La noche oscura del alma: qué es y adónde conduce

La noche oscura del alma: qué es y adónde conduce

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La noche oscura del alma no es una depresión, ni un mal momento, ni la crisis de quien está a punto de abandonar la fe. Es un nombre técnico, acuñado por un carmelita español del siglo XVI, para una purificación que Dios mismo obra en el alma que ya ha empezado a tomarse en serio la oración. Confundirla con otra cosa es exactamente lo que hace que mucha gente lo deje justo en el momento en que debería perseverar.

San Juan de la Cruz (1542-1591) describió ese trance con una precisión que nadie ha superado en cuatro siglos. En este artículo se explica qué es la noche oscura, por qué señales se reconoce, en qué se distingue de la tibieza y de la pereza, y por qué el itinerario sanjuanista no termina en el vacío sino en el Cántico espiritual: la unión con Dios descrita como un desposorio.

Qué es la noche oscura del alma

San Juan de la Cruz llama noche a tres cosas a la vez: al punto de partida, al camino y al término. Noche es la renuncia al apetito de las criaturas; noche es la fe, que ilumina sin dar claridad sensible; y noche es Dios mismo, que en esta vida se comunica al alma de un modo oscuro para el entendimiento humano.

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Lo decisivo es entender que la oscuridad no procede de una falta de luz, sino de un exceso de ella. El alma no ve porque la luz que recibe es superior a su capacidad natural, igual que el ojo no distingue nada mirando directamente al sol. De ahí la paradoja que gobierna toda la obra: cuanto más cerca está Dios, más a oscuras se encuentra quien lo busca.

El Catecismo recoge esta doctrina cuando describe la oración contemplativa como una comunión que se realiza en la noche de la fe y que exige aceptar el padecer con Cristo (Catecismo, n. 2719). No es, por tanto, una experiencia rara reservada a unos pocos: es el camino ordinario de quien persevera.

Las dos noches: sentido y espíritu

San Juan distingue dos purificaciones sucesivas, y cada una de ellas tiene una parte activa (lo que hace el alma) y otra pasiva (lo que hace Dios en ella).

La noche del sentido

Es la primera y la más frecuente. El alma pierde el gusto sensible en las cosas de Dios: la oración que antes consolaba se vuelve árida, la lectura espiritual no dice nada, los sacramentos se reciben sin emoción alguna. Aquí Dios está destetando al principiante, quitándole el dulce para que busque al que da el dulce y no al dulce mismo.

La noche del espíritu

Es mucho más rara y más honda. Ya no se purifica la sensibilidad, sino las potencias del alma: entendimiento, memoria y voluntad. El alma se ve a sí misma miserable, siente que Dios la ha desechado, y sin embargo no puede dejar de buscarlo. Es la noche que atraviesan los que van camino de la unión.

Las tres señales para reconocerla

Este es el punto donde más se equivoca la gente, y San Juan de la Cruz fue quien dio el criterio. En el libro primero de la Noche oscura señala tres indicios que deben darse a la vez para juzgar que la sequedad viene de Dios y no de la tibieza:

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  1. No hallar gusto ni consuelo ni en las cosas de Dios ni en las criaturas. Si el alma ha perdido el gusto en la oración pero lo encuentra de sobra en los entretenimientos y en el pecado, la sequedad no es purificación divina: es relajación.
  2. Andar con solicitud y pena, con el temor de no servir a Dios y de estar volviendo atrás. Al tibio le da igual; al que atraviesa la noche le duele.
  3. No poder ya meditar discursivamente con la imaginación, aunque se esfuerce. Las consideraciones que antes daban fruto se han quedado sin jugo, y el alma se queda simplemente atenta a Dios, sin discurso.

La tercera señal es la que confirma las otras dos: indica que Dios está cambiando el modo de la oración, no que el alma haya dejado de rezar. Se recomienda por eso no forzar la meditación que ya no da de sí, sino permanecer en una advertencia amorosa y sosegada, aunque parezca que no se hace nada.

Lo que la noche oscura no es

Conviene ser tajante, porque la expresión se ha vulgarizado hasta perder todo sentido.

No es tristeza ni desgana. La tibieza produce sequedad, pero también produce indiferencia: al tibio no le inquieta su estado. La primera señal de San Juan está precisamente para descartar esa confusión.

No es una crisis intelectual de fe. Quien pierde la fe deja de buscar; quien atraviesa la noche busca más y con más dolor. La noche oscura es una purificación de la fe, no su pérdida.

No es un fenómeno clínico. La aridez espiritual y el malestar anímico pueden coincidir en la misma persona, y confundirlos perjudica a los dos lados. Un director espiritual competente sabe distinguirlos y sabe cuándo hay que acudir a un médico. Aquí se habla de la primera, que es la que trata San Juan de la Cruz.

No es un mérito. No se busca ni se provoca. El Catecismo recuerda que la sequedad es el momento en que la fe permanece pura, unida a Cristo en la agonía y en el sepulcro (Catecismo, n. 2731). El mérito no está en padecerla, sino en no abandonar durante ella.

Del Cántico espiritual: a dónde conduce la noche

Aquí está la clave que casi nunca se cuenta. San Juan de la Cruz no escribió un tratado sobre el sufrimiento: escribió un mapa cuyo destino es la unión. El Cántico espiritual, compuesto en buena parte durante su encierro en la cárcel conventual de Toledo en 1578, comienza con la queja del alma que busca a Dios y no lo encuentra, y termina en el desposorio y el matrimonio espiritual.

El poema se abre con una pregunta que resume toda la noche: ¿Adónde te escondiste, Amado, y me dejaste con gemido? Y avanza, canción tras canción, hasta que el alma no solo encuentra al Amado, sino que descubre que nunca se había marchado. El esquema está tomado del Cantar de los Cantares, y por eso el lenguaje es esponsalicio y no académico.

Entender la noche sin el Cántico es quedarse a mitad de camino: se convierte en una espiritualidad de la desolación. Entender el Cántico sin la noche es hacer de la mística una emoción bonita. Los dos textos son un solo itinerario.

La noche oscura en la vida del sacerdote

Hay un lugar donde esta doctrina se vuelve especialmente urgente: el sacerdocio. El sacerdote celebra cada día los misterios más altos y puede hacerlo sin sentir absolutamente nada. La tentación de interpretar esa aridez como señal de que se equivocó de vida es real, y ha vaciado seminarios y parroquias.

Juan Pablo II insistió en que la formación espiritual del sacerdote no puede reducirse a técnica pastoral, porque el ministerio brota de la unión con Cristo y no al revés (Pastores dabo vobis). Aplicar el Cántico espiritual al alma sacerdotal es exactamente lo que hace El Cántico espiritual del sacerdote, de Mons. Alberto José González Chaves: un libro nacido de un retiro predicado en Fátima, que recorre las canciones del poema aplicándolas a la búsqueda de Cristo, la vida del altar, la cruz y la lucha contra la tibieza.

No es un comentario académico al poema. Es una lectura espiritual pensada para sacerdotes y seminaristas, y útil también para quien quiera rezar con conocimiento de causa por la santificación de los ministros de Dios.

Cómo leer a San Juan de la Cruz sin perderse

El orden importa. Estas son las cuatro obras mayores y el orden en que conviene abordarlas:

  • Subida del Monte Carmelo: la parte activa, lo que el alma debe hacer. Es la más ardua y la que más abandonos provoca.
  • Noche oscura: la parte pasiva, lo que Dios hace. Es donde están las tres señales.
  • Cántico espiritual: el itinerario completo, de la búsqueda a la unión. El más bello y el más accesible.
  • Llama de amor viva: el estado de unión ya alcanzado. El más breve y el más alto.

Consejo práctico: empezar por los poemas, no por los comentarios. Leer las canciones enteras, despacio, antes de acudir a la explicación en prosa. San Juan escribió primero el verso y después lo comentó, porque se lo pidieron; invertir ese orden convierte la mística en manual.

Y una advertencia: esta lectura no sustituye a la Escritura, la alimenta. Quien quiera un método estable para la lectura diaria puede empezar por cómo leer la Biblia todos los días sin abandonar a la semana, y por la espiritualidad bíblica de Mons. Straubinger.

Preguntas frecuentes

¿Cuánto dura la noche oscura del alma?

No hay plazo. San Juan de la Cruz habla de períodos que pueden prolongarse años, con alternancias de consuelo. La duración depende de la purificación que Dios quiera obrar, no del esfuerzo del alma.

¿Qué se debe hacer durante la noche oscura?

Perseverar en la oración aunque no dé gusto, mantener los deberes de estado, no cambiar de método por capricho, frecuentar los sacramentos y contar con un director espiritual. Sobre todo, no juzgar el propio estado por lo que se siente.

¿Le ocurre a todos los cristianos?

La aridez ordinaria en la oración, sí. La noche pasiva del sentido, a quienes perseveran en la vida interior. La noche del espíritu es rara y propia de los que Dios lleva a la unión.

¿San Juan de la Cruz es doctor de la Iglesia?

Sí. Fue canonizado en 1726 y declarado Doctor de la Iglesia por Pío XI en 1926, con el título de Doctor místico. Su doctrina no es una opinión privada: la Iglesia la propone como segura.

¿Cómo se distingue la noche oscura de la tibieza?

Por las tres señales que da San Juan de la Cruz, y han de darse juntas: no hallar gusto ni en las cosas de Dios ni en las criaturas; andar con pena y temor de no servirle; y no poder ya meditar discursivamente. Al tibio le da igual su estado; al que atraviesa la noche le duele.

¿En qué orden conviene leer a San Juan de la Cruz?

Primero la Subida del Monte Carmelo, la parte activa; después la Noche oscura, la parte pasiva, donde están las tres señales; luego el Cántico espiritual, que recorre el itinerario completo; y por último la Llama de amor viva, la unión ya alcanzada. Y conviene empezar por los poemas, no por los comentarios en prosa.

Fuentes

Más sobre este itinerario en la página de tema La noche oscura del alma, y el resto del catálogo en nuestros temas.

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