104 ediciones latinas antes de 1520 y un total de 626, 198 en lengua vulgar. Gibbons da la corta: no menos de cincuenta y seis en el continente antes de que Lutero pusiera la pluma en el papel, desglosadas en veintiuna alemanas, una española, cuatro francesas, veintiuna italianas, cinco flamencas y cuatro bohemias. Conviene usar la corta.

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El libro

Saber de dónde viene el texto es el primer paso; el segundo, saber leerlo como la Iglesia lo lee. Es lo que explica, con orden y sin tecnicismos inútiles, Introducción a la Sagrada Escritura, del padre Gabriel Calvo Zarraute. Está en 25,00 € en tapa blanda y 9,99 € en ebook; el envío es gratis en España a partir de 30 € de compra.

Fuentes

  • Henry G. Graham, Where We Got the Bible, caps. VIII («Our Debt to the Monks»), IX, XI y XIII. Texto completo.
  • Card. Gibbons, The Faith of Our Fathers, cap. VIII («The Church and the Bible»). Texto completo.
  • John Milner, The End of Religious Controversy, carta XII («The True Rule»). Texto completo.
  • Card. Wiseman, Lectures on the Principal Doctrines, lección II. Texto completo.
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